Adolfino.- (Suspirando) ¡Esto es vida!
Castráñez.- Llevamos horas subiendo esta montaña, ¿y te sientes feliz?
Adolfino.- Mi vida, antes de conocerte, era monótona. Nunca hice nada interesante. Estuve cinco años con una mujer y me aburría tanto...
Castráñez.- Que la dejaste.
Adolfino.- No, me casé con ella. Pensábamos que, como matrimonio, todo sería más divertido. Y no lo fue.
Castráñez.- Y la dejaste.
Adolfino.- Ella decía que si teníamos niños lo íbamos a pasar fenomenal. Yo no quería tener niños, porque además hay que darlos de comer.
Castráñez.- Por eso la dejaste.
Adolfino.- Observábamos parejas con niños, y ¡caray! Sí que se reían. El mundo era una fiesta. Entonces tuvimos un niño. Pero era muy aburrido. Nunca decía nada, y encima había que darlo de comer.
Castráñez.- Fue cuando lo dejaste.
Adolfino.- Pero mi mujer decía: verás cuando sea un poco más grande, y pueda hablar, lo que nos vamos a reir. Y decidimos dejarlo crecer, porque veíamos que las parejas con niños que hablaban disfrutaban más que las otras. El niño creció y tuvimos que ponerle nombre, porque nos preguntó cómo se llamaba. Yo le dije que Oscar. A ver si nos salía tan ingenioso como Oscar Wilde. Pero jamás dijo nada interesante. Recuerdo que le decía: piensa un poco, Oscar, seguro que tienes algo gracioso que decir. Y él callaba. Yo no podía dejar de bostezar...
Castráñez.- Ahora sí que lo dejaste.
Adolfino.- Mi mujer se dio cuenta que las parejas con dos niños se lo pasaban mejor que con uno. Y le llamamos Joaquín. Pero era tan aburrido como Oscar, y además lloraba. Como lloraba en brazos de su madre, me lo pasaba a mí, yo se lo daba a Oscar y él lo devolvía a la madre. Fue el único momento divertido, porque un día, no recuerdo por qué, dejó de llorar. Y nos aburrimos de nuevo.
Castráñez.- ¡Ahí lo dejaste!
Adolfino.- No, me dejó ella. Había comprobado que las madres solteras con dos hijos se lo pasaban mucho mejor que las madres casadas. Al principio me enfadé, pero luego comprobé que era verdad.
Castráñez.- Yo también vivo solo.
Adolfino.- No, si regresó conmigo a los seis meses. Se había aburrido tanto que se había dejado las uñas largas para capturar moscas entre los dedos índice y pulgar.
Castráñez.- ¡Qué desagradable!
Adolfino.- Al principio pensé lo mismo, pero era muy útil para cortar patatas.
Castráñez.- ¿Tan largas se dejó las uñas?
Adolfino.- Una noche que me giré en la cama me clavó una de ellas y tuvimos que ir al hospital, porque me desangraba.
Castráñez.- Y se las cortó.
Adolfino.- No. Compró unos protectores para dormir.
Castráñez.- ¿Y no te daban miedo?
Adolfino.- Miedo, no. Sólo un poco de asco.
Castráñez.- ¿Las tenía sucias?
Adolfino.- Qué va. Pero en aquella época comenzó a trabajar en una peluquería, y, claro, para qué iba a usar tijeras. Además, las clientas lo preferían así. Algunas me paraban por la calle y me decían: su mujer tiene unas manos de oro.
Castráñez.-.- Porque era muy buena.
Adolfino.- No, porque se pintaba las uñas de ese color.
Castráñez.- ¡Qué desagradable!
Adolfino.- ¡Por las uñas de mi mujer! Viene gente. (Se agachan)
Mostrando entradas con la etiqueta Eiffel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eiffel. Mostrar todas las entradas
jueves, 4 de agosto de 2011
sábado, 3 de abril de 2010
La Torre Eiffel (2ª Parte)
Vendedor.- Lo quieren todo. Desean dominar el mundo e imponer sus costumbres. Ésta es la foto de la torre Eiffel.
Cliente.- A ver... ¿Así es la torre? Demasiado hierro, ¿no?
Vendedor.- Tiene forma de ciprés. Es un dicho que se usa en francia. ¿Lo conoce?
Cliente.- No.
Vendedor.- Dice: planta cuatro cipreses en forma de cuadrado. Junta la cabeza de los cuatro, y tendrás la torre.
Cliente.- ¿Eso dicen los franceses?
Vendedor.- Justamente.
Cliente.- ¿De esa manera? Quiero decir, ¿en castellano? ¡Tiembla, Nepal! ¿Dónde estará Nepal?
Vendedor.- A mí no me pregunte. Yo vendo enciclopedias, no ordeno países. Además, entre nosotros, he decidido ignorarles.
Cliente.- ¿A los nepalís?
Vendedor.- Sí. Es una buena estrategia. Intentan adueñarse del mundo, pero si nosotros ignoramos dónde están, y ellos ignoran dónde estamos nosotros... ¡no podrán atacarnos!
Cliente.- Salvo que lo hagan por error.
Vendedor.- Eso sería atroz. Afortunadamente, aún estamos lejos de Nepal.
Cliente.- Está al sur ¿verdad?
Vendedor.- Estooo, sí. Pegado a África. Junto a las Canarias. Es un gran continente, lleno de animales exóticos y frutas tropicales. De allí surgió el mango.
Cliente.- ¿Y la guayaba?
Vendedor.- No lo sé. Lástima no tener una enciclopedia.
Cliente.- Pero usted, ¿no posee una?
Vendedor.- ¿Está loco? ¿Sabe el espacio que ocupan los veinticuatro volúmenes? Haciendo un cálculo aproximado, sin exagerar: casi veinticuatro veces lo que ocupa éste.
Cliente.- Sí, pero la fotografía es muy bella. Me recuerda a una novia que tuve. Era igual a la torre.
Vendedor.- ¡Qué mujer más extraña!
Cliente.- Sí. Una mujer muy altiva. Además, era fría como el hierro. Lo cual, en verano, resultaba muy agradable... con ella proyecté todos los viajes que nunca hice en la vida: París, Albacete, Nueva York, Albacete, Esquivias, Albacete...
Vendedor.- ¡Qué obsesión con Albacete!
Comprador.- Albacete siempre era el viaje de vuelta. Vivíamos allí, ¿sabe? En la tercera planta de un piso pequeño. Éramos muy felices.
Vendedor.- ¿Es bonito Albacete?
Comprador.- Nunca vi la ciudad. Por lo general paseábamos alrededor del edificio. Enseguida nos sentábamos a discutir. Las parejas tienen tanto que discutir...
Vendedor.- Te puedes pasar horas discutiendo.
Comprador.- ¡Qué recuerdos! Los días de lluvia dejábamos un paraguas colgando de la ventana.
Vendedor.- ¿Un paraguas?
Comprador.- Sí. Servía para evitar que nos robasen. Si el paraguas estaba en la ventana, significaba que estábamos en casa. Y sin embargo salíamos.
Vendedor.- Con otro paraguas.
Comprador.- ¿Eh? No, no. No teníamos otro. Nos mojábamos. Por eso solíamos pasear alrededor del edificio. Si la lluvia se volvía más densa, volvíamos al piso. Entonces cocinábamos. Cada día quemábamos una comida distinta.
Vendedor.- ¿No sabíais cocinar?
Comprador.- No. Pero tuvimos suerte. En el edificio de enfrente fue a vivir un matrimonio algo mayor. Ella era una experta cocinera.
Vendedor.- Os ayudaba.
Comprador.- Nunca lo supo. Mi chica la espiaba desde la ventana. Observó cómo cortaba las patatas, cómo cocía l carne, y estuvo a punto de aprender a hacer una paella... pero entonces, sin haberlo esperado, llegó la tragedia.
Vendedor.- (con angustia) ¿Murió?
Comprador.- Peor. Puso unas cortinas. En vano mi chica trató de adivinar lo que estaba haciendo: en lugar de arroz puso garbanzos; cebolla en vez de sepia, y confundió la paellera con una sartén. Una hora después los garbanzos seguían duros, y tuvimos que comer patatas. Pero todo aquello pasó. ¡Ay, la torre Eiffel, que me trae tantos recuerdos!
Vendedor.- (con tristeza) Uno de estos días, tal vez, la torre y toda Francia serán invadidos por los nepalíes.
Comprador.- ¡Qué horror!
Vendedor.- Es posible que, en estos momentos, ya se hayan anexionado China y Yemen.
Comprador.- ¿No podemos hacer nada?
Vendedor.- ¿Qué quiere que hagamos? Cuando un pueblo está dispuesto a morir, nada puede detenerlo.
Comprador.- Tenemos que matar a su general.
Vendedor.- Ya sabes lo que se dice: mala hierba nunca muere.
Comprador.- Sí, pero ganas y armas vencen batallas.
Vendedor.- Claro, aunque el que mucho abarca poco aprieta.
Comprador.- Recuerda que en boca cerrada no entran moscas.
Vendedor.- No lo entiendo.
Comprador.- Que iremos a Francia, calladitos, a defender la torre, porque el que anda con lobos, a aullar aprende.
Vendedor.- Y es que quien tiene boca, se equivoca.
c.- ¡Ssssh, calla! Tal vez nos estén escuchando. Será mejor que entremos.
Cliente.- A ver... ¿Así es la torre? Demasiado hierro, ¿no?
Vendedor.- Tiene forma de ciprés. Es un dicho que se usa en francia. ¿Lo conoce?
Cliente.- No.
Vendedor.- Dice: planta cuatro cipreses en forma de cuadrado. Junta la cabeza de los cuatro, y tendrás la torre.
Cliente.- ¿Eso dicen los franceses?
Vendedor.- Justamente.
Cliente.- ¿De esa manera? Quiero decir, ¿en castellano? ¡Tiembla, Nepal! ¿Dónde estará Nepal?
Vendedor.- A mí no me pregunte. Yo vendo enciclopedias, no ordeno países. Además, entre nosotros, he decidido ignorarles.
Cliente.- ¿A los nepalís?
Vendedor.- Sí. Es una buena estrategia. Intentan adueñarse del mundo, pero si nosotros ignoramos dónde están, y ellos ignoran dónde estamos nosotros... ¡no podrán atacarnos!
Cliente.- Salvo que lo hagan por error.
Vendedor.- Eso sería atroz. Afortunadamente, aún estamos lejos de Nepal.
Cliente.- Está al sur ¿verdad?
Vendedor.- Estooo, sí. Pegado a África. Junto a las Canarias. Es un gran continente, lleno de animales exóticos y frutas tropicales. De allí surgió el mango.
Cliente.- ¿Y la guayaba?
Vendedor.- No lo sé. Lástima no tener una enciclopedia.
Cliente.- Pero usted, ¿no posee una?
Vendedor.- ¿Está loco? ¿Sabe el espacio que ocupan los veinticuatro volúmenes? Haciendo un cálculo aproximado, sin exagerar: casi veinticuatro veces lo que ocupa éste.
Cliente.- Sí, pero la fotografía es muy bella. Me recuerda a una novia que tuve. Era igual a la torre.
Vendedor.- ¡Qué mujer más extraña!
Cliente.- Sí. Una mujer muy altiva. Además, era fría como el hierro. Lo cual, en verano, resultaba muy agradable... con ella proyecté todos los viajes que nunca hice en la vida: París, Albacete, Nueva York, Albacete, Esquivias, Albacete...
Vendedor.- ¡Qué obsesión con Albacete!
Comprador.- Albacete siempre era el viaje de vuelta. Vivíamos allí, ¿sabe? En la tercera planta de un piso pequeño. Éramos muy felices.
Vendedor.- ¿Es bonito Albacete?
Comprador.- Nunca vi la ciudad. Por lo general paseábamos alrededor del edificio. Enseguida nos sentábamos a discutir. Las parejas tienen tanto que discutir...
Vendedor.- Te puedes pasar horas discutiendo.
Comprador.- ¡Qué recuerdos! Los días de lluvia dejábamos un paraguas colgando de la ventana.
Vendedor.- ¿Un paraguas?
Comprador.- Sí. Servía para evitar que nos robasen. Si el paraguas estaba en la ventana, significaba que estábamos en casa. Y sin embargo salíamos.
Vendedor.- Con otro paraguas.
Comprador.- ¿Eh? No, no. No teníamos otro. Nos mojábamos. Por eso solíamos pasear alrededor del edificio. Si la lluvia se volvía más densa, volvíamos al piso. Entonces cocinábamos. Cada día quemábamos una comida distinta.
Vendedor.- ¿No sabíais cocinar?
Comprador.- No. Pero tuvimos suerte. En el edificio de enfrente fue a vivir un matrimonio algo mayor. Ella era una experta cocinera.
Vendedor.- Os ayudaba.
Comprador.- Nunca lo supo. Mi chica la espiaba desde la ventana. Observó cómo cortaba las patatas, cómo cocía l carne, y estuvo a punto de aprender a hacer una paella... pero entonces, sin haberlo esperado, llegó la tragedia.
Vendedor.- (con angustia) ¿Murió?
Comprador.- Peor. Puso unas cortinas. En vano mi chica trató de adivinar lo que estaba haciendo: en lugar de arroz puso garbanzos; cebolla en vez de sepia, y confundió la paellera con una sartén. Una hora después los garbanzos seguían duros, y tuvimos que comer patatas. Pero todo aquello pasó. ¡Ay, la torre Eiffel, que me trae tantos recuerdos!
Vendedor.- (con tristeza) Uno de estos días, tal vez, la torre y toda Francia serán invadidos por los nepalíes.
Comprador.- ¡Qué horror!
Vendedor.- Es posible que, en estos momentos, ya se hayan anexionado China y Yemen.
Comprador.- ¿No podemos hacer nada?
Vendedor.- ¿Qué quiere que hagamos? Cuando un pueblo está dispuesto a morir, nada puede detenerlo.
Comprador.- Tenemos que matar a su general.
Vendedor.- Ya sabes lo que se dice: mala hierba nunca muere.
Comprador.- Sí, pero ganas y armas vencen batallas.
Vendedor.- Claro, aunque el que mucho abarca poco aprieta.
Comprador.- Recuerda que en boca cerrada no entran moscas.
Vendedor.- No lo entiendo.
Comprador.- Que iremos a Francia, calladitos, a defender la torre, porque el que anda con lobos, a aullar aprende.
Vendedor.- Y es que quien tiene boca, se equivoca.
c.- ¡Ssssh, calla! Tal vez nos estén escuchando. Será mejor que entremos.
jueves, 1 de abril de 2010
La Torre Eiffel (1ª Parte)
Vendedor.- Buenos días. Usted no necesita ninguna enciclopedia, ¿verdad? Ha sido un placer (se da la vuelta)
Cliente.- No, espere. Lo cierto es que nunca he comprado una. ¿Podría decirme para qué sirven?
Vendedor.- ¡oh! No son gran cosa, no crea. Se trata de veinte libros lujosamente encuadernados, llenos de hojas y letras de color negro.
Cliente.- ¿Sin fotografías?
Vendedor.- Con fotografías. Pero nada en especial. Las típicas imágenes de políticos y monumentos antiguos. Nada que no pueda ver en internet.
Cliente.- ¿Muchas fotos?
Vendedor.- Un centenar, aproximadamente.
Cliente.- ¿Alguna con la torre Eiffel?
Vendedor.- Es posible.
Cliente.- Entonces me interesa. ¿Cuánto cuesta?
Vendedor.- ¿Va a comprarme una enciclopedia porque contiene una fotografía de la torre Eiffel?
Cliente.- (justificándose) Es que nunca estuve allí. Me gustaría poder verla.
Vendedor.- Haberlo dicho antes. Casualmente traigo conmigo el cuarto volumen, que creo que contiene esa foto que le gusta... ¿cómo se escribe Eiffel?
Cliente.- Lo importante no es cómo se escribe, sino cómo se lee... Busque primero sin hache.
Vendedor.- Sin hache. Es posible que aparezca de las dos formas. Supongo que conocerá el último descubrimiento lingüístico.
Cliente.- No sé de qué descubrimiento me habla.
Vendedor.- Han descubierto, parece ser, que todas las palabras se pueden escribir de las dos maneras: con hache y sin ella.
Cliente.- ¿Todas?
Vendedor.- Sí.
Cliente.- ¿Todas las palabras sin hache y con hache? ¿Hasta las que empiezan por vocal?
Vendedor.- También esas.
Cliente.- Eso es maravilloso. Eso va a revolucionar nuestro idioma. ¡Tiembla, english language, vamos por ti! Pero eso tendrá alguna explicación ¿no?
Vendedor.- ¡Claro! Parece ser que se pueden escribir de las dos maneras porque la hache no se pronuncia. ¡No tiene sonido!
Cliente.- ¡Cierto! La hache no tiene sonido... ¡No tiene sonido! Es maravilloso. Estaremos a la vanguardia del mundo. Volveremos a ser el país dominante, por encima de Estados Unidos y el Nepal.
Vendedor.- Del Nepal, tal vez no. Se dice que quieren invadir Rusia.
Cliente.- Son insaciables. ¿No les bastaba con haberse anexionado China y Noruega?
Cliente.- No, espere. Lo cierto es que nunca he comprado una. ¿Podría decirme para qué sirven?
Vendedor.- ¡oh! No son gran cosa, no crea. Se trata de veinte libros lujosamente encuadernados, llenos de hojas y letras de color negro.
Cliente.- ¿Sin fotografías?
Vendedor.- Con fotografías. Pero nada en especial. Las típicas imágenes de políticos y monumentos antiguos. Nada que no pueda ver en internet.
Cliente.- ¿Muchas fotos?
Vendedor.- Un centenar, aproximadamente.
Cliente.- ¿Alguna con la torre Eiffel?
Vendedor.- Es posible.
Cliente.- Entonces me interesa. ¿Cuánto cuesta?
Vendedor.- ¿Va a comprarme una enciclopedia porque contiene una fotografía de la torre Eiffel?
Cliente.- (justificándose) Es que nunca estuve allí. Me gustaría poder verla.
Vendedor.- Haberlo dicho antes. Casualmente traigo conmigo el cuarto volumen, que creo que contiene esa foto que le gusta... ¿cómo se escribe Eiffel?
Cliente.- Lo importante no es cómo se escribe, sino cómo se lee... Busque primero sin hache.
Vendedor.- Sin hache. Es posible que aparezca de las dos formas. Supongo que conocerá el último descubrimiento lingüístico.
Cliente.- No sé de qué descubrimiento me habla.
Vendedor.- Han descubierto, parece ser, que todas las palabras se pueden escribir de las dos maneras: con hache y sin ella.
Cliente.- ¿Todas?
Vendedor.- Sí.
Cliente.- ¿Todas las palabras sin hache y con hache? ¿Hasta las que empiezan por vocal?
Vendedor.- También esas.
Cliente.- Eso es maravilloso. Eso va a revolucionar nuestro idioma. ¡Tiembla, english language, vamos por ti! Pero eso tendrá alguna explicación ¿no?
Vendedor.- ¡Claro! Parece ser que se pueden escribir de las dos maneras porque la hache no se pronuncia. ¡No tiene sonido!
Cliente.- ¡Cierto! La hache no tiene sonido... ¡No tiene sonido! Es maravilloso. Estaremos a la vanguardia del mundo. Volveremos a ser el país dominante, por encima de Estados Unidos y el Nepal.
Vendedor.- Del Nepal, tal vez no. Se dice que quieren invadir Rusia.
Cliente.- Son insaciables. ¿No les bastaba con haberse anexionado China y Noruega?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)