miércoles, 28 de junio de 2017

¿Quién es Sergio Vallejo?


Joder, qué angustia. Me han robado el nombre. Sí, ya sé que suena extraño. Yo tampoco me
lo puedo creer, pero me han robado el nombre. Dejad, joder, dejad que me explique. El día...
ha comenzado bien, no sé cómo explicarlo, ¡ah, claro! Lo más importante: hoy tenía
médico. Eso es, tenía médico, por la lumbalgia, sí, la lumbalgia de nuevo, si no lo explico
no se entenderá. Hoy no estaba mi doctora. Claro, yo, al principio, no lo sabía. De ahí viene
la confusión. Llevaba una hora, no sé, tal vez menos; llevaba un rato esperando, cuando ha
salido otra doctora del despacho, con la hoja de citas.

-¿Gabriela Sánchez?

Una mujer ha levantado ligeramente el brazo; por timidez o por dolor, no sabría decir.

-Pasa Gabriela- ha dicho la doctora, y ha seguido- ¿Moisés Rodríguez?

Esta es buena, me he dicho, con un poco de suerte en media hora estaré en el Gago,
tomando café. Y luego a comprar el pan, claro, y algo de carne, que hoy curro de tarde.
Joder, no me va a dar tiempo a nada. Tenía que haber dejado el médico para la semana que
viene, pero con el dolor que tengo...

En ese momento, un chico que no conozco, así como de veinte años, ha levantado el brazo.

-Detrás de Gabriela- ha dicho la doctora-. ¿Alejo Díaz?

He mirado al chico: gafas de pasta negra, un pelín orondo, con un flequillo peculiar y una
barba que, por mucho que se empeñe, no le crece lo suficiente. Le he mirado durante casi un
minuto, y no, no era yo.
Claro que tampoco pretendo tener el monopolio de mi nombre. Basta con que algún otro
Rodríguez, y me consta que hay muchos, haya decidido llamar Moisés a su hijo. Eso lo
acepto. Lo que me jode, es decir, lo que me molesta es que ocurra en mi pueblo, joder, yo
que, como todos, me considero especial.

Me he sentado junto al muchacho, lleno de curiosidad, para ver si podía ver algún
documento que confirmara su nombre. Pero ha sido en vano, el papel que sujetaba en la
mano era un folleto de publicidad. Del Lidl, creo.

-Así que te llamas Moisés Rodríguez- le he dicho, así, como de forma espontánea.
-¿Cómo?- Ha respondido, nervioso.
-La doctora…
-Ah, sí, jejeje, Moisés, claro.

El chico parecía incómodo con la conversación, pero yo necesitaba seguir con las preguntas.

-¿Y por qué vienes?
-¿Al… Al médico?
-Claro.
-Pues, pues por la lumbalgia, llevo unos días con mucho dolor.
-¡Ya es casualidad!- se me escapó.
-¿También tienes lumbalgia?
-Pues… Digamos que sí.
-Es terrible ¿no te parece?
-Bueno- fingí indiferencia- yo ya me he acostumbrado.
-Yo todavía no- me dijo-. Figúrate que estaba escribiendo un relato, y justo en las frases
finales, zas, me ha metido un latigazo la espalda, y así me he quedado.
-¿Un relato?- respondí, alarmado.
-Sí.
-¿Estabas escribiendo un relato?
-Sí.
-¡Joder, joder, joder!
-¿Cuál es el problema?
-No, nada. No hay problema.

¿Cuál es el problema? EL problema es que YO soy Moisés Rodríguez, YO escribo relatos, y
YO tengo lumbalgias. Aunque de esto último no me siento tan orgulloso.

Claro, no le dije nada de eso. No había motivos. En realidad ni siquiera respondí, porque no
vi qué podía decir. A él, en cambio, parecía gustarle la charla.

-Mira, te voy a decir la verdad.
-¿Qué verdad?- pregunté, con curiosidad.
-Yo. Yo no soy- bajó la voz- Yo no soy Moisés Noséqué.
-¿Ah, no?
-No. Lo que pasa es que...- bajó más la voz.
-Perdona, pero no te entiendo.
-Decía que no soporto esperar. Por eso, cuando estoy en una sala como esta, y algún idiota
no responde a tiempo, tomo su, cómo se dice, su personalidad.
-¿En serio?
-Yo creo que Moisés es ese tipo del fondo, el que está mirando el móvil. Jajaja, pobre
imbécil, si él supiera...
-Si él supiera- repetí.
-Pero mira, que la próxima vez esté más atento. ¿No te parece?
-Pues la verdad...
-Ese se pasa aquí la mañana, ya lo verás.
-Se pasa aquí la mañana- repetí, y me sentí imbécil por tanta repetición.
-Lo que yo te diga.
Miré el reloj.
-Pues sí que tarda Gabriela- dije.
-Un poco tarda, sí- respondió- Por cierto. ¿Tú a qué hora tienes la cita?
-¿La cita?- respondí, y noté que me caía una gota de sudor de la frente- pues, pues fíjate que
creo que me he equivocado de día.
-Amos, no me jodas.
-Como lo oyes.
-Puedes entrar en mi nombre. Apunta, apunta.
-No, no. Muchas gracias.
-No seas tonto, yo ya no lo voy a utilizar.
-Ya, claro, pero es que…
-Insisto. Además, sería una pena perder la cita.
-Sí, eso es verdad.
-¿Quieres apuntarlo? ¡Venga!- Saqué el móvil- Anota: Sergio Vallejo, a las diez y media.
-Anotado.
¡Genial! Me encanta ayudar a la gente.
-A mí también.

En ese momento salió Gabriela de la consulta. Esbozaba una leve sonrisa, lo que nos hizo
sonreír al resto.

La doctora, pensé, debe de ser de las buenas.

-Oye, que entro- me dijo Sergio- ¿te veo al salir?
-Pues probablemente.
-Toma, por si quieres leer algo.

Me quedé con el folleto, que ojeé sin interés. Después me dediqué a observar a los otros
pacientes. Una mujer tosía, distraída, mientras se sacaba un pañuelo de la manga; un tipo
alto se sacaba un moco con discrección, lo que alargaba el proceso hasta la nausea. Un tipo
calvo se sujetaba con ambas manos la cabeza, como si le fuera a estallar.

¿Por qué no habré traído un libro, joder, en lugar de esta espera terrible?

Me llevé las manos a la cabeza, inconsciente, pues estaba más preocupado de lo que debía
ocurrir dentro, que de guardar las apariencias.

A saber qué va a añadir este tipo a mi historial. Bueno, es joven, muchos problemas no
debe tener. Pero esto no es serio, joder, no es serio. Uno debe de saber cuál es su lugar en
el mundo, y no meterse en la vida de los demás.

-Perdone ¿sabe por qué hora va?
-¿Cómo?
-La hora- me preguntó un señor mayor, que se había sentado a mi izquierda.
-¡Ah! Moisés Rodríguez- dije, y añadí- diez de la mañana.
-Creí que no llegaba ¡gracias a Dios! Yo tengo a las diez y cinco.
-Que sea enhorabuena.
-¿Y lleva mucho dentro?- el hombre comenzaba a perder saliva.
-No. Acaba de entrar.
-Mejor, porque tengo que ir al baño.

Se levantó, y cuando iba a girarse, se sentó de nuevo.

-Claro que si la doctora me nombra- dijo, escupiéndome en la cara- ya sería casualidad.
-Ya sería casualidad.
-Si me nombra, dígale que estoy en el baño.
-Claro- me limpié con la manga-. Ningún problema.
-Soy Juan Luis Panadero.
-Encantado, Juan Luis- dije mientras me echaba a la derecha, para refugiarme del agua.
-¿Y usted se llama?
-¿Eh? ¿Yo? Pues Sergio Vallejo, claro.
-Encantado, Sergio.

El hombre se giró y se alejó lentamente, arrastrando los pies. Yo aproveché para
recolocarme de nuevo en el asiento. En ese momento se abrió la puerta de la consulta, y salí
de ella, es decir, no yo, sino el otro Moisés Rodríguez. Me levanté enseguida.

-¿Cómo ha ido?
-Lo de siempre. Antiinflamatorios y estiramientos.
-Pues sí- reflexioné en voz alta- lo de siempre.
-Le he pedido una radiografía.
-Haces bien.

Yo nunca había pedido una radiografía. ¿Por qué? ¿Por dejadez? ¿Indiferencia? ¿Miedo
tal vez? Joder, no era tan difícil. A veces parece que tenga miedo a los médicos.

-Nunca se sabe- añadió.
-No- refunfuñé- nunca se sabe.
-Bueno, me piro.

No tuve ocasión de responder. La doctora había salido con la hoja de citas.

-¿Antonio Sánchez?

Un tipo levantó la mano.

-Pasa. ¿Juan Luis Panadero?

Miré a mi espalda. Juan Luis no había vuelto del aseo. Y tampoco sabía lo que iba a tardar.

-Soy yo.
-Detrás de Antonio.
-Sí, claro.

Era mi oportunidad para recuperar algo de tiempo, pero enseguida me sentí mal. Miré de
nuevo hacia el baño. Pero Juan Luis no volvía. ¿Qué estará haciendo? Sentí que me
sudaban las orejas. Me sentía como un asesino a punto de ser descubierto. Y sin embargo no
hacía nada malo. Me froté las manos hasta causarme dolor. Entonces me fijé en ellas:
estaban rojas, casi ensangrentadas. Tal vez siempre están rojas, claro, pero por lo general no
soy consciente. Sin embargo, en ese momento, me pareció un símbolo de mi infamia. Estaba
a punto de levantarme y gritar que todo era mentira, que yo no era Juan Luis, que quería ser
Moisés de nuevo. Pero preferí no decir nada, porque no sabía cómo iban a reaccionar los
demás.

Juan Luis, al fin, regresó del baño, y se sentó a mi lado. Yo interpuse con habilidad el folleto
entre nuestros cuerpos, dispuesto a sacrificarlo.

-¿Ya ha salido la doctora?- preguntó, nervioso.
-No. Es decir sí. Pero ha entrado de nuevo.
-¿Y me ha nombrado?
-Pues, ¿cómo dijo que se llamaba?
-!Juan Luis!
-Ah, sí, ya recuerdo, no lo ha nombrado.
-¿No?
-No. Ha nombrado a un tal Antonio. Y a mí. A mí también me ha nombrado.
-Y usted ¿a qué hora tenía?- El folleto comenzaba a perder densidad.
-Pues yo, yo tenía- miré fijamente a la puerta, sentí que iba a confesar, que no me quedaban
fuerzas para más mentiras- pues yo tenía hora antes que usted, claro.
-Sí, claro. Eso tiene sentido.

De los nervios, se me cayó el folleto. 

-Y usted- dijo mientras bombardeaba- ¿a qué viene?
-¿A dónde vengo?
-Al médico ¿no?
-¡Ah! Pues, pues a ver qué me cuenta la doctora.
-Pero algo le pasará.
-Algo me pasa, claro- respondí, pensando que la única forma de evitar su saliva era hablar
sin descanso- algún que otro problema tengo. No demasiado importante, desde luego, pero
siempre es bueno preguntar a los especialistas. Ya sabe, la-salud-es-lo-primero. Sólo somos
conscientes cuando la perdemos. Y, y vaya, que- no sabía cómo seguir- que me parece que
se está abriendo la puerta.

Me levanté y me acerqué a la puerta. Sentí que el corazón me latía rápido, y me dolían las
sienes.

-No se ha abierto.
-Pero se va a abrir. Es cuestión de segundos.

Comencé a arañar el marco, como un perro que pide que le tiren comida, y en ese instante
la puerta, como de milagro, se abrió.

-¡Buenos días!- dije al entrar, tropezando con Antonio, que quería salir.

La doctora me miró, sorprendida. No estaba acostumbrada a tanta intensidad.

-Juan Luis ¿verdad?
-Ese mismo- balbucí, y me dejé caer sobre la silla. Antonio salió, y cerró la puerta.
-Muy bien, Juan Luis, pues dígame, ¿por qué está aquí?

Joder, joder, joder. Tiene razón. ¿Por qué estoy aquí? Y yo qué sé, ya no, ya no recuerdo a
qué venía. Mierda, mierda, mierda. Que me va a pillar, que me va a pillar. Piensa, Juan
Luis, joder, piensa.

-Pues ustedes sabrán- mentí, sin entender por qué usaba el plural- ustedes me pidieron que
viniera hoy.
-Ah, claro, disculpe. Su doctora no está, y no conozco todos los casos. Si me da un minuto.
-Claro que sí.

Se quedó un rato mirando la pantalla del ordenador.

-Humm- dijo, y siguió leyendo.
-¿Humm?
-Ufff- agregó después.
-¿Ufff?- pregunté nervioso.
-¡Vaya!- añadió más adelante, y se dirigió a mí- ¿cómo la siente?
-¿El qué?
-La próstata, claro.
-Ah, bien. No suelo fijarme en eso.
-Veo que ha seguido creciendo.
-¿Yo?- respondí, sorprendido.
-Su próstata.
-¿Ah, sí?
-Eso dice el informe.
-Pues entonces sí- admití.
-¿Qué tal va al baño?
-Ah, con normalidad. No tengo queja.
-Tal vez sea hiperplaxia, pero habría que hacer un tacto rectal.
-Joder, eso no lo esperaba.
-Es una prueba común. Un poco molesta, pero ayuda a prevenir enfermedades.
-Usted es la doctora- dije mientras me sujetaba las sienes, que iban a estallar- lo que sea
necesario.
-Bien. Le daré un volante.

Cogí el volante, con las manos temblorosas, y salí de allí tan rápido como entré. Me crucé
con Juan Luis, que se interesó por mi salud.

-Una prueba de próstata- le dije.
-¿Usted también?
-Es lo que hay- respondí, con un poco de prisa.

Después salí, y no paré hasta llegar a casa. Aquí di doble vuelta al cerrojo, y me senté en el
sofá, a meditar lo que había sucedido. Tengo un montón de dudas. Todavía no sé quién soy
exactamente. Pero he comprobado que no siento necesidad de entrar al baño, y eso causa
angustia, mucha angustia.

miércoles, 22 de junio de 2016

Al estilo Averchenko (y 2)

HILARIO.- Enseguida están las patatas. (Deja el agua sobre la mesa, y detrás una rosa) Bueno, verás, he pasado una buena tarde, es decir, te veía ahí, sentada, y me preguntaba si, en fin...

CARMEN.- ¿Sí?

HILARIO.- Si tú quisieras, porque todo es querer, porque... Porque si no quieres, claro está que es necesario que quieras, y si quieres...

CARMEN.- ¡Ah, entiendo!, podemos vernos otro día.

HILARIO.- Ah, estupendo, sí, eso era, eso es.

CARMEN.- Mándame un whatssap mañana, y lo hablamos.

HILARIO.- Sí, claro, pero... ¿a qué número?

CARMEN.- Sí, jajaja, has hecho bien en preguntarlo. Apunta, apunta.

HILARIO.- No necesito apuntarlo, tengo buena memoria.

CARMEN.- ¡Ah! Claro, como quieras, es el 666.66.54.26

HILARIO.- 666... jejeje, es muy sencillo 6 veces 6.

CARMEN.- No, 5.

HILARIO.- ¿5? ¿6 veces 5?

CARMEN.- No, no. 5 veces 6. Repito. 666.66.54.26

HILARIO.- 5 veces 6, correcto. 5 veces 6, 54, 26. No es difícil de retener. 54, 26.

CARMEN.- Que no se te olvide, ¿eh?

 HILARIO.- ¡Qué se me va a olvidar. Es muy sencillo. 64 y 26

CARMEN.- 64 no, 54.

HILARIO.- ¡Ah, sí! 54 y 26. La primera cifra es el doble que la segunda.

CARMEN.- ¡No, hombre no! 26 por 2 es 52, no 54.

HILARIO.- Tienes razón, jejeje. Qué bueno es tener recursos. Lo que voy a hacer es memorizar primero la segunda cifra, y a través de ella recordar la primera. Vamos a ver, la segunda era 34, ¿verdad?

CARMEN.- No, 26.

HILARIO.- Ah, sí, 26. Se trata de memorizarla. Vamos a ver... Sí, eso es, 26 es el número total de dedos que tenemos entre los dos, más 6. Bien, lo que no sé es cómo recordar el 6.

CARMEN.- El 6 es el 9 invertido.

HILARIO.- Oye, y si... ¿y si apuntas el número en el móvil?

CARMEN.- No merece la pena. Si esto es muy fácil. Supongamos que tienes en la cartera un billete de 20 euros, otro de 5, y un euro suelto... ¿cuánto tienes?

HILARIO.- Uff, mucho dinero. ¿cuántos años tienes?

CARMEN.- 32.

HILARIO.- 32. Luego 26 es tu edad menos 6. De nuevo sale el 6, que no hay forma de recordar.

CARMEN.- El 6 es el 9 invertido.

HILARIO.- Sí, pero el 9 es también el 6 invertido. Ya está. cinco dedos de una mano... ¡y el pulgar de la otra!

CARMEN.- ¿Mi edad, cinco dedos y un pulgar?

HILARIO.- Demasiado complejo. (Se sienta con ella) Escucha...

CARMEN.- (Se levanta) Acabo de recordar que tengo que coger un autobús...

HILARIO.- (Tras ella, con la rosa) 54-26. 5 y 4 suman 9.

CARMEN.- Sí. Y 2 y 6 suman 8.

HILARIO.- 9 y 8 suman 16.

CARMEN.- (Se detiene) No, suman 17.

HILARIO.- 17. (Le da la rosa) 17. 1 y 7 suman 8. 8... es decir, 5 y 3; o 4 y 4.

CARMEN.- Bueno, ¿qué coño me estás diciendo?

HILARIO.- No me pongas nervioso, que se me va el cálculo.

CARMEN.- Pero es que... que pierdo el autobús.

HILARIO.- A ver, de otra manera... ¿en qué año acabó la segunda guerra mundial?

CARMEN.- ¡Yo qué sé!

HILARIO.- En el 45,. 45 es 54 al revés, ya tenemos la primer cifra. Veamos la otra, humm ¿cuánto duró la guerra de los treinta años?

CARMEN.- 30, según creo.

HILARIO.- Muy bien. 30 menos 4 es 26. Es decir la segunda mitad del número es 30 menos 4, el cuatro es lo que no sé cómo recordar.

CARMEN.- Los gatos tienen cuatro patas, podría valer.

HILARIO.- Sí, pero yo no tengo gato.

CARMEN.- Oye, el bus... (desesperada, tira la rosa, y se va)

HILARIO.- Tal vez los dedos de una mano, o un pie, pero me sobra uno... ¡Ah, ya, ya está! Los 4 jinetes del apocalipsis, 4, seguro que esos no se me olvidan. Ya está arreglado: la segunda guerra mundial al revés y la guerra de los treinta años menos los cuatro jinetes del apocalipsis ¡no era tan difícil!

martes, 20 de octubre de 2015

La Extraña Vida de Álvaro Andréu (Fragmento)

Buscan en los libretos la escena del miércoles.


MANUEL.- Es una escena de amigos. Es decir: Clara, Dani y Emilio.
DOCTORA.- (A Clara) ¡Me tiene harta!
EMILIO.- De acuerdo.
MANUEL.- Bien. Supondremos que él se sentará en el sofá. Diana…
CLARA.- (a Diana) Es a ti.
DIANA.- ¿Sí?
MANUEL.- El miércoles os conoceréis.
DIANA.- De acuerdo. (A Clara) Me cuesta acostumbrarme al nombre.
CLARA.- Normal.
MANUEL.- Doctora. ¿Puede hacer de Álvaro?
DOCTORA.- Ya que he venido... ¿Me dais un texto?
MANUEL.- Tendréis que compartirlo. Emilio.
EMILIO.- ¿Sí?
MANUEL.- Hablaréis del proyecto.
DANIEL.- ¿Al fin van a hablar del proyecto?
EMILIO.- ¿Y qué tengo que decirle?
MANUEL.- Está en el libreto.
EMILIO.- Sí, claro.
MANUEL.- Comenzaremos por la página cinco.
DANIEL.- Pero la escena comienza en la dos.
MANUEL.- He dicho la cinco.
CLARA.- Por eso fallan las escenas en grupo. ¡Si nunca las ensayamos bien!
MANUEL.- ¿Habéis encontrado la página? Emilio, puedes empezar.
EMILIO.- (Leen) ¿Sigues con tu proyecto?
DOCTORA.- Sí.
EMILIO.- Estupendo. Porque con el talento que...
MANUEL.- (Interrumpe) chicos, por favor, leed el texto como si os importara.
EMILIO.- ¿No he leído bien?
CLARA.- No. Has dicho (Imita) porque con el talento...
MANUEL.- A ver, silencio. Aquí dirijo yo. Leemos de nuevo.
EMILIO.- ¿Sigues con tu proyecto?
DOCTORA.- Sí.
EMILIO.- Estupendo. Porque con el talento que tienes...
DOCTORA.- He avanzado un poco más.
EMILIO.- ¿Ah, sí? Cuéntame. Joder, cuéntame… (A Manuel) ¿No sería mejor, explícate?
MANUEL.- ¡Qué más da!
EMILIO.- Nunca digo la palabra cuéntame.
MANUEL.- Pues no la digas.
EMILIO.- ¿Ah, sí? Dime.
DOCTORA.- Mira. (Se levanta) Y ahora voy hacia la mesa ¿no?
MANUEL.- ¿Qué dice el texto?
DOCTORA.- ¡Y yo qué sé! (Lee) Que vaya hacia la mesa.
MANUEL.- Entonces ¿qué tienes que hacer?
DOCTORA.- Ir hacia la mesa.
DIANA.- Pero ¿por qué? ¿Cuál es su objetivo?
MANUEL.- Por eso no me gustan los profesionales.
DOCTORA.- (Se acerca a la mesa) Verás. Aún es un borrador, claro.
EMILIO.- Poco a poco.
MANUEL.- Con más énfasis.
EMILIO.- ¡Poco a poco!
MANUEL.- Eso está mejor. Seguid.
DOCTORA.- Pues observa. (Va a coger una libreta. Duda cuál coger)
MANUEL.- No toques nada, basta con que finjas que has cogido una.
DOCTORA.- ¿Qué te parece?
EMILIO.- ¿Qué me parece? ¿Preguntas qué me parece? ¡Es increíble!
DOCTORA.- Tiene fallos.
EMILIO.- Sí. Tiene algunos fallos. (A Manuel) ¿Tengo que...? ¿Tengo que corregirle los fallos?
MANUEL.- Para ganar tiempo. Así avanzará más deprisa.
EMILIO.- Sí, pero no es sencillo.
MANUEL.- Memorizarás las correcciones.
EMILIO.- Es mucho trabajo.
MANUEL.- Lo haces todas las semanas.
EMILIO.- Pero cada vez es más complicado. Necesito tiempo.
MANUEL.- Sí, eso es verdad. Esta tarde te la damos libre.
EMILIO.- Gracias.
MANUEL.- Eso provocará algunos cambios. Clara tendrá que entretenerle.
CLARA.- ¿Yo? Intentará sobarme.
MANUEL.- Por eso mismo.
CLARA.- ¡Eres un cerdo!
MANUEL.- Lo hago por Álvaro. Además...


Se enciende la lámpara y suena una alarma.


DANIEL.- ¡Joder! Otra interrupción.
MANUEL.- Menuda semana llevamos. Esto no es normal.
EMILIO.- Así no puedo concentrarme.


Comienzan a recoger a toda prisa. Todos se ocultan. Diana no entiende qué hacen. No sabe qué hacer y se esconde junto a la mesa de trabajo de Álvaro.

jueves, 19 de febrero de 2015

Al Estilo de Averchenko



HILARIO.- Buenos días.
CARMEN.- Buenos días. Una botella de agua, por favor.
HILARIO.- Agua.
CARMEN.- Del tiempo.
HILARIO.- Sí, se ha quedado un día excelente.
CARMEN.- No, no.
HILARIO.- Ah, no, por el contrario hace un mal día.
CARMEN.- Quiero decir que el agua, el agua, del tiempo.
HILARIO.- ¿Qué tiempo?
CARMEN.- Es decir, que no esté fría.
HILARIO.- Que no esté fría, humm, bien, agua caliente.
CARMEN.- No, caliente tampoco. Del tiem... Algo intermedio.
HILARIO.- Un agua intermedia, de acuerdo. ¿Algo para comer?
CARMEN.- Pues si me trae la carta.
HILARIO.- ¿Qué carta?
CARMEN.- La carta de precios.
HILARIO.- No tenemos carta de precios. Pero le puedo decir lo que tenemos. En realidad le puedo decir lo que tenemos y lo que no tenemos, es decir, creo que me estoy liando, pero no estoy seguro.
CARMEN.- ¿Y qué tienen?
HILARIO.- Pues tenemos, veamos, que estuve antes en la cocina... tenemos patatas, sí, tenemos patatas. Eso es. Patatas fritas, patatas salteadas, patatas guisadas, patatas con puerros, patatas sin puerros, patatas de puerro, puerros sin patatas, y hamburguesas.
CARMEN.- ¿Cómo son las hamburguesas?
HILARIO.- No las he visto. Pero por lo general suelen consistir en pan de hamburguesa, carne de hamburguesa, queso de hamburguesa, o de vaca, no, el queso es de vaca, y pan de hamburguesa. El pan ya lo dije, bueno, suelen ser dos piezas, una debajo y otra encima, y en medio la carne, y en medio el queso; es decir, el queso va por encima o por debajo de la carne, que a la mitad es imposible y... Y... ¡Ah, y patatas!
CARMEN.- ¿Qué tipo de patatas?
HILARIO.- Tenemos patatas fritas, patatas salteadas, guisadas, con puerros...
CARMEN.- ¿Qué tipo de patatas llevan las hamburguesas?
HILARIO.- Fritas.
CARMEN.- No, entonces no. Humm. Patatas guisadas ¿es posible?
HILARIO.- Es posible, es posible. En cinco minutos. (Sale. Después regresa) Perdón, quería patatas con puerros ¿no es así?
CARMEN.- No, no. Patatas guisadas. 
HILARIO.- ¿Guisadas? ¿Seguro?
CARMEN.- Seguro.
HILARIO.- Bien. Patatas sin puerros.
CARMEN.- Patatas guisadas ¡guisadas! ¿Por qué no lo apunta?
HILARIO.- No vale la pena. Tengo buena memoria. Enseguida le traigo las patatas. Nuestras patatas son excelentes, por algo nos llamamos "Don Patata".
CARMEN.- Estoy segura.
HILARIO.- Nuestras patatas fritas son como las de McDonalds, no le digo más.
CARMEN.- Sí, pero recuerde que le pedí guisadas...
HILARIO.- Guisadas, claro, guisadas, las guisadas no son como las de McDonalds, ¿dónde iba? ah, sí, patatas del McDonalds (Sale, y entra con una bandeja y unas patatas en cartón) Aquí están las patatas. Como le dije, son tan buenas como las del McDonalds.
CARMEN.- Guisadas.
HILARIO.- no, no, fritas.
CARMEN.- Las pedí guisadas.
HILARIO.- ¿Guisadas?
CARMEN.- Sí, guisadas.
HILARIO.- Pero usted dijo...
CARMEN.- Dije guisadas, dije guisadas.

HILARIO.- Patatas guisadas, claro, guisadas... (Sale. Entra rápido) Me va a perdonar. No nos quedan patatas.

martes, 23 de septiembre de 2014

El Orzuelo

-Así que es usted el redactor de este relato- preguntó, entregándome un folio impreso.
-Sí, soy yo.
-Y pretende que lo publiquemos.
-No. Es decir, sí. siempre que ustedes quieran, claro.
Se inclinó para observarme. Yo estaba muy nervioso.
-Lo he leído.
-Se lo agradezco- respondí.
-No es malo.
-¿Eso quiere decir que tampoco es bueno?
-¿Por qué me interrumpe?
-Perdón, perdón.
-Le digo que no es malo. Pero es impublicable.
-En ese caso...- me levanté.
-Pero ¿dónde va? Siéntese, joder.
-Me siento, me siento.
-Hay una frase que no me quito de la cabeza.
-¿Del... del artículo?
-Del artículo, claro, si no no se lo estaría explicando.
-Sí, claro.
-Está en la cuarta línea del segundo párrafo. ¿La encuentra?
-Estoy buscando.
-Aquí.
Señaló con el dedo una línea. Yo la leí en silencio. No encontré nada extraño. Pero no me atreví a contradecirle.
-¿Qué significa?- preguntó.
-¿El qué?
-Su frase: “Impávido como un orzuelo”.
-Ah, eso. Es una metáfora.
-Ya sé que es una metáfora. Yo mismo he escrito metáforas. Pero esta... Esta no se entiende.
-¿No se entiende?
-Blanco como la nieve-aclaró- también es una metáfora.
-Muy gastada.
-Muy gastada, pero se puede entender. “Impávido como un orzuelo” no se entiende.
-No se entiende- asumí.
-He buscado en el diccionario. Orzuelo tiene tres definiciones.
-Sí, sí.
-Pero supongo que se refiere a la primera de ellas.
-Creo que sí.
-Yo mismo- carraspeó- yo mismo tengo un orzuelo.
-Sí. Me había dado cuenta.
-¿Y qué?- Preguntó poniendo su orzuelo frente a mis ojos- ¿Le parece impávido?
Permanecí unos segundos inmóvil, tanto como su orzuelo, incapaz de una respuesta.

domingo, 14 de septiembre de 2014

El Pequeño Payaso

Había nacido payaso, un gran payaso, pero nadie se lo dijo. Así que pasó los años fingiendo una

dignidad que no poseía. Jamás medró: era incapaz de escupir, de levantarse encima de otro; de fingir

humanidad, pues la sentía. Un día, en una reunión sin importancia, dijo en voz alta:

-Definitivamente, no soy nadie.

Y todos estaban de acuerdo.

Porque nadie prestó atención a un hombre que no sabía levantar la voz, ni golpear con furia la mesa

para defender sus ideas. Cuando alguien le escuchaba, y eso ocurría pocas veces, no podía evitar una

sonrisa

-Serías un gran humorista- solía decirle.

-Siempre que tuviera talento para el humor.

Pronto sintió la soledad a sus espaldas. Veía el mundo como un campo de dolor, pero a nadie le

interesaba.

Una noche hizo una prueba de monologuista. Le dejaron un micrófono y subió a un pequeño

escenario.

-¿Saben por qué llevo un pañuelo en los ojos?- dijo- Porque me aterra mirar la realidad.

Nadie rió.

-¿Y saben por qué nunca tuve pareja? Por lo que se dice de los amantes: de ellos es el reino de los

celos.

No supo continuar. Nadie le miraba.

La última vez que le vi llevaba un sombrero de tela. Nos dimos un abrazo, breve, casi confuso. Quise

saber qué había sido de su vida.

-Nada. Trabajo en una tienda de paraguas. Cada vez se vende menos. Ya no hay tantos charcos como

antes.

-¿Y el humor?

-¿Qué quieres? Nadie entendió mis bromas. No merece la pena intentarlo.

Se alejo, arrastrando los zapatones, sumido en sus pensamientos.

domingo, 24 de agosto de 2014

El Único Testigo

-Sí, sí, sí. Escuchen. Yo, yo soy el único testigo. Yo lo vi todo, todo. ¿Con quién  hablo? Ah, ¿Radio Nacional de España? Estupendo. Sí, os escucho bastante. Bueno, de vez en cuando. Soy más de televisión, ¿sabe? Ah, sí, perdón. Claro. Ya le decía. Yo lo vi todo. Ya le expliqué a la policía, sí, ya le expliqué. Me han tomado los datos. Para declarar, claro. Soy el único testigo. Ha sido una desgracia ¡una desgracia! Se le veía tan joven, bueno, creo que se le veía joven. Soy miope ¿sabe usted? Y no pude verle bien la cara. Bueno, ni la cara ni el cuerpo. En realidad pudo ser una mujer, tampoco estoy seguro. Pero yo creo que era más hombre que mujer, me lo dice la intuición. y esa no se equivoca. Y luego el coche, más que coche camioneta, o tal vez un camión. No, un coche no fue, porque oí el claxon, y los coches no tienen ese claxon. Y encima en un paso de cebra, o al menos en una línea continua, sí, había una línea en el suelo... ¿oiga? ¿Por qué se marcha? ¿Oiga?