Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de agosto de 2014

Las Manos Rugosas

Hace una semana, mientras tecleaba en el ordenador, observé mis manos. Me pareció extraño no haberme dado cuenta de que están rugosas, y traté de recordar. Hace quince años, estoy seguro, tenía las manos firmes, juveniles, casi perfectas. ¿Qué ha podido ocurrir? ¿Será verdad que me estoy haciendo mayor? Eso me preocupa. Tal vez envejezco, aunque no sea consciente de ello. He decidido comprobarlo. Así que, desde el jueves, me he sentado con las manos sobre la mesa, a esperar. Por el momento, aclaro, no noto cambio alguno. Pero tal vez es pronto. Cuando lleve un mes o dos en esta postura sabré si las arrugas son casuales, o es que de verdad envejezco. Prometo informar de mis conclusiones. Si no me canso antes, que la espalda comienza a dolerme con más fuerza que hace quince años. 

jueves, 4 de julio de 2013

El Coche

Claro está, yo nunca había conducido. Y me dejó ese coche tan grande, que no supe qué hacer. Si es muy sencillo, me decía, pisas embrague, metes primera, sueltas embrague mientras vas acelerando, y sales. Pero no fui capaz. ¿Por qué no lo coges tú? Supliqué. ¿Es que no ves que estoy borracha? Una copa, una simple copa de un líquido viscoso y quince hielos, y se había emborrachado. Propuso pasar la noche en el vehículo. Yo me negué, inútilmente, puesto que ninguno de los dos iba a arrancarlo. Ella se enroscó a mi cuello y me besó. No olía a alcohol, lo juro, pero afirmó que seguía borracha, muy borracha, porque tenía muchos problemas. ¿Qué te ocurre?  Pregunté ¿A mí? ¿A mí? ¡La vida es una mierda! No supe qué decir, y agregó Yo soy madre soltera sin hijos. Me lancé sobre ella y la besé. De pronto me detuve Escucha, eso es imposible. Puedes ser madre, puedes ser soltera, pero no puedes ser madre sin hijos, soltera o no.  Me separó de un golpe. ¿Y tú qué sabes? ¿Acaso eres mujer? No soy mujer, así que no me atreví a contestar. ¿Alguna vez has hecho el amor en un coche? Añadió guiñando un ojo. Pues no, y hoy tampoco será el día, porque a mis años no voy a comenzar...  No pude acabar la frase, levantó una palanca que volcó el asiento, y subió sobre mí. A mí me preocupaba que pasara gente alrededor, pero enseguida me olvidé de ellos, excitado y perdido. ¿Peso mucho? Me preguntaba de vez en cuando. No, no, respondía yo, casi asfixiado. ¿Tú me quieres? Preguntó, enroscada en mi cuerpo. Alrededor del coche cuatro chicos nos aplaudían riendo. Yo saludé para que se marcharan. ¿Me quieres o no me quieres? Tragué saliva Así, en la primera noche... Es difícil responder. Hace una hora ni te conocía. Me besó en el pecho. Sí, eso es muy romántico ¿verdad? Comenzó a llover. Me dolía la espalda por la postura, y comenzaba a echar de menos mi casa. Propuse que nos marcháramos. ¿Ahora? No, quedémonos un rato más.  Me miraba con ternura. Pensé que valía la pena, que a mis cuarenta y siete años había encontrado el amor, ese del que tanto se habla en las novelas, y la estreché contra mí. Busqué sus labios, perdidos entre mi camisa, y saboreé su jugo. ¿Sigues borracha? Pregunté ¡Oh, sí! Le brillaban los ojos. A mí también.  Me alegro, dije,  porque yo siento que... bah, tonterías, no puedo expresarlo con palabras. Sonrió y me besó en los labios. Me sentí feliz, por fin había encontrado eso que llaman amor verdadero. Sus ojos parecían repetirme la pregunta ¿me quieres? ¿Me quieres? ¿Me quieres? Y los míos le decían sí, sí, ¡Sí! Nos abrazamos con desesperación, yo supe que jamás debía dejarle marchar, y ella... Ella sonreía y me besaba detrás de la oreja y en la nuca.
Había dejado de llover. Miré el reloj: las once y media. Ella se incorporó, serena, fría, distante incluso. Venga, vámonos. Sí, pensé, vámonos ¿Dónde quieres que te deje? Dudé en la respuesta. Podemos ir a mi casa, dije al fin¸ soy un poco desordenado, pero prometo cambiar. Además tengo un gato, no sé si te molestan los animales, puedo dejarlo en la terraza de la cocina, hace frío, pero el gato tiene piel y mucho pelo, no le molestará. Parecía que rechazaba mi propuesta. Son casi las doce, dijo, es demasiado tarde¿Tarde?, respondí, ¿para qué es tarde? Se miró en el espejo del coche y se limpió alguna mancha que tenía por la cara, fruto de la fogosidad anterior. No quiero que él se preocupe. A mí me sudaban las manos. ¿Tampoco... Tampoco eres soltera? Dije al fin. ¿Tú que te crees? ¿Qué te he mentido? Claro que soy soltera. Respiró hondo. Vivimos juntos,  eso es todo. Me derrumbé. ¿Nos veremos más adelante? Dije con un hilo de voz. No, creo que no. ¿Por qué? Sollocé. Es que si te veo demasiado será como si tuviera dos maridos, y no creo que me guste. De pronto se acumuló en mi cuerpo la energía que nunca tuve, coloqué el asiento en vertical, y, lleno de decisión, arranqué el coche. ¿Qué haces? Preguntó. Te vienes a mi casa, le dije. ¡Si no sabes conducir! Probé un par de veces con los pedales y conseguí salir del aparcamiento. Ella reía. Como broma está bien, pero déjalo ya. Estaba dispuesto a llevarla a mi casa. Creía que cubriéndola de besos y de cariño no se marcharía de mi lado. Ya jadeaba, rugía incluso, imaginando mi futura felicidad, cuando en un cruce se coló un camión de la basura. Yo quise frenar, ¡juro que lo intenté! Cuando el coche se detuvo tenía una bolsa sobre el cristal. Los dos vehículos quedaron unidos por la chapa. Ella comenzó a gritar, intentaba salir, pero la puerta, deformada, no obedecía, y yo... yo... qué voy a contarles. Yo intentaba calmarla, jurándole amor eterno mientras ella me abofeteaba. Escucha, escucha, has intentado robar el coche ¿entiendes? ¿entiendes? Gritaba. Yo la cogía de las manos. Escucha, le contesté, yo... yo hablaré con él, le diré que te amo, tiene que entenderlo, tiene que entenderlo.

sábado, 20 de abril de 2013

Con los Ojos Cerrados. Microrrelato


Ayer me levanté con los ojos cerrados. Llegué sin esfuerzo hasta la cocina y me preparé un café. Al volver al salón tropecé con una caja, el aspirador y la mopa del polvo. Me propuse  limpiar de una vez el suelo, pero lo olvidé a la media hora. Cuando mi mujer me vio con los ojos cerrados creyó que me había quedado ciego y se puso a gritar. Pero no, simplemente no los había abierto, que es muy distinto. Entonces entre ella y mi hijo comenzaron a hacer suposiciones. Tal vez, decía uno, me daba tanta lástima la realidad que prefería no verla; también es posible, replicaba la otra, que una ceguera inesperada me impidiese abrirlos. Intenté explicar que ambos erraban, pero me echaron porque no les dejaba pensar. Salí a la calle. Tropecé con una farola, un bordillo y caí a una zanja a medio tapar. Allí, tumbado, oí cómo se lamentaba el jefe de obra porque tendrían que echar el cemento de nuevo. Me agarraron entre dos y me sacaron al paseo. Crucé por alguna parte y pisé algo que parecían huevos, pero más pequeño y delicado. Con cemento en la chaqueta seguí camino adelante, hasta que supuse que nunca más podría volver a mi casa, salvo que abriera de nuevo los ojos. Pero no recordaba cómo se hacía y tampoco el nombre de mi calle. No importa. Encontré esta mañana otra mujer y otro hijo que lo quieren ser míos, y cuya única condición es que no abra jamás los ojos. Y cuando les pregunto ¿cómo voy a abrirlos? ¿Acaso hay alguna forma? Ellos deniegan. Creen que me confunden, pero yo sé que los abren, y que prefieren no explicarme su método.

viernes, 29 de abril de 2011

Desierta

Una tormenta leve de polvo y pelo
con restos de ceniza, todo en el suelo.
Canela, clavo, aromas de una mujer,
Que marcha con la certeza de no volver.
El eco emite un canto que suena a vida,
Palabras que se confunden con despedidas.


Y un tango
Que se repite de cuando en cuando.
Y un verso
Que toma forma de los recuerdos.
Y un libro
Que no recuerda que hay mil caminos.


La tarde, de luz pintada, que tanto brilla,
Confunde su azul celeste con tu bombilla.
Las llaves ya no resuenan junto a la puerta.
La casa sin tus pisadas quedó desierta.
Solita, sin voz ni lumbre quedó tu alcoba,
El pelo robó a los muebles su ayer caoba.

martes, 3 de agosto de 2010

El Conductor (Historias de Pineda)

- Hay muchas formas de llegar a Pineda- me decía anoche el conductor- la más sencilla y monótona es el tren. Usted sube en Sants, por ejemplo, y baja en la Plaza de l’Estació. ¿Qué hay en medio? ¡Nada! La monotonía de saber a qué hora sale y a qué hora llega.
- En efecto, es muy monótono. Hasta aburrido- dije yo.
- La forma fascinante es el autobús. Usted espera en Plaza de Cataluña y ahí mismo comienza el juego. ¿Encontrará un atasco? ¿Tal vez obras? ¿Estará iluminado el tramo de Arenys? Pregunta sin malicia, porque jamás iluminarán esa zona.
- Las tradiciones hay que respetarlas- comenté.
- Y, por último, la pregunta crucial que se hace cualquier viajero ¿llegaré con salud a mi destino? Porque la última parada se anuncia como Pineda de Mar, pero es un chiste que Barcelona regala a sus visitantes.
- Un chiste muy gracioso- interrumpí con una carcajada- ¡La de veces que me he reído al llegar a esa gasolinera!
- Ahí comienza la aventura- me explicó.- Desde la parada hay veinte minutos andando por la carretera nacional. Un tramo precioso, de tres kilómetros, con escasa luz.
- Pero lo mejor es cuando, al caminar por la carretera, llega un coche. ¡Tienes el tiempo justo de tirarte a la cuneta! La de veces que lo he hecho ya, y aún me emociono como el primer día.
- Charlando, charlando, hemos llegado al final de la ruta.
- ¡Ahí está la gasolinera!- dije emocionado, y estreché la mano del conductor. Después salté del vehículo con la esperanza de que nada hubiera cambiado desde la última vez: el arcén, la escasa luz,  todo seguía como hace tantos años. Me sentí tan reconfortado que tuve que retar al resto del universo:
- ¡Hombres ávidos de misterio, venid a este lugar, a ver si sois capaces de superar la difícil prueba nocturna!

jueves, 18 de febrero de 2010

El Barco de Madera

Aquel barco de madera
encallado esta en el mar;
ya no tiene popa,
timonel ni capitán.
Las algas le rodearon,
y tomaron el lugar.
el sol, en la cubierta,
pasea con libertad.
Unos peces amarillos
lo recorren al pasar.

Nadie se acuerda del barco,
ni que tuvo capitán,
yace así desde hace siglos
y así siempre estará:
bajo los rayos del sol,
sobre las olas del mar.