miércoles, 11 de julio de 2012

Menrag

Decidió que así era. De hecho había encargado unas cartulinas blancas, en las que, protegido por un rectángulo negro, podía leerse su nombre, y, debajo, subrayada, esa palabra: “creáloga”. Me enseñaron la tarjeta; no recuerdo quién, tal vez sea por culpa de la edad. Sorprendido, fui a verla. Había alquilado un local pequeño, en la Gran Vía.
- Así que usted es creáloga- dije.
- Eso es- respondió.
- ¿Hay muchas?
- Hasta donde sé, sólo una, la única, que soy yo. Al menos en España.
- Comprendo. ¿Y en qué consiste su invento?
- No es un invento- protestó.
- ¿Cómo lo definiría?
- Es un trabajo.
- De acuerdo. Un trabajo.
- Sirve para modernizar el idioma.
- ¡Qué interesante!
- Me dedico a crear palabras.
- ¿Podría darme un ejemplo?
- ¡Claro! ¿Cómo se llama?
- ¿Yo? Germán.
- Muy bien. Pues en su honor he creado “menrag”. Se habrá dado cuenta de que esa palabra está formada con las mismas letras de su nombre.
- Sí- respondí- ¿Y qué es un “menrag”?
- Ese es el paso siguiente.

Se concentró y de un salto se encaramó a la pared. Logró dar dos pasos antes de saltar. Cuando cayó, estaba exhausta.

- ¿Le parece que esta acción tiene nombre?
- Yo diría que no- contesté.
- Entonces- continuó, ufana- Esto que me ha visto hacer, y que puede repetir usted mismo si lo desea, es un “menrag”.
- ¿En serio? ¿Ha creado esa palabra para mí?
- ¡Por supuesto! ¿Cómo va a pagar? ¿Efectivo? ¿Tarjeta?



Pero, a causa de la emoción, yo ya había salido del local.

1 comentario:

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