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miércoles, 28 de junio de 2017

¿Quién es Sergio Vallejo?


Joder, qué angustia. Me han robado el nombre. Sí, ya sé que suena extraño. Yo tampoco me
lo puedo creer, pero me han robado el nombre. Dejad, joder, dejad que me explique. El día...
ha comenzado bien, no sé cómo explicarlo, ¡ah, claro! Lo más importante: hoy tenía
médico. Eso es, tenía médico, por la lumbalgia, sí, la lumbalgia de nuevo, si no lo explico
no se entenderá. Hoy no estaba mi doctora. Claro, yo, al principio, no lo sabía. De ahí viene
la confusión. Llevaba una hora, no sé, tal vez menos; llevaba un rato esperando, cuando ha
salido otra doctora del despacho, con la hoja de citas.

-¿Gabriela Sánchez?

Una mujer ha levantado ligeramente el brazo; por timidez o por dolor, no sabría decir.

-Pasa Gabriela- ha dicho la doctora, y ha seguido- ¿Moisés Rodríguez?

Esta es buena, me he dicho, con un poco de suerte en media hora estaré en el Gago,
tomando café. Y luego a comprar el pan, claro, y algo de carne, que hoy curro de tarde.
Joder, no me va a dar tiempo a nada. Tenía que haber dejado el médico para la semana que
viene, pero con el dolor que tengo...

En ese momento, un chico que no conozco, así como de veinte años, ha levantado el brazo.

-Detrás de Gabriela- ha dicho la doctora-. ¿Alejo Díaz?

He mirado al chico: gafas de pasta negra, un pelín orondo, con un flequillo peculiar y una
barba que, por mucho que se empeñe, no le crece lo suficiente. Le he mirado durante casi un
minuto, y no, no era yo.
Claro que tampoco pretendo tener el monopolio de mi nombre. Basta con que algún otro
Rodríguez, y me consta que hay muchos, haya decidido llamar Moisés a su hijo. Eso lo
acepto. Lo que me jode, es decir, lo que me molesta es que ocurra en mi pueblo, joder, yo
que, como todos, me considero especial.

Me he sentado junto al muchacho, lleno de curiosidad, para ver si podía ver algún
documento que confirmara su nombre. Pero ha sido en vano, el papel que sujetaba en la
mano era un folleto de publicidad. Del Lidl, creo.

-Así que te llamas Moisés Rodríguez- le he dicho, así, como de forma espontánea.
-¿Cómo?- Ha respondido, nervioso.
-La doctora…
-Ah, sí, jejeje, Moisés, claro.

El chico parecía incómodo con la conversación, pero yo necesitaba seguir con las preguntas.

-¿Y por qué vienes?
-¿Al… Al médico?
-Claro.
-Pues, pues por la lumbalgia, llevo unos días con mucho dolor.
-¡Ya es casualidad!- se me escapó.
-¿También tienes lumbalgia?
-Pues… Digamos que sí.
-Es terrible ¿no te parece?
-Bueno- fingí indiferencia- yo ya me he acostumbrado.
-Yo todavía no- me dijo-. Figúrate que estaba escribiendo un relato, y justo en las frases
finales, zas, me ha metido un latigazo la espalda, y así me he quedado.
-¿Un relato?- respondí, alarmado.
-Sí.
-¿Estabas escribiendo un relato?
-Sí.
-¡Joder, joder, joder!
-¿Cuál es el problema?
-No, nada. No hay problema.

¿Cuál es el problema? EL problema es que YO soy Moisés Rodríguez, YO escribo relatos, y
YO tengo lumbalgias. Aunque de esto último no me siento tan orgulloso.

Claro, no le dije nada de eso. No había motivos. En realidad ni siquiera respondí, porque no
vi qué podía decir. A él, en cambio, parecía gustarle la charla.

-Mira, te voy a decir la verdad.
-¿Qué verdad?- pregunté, con curiosidad.
-Yo. Yo no soy- bajó la voz- Yo no soy Moisés Noséqué.
-¿Ah, no?
-No. Lo que pasa es que...- bajó más la voz.
-Perdona, pero no te entiendo.
-Decía que no soporto esperar. Por eso, cuando estoy en una sala como esta, y algún idiota
no responde a tiempo, tomo su, cómo se dice, su personalidad.
-¿En serio?
-Yo creo que Moisés es ese tipo del fondo, el que está mirando el móvil. Jajaja, pobre
imbécil, si él supiera...
-Si él supiera- repetí.
-Pero mira, que la próxima vez esté más atento. ¿No te parece?
-Pues la verdad...
-Ese se pasa aquí la mañana, ya lo verás.
-Se pasa aquí la mañana- repetí, y me sentí imbécil por tanta repetición.
-Lo que yo te diga.
Miré el reloj.
-Pues sí que tarda Gabriela- dije.
-Un poco tarda, sí- respondió- Por cierto. ¿Tú a qué hora tienes la cita?
-¿La cita?- respondí, y noté que me caía una gota de sudor de la frente- pues, pues fíjate que
creo que me he equivocado de día.
-Amos, no me jodas.
-Como lo oyes.
-Puedes entrar en mi nombre. Apunta, apunta.
-No, no. Muchas gracias.
-No seas tonto, yo ya no lo voy a utilizar.
-Ya, claro, pero es que…
-Insisto. Además, sería una pena perder la cita.
-Sí, eso es verdad.
-¿Quieres apuntarlo? ¡Venga!- Saqué el móvil- Anota: Sergio Vallejo, a las diez y media.
-Anotado.
¡Genial! Me encanta ayudar a la gente.
-A mí también.

En ese momento salió Gabriela de la consulta. Esbozaba una leve sonrisa, lo que nos hizo
sonreír al resto.

La doctora, pensé, debe de ser de las buenas.

-Oye, que entro- me dijo Sergio- ¿te veo al salir?
-Pues probablemente.
-Toma, por si quieres leer algo.

Me quedé con el folleto, que ojeé sin interés. Después me dediqué a observar a los otros
pacientes. Una mujer tosía, distraída, mientras se sacaba un pañuelo de la manga; un tipo
alto se sacaba un moco con discrección, lo que alargaba el proceso hasta la nausea. Un tipo
calvo se sujetaba con ambas manos la cabeza, como si le fuera a estallar.

¿Por qué no habré traído un libro, joder, en lugar de esta espera terrible?

Me llevé las manos a la cabeza, inconsciente, pues estaba más preocupado de lo que debía
ocurrir dentro, que de guardar las apariencias.

A saber qué va a añadir este tipo a mi historial. Bueno, es joven, muchos problemas no
debe tener. Pero esto no es serio, joder, no es serio. Uno debe de saber cuál es su lugar en
el mundo, y no meterse en la vida de los demás.

-Perdone ¿sabe por qué hora va?
-¿Cómo?
-La hora- me preguntó un señor mayor, que se había sentado a mi izquierda.
-¡Ah! Moisés Rodríguez- dije, y añadí- diez de la mañana.
-Creí que no llegaba ¡gracias a Dios! Yo tengo a las diez y cinco.
-Que sea enhorabuena.
-¿Y lleva mucho dentro?- el hombre comenzaba a perder saliva.
-No. Acaba de entrar.
-Mejor, porque tengo que ir al baño.

Se levantó, y cuando iba a girarse, se sentó de nuevo.

-Claro que si la doctora me nombra- dijo, escupiéndome en la cara- ya sería casualidad.
-Ya sería casualidad.
-Si me nombra, dígale que estoy en el baño.
-Claro- me limpié con la manga-. Ningún problema.
-Soy Juan Luis Panadero.
-Encantado, Juan Luis- dije mientras me echaba a la derecha, para refugiarme del agua.
-¿Y usted se llama?
-¿Eh? ¿Yo? Pues Sergio Vallejo, claro.
-Encantado, Sergio.

El hombre se giró y se alejó lentamente, arrastrando los pies. Yo aproveché para
recolocarme de nuevo en el asiento. En ese momento se abrió la puerta de la consulta, y salí
de ella, es decir, no yo, sino el otro Moisés Rodríguez. Me levanté enseguida.

-¿Cómo ha ido?
-Lo de siempre. Antiinflamatorios y estiramientos.
-Pues sí- reflexioné en voz alta- lo de siempre.
-Le he pedido una radiografía.
-Haces bien.

Yo nunca había pedido una radiografía. ¿Por qué? ¿Por dejadez? ¿Indiferencia? ¿Miedo
tal vez? Joder, no era tan difícil. A veces parece que tenga miedo a los médicos.

-Nunca se sabe- añadió.
-No- refunfuñé- nunca se sabe.
-Bueno, me piro.

No tuve ocasión de responder. La doctora había salido con la hoja de citas.

-¿Antonio Sánchez?

Un tipo levantó la mano.

-Pasa. ¿Juan Luis Panadero?

Miré a mi espalda. Juan Luis no había vuelto del aseo. Y tampoco sabía lo que iba a tardar.

-Soy yo.
-Detrás de Antonio.
-Sí, claro.

Era mi oportunidad para recuperar algo de tiempo, pero enseguida me sentí mal. Miré de
nuevo hacia el baño. Pero Juan Luis no volvía. ¿Qué estará haciendo? Sentí que me
sudaban las orejas. Me sentía como un asesino a punto de ser descubierto. Y sin embargo no
hacía nada malo. Me froté las manos hasta causarme dolor. Entonces me fijé en ellas:
estaban rojas, casi ensangrentadas. Tal vez siempre están rojas, claro, pero por lo general no
soy consciente. Sin embargo, en ese momento, me pareció un símbolo de mi infamia. Estaba
a punto de levantarme y gritar que todo era mentira, que yo no era Juan Luis, que quería ser
Moisés de nuevo. Pero preferí no decir nada, porque no sabía cómo iban a reaccionar los
demás.

Juan Luis, al fin, regresó del baño, y se sentó a mi lado. Yo interpuse con habilidad el folleto
entre nuestros cuerpos, dispuesto a sacrificarlo.

-¿Ya ha salido la doctora?- preguntó, nervioso.
-No. Es decir sí. Pero ha entrado de nuevo.
-¿Y me ha nombrado?
-Pues, ¿cómo dijo que se llamaba?
-!Juan Luis!
-Ah, sí, ya recuerdo, no lo ha nombrado.
-¿No?
-No. Ha nombrado a un tal Antonio. Y a mí. A mí también me ha nombrado.
-Y usted ¿a qué hora tenía?- El folleto comenzaba a perder densidad.
-Pues yo, yo tenía- miré fijamente a la puerta, sentí que iba a confesar, que no me quedaban
fuerzas para más mentiras- pues yo tenía hora antes que usted, claro.
-Sí, claro. Eso tiene sentido.

De los nervios, se me cayó el folleto. 

-Y usted- dijo mientras bombardeaba- ¿a qué viene?
-¿A dónde vengo?
-Al médico ¿no?
-¡Ah! Pues, pues a ver qué me cuenta la doctora.
-Pero algo le pasará.
-Algo me pasa, claro- respondí, pensando que la única forma de evitar su saliva era hablar
sin descanso- algún que otro problema tengo. No demasiado importante, desde luego, pero
siempre es bueno preguntar a los especialistas. Ya sabe, la-salud-es-lo-primero. Sólo somos
conscientes cuando la perdemos. Y, y vaya, que- no sabía cómo seguir- que me parece que
se está abriendo la puerta.

Me levanté y me acerqué a la puerta. Sentí que el corazón me latía rápido, y me dolían las
sienes.

-No se ha abierto.
-Pero se va a abrir. Es cuestión de segundos.

Comencé a arañar el marco, como un perro que pide que le tiren comida, y en ese instante
la puerta, como de milagro, se abrió.

-¡Buenos días!- dije al entrar, tropezando con Antonio, que quería salir.

La doctora me miró, sorprendida. No estaba acostumbrada a tanta intensidad.

-Juan Luis ¿verdad?
-Ese mismo- balbucí, y me dejé caer sobre la silla. Antonio salió, y cerró la puerta.
-Muy bien, Juan Luis, pues dígame, ¿por qué está aquí?

Joder, joder, joder. Tiene razón. ¿Por qué estoy aquí? Y yo qué sé, ya no, ya no recuerdo a
qué venía. Mierda, mierda, mierda. Que me va a pillar, que me va a pillar. Piensa, Juan
Luis, joder, piensa.

-Pues ustedes sabrán- mentí, sin entender por qué usaba el plural- ustedes me pidieron que
viniera hoy.
-Ah, claro, disculpe. Su doctora no está, y no conozco todos los casos. Si me da un minuto.
-Claro que sí.

Se quedó un rato mirando la pantalla del ordenador.

-Humm- dijo, y siguió leyendo.
-¿Humm?
-Ufff- agregó después.
-¿Ufff?- pregunté nervioso.
-¡Vaya!- añadió más adelante, y se dirigió a mí- ¿cómo la siente?
-¿El qué?
-La próstata, claro.
-Ah, bien. No suelo fijarme en eso.
-Veo que ha seguido creciendo.
-¿Yo?- respondí, sorprendido.
-Su próstata.
-¿Ah, sí?
-Eso dice el informe.
-Pues entonces sí- admití.
-¿Qué tal va al baño?
-Ah, con normalidad. No tengo queja.
-Tal vez sea hiperplaxia, pero habría que hacer un tacto rectal.
-Joder, eso no lo esperaba.
-Es una prueba común. Un poco molesta, pero ayuda a prevenir enfermedades.
-Usted es la doctora- dije mientras me sujetaba las sienes, que iban a estallar- lo que sea
necesario.
-Bien. Le daré un volante.

Cogí el volante, con las manos temblorosas, y salí de allí tan rápido como entré. Me crucé
con Juan Luis, que se interesó por mi salud.

-Una prueba de próstata- le dije.
-¿Usted también?
-Es lo que hay- respondí, con un poco de prisa.

Después salí, y no paré hasta llegar a casa. Aquí di doble vuelta al cerrojo, y me senté en el
sofá, a meditar lo que había sucedido. Tengo un montón de dudas. Todavía no sé quién soy
exactamente. Pero he comprobado que no siento necesidad de entrar al baño, y eso causa
angustia, mucha angustia.

martes, 20 de octubre de 2015

La Extraña Vida de Álvaro Andréu (Fragmento)

Buscan en los libretos la escena del miércoles.


MANUEL.- Es una escena de amigos. Es decir: Clara, Dani y Emilio.
DOCTORA.- (A Clara) ¡Me tiene harta!
EMILIO.- De acuerdo.
MANUEL.- Bien. Supondremos que él se sentará en el sofá. Diana…
CLARA.- (a Diana) Es a ti.
DIANA.- ¿Sí?
MANUEL.- El miércoles os conoceréis.
DIANA.- De acuerdo. (A Clara) Me cuesta acostumbrarme al nombre.
CLARA.- Normal.
MANUEL.- Doctora. ¿Puede hacer de Álvaro?
DOCTORA.- Ya que he venido... ¿Me dais un texto?
MANUEL.- Tendréis que compartirlo. Emilio.
EMILIO.- ¿Sí?
MANUEL.- Hablaréis del proyecto.
DANIEL.- ¿Al fin van a hablar del proyecto?
EMILIO.- ¿Y qué tengo que decirle?
MANUEL.- Está en el libreto.
EMILIO.- Sí, claro.
MANUEL.- Comenzaremos por la página cinco.
DANIEL.- Pero la escena comienza en la dos.
MANUEL.- He dicho la cinco.
CLARA.- Por eso fallan las escenas en grupo. ¡Si nunca las ensayamos bien!
MANUEL.- ¿Habéis encontrado la página? Emilio, puedes empezar.
EMILIO.- (Leen) ¿Sigues con tu proyecto?
DOCTORA.- Sí.
EMILIO.- Estupendo. Porque con el talento que...
MANUEL.- (Interrumpe) chicos, por favor, leed el texto como si os importara.
EMILIO.- ¿No he leído bien?
CLARA.- No. Has dicho (Imita) porque con el talento...
MANUEL.- A ver, silencio. Aquí dirijo yo. Leemos de nuevo.
EMILIO.- ¿Sigues con tu proyecto?
DOCTORA.- Sí.
EMILIO.- Estupendo. Porque con el talento que tienes...
DOCTORA.- He avanzado un poco más.
EMILIO.- ¿Ah, sí? Cuéntame. Joder, cuéntame… (A Manuel) ¿No sería mejor, explícate?
MANUEL.- ¡Qué más da!
EMILIO.- Nunca digo la palabra cuéntame.
MANUEL.- Pues no la digas.
EMILIO.- ¿Ah, sí? Dime.
DOCTORA.- Mira. (Se levanta) Y ahora voy hacia la mesa ¿no?
MANUEL.- ¿Qué dice el texto?
DOCTORA.- ¡Y yo qué sé! (Lee) Que vaya hacia la mesa.
MANUEL.- Entonces ¿qué tienes que hacer?
DOCTORA.- Ir hacia la mesa.
DIANA.- Pero ¿por qué? ¿Cuál es su objetivo?
MANUEL.- Por eso no me gustan los profesionales.
DOCTORA.- (Se acerca a la mesa) Verás. Aún es un borrador, claro.
EMILIO.- Poco a poco.
MANUEL.- Con más énfasis.
EMILIO.- ¡Poco a poco!
MANUEL.- Eso está mejor. Seguid.
DOCTORA.- Pues observa. (Va a coger una libreta. Duda cuál coger)
MANUEL.- No toques nada, basta con que finjas que has cogido una.
DOCTORA.- ¿Qué te parece?
EMILIO.- ¿Qué me parece? ¿Preguntas qué me parece? ¡Es increíble!
DOCTORA.- Tiene fallos.
EMILIO.- Sí. Tiene algunos fallos. (A Manuel) ¿Tengo que...? ¿Tengo que corregirle los fallos?
MANUEL.- Para ganar tiempo. Así avanzará más deprisa.
EMILIO.- Sí, pero no es sencillo.
MANUEL.- Memorizarás las correcciones.
EMILIO.- Es mucho trabajo.
MANUEL.- Lo haces todas las semanas.
EMILIO.- Pero cada vez es más complicado. Necesito tiempo.
MANUEL.- Sí, eso es verdad. Esta tarde te la damos libre.
EMILIO.- Gracias.
MANUEL.- Eso provocará algunos cambios. Clara tendrá que entretenerle.
CLARA.- ¿Yo? Intentará sobarme.
MANUEL.- Por eso mismo.
CLARA.- ¡Eres un cerdo!
MANUEL.- Lo hago por Álvaro. Además...


Se enciende la lámpara y suena una alarma.


DANIEL.- ¡Joder! Otra interrupción.
MANUEL.- Menuda semana llevamos. Esto no es normal.
EMILIO.- Así no puedo concentrarme.


Comienzan a recoger a toda prisa. Todos se ocultan. Diana no entiende qué hacen. No sabe qué hacer y se esconde junto a la mesa de trabajo de Álvaro.

domingo, 14 de septiembre de 2014

El Pequeño Payaso

Había nacido payaso, un gran payaso, pero nadie se lo dijo. Así que pasó los años fingiendo una

dignidad que no poseía. Jamás medró: era incapaz de escupir, de levantarse encima de otro; de fingir

humanidad, pues la sentía. Un día, en una reunión sin importancia, dijo en voz alta:

-Definitivamente, no soy nadie.

Y todos estaban de acuerdo.

Porque nadie prestó atención a un hombre que no sabía levantar la voz, ni golpear con furia la mesa

para defender sus ideas. Cuando alguien le escuchaba, y eso ocurría pocas veces, no podía evitar una

sonrisa

-Serías un gran humorista- solía decirle.

-Siempre que tuviera talento para el humor.

Pronto sintió la soledad a sus espaldas. Veía el mundo como un campo de dolor, pero a nadie le

interesaba.

Una noche hizo una prueba de monologuista. Le dejaron un micrófono y subió a un pequeño

escenario.

-¿Saben por qué llevo un pañuelo en los ojos?- dijo- Porque me aterra mirar la realidad.

Nadie rió.

-¿Y saben por qué nunca tuve pareja? Por lo que se dice de los amantes: de ellos es el reino de los

celos.

No supo continuar. Nadie le miraba.

La última vez que le vi llevaba un sombrero de tela. Nos dimos un abrazo, breve, casi confuso. Quise

saber qué había sido de su vida.

-Nada. Trabajo en una tienda de paraguas. Cada vez se vende menos. Ya no hay tantos charcos como

antes.

-¿Y el humor?

-¿Qué quieres? Nadie entendió mis bromas. No merece la pena intentarlo.

Se alejo, arrastrando los zapatones, sumido en sus pensamientos.

sábado, 8 de marzo de 2014

La Desgraciada y Triste Muerte de Alfonso Payés

¡Ay, Alfonso, mira que estabas advertido! Un hombre como tú no debía entrar a un cementerio. ¡Nunca! Te lo había dicho muchas veces: la curiosidad te matará. Pero tú, terco y furioso, no quisiste hacerme caso. ¿Por qué compraste, Alfonso, esas orquídeas rojas? ¿Por qué cruzaste la valla del camposanto? Nada bueno podía surgir de una visita así. ¡Ay, Alfonso, con lo que tú amabas la vida! Decías que jamás querías morir, que tal vez eras ya inmortal ¿por qué arriesgaste tu suerte? ¿Por qué?
Era una noche desagradable. El viento tuvo que helar tus orejas. Además, la escarcha tenía que impedirte caminar. Y sin embargo entraste, con tus orquídeas rojas. Alfonso, tú nunca me engañaste. A ti no te daba miedo la muerte. Por eso caminaste entre tumbas. Pienso que ibas mirando las lápidas, leyendo las inscripciones, fijándote en las fechas, en los años vividos por los difuntos. ¡Ay, Alfonso, por qué tentaste de tal modo tu suerte! Otro en tu lugar se hubiera arrepentido. Era sencillo: bastaba con poner rostro lúgubre, disculparse con los muertos, y salir. Sí, salir, nada más... todo hubiera sido como hasta entonces, y ahora serías como nosotros. Pero avanzaste entre las tumbas...
¿Para quién eran las flores? No se compran orquídeas para dejarlas sobre una lápida cualquiera. ¿A quién buscabas que estuviese allí? Venías de otro pueblo, Alfonso, era tu tercer día en la ciudad. No conocías a nadie ¡Ni vivo ni muerto! Pero tú seguiste tu camino, despreciando la vida. Paseaste bajo de los cipreses, que no podían darte sombra. Y encontraste aquella lápida. Debió de ser a medianoche. Entre dos mausoleos una zanja, tan larga como tu cuerpo, tan estrecha que no podrían caber en ella dos hombres. ¡Aquella lápida, Alfonso! ¿Por qué tenías que agacharte para leer el nombre? ¿No te bastaba con el absurdo paseo? ¿Necesitabas saberlo todo? ¡Qué sorpresa tuviste que llevarte! Me lo puedo imaginar... Allí, en el mármol, con caracteres negros, y muy grandes, leíste: “Aquí yace Alfonso Payés Antón”. Y ese eras tú, ¡ja ja ja!, Alfonso; tú eras aquel que debía yacer allí.
Tendrías que haber huido. ¿Por qué te quedaste? Estabas fuera de la tumba. La zanja permanecía abierta, y tal vez se hubiese quedado así durante muchos años. Es probable que el operario del ayuntamiento, por previsión, hubiera cavado tu tumba en sus ratos libres. Sólo por si te morías de improviso en su pueblo, donde nadie te conocía. ¿Por qué te quedaste, Alfonso? ¿Por qué te inclinaste sobre ella y comenzaste  a frotar con la manga de la camisa el mármol? ¿Qué importaba que tuviese algo de barro? Podía limpiarse más adelante, cuando fuese a ser utilizada, no era necesario que salivases sobre ella y dejases tu nombre brillante. No, no era necesario. Llamabas a la desgracia. Nunca lo entenderé, Alfonso. Te quedaste casi una hora, arrodillado, delante de la zanja. No sé en qué pensabas, pero imagino tu rostro cuando, al levantarte, te encontraste frente a la muerte.
Algunos piensan que palideciste, que tus cabellos se tornaron canos, pero esos no te conocen. “Alfonso Payés, les digo con orgullo, jamás temió a la muerte. Si algo hizo fue analizarla con curiosidad”. Yo, en tu lugar, hubiera salido corriendo. Pero tú no. Tú miraste a la muerte. La observaste sorprendido, porque, en lugar de azada, llevaba una pala en su mano derecha. Ella bailó ante ti, estoy seguro, y tú bailaste con ella. No podía ser de otro modo. Lo que más te molestó es que no tuviera forma de cadáver, pero tampoco rostro humano. Quisiste dibujarla, o al menos hacer una descripción de su figura, pero ella se negó. ¡Ay, Alfonso, eso debió de enojarte bastante! Si no fuera por tu carácter... porque ella, estoy seguro, te pidió que te marcharas. No quería darte el abrazo eterno, ¡no quería! Y tú, terco como siempre fuiste, tenías que hacerle unas preguntas. ¡Nadie hace preguntas a la muerte! nadie... menos tú. No hay forma de hacerte callar. Por eso preguntaste si hay vida tras la muerte. Y ella se negó a responder ¡Y ni aún así huiste! ¿Por qué, Alfonso? ¿Por qué tenías que hacer otra pregunta? ¿Era necesario que preguntaras si era la primera vez que os veíais? Imagino tu cara cuando te dijo que no. Que ella te había estado rondando al menos ocho veces. ¿Cuándo? Preguntaste con curiosidad. Imagino tu sorpresa, Alfonso, cuando supiste que uno vive mientras no desea morir. Era un gran descubrimiento. Con eso te hubiese bastado para salir corriendo. Pero  la curiosidad te dominaba. ¿Por qué preguntaste para quién eran las orquídeas rojas? La muerte respondió que para ti. ¿Qué esperabas que dijese? Y ni aún así saliste corriendo. Querías saber si ella es la misma para todos los mortales. Y te dijo que no... Que cada uno de nosotros tiene su propia muerte, con su figura y su atuendo. ¿No era bastante, Alfonso? ¿Por qué te quedaste frente a ella? Te acercaste a su brazo derecho para admirar la pala que sujetaba sobre tu cabeza. De nada sirvió el fétido olor que desprendía, ni la ira que se iba acumulando en sus ojos. Tenías que tocar la pala... Alfonso, ¿por qué lo hiciste? ¡Aquel acto era un desprecio! Tenía que ser castigado. Además, colocar las orquídeas en su brazo izquierdo era una burla inadmisible. ¿Por qué tenías que reírte? Sólo te faltó mear sobre sus faldas. Estoy seguro de que lo hubieras hecho, y creo que la muerte también lo pensó cuando te vio bajarte los pantalones. Por eso avanzó un par de pasos hacia ti, y te obligó a retroceder. Pero, Alfonso, con los pantalones bajados, y la confusión de la noche no podías ver dónde ponías los pies. ¿Qué tuvo de extraño que resbalases en la zanja que había sido abierta para ti? ¿Qué podías hacer sino asirte a la pala, sujetarte en ella y, aprovechando el impulso, empujar a la muerte al fondo de la fosa? ¿Y qué podías hacer sino aprovechar la pala para tapar con arena el agujero y depositar encima de la tierra, con delicadeza, el ramo  de orquídeas rojas?...
¿Y ahora, Alfonso, qué vas a hacer ahora, que has alcanzado la inmortalidad?

sábado, 20 de abril de 2013

Con los Ojos Cerrados. Microrrelato


Ayer me levanté con los ojos cerrados. Llegué sin esfuerzo hasta la cocina y me preparé un café. Al volver al salón tropecé con una caja, el aspirador y la mopa del polvo. Me propuse  limpiar de una vez el suelo, pero lo olvidé a la media hora. Cuando mi mujer me vio con los ojos cerrados creyó que me había quedado ciego y se puso a gritar. Pero no, simplemente no los había abierto, que es muy distinto. Entonces entre ella y mi hijo comenzaron a hacer suposiciones. Tal vez, decía uno, me daba tanta lástima la realidad que prefería no verla; también es posible, replicaba la otra, que una ceguera inesperada me impidiese abrirlos. Intenté explicar que ambos erraban, pero me echaron porque no les dejaba pensar. Salí a la calle. Tropecé con una farola, un bordillo y caí a una zanja a medio tapar. Allí, tumbado, oí cómo se lamentaba el jefe de obra porque tendrían que echar el cemento de nuevo. Me agarraron entre dos y me sacaron al paseo. Crucé por alguna parte y pisé algo que parecían huevos, pero más pequeño y delicado. Con cemento en la chaqueta seguí camino adelante, hasta que supuse que nunca más podría volver a mi casa, salvo que abriera de nuevo los ojos. Pero no recordaba cómo se hacía y tampoco el nombre de mi calle. No importa. Encontré esta mañana otra mujer y otro hijo que lo quieren ser míos, y cuya única condición es que no abra jamás los ojos. Y cuando les pregunto ¿cómo voy a abrirlos? ¿Acaso hay alguna forma? Ellos deniegan. Creen que me confunden, pero yo sé que los abren, y que prefieren no explicarme su método.

martes, 19 de marzo de 2013

Baldosas Azules (Microrrelato)



Algunas veces cambia el color de las baldosas. La culpa es mía, pienso, por que no las miro lo suficiente. Tal vez sean siempre azules, tal vez siempre rojas, o marrones, o tal vez depende del día. Acostumbrado a posar los dedos sobre el teclado del ordenador, ya ni observo lo que me rodea. Anteayer, sin ir más lejos, entraron a robar en casa. Yo lo vi, de reojo, casi sin querer, pero no me levanté, por no molestar. Además, me dije, como no tengo nada de valor es mejor no interrumpir. Seguí tecleando, buscando la historia que nunca encuentro, la idea perfecta, el cuento sublime. Vi durante un instante cómo se llevaban el violoncello, pero callé, porque no sé tocarlo, y con el tiempo se ha convertido en un objeto más; incluso, imagino, ha perdido su musicalidad. Ahora es un mueble entre los muebles.
Vi cómo desenchufaban la tele y la cargaban entre dos hasta la puerta. Tampoco me importó. No la enciendo nunca. Así me servirá, pensé, para justificar ante mis amigos que no veo tal programa, ni sé quién es aquella presentadora famosa de la que (y a la que) nunca oí hablar.
Uno de los ladrones me quitó el ordenador. Eso ya era demasiado. ¿Qué iba a hacer sin mis teclas y mis palabras? Me levanté y seguí al ladrón. Tuve que apartarme, porque, a cambio, me traían un sofá, y por poco caigo encima. Lo miré, sorprendido, y me senté en él. ¡Qué cómodo! ¡Qué confortable! Verdaderamente valía la pena perder todo lo demás. 
Así que ahora escribo a mano.

martes, 5 de febrero de 2013

Para el Perro (Microrrelato)

Con la boca amortajada de vino recogió del aire un poema nuevo. Lo pesó, lo levantó sobre su cabeza, lo aplastó contra el vientre, hasta hacerlo plano, y lo devoró, para vomitarlo en curvas sinusoides sobre líneas rectas. Había nacido la obra. Pero solo, olvidado, en una vejez de sueños que lo mutilaba, no tuvo a quién dar a leer, sino su perro, tan fiel, desordenado y precioso. Leyó su pañuelo de letras mientras el perro cosía el aire a puntadas de cola y babas. Las palabras caían sobre el hocico, y allí resbalaban hasta la lengua, que las chupaba. Dos lametones postreros, en ambas manos, confirmaron que, en efecto, el poema era bueno.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Grupos

Algunas mañanas me entretengo realizando divisiones. No me refiero a operaciones aritméticas, que superé hace algunos años, sino a divisiones en grupo. Entonces pienso que hay dos tipos de personas, las fumadoras y las que no. Yo entro en el primer grupo, pese a que sólo fumo un cigarrillo al mes, y en domingo. Satisfecho de mi conclusión, lo intento de nuevo. Hay dos grupos de personas: los solteros y los casados. Me refiero a estados actuales, para estar en el primer grupo, aunque de vez en cuando me doy el placer de pasar por el segundo. Y sigo: hay dos tipos de personas, los sinceros y los mentirosos.
Ahí me detengo.. No conozco a nadie del primer grupo. Sólo yo mismo, transparente como soy, pues eso decía mi segunda mujer. Esto requiere reflexión, me digo, y me asomo a la ventana. Allí, después de observar cómo pasa la gente en silencio, me parece comprender que, cuando no se habla, tampoco se puede mentir. Así que el que calla es, al menos, honesto. Entonces, pienso, algún sincero más habrá, aunque no lo conozca.
Hay dos tipos de personas, continúo, los agradables y los que no lo son. Es subjetivo, lo sé, porque quienes nos parecen agradables a otros les parecen lo contrario. Pero acepto la subjetividad, porque esto es una lista personal, y por tanto, incapaz de ser objetiva ¡ni falta que hace!
Hago varias listas, hasta que llega la inevitable: hay dos tipos de personas, las altas y las bajas. Aquí me detengo, frustrado, pues sé que no tiene salida. ¿Hasta qué altura se es bajo? ¿Desde qué altura se es alto? ¿Las cifras pueden coincidir?
He decidido que un metro setenta, mi altura, es la altura media ¿Soy alto o bajo? La decisión es compleja. Sé que no soy una cosa ni la otra, pertenezco a un grupo inexistente. Y ese es el fracaso de mis listas. No me puedo permitir otro fracaso, así que finjo que soy alto (lo prefiero), que la lista está bien hecha, y decido dedicarme a otra cosa. Pero como es domingo, y no tengo nada que hacer, enciendo un cigarrillo que fumo, para matar el tiempo, como si de verdad me gustara el humo que arroja a los pulmones.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Fiestas

La lluvia arranca trozos de cielo
(aquel que sostuvo que eran lágrimas
mentía). La farola refleja
un rostro que conserva los sueños.
Sonríe. Lleva tres pedacitos
De estrella en los labios y el bosquejo
De un sol que agota la madrugada.

sábado, 10 de diciembre de 2011

El Patriarca (Microteatro)

La acción transcurre en una casa antigua. En el centro de la escena una mesa, un sofá con un bastón apoyado a su derecha. A cada lado de la mesa una silla.

Rosalía, de pie, junto a la silla de la izquierda, se arregla la ropa mientras mira a la parte derecha. Por allí entra Edgar. Ella sonríe. Él está confuso.

ROSALÍA.- ¡Edgar, has venido! Creí que... (Pausa) ¡Gracias!

Edgar avanza. Ella también. Se dan un beso junto a la silla de la derecha.

EDGAR.- ¿Está en casa?
ROSALÍA.- No lo sé (Pausa) Aparece y desaparece como una sombra (Pausa) ¿Y el equipaje?
EDGAR.- En el hotel.
ROSALÍA.- Creí que... he cambiado las sábanas y... bueno, he limpiado tu habitación. Está como la dejaste. ¿Quieres verla?
EDGAR.- No.
ROSALÍA.- De acuerdo. (Silencio) Siéntate, al menos.

Edgar se sienta en el sofá. Ella a su lado.

ROSALÍA.- Hace diez años que marchaste, hermano. ¿Te das cuenta? Aún éramos jóvenes. (Pausa) El tiempo pasa.
EDGAR.- ¿Y este bastón?
ROSALÍA.- Lo compró hace un mes. Pagamos por él casi cien euros.

Edgar coge el bastón.

EDGAR.- Entonces está en casa.
ROSALÍA.- Lo dejó ahí el mismo día que lo compró.
EDGAR.- ¿No lo utiliza? ¿Ni siquiera cuando sale a la calle? (Pausa) ¿No está?
ROSALÍA.- ¡Yo qué sé! Es como si no estuviera nunca. No me entiendes ¿Verdad?
EDGAR.- No, no te entiendo.
ROSALÍA.- Es una marioneta la que, a veces, avanza por el pasillo, o se sienta a mirar la televisión.
EDGAR.- ¿Qué le ocurre?
ROSALÍA.- Los años. (Pausa) Necesito hablar contigo. Tengo que contarte algunas cosas. (Pausa)
EDGAR.- Creí que estaba enfermo.
ROSALÍA.- Lo está. Escucha... No puedo más, Edgar. Su vida me consume ¡Escucha! Dispone de mi voluntad sin que pueda negarme a sus caprichos.
EDGAR.- ¿Por qué dices eso?
ROSALÍA.- Porque me domina. A veces me rebelo y lucho contra él. Pero es más fuerte, y sabe cómo destruirme.
EDGAR.- ¿Necesitas ayuda?
ROSALÍA.- ¡Necesito hacer mi voluntad, no la suya! (Pausa) Además, es cruel (Pausa) Se ha hecho cruel (Pausa) ¿No quieres saber por qué? (Grita) ¿No quieres saber?
EDGAR.- ¿Está en casa?
ROSALÍA.- No lo sé. No saluda cuando entra ni dice adiós cuando sale. Me desprecia.
EDGAR.- No te desprecia.
ROSALÍA.- El jueves vino un vendedor de libros. Yo no estaba en casa. ¿Sabes lo que ocurrió? ¿Sabes qué hizo? ¿Eh? ¿Te imaginas qué hizo? (Pausa) Compró los “Episodios Nacionales”. Veinticuatro volúmenes. ¡Mil doscientos euros! ¿Te parece normal?
EDGAR.- Es su voluntad.
ROSALÍA.- ¿Cuándo ha leído un libro? Dime ¿Cuándo lo ha leído? ¡Jamás! Ni siquiera miraba las portadas (Pausa) No entiendes lo que ocurre ¿verdad? ¡Quiere humillarme!

Se abre la puerta del fondo y aparece el padre. Viste bata roja y sandalias con calcetines negros. Edgar se levanta e intenta ir hacia él, pero cae torpemente en el sofá.

PADRE.- Sin tanta solemnidad, por favor. Encantado, joven, puede tomar asiento. Volveré en un rato (Camina hacia la izquierda) ¡Paciencia! (Sale)
EDGAR.- No me ha reconocido.
ROSALÍA.- Lo que no puede ver, no existe...
EDGAR.- Pero...
ROSALÍA.- Ni ha existido jamás.
EDGAR.- Sin embargo...
ROSALÍA.- No mira a su alrededor, sólo imagina. Edgar, tú no existes (Pausa) ¿Sabes qué hizo la semana pasada?
EDGAR.- ¿Cómo quieres que...?
ROSALÍA.- La semana pasada gastó ochocientos euros en una peluca horrible.
EDGAR.- ¿Para disimular su calvicie?
ROSALÍA.- ¡Una peluca naranja! (Pausa) Sobrepasó el límite. Ayer fui a hablar con un abogado.
EDGAR.- ¿Un abogado? ¿Por qué?
ROSALÍA.- Para controlar los gastos. Podemos hacer una solicitud para que yo sea su tutora legal.
EDGAR.- No me gusta la idea.
ROSALÍA.- ¿Quieres que se arruine?
EDGAR.- Por supuesto que no. (Saca unos papeles y se los entrega a Rosalía)
ROSALÍA.- ¿Qué es esto? (Lee) Es un contrato.
EDGAR.- El vecino quiere comprar este piso. Su intención es tirar la pared y así ampliar el suyo.
ROSALÍA.- Pero el piso no es nuestro.
EDGAR.- ¡Ochenta mil euros, Rosalía! ¿Te figuras cómo sería tu vida con tanto dinero?
ROSALÍA.- No podemos venderlo.
EDGAR.- Nosotros no.

Pausa. Aparece el padre por la izquierda y los mira.

PADRE.- Rosalía, ¿dónde están las galletas?
ROSALÍA.- No quedan.
PADRE.- ¿Cómo es posible? Esta mañana las he desayunado.
ROSALÍA.- Y mañana las desayunará de nuevo. Pero no a estas horas.
EDGAR.- Dale las galletas.
ROSALÍA.- Salen muy caras.
EDGAR.- Si quieres que firme es mejor que esté de buen humor.
ROSALÍA.- Están detrás de los platos.

Sale el padre por la izquierda.

ROSALÍA.- Tú le odias. ¿Verdad?
EDGAR.- ¡Rosalía!
ROSALÍA.- ¿Qué te importa su vejez? Que muera pronto ¿no es eso?
EDGAR.- ¿Por qué hablas así?
ROSALÍA.- ¿Has pensado qué hará si vendemos el piso?
EDGAR.- Dentro de un par de años esta cueva no valdrá ni la mitad ¿Por qué esperar? Además, hermana, te conozco muy bien. Deseas el dinero tanto como yo.
ROSALÍA.- Pero yo lo he cuidado. He estado aquí estos diez años...
EDGAR.- Chupando su dinero.
ROSALÍA.- ¡Te odio!
EDGAR.- Tal vez no tengas que verme nunca más.
Aparece el padre por la izquierda.

ROSALÍA.- Ahí le tienes, en la puerta, con los ojos vacíos.

Edgar guarda el contrato y se levanta. El padre llega hasta el sillón y se sienta. Edgar se sienta a su lado y Rosalía en la silla de la derecha.

PADRE.- He dejado el vaso en la cocina.

Rosalía sale.

PADRE.- ¿Come mucho arroz?
EDGAR.- De vez en cuando.
PADRE.- El arroz es bueno para el hígado, o para los pulmones, o para el estreñimiento, o yo qué sé. Hágame caso. ¿Puedo darle un consejo?
EDGAR.- Claro.
PADRE.- Nunca tenga las defensas bajas. Y, si es posible, haga subir a la media. Sólo de este modo es posible un buen resultado.

Rosalía regresa con un vaso de leche y un plato de galletas.

PADRE.- ¡Ah! ¿Qué le decía? (Pausa) Si no le importa, joven, necesito espacio para comer.

Edgar se sienta en la silla de la izquierda.

PADRE.- ¡Rosalía!
ROSALÍA.- Di, padre.
PADRE.- ¿Padre? ¿Por qué? Humm ¿Puedes traer un vaso de agua?
ROSALÍA.- ¿No quiere la leche?
PADRE.- Se está volviendo blanca.

Rosalía sale.

PADRE.- ¿Sabía usted que la leche sale del arroz? Porque yo lo ignoraba.
EDGAR.- Yo también lo ignoraba. (El padre le observa. Pausa)
PADRE.- ¿Quiere otro vaso de agua?
EDGAR.- No, gracias. No tengo sed.
PADRE.- Yo diría que sí.
EDGAR.- No, no, se lo aseguro.
PADRE.- ¿Quién ha muerto? (Pausa. Más fuerte) ¿Quién ha muerto?
EDGAR.- No lo sé.

Entra Rosalía con un vaso de agua.

PADRE.- (Sin verla) ¿Quién ha muerto?
ROSALÍA.- Nadie ha muerto.
PADRE.- ¿Cómo es posible? En una ciudad de cuatro millones de habitantes alguien tiene que haber muerto.
ROSALÍA.- Mueren muchos, pero no les conocemos.
PADRE.- ¿Por qué no les conocemos? ¿Eh? (Pausa) ¡Oh, podría ahogarme!
ROSALÍA.- ¿Qué ocurre?
PADRE.- Demasiado líquido. Quita un poco de agua.
ROSALÍA.- Sí, padre.

Rosalía sale.

PADRE.- ¿Padre? ¡Ah, ya sé por qué me llama padre! (Hace una señal en el aire)

El padre se quita las sandalias y los calcetines. Deja uno sobre su regazo y el otro lo estira hasta que rompe la costura del fondo. Coge el que tiene sobre el regazo y repite la misma operación. Rosalía, que vuelve con el vaso, le ve hacer el esfuerzo.

ROSALÍA.- ¿Qué hace, padre?
PADRE.- ¿Cómo padre? ¡Ah, sí, no lo recordaba! (Repite el gesto anterior, que ahora parece una cruz) Remiendo.
ROSALÍA.- Pero no remienda. Está rompiendo los calcetines.

El padre se coloca los calcetines en los pies, con los dedos al aire

PADRE.- ¿Por qué ocultar una de las bellezas del hombre? ¿Hay algo más erótico?
ROSALÍA.- Los pies no son bellos.
PADRE.- Sí lo son.
ROSALÍA.- Son horrorosos. Una deformación del cuerpo.
PADRE.- Escucha y aprende: lo más hermoso en un hombre son los dedos de los pies.
ROSALÍA.- ¿Tú que opinas?
EDGAR.- Me parecen... bonitos.
ROSALÍA.- ¡Edgar!
PADRE.- ¿Edgar? Tuve un sueño llamado Edgar. Tal vez no fue un sueño, sino un hijo. Lloraba mucho. Con frecuencia se escondía debajo de mis alas. Debía ser un polluelo.
ROSALÍA.- Usted no tiene alas.
PADRE.- Pero las tuve. (Pausa) Un día el sueño huyó de aquí, ¿o fue el polluelo...? Y me rompió las alas ¿Por qué le cuento esto? ¿Sabe de pollos?
EDGAR.- Sé de alas rotas.
PADRE.- ¿También ha quebrado alguna?
EDGAR.- ¡Padre! ¿No me conoce?
PADRE.- ¿Padre? (Hace el gesto, que es claramente una cruz) ¿Está bautizado? (Edgar mira a Rosalía y asiente) Entonces no necesito el agua. Rosalía, trae una copa de vino.

Rosalía sale. El padre se registra los bolsillos y saca un trapo negro que coloca sobre los hombros. También una peluca naranja que se coloca en la cabeza. Rosalía vuelve con un vaso de vino y un plato con varias galletas redondas. El padre coge el vaso de vino con una mano y una galleta en la otra.

ROSALÍA.- ¿Qué va a hacer, padre?
PADRE.- Lo que se hace en estos casos. ¿Tenéis los anillos?
ROSALÍA.- ¡Es absurdo!
EDGAR.- ¡Calla!
ROSALÍA.- No me casaré contigo.
EDGAR.- ¿Acaso es sacerdote?
PADRE.- ¡Hermanos! Hemos venido a unir en santo matrimonio...
EDGAR.- Faltan los testigos.
PADRE.- ¿Qué dice?
EDGAR.- Que faltan los testigos. No se puede celebrar una boda sin testigos.
PADRE.- Rosalía y yo seremos tus testigos; tú y yo seremos los de ella.
EDGAR.- ¿Y el contrato? Hay que firmar un contrato.
PADRE.- No es necesario ningún contrato.
EDGAR.- Al contrario, padre. Si no hay contrato no hay boda. El contrato es lo más importante. Suerte que siempre llevo uno encima ¡Y por triplicado!

Edgar saca un papel del abrigo y lo pone encima de la mesa.

PADRE.- ¿Qué es esto?
EDGAR.- ¡El contrato nupcial! (El padre intenta leer. Edgar le quita el papel de las manos) Son sólo palabras.

El padre se inclina sobre la mesa y derrama el vino sobre el papel. Rosalía se levanta con rapidez, saca un trapo del bolsillo y limpia la mesa.

EDGAR.- Suerte que aún me quedan dos copias.

Edgar deja otro papel sobre la mesa.

PADRE.- Continúo. Hermano Atanasio ¿Quieres a Rosalía por esposa?
EDGAR.- No me llamo Atanasio.
PADRE.- No importa. Di que no la quieres.
ROSALÍA.- ¡Papá!
PADRE.- Habla, Atanasio. No la quieres y nunca la has querido. Confiesa, y os caso. El amor es un problema de convivencia. Si hay amor me niego a casaros...
ROSALÍA.- ¡Padre!
EDGAR.- No hay amor, nunca hubo amor ¿Verdad, Rosalía? (Guiña un ojo)
PADRE.- Entonces ¿No os amáis?
EDGAR.- De ninguna manera.
ROSALÍA.- Jamás he sentido por él tanto odio como esta noche.
PADRE.- Eso me figuraba. Podéis firmar.

Ambos lo hacen. El padre va a levantarse. Edgar lo retiene.

EDGAR.- Aún queda un detalle.
PADRE.- ¡Ah, sí, sí! Disculpa.

Se inclina sobre el contrato y vuelca el vaso de leche sobre él. Edgar se levanta, furioso. Rosalía limpia la mesa y le mira. Edgar se calma.

EDGAR.- (Muy amable) Aún tengo el último ejemplar.

Lo deja sobre la mesa. Vigila al padre.

ROSALÍA.- ¿Firmamos?
EDGAR.- Claro.

Ambos firman.

PADRE.- Puedes besar a la novia.

Intenta levantarse. Rosalía lo retiene.

ROSALÍA.- Padre, falta usted.
PADRE.- ¿Qué deseas que haga?
ROSALÍA.- Firmar... el contrato.
PADRE.- ¡Ah, claro, ya recuerdo!

Se inclina sobre la hoja. Edgar, nervioso, coge el vaso de agua. El padre lo mira con curiosidad.

EDGAR.- Tengo sed.
PADRE.- Ya se lo advertí hace un rato.

Edgar bebe de un tirón todo el vaso. El padre coge el bolígrafo.

ROSALÍA.- ¡Padre!
PADRE.- ¿Padre? Sí, claro.

Rosalía duda si detenerle. Edgar cruza detrás del sofá y la sujeta de las manos. El padre levanta el documento y lo agujerea con el bolígrafo.

PADRE.- ¡Oh, qué torpeza!
EDGAR.- No importa. Aún puede servir.
PADRE.- Entonces ¿firmo?
EDGAR.- Firme.

El padre se quita la peluca y mira a Rosalía.

PADRE.- ¿Lloras?
ROSALÍA.- No, padre, ¿por qué iba a hacerlo?
PADRE.- Aún estás a tiempo de impedir la boda.
ROSALÍA.- No, padre. Firme.
PADRE.- (Firma) ¿Eres feliz?
ROSALÍA.- (Abraza a Edgar) Sí.
PADRE.- Eso es bueno, porque ahora os tenéis el uno al otro. ¡Los dos polluelos! Yo os bendigo. Sí, tenéis mi bendición.

Comienza a romper el contrato en pedazos que introduce dentro de la peluca.

EDGAR.- ¿Qué hace?
PADRE.- Intento que esta unión no se deshaga jamás.

Termina de romper el contrato y tira los pedazos sobre ellos como si fuese arroz. Edgar se agacha a recoger los fragmentos. Rosalía le imita.

PADRE.- Por siempre, por siempre.
EDGAR.- ¡Viejo loco!

Coge el bastón por el mango y comienza a golpearles.

PADRE.- Por siempre saldréis de esta casa. Por siempre (Rosalía y Edgar huyen por la derecha) ¡Y juro que jamás volveréis a pasar por esa puerta!

viernes, 8 de julio de 2011

La Canción del Marinero

Marcho siempre a la deriva,
Viajo con rumbo extraviado,
En el corazón me guía
Un rayo de agua marina,
Un timón seco y quebrado.
Marcho siempre a la deriva
decidir es muy cansado.

Quise ser buen marinero
Porque el asfalto me aburre.
Quise ser buen marinero.
La paciencia me consume
Cuando no me lleva el viento.

Siempre he sido marinero
Con la barca en rebeldía,
Siempre he sido marinero
Desde el agua a la bahía
Desde la tierra hasta el cielo
Siempre he sido lo que quiero,
Sin el agua me aburría
En la mar todo lo tengo.

Quería atravesar los mares
Al verlos desde la playa,
Quería recorrer los mares
Pero los mares acaban
Y el recuerdo que me queda
Es el de espuma en el agua,
Es el de nubes y de algas.
Y es que el tiempo se consume
Pues navego hacia la nada.
Soñaba dejar las cumbres,
Tantos mares me rodeaban.

Luché, incansable, contra olas,
Contra vientos y mareas.
Siempre combatí las olas,
Y mi nave en las tormentas
Recortaba piedras, rocas.
Nunca pudieron las botas
doblegar su capitán
Y el miedo, que otros tendrán
Cuando inicien la faena,
Nunca torció mi certeza:
“Sé que el viento cambiará”.

El día que salí a la mar
El timón dejé en la tierra.
El día que salí a la mar
Arrojé al agua mis penas
A la tierra mis temores
Y fui lanzando canciones
Que hablaban de libertad.
El cielo ondeaba en la mar,
Sobre la tierra el adobe.
.

navegando a la deriva
Marcho siempre a la deriva
Es mi dirección la brisa
Y entre mi escaso equipaje
Llevo el brío de mi sangre
Mezclado con mi alegría.


Cuando la luna me espera
Con sus curvas entreabiertas
Siento que el agua me bate,
Y conteniendo la sangre
Me arrastro hasta la ribera,
Entonces la mar me apresa
Entonces me anima el aire.
Y el cielo, como de alambre,
Se tuerce de tal manera
Que mi piel, ya turbia y vieja
Florece y se vuelve carne.

Va mi voz como ceniza
Navegando a la deriva,
Con las manos entreabiertas
Siempre huyendo de la tierra
Viajando donde me llevan
Lámparas de agua y ventisca.
Y cada día a la deriva,
Siempre viajo a la deriva.

lunes, 20 de junio de 2011

Para Aliviar la Soledad

Para aliviar la soledad que me conmueve
Busco en tus vértices una caricia leve,
El roce de una piel que me estremece y canta,
Dos dulces labios que son nubes de garganta,
Y un éxodo incesante de amor y ternura
Que se derrame como nieve en levadura.

Para aliviar la soledad que me domina
Sirven tus dedos como miel sin medicina,
Y entre tus piernas que estremecen mi sudario
Dejo sin carne las hojas del calendario.
Hasta que el sol derrama piedra contra muro
Siempre pretendo reposar en el oscuro.

Para aliviar mi soledad busco tu encanto
Pues como extraña sombra entre tus pies levanto
La vida al aire, y así me saca del tormento
Ser o no ser entrelazado por el viento.
Pero tus labios deliciosos, aunque infames,
Siempre me gritan: ¡quiéreme, más no me ames!

martes, 29 de marzo de 2011

El Dios de los Tautéridos (Microteatro)

La escena transcurre en la tierra de la tribu de los Tautéridos. Éstos, habiendo sido expulsados, malviven junto a la orilla del río, contratados algunos para la construcción de un palacio en sus antiguas tierras. Junto al futuro palacio (que queda a la derecha del espectador, aunque no lo vea) el capataz, con casco, de pie en mitad del escenario, observa los planos sobre un atril. A su izquierda, con mono y casco, el obrero, que atiende a sus indicaciones.

El capataz se inclina sobre el plano, después se levanta y suspira.

CAPATAZ.- Hemos perdido dos semanas. ¿Qué sabemos del suelo?
OBRERO.- La madera no llegará hasta el jueves.
CAPATAZ.- ¿Qué día la enviaron? (El obrero deniega) ¿Cómo va a llegar el jueves si no la envían?
OBRERO.- Han dicho que saldrá hoy mismo.
CAPATAZ.- Hoy es martes.
OBRERO.- Sí.
CAPATAZ.- No llegará a tiempo. (Furioso) ¿Por qué tuve que venir aquí, con lo feliz que era en Roma? Dos meses llevamos y aún no hemos puesto los cimientos. Y luego, este calor asfixiante...
OBRERO.- Esto antes era una selva.
CAPATAZ.- Lo sé: he estudiado el terreno. Hace treinta años incendiaron la selva, y los de la tribu que aquí vivían...
OBRERO.- Los Tautéridos.
CAPATAZ.- Como se llamasen, ¿qué importa? Abandonaron las tierras.
OBRERO.- Obligados por el incendio.
CAPATAZ.- Por lo que fuese. ¡Qué más da!
OBRERO.- Y por la violencia de los invasores: muchos fueron asesinados.
CAPATAZ.- ¿Me vas a hablar de política?
OBRERO.- Ahora malviven al otro lado del río.
CAPATAZ.- Poco me importa (Molesto) ¿Por qué no hay nadie en la obra? ¿No estarán jugando otra vez a las cartas?
OBRERO.- Seguro que no. Lo que ocurre es que, como no tenemos material para las vigas, pues...
CAPATAZ.- Tienes suerte de que este palacio no sea para mí. Nunca he tenido fortuna, pero daría uno de mis ojos por alcanzar un puesto respetable.
OBRERO.- Lo entiendo.
CAPATAZ.- ¿Qué vas a entender? Si tuviera un poco de poder, te sacaría hasta la última gota de sangre. ¡Ah! ¡Qué bello vivir cuando los demás hacen lo que deseas! ¿Qué pasa con los trabajadores?
OBRERO.- Voy a ver qué ocurre (Sale por la derecha, en dirección a la obra)
CAPATAZ.- Desgraciado de mí, qué mala suerte tengo. ¿Para qué vendría a la selva, con lo bien que vivía en Roma? Y ahora este se quedará con los otros, apostando a las cartas. Esto, esto es un desastre. Sí, un desastre. En dos años seguiremos aquí, pasando calor, picados por los mosquitos, e invadidos por la pereza... ¡Si esto es una obra, que venga dios y lo vea!

Aparece a su espalda Koptocoro, el dios de los Tautéridos. Lleva en la mano izquierda una calabaza que lo representa. En la derecha una lanza. Tiene barba negra que cae sobre la cara como si se tratara de un carnero.

KOPTOCORO.- He venido.
CAPATAZ.- (Sorprendido) ¿Perdón?
KOPTOCORO.- He venido por vosotros.
CAPATAZ.- (Lo observa con curiosidad) Vaya, pues me alegro. ¿Y qué deseas?
KOPTOCORO.- He venido a liberar a mi pueblo del ataque de una tribu extranjera.
CAPATAZ.- Está bien.
KOPTOCORO.- Koptocoro ha hablado. ¿Dónde está vuestro jefe?
CAPATAZ.- No sé a quién buscas, pero soy el capataz de esta obra, que avanza con retraso.
KOPTOCORO.- Entonces ¿Eres el jefe?
CAPATAZ.- Más o menos.

Sigue mirando los planos. El dios golpea con el talón el suelo, y levanta la calabaza por encima de su cabeza.

KOPTOCORO.- Entonces serás el primero en morir.
CAPATAZ.- Algún día.
KOPTOCORO.- Mi pueblo, hoy, será libre.
CAPATAZ.- ¿Quién es tu pueblo? ¿El grupo de holgazanes que juegan a las cartas en lugar de levantar el palacio para el que se les ha contratado?
KOPTOCORO.- Has pervertido su voluntad. Los Tautéridos no serán esclavos de nadie. Hoy recuperarán sus tierras.
CAPATAZ.- ¿Vas a hacer una revolución? ¿Quién te crees que eres?
KOPTOCORO.- (Solemne) Soy Koptocoro, el Dios de los Tautéridos.
CAPATAZ.- No te había visto antes.
KOPTOCORO.- Hace treinta años que no bajo a la tierra.
CAPATAZ.- ¿Y qué piensas hacer? ¿Amotinar a tu tribu?
KOPTOCORO.- No es necesario, yo mismo puedo vencerte.
CAPATAZ.- La burla es graciosa.
KOPTOCORO.- ¿Qué burla?

El Capataz se quita las gafas y se frota los ojos.

CAPATAZ.- Si eres un dios, podrás responderme a una pregunta.
KOPTOCORO.- Claro.
CAPATAZ.- Digo yo, sin ofender: ¿en tu tribu hay un más allá? Porque allá, en Roma, se dice que sí.
KOPTOCORO.- ¿Cómo más allá?
CAPATAZ.- Se dice que después de morir vivirás de nuevo.
KOPTOCORO.- Eso es absurdo. ¿Quién va a vivir después de morir? Cuando te mueres no hay nada.
CAPATAZ.- ¿No hay un paraíso?
KOPTOCORO.- No sé qué es un paraíso. Escucha: la muerte es el final. ¿Qué puede haber después?
CAPATAZ.- La amenaza de un infierno, para controlar la voluntad de los hombres.
KOPTOCORO.- En mi tribu no es necesario, los domino con el sonido de un trueno.
CAPATAZ.- Si yo tuviera el poder del trueno... pero basta con mis sueños de grandeza. ¿Cómo es posible que asustes con un trueno?
KOPTOCORO.- Tú mismo lo comprobarás si no devuelves este terreno a mi tribu.
CAPATAZ.- Tendré que oirlo, porque no tengo poder, aún, para hacer lo que me pides. Bah, nunca tendré ese poder...
KOPTOCORO.- Tal vez no soportes su furia. Algunos se volvieron locos.
CAPATAZ.- Tal vez. Prueba...
El dios levanta la lanza y se escucha un trueno con poca fuerza, casi de juguete..

KOPTOCORO.- (Justificándose) Hace treinta años sonaba más fuerte, tal vez porque esto era la selva...
CAPATAZ.- Claro, claro. Ahora, con tanto ruido...
KOPTOCORO.- Los hombres de mi tribu mataban por orden del trueno.
CAPATAZ.- Sin duda.
KOPTOCORO.- En cambio usted... Si yo le pidiese, en nombre del trueno, que se marchara de aquí y devolviera las tierras a mi tribu ¿lo haría?
CAPATAZ.- Por supuesto... que no.
KOPTOCORO.- (Tiránico) ¿Y si doy otra muestra de mi poder?

Levanta la lanza, suena un segundo trueno, tan suave como el anterior, y cae desde la parte izquierda del escenario una calabaza, que termina a los pies del capataz.

CAPATAZ.- (Mirando la calabaza) En ese caso... tampoco.

Se ríe y coge la calabaza, que sostiene en el aire. El dios, molesto, inclina la cabeza. Entra el obrero por la derecha y pasa por detrás de ambos. Entonces se detiene y se gira, junto a la entrada de la izquierda. Asustado, cae de rodillas.

OBRERO.- Tú debes ser, tú debes ser...
KOPTOCORO.- (Se anima de improviso) ¡Yo soy! Al capataz) ¿Ha visto? Soy conocido.
OBRERO.- ¡Koptocoro, mi Dios! ¿Qué haces aquí?
KOPTOCORO.- (Emocionado) ¿Has dicho “mi Dios”?
OBRERO.- Has de saber, oh, supremo, que soy uno de los Tautéridos. Fuimos expulsados de nuestra aldea y ahora malvivimos en esta triste obra. Todas las noches te pedimos nos restablezcas nuestra tierra, la salud, y la felicidad.
KOPTOCORO.- Deseo a deseo, ¿eh?
CAPATAZ.- ¿Cantan a una calabaza?
OBRERO.- Es un símbolo tan válido como cualquier otro.
CAPATAZ.- ¿Y funciona?
KOPTOCORO.- Por eso estoy aquí, he escuchado sus cantos.
CAPATAZ.- La broma comienza a ser absurda.
KOPTOCORO.- ¿Harás lo que te pida?
OBRERO.- ¡Hasta la muerte!
CAPATAZ.- Dichosa manía tienen los de esta tribu con la muerte.
KOPTOCORO.- Entonces cumple lo que te ordeno. Acaba con tus enemigos, derrota su dios, esquilma sus bienes.
CAPATAZ.- ¡Pobres de nosotros! Me aburro (vuelve a mirar los planos)
OBRERO.- ¿A quién debo matar?
KOPTOCORO.- (Señalando al capataz) A él.
CAPATAZ.- ¿A mí? ¿Por qué a mí? ¿Qué tengo que ver con vuestros problemas?
KOPTOCORO.- Destruiremos la obra.
CAPATAZ.- ¿Vosotros dos?
KOPTOCORO.- (Levantando la calabaza) Así se hará.
OBRERO.- (Señalando al capataz) ¿Por qué tiene una calabaza?
CAPATAZ.- Es tuya. No me des las gracias.
OBRERO.- Escrito está en el libro sagrado de los Tautéridos: “el arma mortal surgirá de la calabaza”.

Extrae del interior un cuchillo enorme.

CAPATAZ.- Debería leer más a menudo, tal vez me hubiese enterado.
OBRERO.- ¡Muere!
CAPATAZ.- (Evitando el cuchillo) Nunca fui hombre de acción, y ahora me arrepiento.
OBRERO.- Deja de correr, gusano.
CAPATAZ.- Eso depende de ti.
OBRERO.- Afrenta la muerte.
CAPATAZ.- ¿No te he dado trabajo?
OBRERO.- Sí.
CAPATAZ.- Y, además, ¿no te pago por él?
OBRERO.- Muy poco.
CAPATAZ.- Pero te pago.
OBRERO.- Sí.
CAPATAZ.- Entonces, ¿por qué me persigues?
OBRERO.- Porque lo manda mi Dios.
CAPATAZ.- Quién fuera tu Dios, que así logra que te muevas.
OBRERO.- Ya ves.
CAPATAZ.- Lo que tampoco entiendo...
OBRERO.- ¿Qué?
CAPATAZ.- ¿Cómo es posible?
OBRERO.- ¿Qué murmuras?
CAPATAZ.- (Agotado) No puedo hablar mientras corro.
OBRERO.- No es tan difícil.
CAPATAZ.- Para ti, que estarás acostumbrado.
OBRERO.- (Se detiene) ¿Qué ocurre?
CAPATAZ.- (También se detiene) No lo entiendo (al Dios) ¿Por qué no me atacas? Entre dos es más sencillo.
KOPTOCORO.- (Con Orgullo) Los dioses inspiramos batallas, pero nunca nos manchamos de sangre.
CAPATAZ.- ¡Cobarde!
KOPTOCORO.- Es una antigua tradición.
CAPATAZ.- ¿La cobardía?

Huye. De pronto se coloca entre el dios y el obrero.

CAPATAZ.-  (Al público) Con este gesto todo cambia. (Al obrero) ¡Ten cuidado, no vayas a herir a tu Dios!
KOPTOCORO.- Desgraciado, no sabes lo que haces.

Se suelta de un golpe y trata de salir volando, pero cae al suelo.

KOPTOCORO.- Hace treinta años funcionaba.
OBRERO.- Creo que saltabas entre los árboles.
KOPTOCORO.- Es posible. Debería ensayar un poco.
CAPATAZ.- (En su espalda de nuevo) Suelta el arma.
KOPTOCORO.- No hagas caso. No puede nada contra mí.

El capataz forcejea con él, pero no logra moverle de su posición. Frustrado, le arranca la calabaza de las manos. Entonces busca en ella un arma.

KOPTOCORO.- ¿Qué haces?
CAPATAZ.- Busco el arma.
KOPTOCORO.- ¿Qué arma?
CAPATAZ.- La que contiene la calabaza, lo decía vuestro libro sagrado, ¿no?
KOPTOCORO.- ¡Pobre idiota! En esta calabaza no encontrarás un arma.
CAPATAZ.- ¿Ah, no?
OBRERO.- ¿Seguro que no?
KOPTOCORO.- Me hacéis dudar. Tendré que mirar los estatutos.

Se sienta y saca un libro.

OBRERO.- (Baja el cuchillo) Habrá que esperar.
KOPTOCORO.- Uy, no te va a gustar lo que estoy leyendo.
CAPATAZ.- ¿Os decidís o le saco el zumo a la hortaliza?
KOPTOCORO.- (Con desprecio) ¡Es una cucurbitácea!
OBRERO.- ¿Qué ocurre?
KOPTOCORO.- (Leyendo) El poseedor de la calabaza...
OBRERO.- Sigue.
KOPTOCORO.- Será el nuevo Dios, superior a todos los demás.
OBRERO.- ¿Eso dice? (El Dios afirma) ¿Dónde?
KOPTOCORO.- Versículo cuarto, párrafo primero. Lee.

(El obrero lee el párrafo completo. El capataz deja de hurgar en la calabaza, y se acerca)

CAPATAZ.- ¿Qué estáis diciendo? ¿Soy el nuevo dios?
OBRERO.- Bueno, la información no está del todo clara. Tal vez un abogado...
KOPTOCORO.- Nadie lee el versículo cuarto.
OBRERO.- Sí, no tiene importancia.
CAPATAZ.- ¡El poder, tengo el poder! (Levantando la calabaza) Arrodillaos ante mi. (Lo hacen de mala gana) ¿Dónde está mi reino?
OBRERO.- (Con desdén) Lo estás pisando.
CAPATAZ.- Es verdad. Pues bien, como jefe... como DIOS vuestro que soy, os ordeno...
OBRERO.- ¿Qué?
CAPATAZ.- (Tira a un lado el casco) La reconquista.
OBRERO.- ¿Cómo?
CAPATAZ.- (Orgulloso, se sienta frente al público) Que cojáis todas las piedras, palos y calabazas que podáis, os reunáis con vuestra tribu, y marchéis a reconquistar vuestras tierras.
OBRERO.- ¡Hurra! Así se hará.
Se levanta y sale por la derecha.
CAPATAZ.- (A Koptocoro) ¿No me has oído?
KOPTOCORO.- Es que como soy un Dios...
CAPATAZ.- Inferior a mí ¿recuerdas?
KOPTOCORO.- Sí (Se levanta, antes de salir) ¿No vienes?
CAPATAZ.- ¿Eh? No, mejor os espero aquí. Ya sabes: Los dioses inspiramos batallas, pero nunca nos manchamos de sangre.

Sale Koptocoro mientras el capataz le mira, sonriente. Telón.

miércoles, 26 de enero de 2011

Desde sus Ojos. Soneto.

El mundo brillando desde sus ojos
Hasta la cuenca de sus ojos, mira
Buscando soluciones al enigma
Que aparte las cenizas de su rostro.

Lleva en su rabia colores sonoros,
Medita, ruge, y mastica saliva.
Mientras la muerte, en él, recobra vida
Encuentra belleza hasta en lo hosco.

Humilde y recio, como un campesino;
Salvaje en su mirar, ya derrumbado;
Los brazos aún quisieran ser el viento.

Morir fue voluntad, nunca es lo mismo
Caer por convicción que por cansancio;
Dejando que la voz replique en eco.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Dos Años de Libertad. Agradecimiento.

Aquella tarde las piedras rompían el cielo.
El mundo, oscuro, giraba a mi alrededor.
El barro conquistaba las murallas.
El viento ululaba con un ritmo fúnebre.

Tenebrosa era ya la noche en estos ojos
Que, aletargados, no deseaban despertar.
Crujían fantasmales llaves en las cancelas.
Los charcos dejaban un goteo desolado.

Ya me alejaba del mundo, sí, me aplastaba.
Caía sin fuerzas, quebrado, sin rabia, ni lucha.
Entre tanta bruma y aquella sordidez
Un luz cariñosa me entregó a la vida.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Aterrizaje. Microrrelato

Entonces- explicó a su compañero de asiento, que había despertado- una explosión extraña... Desde aquí arriba se vio en detalle: un agujero enorme se tragó su envoltorio y la Tierra desapareció, no dejando más que algunos fragmentos de roca. Y nosotros, aquí, en el aire, dando vueltas mientras quede combustible,  pensando qué hemos de hacer, porque este avión- añadió- ya no puede aterrizar en ninguna parte.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Reinhardt

El de las cuerdas de doble vida,
El de las luces contra su estampa,
El que atrapa con su sombría
Sombra ritmos, silencios, palabras...

El que navega entre seis nudos
Que son volcanes que arrastran agua,
Que ya son nubes, que escupen humo,
Que sólo arenas, que son montañas.

El que aprendió las artes del mago
En la carretera, en su caravana.
El que entre dedos clava su canto.

El que con rayos llama a la calma,
El que, en el nombre, se llama Django,
Y es su apellido una guitarra.

sábado, 30 de octubre de 2010

Nocturno. Soneto

Necesito el olor del tabaco
Quemando suavemente los labios.
Notar el humo contra los párpados:
Esta noche me siento abandonado.

    Quisiera despertar entre unos brazos
Cobijarme en ellos, agotado,
Es imposible: de todo me canso,
De amigos, mujeres y trabajo.

    Es la una. Pasean los borrachos,
Deambulan con los bares cerrados.
Y yo aquí, fumándome el cansancio.

Fin del placer, se acabó el cigarro.
En cinco horas de nuevo al trabajo...
Un día más de mi vida he quemado.

martes, 19 de octubre de 2010

Monólogo

Soy como el viejo actor
Que repite su monólogo
Exactamente igual cada día
En los últimos 33 años
Pero que, a veces, cansado
Decide variar alguna frase
Y entonces, con la embriaguez
Por los labios que aún no tengo
Comienzo susurrando
Y luego grito tu nombre
Como si fueras capaz
De liberar mi monotonía,
De alterar mis sentidos,
De hacerme sonreír.
En esos instantes
El aburrido monólogo
Toma forma de belleza
Y de dulce eternidad
Por siempre, ¡por siempre!

viernes, 15 de octubre de 2010

Ausencia

Caigo en la mísera lucha que sostengo en mi interior.
La tristeza, pienso, es un león hambriento,
que no se cansa de devorar y de aplastar
Los restos de este amor imposible que me derrumba.
Algunas veces salgo, vivo, observo el exterior,
Y entonces los árboles me parecen muy bellos,
Y los caminos están  llenos de hojas azules
Que traen recuerdos agradables, y me hacen sonreír.
Pero luego vuelvo al oscuro sótano de mi mente,
Al recuerdo de aquella que me quiere y me mata,
Y me duele y me aparta, y me busca y me ahoga.

No sé por qué me saltan las lágrimas si pienso
Que tal vez debería odiarla. No sé qué piensa.
No entiendo por qué juega, si es que juega.
Por qué se acerca y me roza, y me mira y me tiene,
Y se aleja y se pierde y se espera escondida
Mientras ardo, me quemo, me vuelvo cenizas,
Y me apago y sufro, y caigo en la tierra, dormido.
Si sueño, sus labios me saben tan dulces...
Si estoy despierto imagino que saben a tierra,
Y a carne y a leche de pecho materno,
Y a gozo y a gajo de naranja untada con miel.

Vivo dentro de mí. Paseo, escribo, sueño,
Hablo de temas triviales, trabajo, alguna vez troto,
Y sobre todo pienso: en los días que no acaban,
En aquel momento que tanto anhelé una vez,
Y que no llegó jamás. Que no llegará, porque
Aquella ilusión del inicio, los momentos de desdicha,
Las visiones placenteras, nunca podrán ser igual.
Triste mundo este que vivo: hasta el amor se pierde.
Lo matamos poco a poco, entre  juegos con cuchillos
Y palabras que resultan muchas veces venenosas.