¡Ay, Alfonso, mira que estabas advertido! Un hombre como tú no debía entrar a un cementerio. ¡Nunca! Te lo había dicho muchas veces: la curiosidad te matará. Pero tú, terco y furioso, no quisiste hacerme caso. ¿Por qué compraste, Alfonso, esas orquídeas rojas? ¿Por qué cruzaste la valla del camposanto? Nada bueno podía surgir de una visita así. ¡Ay, Alfonso, con lo que tú amabas la vida! Decías que jamás querías morir, que tal vez eras ya inmortal ¿por qué arriesgaste tu suerte? ¿Por qué?
Era una noche desagradable. El viento tuvo que helar tus orejas. Además, la escarcha tenía que impedirte caminar. Y sin embargo entraste, con tus orquídeas rojas. Alfonso, tú nunca me engañaste. A ti no te daba miedo la muerte. Por eso caminaste entre tumbas. Pienso que ibas mirando las lápidas, leyendo las inscripciones, fijándote en las fechas, en los años vividos por los difuntos. ¡Ay, Alfonso, por qué tentaste de tal modo tu suerte! Otro en tu lugar se hubiera arrepentido. Era sencillo: bastaba con poner rostro lúgubre, disculparse con los muertos, y salir. Sí, salir, nada más... todo hubiera sido como hasta entonces, y ahora serías como nosotros. Pero avanzaste entre las tumbas...
¿Para quién eran las flores? No se compran orquídeas para dejarlas sobre una lápida cualquiera. ¿A quién buscabas que estuviese allí? Venías de otro pueblo, Alfonso, era tu tercer día en la ciudad. No conocías a nadie ¡Ni vivo ni muerto! Pero tú seguiste tu camino, despreciando la vida. Paseaste bajo de los cipreses, que no podían darte sombra. Y encontraste aquella lápida. Debió de ser a medianoche. Entre dos mausoleos una zanja, tan larga como tu cuerpo, tan estrecha que no podrían caber en ella dos hombres. ¡Aquella lápida, Alfonso! ¿Por qué tenías que agacharte para leer el nombre? ¿No te bastaba con el absurdo paseo? ¿Necesitabas saberlo todo? ¡Qué sorpresa tuviste que llevarte! Me lo puedo imaginar... Allí, en el mármol, con caracteres negros, y muy grandes, leíste: “Aquí yace Alfonso Payés Antón”. Y ese eras tú, ¡ja ja ja!, Alfonso; tú eras aquel que debía yacer allí.
Tendrías que haber huido. ¿Por qué te quedaste? Estabas fuera de la tumba. La zanja permanecía abierta, y tal vez se hubiese quedado así durante muchos años. Es probable que el operario del ayuntamiento, por previsión, hubiera cavado tu tumba en sus ratos libres. Sólo por si te morías de improviso en su pueblo, donde nadie te conocía. ¿Por qué te quedaste, Alfonso? ¿Por qué te inclinaste sobre ella y comenzaste a frotar con la manga de la camisa el mármol? ¿Qué importaba que tuviese algo de barro? Podía limpiarse más adelante, cuando fuese a ser utilizada, no era necesario que salivases sobre ella y dejases tu nombre brillante. No, no era necesario. Llamabas a la desgracia. Nunca lo entenderé, Alfonso. Te quedaste casi una hora, arrodillado, delante de la zanja. No sé en qué pensabas, pero imagino tu rostro cuando, al levantarte, te encontraste frente a la muerte.
Algunos piensan que palideciste, que tus cabellos se tornaron canos, pero esos no te conocen. “Alfonso Payés, les digo con orgullo, jamás temió a la muerte. Si algo hizo fue analizarla con curiosidad”. Yo, en tu lugar, hubiera salido corriendo. Pero tú no. Tú miraste a la muerte. La observaste sorprendido, porque, en lugar de azada, llevaba una pala en su mano derecha. Ella bailó ante ti, estoy seguro, y tú bailaste con ella. No podía ser de otro modo. Lo que más te molestó es que no tuviera forma de cadáver, pero tampoco rostro humano. Quisiste dibujarla, o al menos hacer una descripción de su figura, pero ella se negó. ¡Ay, Alfonso, eso debió de enojarte bastante! Si no fuera por tu carácter... porque ella, estoy seguro, te pidió que te marcharas. No quería darte el abrazo eterno, ¡no quería! Y tú, terco como siempre fuiste, tenías que hacerle unas preguntas. ¡Nadie hace preguntas a la muerte! nadie... menos tú. No hay forma de hacerte callar. Por eso preguntaste si hay vida tras la muerte. Y ella se negó a responder ¡Y ni aún así huiste! ¿Por qué, Alfonso? ¿Por qué tenías que hacer otra pregunta? ¿Era necesario que preguntaras si era la primera vez que os veíais? Imagino tu cara cuando te dijo que no. Que ella te había estado rondando al menos ocho veces. ¿Cuándo? Preguntaste con curiosidad. Imagino tu sorpresa, Alfonso, cuando supiste que uno vive mientras no desea morir. Era un gran descubrimiento. Con eso te hubiese bastado para salir corriendo. Pero la curiosidad te dominaba. ¿Por qué preguntaste para quién eran las orquídeas rojas? La muerte respondió que para ti. ¿Qué esperabas que dijese? Y ni aún así saliste corriendo. Querías saber si ella es la misma para todos los mortales. Y te dijo que no... Que cada uno de nosotros tiene su propia muerte, con su figura y su atuendo. ¿No era bastante, Alfonso? ¿Por qué te quedaste frente a ella? Te acercaste a su brazo derecho para admirar la pala que sujetaba sobre tu cabeza. De nada sirvió el fétido olor que desprendía, ni la ira que se iba acumulando en sus ojos. Tenías que tocar la pala... Alfonso, ¿por qué lo hiciste? ¡Aquel acto era un desprecio! Tenía que ser castigado. Además, colocar las orquídeas en su brazo izquierdo era una burla inadmisible. ¿Por qué tenías que reírte? Sólo te faltó mear sobre sus faldas. Estoy seguro de que lo hubieras hecho, y creo que la muerte también lo pensó cuando te vio bajarte los pantalones. Por eso avanzó un par de pasos hacia ti, y te obligó a retroceder. Pero, Alfonso, con los pantalones bajados, y la confusión de la noche no podías ver dónde ponías los pies. ¿Qué tuvo de extraño que resbalases en la zanja que había sido abierta para ti? ¿Qué podías hacer sino asirte a la pala, sujetarte en ella y, aprovechando el impulso, empujar a la muerte al fondo de la fosa? ¿Y qué podías hacer sino aprovechar la pala para tapar con arena el agujero y depositar encima de la tierra, con delicadeza, el ramo de orquídeas rojas?...
¿Y ahora, Alfonso, qué vas a hacer ahora, que has alcanzado la inmortalidad?
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sábado, 8 de marzo de 2014
miércoles, 1 de junio de 2011
Variaciones sobre un Tema de Billy Wilder
Sala de una oficina de Nueva York. Es el despacho del director de seguros Keyes. Éste está sentado en el borde izquierdo de la mesa. En el borde derecho el director de la compañía. Sentado, al otro lado de la mesa, con gesto preocupado, Neff. Una bombilla ilumina débilmente el rostro de los tres personajes, de tal forma que cuando se mueven, pasan al oscuro.
Director.- ¿Cómo? ¿Me estáis diciendo que un hombre se hace un seguro de vida, al día siguiente se va de vacaciones y dos días después regresa la viuda a cobrar la indemnización?
Keyes.- Se fueron de vacaciones, eso es todo.
Director.- Es un absurdo. Una triquiñuela para cobrar. El marido tal vez ni existía. ¿alguien lo vio?
Keyes.- Él lo vio.
Neff.- Tenía barba, y muchas ganas... de irse de vacaciones.
Keyes.- Marchaba de vacaciones por Europa, con su mujer. Ella fue quien le propuso el seguro.
Neff.- Una mujer muy hermosa.
Director.- ¿Cómo de hermosa? ¿Lo suficiente para pagar el favor con caricias?
Neff.- No entiendo.
Keyes.- (Al director) Trata de tranquilizarte. Él se hizo un seguro, salieron de vacaciones y tuvo un accidente, nada más.
Director.- ¡No es posible!
Keyes.- Claro que es posible.
Neff.- (Con voz débil) La gente se muere. Es desagradable.
Director.- ¿Cómo dices?
Neff.- Yo no quisiera que muriese nadie. La vida...
Director.- ¡Basta! (Fríamente) Necesito entender por qué lo hiciste, Neff.
Neff.- Ya le he explicado...
Director.- No tiene sentido, y lo sabes.
Keyes.- Neff es nuestro mejor agente. Es capaz de vender un seguro de vida a un recién nacido. Le basta con tintar la garra del muchacho, mientras la madre siente que está haciendo lo mejor por su pequeño.
Director.- Es absurdo.
Keyes.- Cobraremos por ese niño durante ochenta años.
Director.- (Colérico) ¡No me importa el niño! (A Neff) ¿Cómo pagará tu silencio? ¿Pondrá sus labios cruzados con los tuyos? ¿Dejará los muslos bajo tu ventana?
Neff.- ¿Qué ventana?
Keyes.- El muchacho está cansado, deja que se vaya. Escucha, en los negocios algunas veces se pierde, eso es todo.
Director.- (Sin escuchar a Keyes) Resumiendo: una mujer vino a verte y te propuso que hicieras un seguro de vida a su marido, te reúnes con él, acepta las condiciones sin rechistar...
Neff.- Así es.
Director.- El marido firma, marcha con su mujer a Europa, y a la segunda noche, sin testigos, cae al Sena, donde muere ahogado. Su mujer regresa al día siguiente, con intención de cobrar el seguro.
Keyes.- Según la autopsia él no tenía signos de violencia en el cuerpo.
Director.- Una autopsia que se hizo en ausencia de la viuda, que había abandonado en París el cuerpo del marido.
Neff.- Estaba... estaba dolida. Necesitaba descansar, huir de la pesadilla que amenazaba con quebrar su salud. Ella le quería.
Director.- Pero su esposo, a quien tanto quería, se descomponía en una morgue al otro lado del charco.
Neff.- Dijo que eso la hacía sufrir, se culpó por haber dejado su cuerpo en Francia.
Director.- ¿Por qué no se arrojó al Sena para salvar su vida?
Neff.- (Irritado) ¿De noche? Hubieran perecido los dos.
Director.- Y la compañía se hubiese ahorrado la indemnización millonaria que le debe.
Neff.- Eso es cruel.
Keyes.- (Intenta tranquilizar) Tal vez no lo quería tanto. Eso no significa que deseara su muerte.
Director.- Pero murió.
Keyes.- Por azar. Ambos eran jóvenes. Querían pasar unas vacaciones en París ¿Qué tiene eso de sospechoso? ¿Has estado en el Sena?
Director.- ¡No!
Keyes.- Una vez fui con mi mujer... no, con una amante, pero no importa. durante la noche iluminan una parte del río...
Director.- No me interesa.
Keyes.- Es romántico pasear junto a la orilla.
Director.- (Ha ido acercando su rostro al de Keyes) ¡Cá-lla-te-ya!
Keyes.- (Ha imitado el gesto del director, sus narices casi rozan) Además hay un puente maravilloso...
Director.- ¿Me has oído?
Keyes.- No es tan raro que en un ataque de amor, alguien tropiece y caiga al agua.
Director.- ¡Si dices una palabra más, estás despedido!
Se quedan en esa postura. Neff se levanta y se ve su cabeza por encima de los dos.
Neff.- Estoy cansado. Necesito dormir.
Director.- (Se separan bruscamente él y Keyes) ¿Cómo fue el primer encuentro?
Neff.- ¿Cómo?
Director.- (Se aparta de la luz) Sí, cuenta como fue. ¿Qué llevaba puesto ella?
Neff.- Un vestido, creo.
Director.- ¿Estaba hermosa?
Neff.- No lo recuerdo.
Director.- Llevas en esta empresa ocho años. Te he observado tanto como a cualquier otro de tus compañeros. No hay mujer en la que no te fijes (Neff sonríe) ¿Te pareció atractiva?
Neff.- Sí.
Director.- ¿El tipo de mujer que llevarías a tu apartamento un viernes por la tarde con intención de no salir hasta la noche del domingo?
Neff.- ¡Estaba casada!
Director.- Cuando vino a verte aún no lo sabías.
Neff.- No, no.
Director.- (Va subiendo las manos por el pecho de Neff mientras habla) ¿Qué sentiste mientras te tocaba?
Neff.- (Estalla) ¡Eso no ocurrió nunca!
Keyes.- Pobre muchacho.
Director.- ¿Te quieres callar?
Keyes.- Es nuestro mejor agente, si lo tratas mal, se marchará.
Comienzan a discutir fuera de la luz. Neff mira a uno y otro lado.
Director.- Ya lo creo que marchará, pero no con el dinero que nos ha robado.
Keyes.- No ha robado nada.
Director.- Puedo oler una mentira según es pronunciada, y todo lo que ha dicho es falso.
Keyes.- ¿Qué culpa tiene del accidente? No tienes pruebas.
Director.- No las necesito.
Keyes.- Tu actitud es absurda. Abusas de tu poder, nada más.
Director.- (Golpea la lámpara, que comienza a girar encima de la cabeza de Neff) ¡Basta!
Neff se levanta. Va a salir del radio de luz, pero es detenido por el brazo del director, que ahora está a la izquierda del espectador. Neff, a causa de la fuerza del brazo, se sienta de nuevo. El siguiente diálogo tiene lugar muy deprisa.
Director.- La segunda vez que viste a esa mujer... ¿Estaba desnuda?
Neff.- (Molesto) No.
Director.- ¿De qué color vestía?
Neff.- De varios.
Director.- ¿Qué llevaba puesto?
Neff.- ¿Perdón?
Director.- ¿Pantalón, falda?
Neff.- Pantalón.
Director.- ¿Blusa, camisa?
Keyes.- ¿Y eso qué importa?
Director.- ¿Blusa o camisa?
Neff.- Blusa.
Director.- ¿Cómo era la blusa?
Neff.- Oscura.
Director.- ¿Verde o azul?
Neff.- Sí.
Director.- ¿Era verde o azul?
Neff.-Azul.
Director.- ¿Azul claro?
Neff.- Sí.
Director.- Antes dijiste que vestía de oscuro.
Neff.- Hablé con esa mujer tres veces, probablemente mezclo los recuerdos.
Director.- Muchacho, llevo treinta años vendiendo seguros. Monté esta oficina con mis manos. Desde entonces he visto muchas desgracias. La gente muere, eso es irremediable, la vida se detiene, se acaba como se apaga la luz: de golpe. A veces mi olfato me dice que me están engañando. Puede que el cliente sea muy habilidoso, pero siempre hay un gesto que lo delata. Cada año ocurre lo mismo, por lo general por problemas económicos o venganza. Y no sé, no quiero saber, qué te motivó a engañar a la empresa, ¡qué más da!, Tal vez era el cometido que Dios te había ordenado, no seré yo el que juzgue tu destino.
Neff.- ¿Entiendes de qué habla, Keyes?
Keyes.- Escucha, muchacho, ya tendrás tiempo de hablar.
Director.- ¡Has ganado!
Neff.- ¿Qué es lo que he ganado?
Director.- No tengo forma de demostrar que esa mujer asesinó a su marido, salvo que contrate un grupo de abogados que se trasladen a Europa, y eso costaría mucho dinero. Tendremos, entonces, que negociar. ¡Keyes, trae otra silla!
Keyes.- (Le entrega la silla desde la parte derecha) ¿Cómo es posible que lo creas culpable de un crimen y quieras negociar con él?
Director.- Tú no estás aquí, no has escuchado mis palabras, ni las suyas, ¿has entendido?
Neff.- (Con las manos sobre la cabeza) Tenía problemas. En los últimos seis meses había vendido diez seguros, y... (mirando al director, desafiante) ¡Malditas comisiones, así no se puede vivir!
Keyes.- ¿Qué tienen que ver las comisiones? Te está ofreciendo un pacto.
Director.- Eso es. Un pacto, un sencillo pacto. Habla con ella, la cifra que pide es demasiado grande, si no acepta una rebaja tendremos que ir a los tribunales. Y no me gustaría.
Neff.- Necesitaba más dinero, ganaba muy poco, el último mes...
Director.- No te quiero juzgar. Sé lo que es hacer locuras. Estoy seguro que Keyes también.
Keyes.- Yo robaba monedas de la cartera de mi madre.
Director.- Y eso le duele.
Keyes.- Tanto que no lo he podido olvidar.
Director.- Tenemos muchas cosas que esconder, me refiero a los hombres... está bien, muchacho, le propongo una indemnización de la mitad del importe firmado, y nos olvidamos de los jueces.
Neff le observa con curiosidad. Después mira a Keyes, que lo mira con gesto despectivo. Neff baja la cabeza e intenta levantarse, el director se lo impide.
Director.- ¿No es suficiente? Tiene razón, no lo es. Me conformaré con una rebaja del veinticinco por ciento. Para ustedes no supondrá mucho, y a mí me permitirá seguir pagando a mis empleados. Por supuesto, usted ya no será uno de ellos, ¿qué responde?
Neff sigue con la cabeza agachada.
Keyes.- Neff, esa actitud no ayuda. Su posición ante un juez sería compleja, sin embargo la oferta del director evitaría esa situación, además del dinero que ganará gracias al seguro firmado.
Neff.- ¿Habéis oído? Es como el canto de un pájaro. Un gorgojeo suave, ligero, como una declaración de amor.
Keyes.- Está agotado.
Director.- Neff, escuche, le hablo desde la sinceridad. Hay problemas en la empresa, no me conviene dar publicidad a este caso, tenga por seguro que si no ya le habría destruido. Es necesaria, sin embargo, la discreción. Acepte la rebaja que le propongo y olvidaré su rostro para siempre.
Keyes.- ¿Has oído, Neff?
Director.- Estoy dispuesto a pagar esta tarde. Diga a la mujer que pase por mi oficina y terminemos con esta situación.
Keyes.- Vamos, Neff, ¿qué más necesitas? Ella te pagará la comisión que te debe.
Neff.- (Se levanta con poca energía y se va aproximando al público. Tras él, el director) Llevo ocho años en la empresa, en este tiempo he visto reducidas mis ganancias a la mitad, a causa de la reducción del sueldo, y el progresivo aumento de las comisiones.
Keyes.- (Agresivo) ¿Otra vez con esa historia?
Neff.- Los tres últimos meses gané casi la mitad, y no pude pagar la habitación que alquilo. Necesitaba un aumento de las ventas.
Director.- Repito que no le juzgo.
Neff.- Llegó aquella mujer. Tenía en los ojos una rara expresión de malicia, y pensé que debía desconfiar de ella.
Director.- ¿Y le hizo el seguro?
Neff.- No.
Keyes.- (Al fondo, no se le ve) ¿Qué estás contando, Neff? El seguro está firmado.
Neff.- Me negué. Entonces...
Keyes.- No vale la pena.
Neff.- Entonces él me ordenó que lo hiciese.
Ambos se giran y se ve a Keyes sentado en la silla. El director, por la izquierda, y Neff por la derecha se acercan a él.
Director.- ¿Es cierto? ¿Tomó usted la decisión?
Keyes.- ¿Por qué creer...?
Neff.- Usted la conocía, la llamó por un diminutivo, Phi o algo así.
Director.- Un momento, usted tenía una amante, Keyes, a la que llamaba así.
Keyes.- (Sin fuerzas) sí.
Director.- ¿Es ella?
Neff.- El rostro lo delata.
Keyes.- Era un plan perfecto.
Director.- Sin duda. ¿Aceptará la rebaja del veinticinco por ciento?
Keyes.- (Se levanta) Nos conformamos con la mitad.
Director.- Sin publicidad.
Keyes.- Ninguna (Se abrazan)
Neff los mira sorprendido y se sienta en su silla. Saca algunos papeles. El director se gira sorprendido.
Director.- Comprenderá que no puede seguir en la empresa.
Neff.- ¿Por qué?
Director.- Incumplió su cometido al realizar la póliza.
Neff.- Él me lo ordenó.
Director.- No, él le propuso un soborno. Usted aceptó.
Neff baja la cabeza, abre el cajón y saca una chaqueta y una carpeta. Mientras los otros hablan él sale de escena.
Director.- ¿Resultó difícil?
Keyes.- El marido llevaba un año planeando las vacaciones.
Director.- ¿Y no sospechó al firmar el seguro?
Keyes.- Lo cierto es que no sabía lo que estaba firmando. Phyllis es muy hábil.
Director.- Sí, pero, el asesinato ¿Cómo lo hizo? No debe ser fácil tirar a alguien al Sena.
Keyes.- Bueno, él se subió a la barandilla.
Director.- El muy idiota...
Se apaga la luz. Telón.
Director.- ¿Cómo? ¿Me estáis diciendo que un hombre se hace un seguro de vida, al día siguiente se va de vacaciones y dos días después regresa la viuda a cobrar la indemnización?
Keyes.- Se fueron de vacaciones, eso es todo.
Director.- Es un absurdo. Una triquiñuela para cobrar. El marido tal vez ni existía. ¿alguien lo vio?
Keyes.- Él lo vio.
Neff.- Tenía barba, y muchas ganas... de irse de vacaciones.
Keyes.- Marchaba de vacaciones por Europa, con su mujer. Ella fue quien le propuso el seguro.
Neff.- Una mujer muy hermosa.
Director.- ¿Cómo de hermosa? ¿Lo suficiente para pagar el favor con caricias?
Neff.- No entiendo.
Keyes.- (Al director) Trata de tranquilizarte. Él se hizo un seguro, salieron de vacaciones y tuvo un accidente, nada más.
Director.- ¡No es posible!
Keyes.- Claro que es posible.
Neff.- (Con voz débil) La gente se muere. Es desagradable.
Director.- ¿Cómo dices?
Neff.- Yo no quisiera que muriese nadie. La vida...
Director.- ¡Basta! (Fríamente) Necesito entender por qué lo hiciste, Neff.
Neff.- Ya le he explicado...
Director.- No tiene sentido, y lo sabes.
Keyes.- Neff es nuestro mejor agente. Es capaz de vender un seguro de vida a un recién nacido. Le basta con tintar la garra del muchacho, mientras la madre siente que está haciendo lo mejor por su pequeño.
Director.- Es absurdo.
Keyes.- Cobraremos por ese niño durante ochenta años.
Director.- (Colérico) ¡No me importa el niño! (A Neff) ¿Cómo pagará tu silencio? ¿Pondrá sus labios cruzados con los tuyos? ¿Dejará los muslos bajo tu ventana?
Neff.- ¿Qué ventana?
Keyes.- El muchacho está cansado, deja que se vaya. Escucha, en los negocios algunas veces se pierde, eso es todo.
Director.- (Sin escuchar a Keyes) Resumiendo: una mujer vino a verte y te propuso que hicieras un seguro de vida a su marido, te reúnes con él, acepta las condiciones sin rechistar...
Neff.- Así es.
Director.- El marido firma, marcha con su mujer a Europa, y a la segunda noche, sin testigos, cae al Sena, donde muere ahogado. Su mujer regresa al día siguiente, con intención de cobrar el seguro.
Keyes.- Según la autopsia él no tenía signos de violencia en el cuerpo.
Director.- Una autopsia que se hizo en ausencia de la viuda, que había abandonado en París el cuerpo del marido.
Neff.- Estaba... estaba dolida. Necesitaba descansar, huir de la pesadilla que amenazaba con quebrar su salud. Ella le quería.
Director.- Pero su esposo, a quien tanto quería, se descomponía en una morgue al otro lado del charco.
Neff.- Dijo que eso la hacía sufrir, se culpó por haber dejado su cuerpo en Francia.
Director.- ¿Por qué no se arrojó al Sena para salvar su vida?
Neff.- (Irritado) ¿De noche? Hubieran perecido los dos.
Director.- Y la compañía se hubiese ahorrado la indemnización millonaria que le debe.
Neff.- Eso es cruel.
Keyes.- (Intenta tranquilizar) Tal vez no lo quería tanto. Eso no significa que deseara su muerte.
Director.- Pero murió.
Keyes.- Por azar. Ambos eran jóvenes. Querían pasar unas vacaciones en París ¿Qué tiene eso de sospechoso? ¿Has estado en el Sena?
Director.- ¡No!
Keyes.- Una vez fui con mi mujer... no, con una amante, pero no importa. durante la noche iluminan una parte del río...
Director.- No me interesa.
Keyes.- Es romántico pasear junto a la orilla.
Director.- (Ha ido acercando su rostro al de Keyes) ¡Cá-lla-te-ya!
Keyes.- (Ha imitado el gesto del director, sus narices casi rozan) Además hay un puente maravilloso...
Director.- ¿Me has oído?
Keyes.- No es tan raro que en un ataque de amor, alguien tropiece y caiga al agua.
Director.- ¡Si dices una palabra más, estás despedido!
Se quedan en esa postura. Neff se levanta y se ve su cabeza por encima de los dos.
Neff.- Estoy cansado. Necesito dormir.
Director.- (Se separan bruscamente él y Keyes) ¿Cómo fue el primer encuentro?
Neff.- ¿Cómo?
Director.- (Se aparta de la luz) Sí, cuenta como fue. ¿Qué llevaba puesto ella?
Neff.- Un vestido, creo.
Director.- ¿Estaba hermosa?
Neff.- No lo recuerdo.
Director.- Llevas en esta empresa ocho años. Te he observado tanto como a cualquier otro de tus compañeros. No hay mujer en la que no te fijes (Neff sonríe) ¿Te pareció atractiva?
Neff.- Sí.
Director.- ¿El tipo de mujer que llevarías a tu apartamento un viernes por la tarde con intención de no salir hasta la noche del domingo?
Neff.- ¡Estaba casada!
Director.- Cuando vino a verte aún no lo sabías.
Neff.- No, no.
Director.- (Va subiendo las manos por el pecho de Neff mientras habla) ¿Qué sentiste mientras te tocaba?
Neff.- (Estalla) ¡Eso no ocurrió nunca!
Keyes.- Pobre muchacho.
Director.- ¿Te quieres callar?
Keyes.- Es nuestro mejor agente, si lo tratas mal, se marchará.
Comienzan a discutir fuera de la luz. Neff mira a uno y otro lado.
Director.- Ya lo creo que marchará, pero no con el dinero que nos ha robado.
Keyes.- No ha robado nada.
Director.- Puedo oler una mentira según es pronunciada, y todo lo que ha dicho es falso.
Keyes.- ¿Qué culpa tiene del accidente? No tienes pruebas.
Director.- No las necesito.
Keyes.- Tu actitud es absurda. Abusas de tu poder, nada más.
Director.- (Golpea la lámpara, que comienza a girar encima de la cabeza de Neff) ¡Basta!
Neff se levanta. Va a salir del radio de luz, pero es detenido por el brazo del director, que ahora está a la izquierda del espectador. Neff, a causa de la fuerza del brazo, se sienta de nuevo. El siguiente diálogo tiene lugar muy deprisa.
Director.- La segunda vez que viste a esa mujer... ¿Estaba desnuda?
Neff.- (Molesto) No.
Director.- ¿De qué color vestía?
Neff.- De varios.
Director.- ¿Qué llevaba puesto?
Neff.- ¿Perdón?
Director.- ¿Pantalón, falda?
Neff.- Pantalón.
Director.- ¿Blusa, camisa?
Keyes.- ¿Y eso qué importa?
Director.- ¿Blusa o camisa?
Neff.- Blusa.
Director.- ¿Cómo era la blusa?
Neff.- Oscura.
Director.- ¿Verde o azul?
Neff.- Sí.
Director.- ¿Era verde o azul?
Neff.-Azul.
Director.- ¿Azul claro?
Neff.- Sí.
Director.- Antes dijiste que vestía de oscuro.
Neff.- Hablé con esa mujer tres veces, probablemente mezclo los recuerdos.
Director.- Muchacho, llevo treinta años vendiendo seguros. Monté esta oficina con mis manos. Desde entonces he visto muchas desgracias. La gente muere, eso es irremediable, la vida se detiene, se acaba como se apaga la luz: de golpe. A veces mi olfato me dice que me están engañando. Puede que el cliente sea muy habilidoso, pero siempre hay un gesto que lo delata. Cada año ocurre lo mismo, por lo general por problemas económicos o venganza. Y no sé, no quiero saber, qué te motivó a engañar a la empresa, ¡qué más da!, Tal vez era el cometido que Dios te había ordenado, no seré yo el que juzgue tu destino.
Neff.- ¿Entiendes de qué habla, Keyes?
Keyes.- Escucha, muchacho, ya tendrás tiempo de hablar.
Director.- ¡Has ganado!
Neff.- ¿Qué es lo que he ganado?
Director.- No tengo forma de demostrar que esa mujer asesinó a su marido, salvo que contrate un grupo de abogados que se trasladen a Europa, y eso costaría mucho dinero. Tendremos, entonces, que negociar. ¡Keyes, trae otra silla!
Keyes.- (Le entrega la silla desde la parte derecha) ¿Cómo es posible que lo creas culpable de un crimen y quieras negociar con él?
Director.- Tú no estás aquí, no has escuchado mis palabras, ni las suyas, ¿has entendido?
Neff.- (Con las manos sobre la cabeza) Tenía problemas. En los últimos seis meses había vendido diez seguros, y... (mirando al director, desafiante) ¡Malditas comisiones, así no se puede vivir!
Keyes.- ¿Qué tienen que ver las comisiones? Te está ofreciendo un pacto.
Director.- Eso es. Un pacto, un sencillo pacto. Habla con ella, la cifra que pide es demasiado grande, si no acepta una rebaja tendremos que ir a los tribunales. Y no me gustaría.
Neff.- Necesitaba más dinero, ganaba muy poco, el último mes...
Director.- No te quiero juzgar. Sé lo que es hacer locuras. Estoy seguro que Keyes también.
Keyes.- Yo robaba monedas de la cartera de mi madre.
Director.- Y eso le duele.
Keyes.- Tanto que no lo he podido olvidar.
Director.- Tenemos muchas cosas que esconder, me refiero a los hombres... está bien, muchacho, le propongo una indemnización de la mitad del importe firmado, y nos olvidamos de los jueces.
Neff le observa con curiosidad. Después mira a Keyes, que lo mira con gesto despectivo. Neff baja la cabeza e intenta levantarse, el director se lo impide.
Director.- ¿No es suficiente? Tiene razón, no lo es. Me conformaré con una rebaja del veinticinco por ciento. Para ustedes no supondrá mucho, y a mí me permitirá seguir pagando a mis empleados. Por supuesto, usted ya no será uno de ellos, ¿qué responde?
Neff sigue con la cabeza agachada.
Keyes.- Neff, esa actitud no ayuda. Su posición ante un juez sería compleja, sin embargo la oferta del director evitaría esa situación, además del dinero que ganará gracias al seguro firmado.
Neff.- ¿Habéis oído? Es como el canto de un pájaro. Un gorgojeo suave, ligero, como una declaración de amor.
Keyes.- Está agotado.
Director.- Neff, escuche, le hablo desde la sinceridad. Hay problemas en la empresa, no me conviene dar publicidad a este caso, tenga por seguro que si no ya le habría destruido. Es necesaria, sin embargo, la discreción. Acepte la rebaja que le propongo y olvidaré su rostro para siempre.
Keyes.- ¿Has oído, Neff?
Director.- Estoy dispuesto a pagar esta tarde. Diga a la mujer que pase por mi oficina y terminemos con esta situación.
Keyes.- Vamos, Neff, ¿qué más necesitas? Ella te pagará la comisión que te debe.
Neff.- (Se levanta con poca energía y se va aproximando al público. Tras él, el director) Llevo ocho años en la empresa, en este tiempo he visto reducidas mis ganancias a la mitad, a causa de la reducción del sueldo, y el progresivo aumento de las comisiones.
Keyes.- (Agresivo) ¿Otra vez con esa historia?
Neff.- Los tres últimos meses gané casi la mitad, y no pude pagar la habitación que alquilo. Necesitaba un aumento de las ventas.
Director.- Repito que no le juzgo.
Neff.- Llegó aquella mujer. Tenía en los ojos una rara expresión de malicia, y pensé que debía desconfiar de ella.
Director.- ¿Y le hizo el seguro?
Neff.- No.
Keyes.- (Al fondo, no se le ve) ¿Qué estás contando, Neff? El seguro está firmado.
Neff.- Me negué. Entonces...
Keyes.- No vale la pena.
Neff.- Entonces él me ordenó que lo hiciese.
Ambos se giran y se ve a Keyes sentado en la silla. El director, por la izquierda, y Neff por la derecha se acercan a él.
Director.- ¿Es cierto? ¿Tomó usted la decisión?
Keyes.- ¿Por qué creer...?
Neff.- Usted la conocía, la llamó por un diminutivo, Phi o algo así.
Director.- Un momento, usted tenía una amante, Keyes, a la que llamaba así.
Keyes.- (Sin fuerzas) sí.
Director.- ¿Es ella?
Neff.- El rostro lo delata.
Keyes.- Era un plan perfecto.
Director.- Sin duda. ¿Aceptará la rebaja del veinticinco por ciento?
Keyes.- (Se levanta) Nos conformamos con la mitad.
Director.- Sin publicidad.
Keyes.- Ninguna (Se abrazan)
Neff los mira sorprendido y se sienta en su silla. Saca algunos papeles. El director se gira sorprendido.
Director.- Comprenderá que no puede seguir en la empresa.
Neff.- ¿Por qué?
Director.- Incumplió su cometido al realizar la póliza.
Neff.- Él me lo ordenó.
Director.- No, él le propuso un soborno. Usted aceptó.
Neff baja la cabeza, abre el cajón y saca una chaqueta y una carpeta. Mientras los otros hablan él sale de escena.
Director.- ¿Resultó difícil?
Keyes.- El marido llevaba un año planeando las vacaciones.
Director.- ¿Y no sospechó al firmar el seguro?
Keyes.- Lo cierto es que no sabía lo que estaba firmando. Phyllis es muy hábil.
Director.- Sí, pero, el asesinato ¿Cómo lo hizo? No debe ser fácil tirar a alguien al Sena.
Keyes.- Bueno, él se subió a la barandilla.
Director.- El muy idiota...
Se apaga la luz. Telón.
sábado, 27 de noviembre de 2010
Reflejo de Luna (Pinedenca)
Bajo el reflejo de luna,
En lo oscuro, todo se oye,
El corazón se acelera:
La sangre bulle al galope,
Y aquel que puede se amarra,
Desesperado, a su consorte;
El que no, tan sólo intenta
Ignorar que le corrompe
La angustia de la oscuridad:
Teme lo que no conoce.
Bajo la luz de la luna,
En mitad de la noche,
El miedo nos sobrevuela
Y reposa entre los hombres.
Cerrad puertas y ventanas,
Callad, dejad las canciones.
Soñad que aún es de día,
Creed que aún tiene nombre
Ese objeto sin color
Que ennegreció en la noche.
Pero hay días sin luna,
Con el mundo entre tinieblas.
Y es mayor el temor,
El temblor y la tristeza.
Son días en que nadie sabe
Si acabará lo que empieza...
Y quien necesita dormir
Lo evita con impaciencia:
No quiere cerrar los ojos
Por si nunca más despierta.
viernes, 8 de octubre de 2010
Honores
Unos se llevan honores,
Nacieron para lograrlos,
Otros, los que venían
Para llevarse los palos,
Los perdedores del mundo,
Quién sabe dónde quedaron.
Buscarles sobre la tierra
Es peligroso, y es vano.
Yacen cubiertos de escombros
Con los sueños sepultados,
Con un espejo deforme
Colocado entrambas manos.
¡De qué sirve reflejarse!
Nunca hay que mover el barro
Que otros huesos forjarían
Con los dientes apretados.
Caiga el hombre sin recuerdos
Para poder modelarlo.
Nacieron para lograrlos,
Otros, los que venían
Para llevarse los palos,
Los perdedores del mundo,
Quién sabe dónde quedaron.
Buscarles sobre la tierra
Es peligroso, y es vano.
Yacen cubiertos de escombros
Con los sueños sepultados,
Con un espejo deforme
Colocado entrambas manos.
¡De qué sirve reflejarse!
Nunca hay que mover el barro
Que otros huesos forjarían
Con los dientes apretados.
Caiga el hombre sin recuerdos
Para poder modelarlo.
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martes, 21 de septiembre de 2010
Monólogo de Salvador (Fragmento teatral)
Qué hermosa la roca! Desde aquí parece que tiene una capa de cristal verde que la inunda de luz y la protege de las ondas del agua. Daría todo lo que poseo por estar allí. Y bien mirado puedo darlo todo, porque no me quedan más que unas gotas de vida. ¿Qué pasa, entonces, con aquello que has amado? ¿Todo se pierde, sin remedio? Estoy pisando este camino ¿quedará mi huella cuando ya no esté? Y si toco con la palma de la mano esta piedra, ¿alguien podrá ver la forma de mis dedos y reconocerme?- La muerte negó con la cabeza.- Entonces, todo lo que he sido está condenado a perecer. Creo... creo que no quiero morir.
lunes, 21 de junio de 2010
Al Otro Lado
No tuve valor para mirar el valle, ¡qué podía haber? Tal vez silencio o lucha, tal vez nada... excesiva metafísica para un hombre vulgar. Preferí observar este lado. Sé que no comprendo, pero si me asomara allá, si abriera las manos... ¡ya no sabría volver!
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viernes, 19 de febrero de 2010
Una Tarde
Una tarde de verano
abrí los ojos,
tumbado a la sombra
dormida de un olmo.
Y el viento trajo
aroma de tierra,
sabor a barro.
Una tarde caí,
sin esperanza.
El otoño me dio
sus hojas pardas.
Hojas que llegan
repitiendo mi nombre
mientras que vuelan.
Una tarde tan fresca,
entre mis dedos
una linda muchacha
me daba besos.
Bajo una encina,
sonrisas, placer,
miel y semillas.
Una tarde de lluvia,
pelo tan negro,
el viento se esparce
entre mis dedos.
Le dije: ¡Espera!
Que aún es pronto
para la tierra.
Una tarde azul,
dos caminantes
pisando las hojas
que trae el aire.
Mientras, debajo,
con alegre semblante,
comen gusanos.
abrí los ojos,
tumbado a la sombra
dormida de un olmo.
Y el viento trajo
aroma de tierra,
sabor a barro.
Una tarde caí,
sin esperanza.
El otoño me dio
sus hojas pardas.
Hojas que llegan
repitiendo mi nombre
mientras que vuelan.
Una tarde tan fresca,
entre mis dedos
una linda muchacha
me daba besos.
Bajo una encina,
sonrisas, placer,
miel y semillas.
Una tarde de lluvia,
pelo tan negro,
el viento se esparce
entre mis dedos.
Le dije: ¡Espera!
Que aún es pronto
para la tierra.
Una tarde azul,
dos caminantes
pisando las hojas
que trae el aire.
Mientras, debajo,
con alegre semblante,
comen gusanos.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Sentado
Sentado a la sombra
de un árbol muy viejo,
observo un charco,
y veo el reflejo
de las ramas caídas,
de las hojas enormes,
de la traicionera poda
que realizaron los hombres;
del color ya amarillo
que sombrea sus hojas,
del azul del cielo,
de las ramas rojas;
de la luna breve,
de la nube blanca,
del aire que me mueve
y que me llevará mañana.
de un árbol muy viejo,
observo un charco,
y veo el reflejo
de las ramas caídas,
de las hojas enormes,
de la traicionera poda
que realizaron los hombres;
del color ya amarillo
que sombrea sus hojas,
del azul del cielo,
de las ramas rojas;
de la luna breve,
de la nube blanca,
del aire que me mueve
y que me llevará mañana.
viernes, 25 de diciembre de 2009
Microrrelato
Y entonces el sumo creador, cansado de tanta muerte a él ofrecida, renegando de la sangre derramada, se alzó de hombros, se giró y, ligeramente, se alejó llevándose la luz y la obscuridad.
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