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jueves, 4 de julio de 2013

El Coche

Claro está, yo nunca había conducido. Y me dejó ese coche tan grande, que no supe qué hacer. Si es muy sencillo, me decía, pisas embrague, metes primera, sueltas embrague mientras vas acelerando, y sales. Pero no fui capaz. ¿Por qué no lo coges tú? Supliqué. ¿Es que no ves que estoy borracha? Una copa, una simple copa de un líquido viscoso y quince hielos, y se había emborrachado. Propuso pasar la noche en el vehículo. Yo me negué, inútilmente, puesto que ninguno de los dos iba a arrancarlo. Ella se enroscó a mi cuello y me besó. No olía a alcohol, lo juro, pero afirmó que seguía borracha, muy borracha, porque tenía muchos problemas. ¿Qué te ocurre?  Pregunté ¿A mí? ¿A mí? ¡La vida es una mierda! No supe qué decir, y agregó Yo soy madre soltera sin hijos. Me lancé sobre ella y la besé. De pronto me detuve Escucha, eso es imposible. Puedes ser madre, puedes ser soltera, pero no puedes ser madre sin hijos, soltera o no.  Me separó de un golpe. ¿Y tú qué sabes? ¿Acaso eres mujer? No soy mujer, así que no me atreví a contestar. ¿Alguna vez has hecho el amor en un coche? Añadió guiñando un ojo. Pues no, y hoy tampoco será el día, porque a mis años no voy a comenzar...  No pude acabar la frase, levantó una palanca que volcó el asiento, y subió sobre mí. A mí me preocupaba que pasara gente alrededor, pero enseguida me olvidé de ellos, excitado y perdido. ¿Peso mucho? Me preguntaba de vez en cuando. No, no, respondía yo, casi asfixiado. ¿Tú me quieres? Preguntó, enroscada en mi cuerpo. Alrededor del coche cuatro chicos nos aplaudían riendo. Yo saludé para que se marcharan. ¿Me quieres o no me quieres? Tragué saliva Así, en la primera noche... Es difícil responder. Hace una hora ni te conocía. Me besó en el pecho. Sí, eso es muy romántico ¿verdad? Comenzó a llover. Me dolía la espalda por la postura, y comenzaba a echar de menos mi casa. Propuse que nos marcháramos. ¿Ahora? No, quedémonos un rato más.  Me miraba con ternura. Pensé que valía la pena, que a mis cuarenta y siete años había encontrado el amor, ese del que tanto se habla en las novelas, y la estreché contra mí. Busqué sus labios, perdidos entre mi camisa, y saboreé su jugo. ¿Sigues borracha? Pregunté ¡Oh, sí! Le brillaban los ojos. A mí también.  Me alegro, dije,  porque yo siento que... bah, tonterías, no puedo expresarlo con palabras. Sonrió y me besó en los labios. Me sentí feliz, por fin había encontrado eso que llaman amor verdadero. Sus ojos parecían repetirme la pregunta ¿me quieres? ¿Me quieres? ¿Me quieres? Y los míos le decían sí, sí, ¡Sí! Nos abrazamos con desesperación, yo supe que jamás debía dejarle marchar, y ella... Ella sonreía y me besaba detrás de la oreja y en la nuca.
Había dejado de llover. Miré el reloj: las once y media. Ella se incorporó, serena, fría, distante incluso. Venga, vámonos. Sí, pensé, vámonos ¿Dónde quieres que te deje? Dudé en la respuesta. Podemos ir a mi casa, dije al fin¸ soy un poco desordenado, pero prometo cambiar. Además tengo un gato, no sé si te molestan los animales, puedo dejarlo en la terraza de la cocina, hace frío, pero el gato tiene piel y mucho pelo, no le molestará. Parecía que rechazaba mi propuesta. Son casi las doce, dijo, es demasiado tarde.  ¿Tarde?, respondí, ¿para qué es tarde? Se miró en el espejo del coche y se limpió alguna mancha que tenía por la cara, fruto de la fogosidad anterior. No quiero que él se preocupe. A mí me sudaban las manos. ¿Tampoco... Tampoco eres soltera? Dije al fin. ¿Tú que te crees? ¿Qué te he mentido? Claro que soy soltera. Respiró hondo. Vivimos juntos,  eso es todo. Me derrumbé. ¿Nos veremos más adelante? Dije con un hilo de voz. No, creo que no. ¿Por qué? Sollocé. Es que si te veo demasiado será como si tuviera dos maridos, y no creo que me guste. De pronto se acumuló en mi cuerpo la energía que nunca tuve, coloqué el asiento en vertical, y, lleno de decisión, arranqué el coche. ¿Qué haces? Preguntó. Te vienes a mi casa, le dije. ¡Si no sabes conducir! Probé un par de veces con los pedales y conseguí salir del aparcamiento. Ella reía. Como broma está bien, pero déjalo ya. Estaba dispuesto a llevarla a mi casa. Creía que cubriéndola de besos y de cariño no se marcharía de mi lado. Ya jadeaba, rugía incluso, imaginando mi futura felicidad, cuando en un cruce se coló un camión de la basura. Yo quise frenar, ¡juro que lo intenté! Cuando el coche se detuvo tenía una bolsa sobre el cristal. Los dos vehículos quedaron unidos por la chapa. Ella comenzó a gritar, intentaba salir, pero la puerta, deformada, no obedecía, y yo... yo... qué voy a contarles. Yo intentaba calmarla, jurándole amor eterno mientras ella me abofeteaba. Escucha, escucha, has intentado robar el coche ¿entiendes? ¿entiendes? Gritaba. Yo la cogía de las manos. Escucha, le contesté, yo... yo hablaré con él, le diré que te amo, tiene que entenderlo, tiene que entenderlo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Despedida (Fragmento)

Simón.- No lo sé. (La abraza suavemente) ¿Sabes? Un hombre, una vez, tuvo un sueño.
Sabel.- ¿Sí?
Simón.- Soñó una vez, y eso que no podía dormir.
Sabel.- ¿Y qué soñó?
Simón.- Que su jardín, bajo la tercera palmera, escondía un tesoro.
Sabel.- ¿Y qué ocurrió al despertar? ¿El tesoro estaba allí?
Simón.- Al despertar recordó que no tenía jardín, ni casa.
Sabel.- (Riendo) ¡Pues vaya una historia!
Simón.- Trabajó duramente diez años hasta comprar una casa con jardín. Cuando al fin era suya compró las herramientas precisas, pero comprobó que...
Sabel.- ¿Qué?
Simón.- Que en su jardín sólo había dos palmeras.
Sabel.- ¡Vaya!
Simón.- Así que plantó una tercera. Cuando estuvo crecida el hombre tenía ya setenta años.
Sabel.- ¡Qué desperdicio de vida!
Simón.- Es lo que ocurre cuando luchas por un sueño.
Sabel.- No te distraigas. ¿Qué pasó, entonces?
Simón.- El hombre, ya anciano, arrancó la palmera y comenzó a cavar. Día y noche, con las fuerzas que le quedaban, hasta que encontró una piedra de oro, enorme. Tan grande que no pudo sacarla con sus últimas fuerzas.
Sabel.- ¿Murió el anciano?
Simón.- No te adelantes. Pasó un hombre por allí y le pidió ayuda. El hombre preguntó qué le daría a cambio de la ayuda. El anciano, ocultando como podía el oro, respondió que su casa y su jardín. El hombre fue a buscar una cuerda para sacarle.
Sabel.- ¿Y le sacó? Seguro que le sacó. Todas las historias terminan bien.
Simón.- Tiró de la cuerda. Cuando estaba a mitad del camino, al anciano se le resbaló la piedra de oro entre las manos y cayó de nuevo.
Sabel.- ¿Ya está?
Simón.- Sí. El anciano ya no pudo bajar de nuevo. Ya no era su casa, ni su jardín.
Sabel.- ¿Y cuál es la moraleja?
Simón.- No lo sé. No me gustan las moralejas.

domingo, 6 de mayo de 2012

El Duende de las Arenas 1 (Teatro Breve)


La acción transcurre en la calle. Hay una figura de mujer en el escenario cubierta por una tela blanca. Entra el duende, ligero, cantando.

DUENDE.- La ley eterna, de la, de la naturaleza, no me podrá, no me podrá, doblegar (Corre por el escenario y está a punto de chocar con la figura) Señora, usted disculpe. (Se acerca) ¡Oh, vaya, es una estatua! De alguna princesa antigua debe de ser (Lee) Pues no, “Homenaje... homenaje a Soledad Sánchez Solá”. Pues vaya, y sí que está sola. (Piensa con picardía y chasquea los dedos, la figura cambia de posición) ¡Ay, ahora sí que tienes vida, chiquilla! (Baila con la mujer en círculo. Al acabar quita de un golpe la tela y aparece la mujer. El duende, indiferente a ella, se coloca la tela sobre la cabeza) Ahora soy visible, ahora invisible. He doblegado yo a la eterna ley de la naturaleza. Veamos, por ejemplo, cómo me ven los demás. Perdona, tú que me ves ¿qué es lo que ves?
 CHICA.- ¿Me preguntas a mí?
DUENDE.- Claro, muchacha, a quién le voy a preguntar que tenga unos ojos tan negros, unos labios tan suaves y una boca tan... tan... tanto da, que no es de ti de quien quiero hablar. Dime, ¿cómo me ves? (La mujer no lo entiende) Es decir, me ves por completo ¿no? (Ella asiente) ¿Y ahora? (Se coloca el saco sobre la cabeza y avanza con las manos por delante) ¿Y ahora? Ahora no dices nada ¿nada tienes que decir? ¿Soy o no soy un ser diminuto, sin cabeza y sin vida? (Se quita el saco) Pero di algo, ¿por qué no dices nada?
CHICA.- ¿Quién eres?
DUENDE.- La ceniza de un payaso soplada por un marinero ¿Te gusta el agua?
CHICA.- ¿En forma de lluvia? ¿En forma de nieve? ¿De hielo? ¿De escarcha?
DUENDE.- Yo tengo que saberlo todo ¿Amas a alguien? ¿Tienes el corazón vacío? ¿Y los riñones? ¿Tienes vacíos los riñones? Yo con un pulmón me conformo, el derecho si puede ser.
CHICA.- ¿Para qué quieres un pulmón?
DUENDE.- Para jugar con sus huellas ¿Sabes volar? ¿No? ¿No sabes volar? ¿Ni siquiera con el pensamiento? Yo podría ayudarte. Si chasqueo los dedos cualquier cosa que desee se cumplirá.
Chica.- ¿Sí?
DUENDE.- Sí, pero no vale la pena, casi nunca chasqueo los dedos.
Chica.- ¿Podrías hacer algo por mí?
DUENDE.- Hacer o no hacer, no entiendo la diferencia. No conozco a nadie por quién valga la pena hacer algo.
CHICA.- Eso es muy triste.
DUENDE.- (Sorprendido) ¿Triste? La niebla es triste, ¿y quién se queja?
CHICA.- Los amargados.
DUENDE.- ¿Tú estás amargada? Espera cien años, y me respondes.

jueves, 1 de marzo de 2012

Sal y Arena

Vivir es morir contigo.
Morir es sentir tus labios
Alejados de los míos.

Junto con mi voz te traigo
Sal y arena envenenada
Porque nunca me haces caso.

Eres lumbre, eres agua,
Yo rescoldo entre ceniza
Que refuerzas con tus alas.

Si te siento, ya deprisa,
Te desnudo en cada carne
Y te lavo con saliva.

Te diluyes en el aire
Te despido, y con sigilo
Por tu cuerpo va mi sangre.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Desde el Azar

Seca la garganta, mudos los labios,
Siento la inexorable
Voluntad de ser otro, de perder (de perderme)
En el abismo en que gotea el arte
Y la luz se confunde, por eterna, con el frío
Clavado en la vertiginosa fuente
Que amenaza tormenta en las cuencas del alba.
No escuchas mi voz, sino una trompeta, una loca
Llamada al desconsuelo, sin respuesta,
Para que no pueda perder lo que no tengo,
Para que no pueda tener lo que ya pierdo,
Sin remedio, ni voto, ni lengua o duda.
Adiós. Pero no me despido porque marche,
No me muevo de este lugar, tan solo ocurre
Que no quiero saber, que desespero,
Que es larga soledad la que me acoge,
Que ya no alzo la voz, ni la sostengo, ni
Busco más azar que el que te excluye.

viernes, 8 de julio de 2011

La Canción del Marinero

Marcho siempre a la deriva,
Viajo con rumbo extraviado,
En el corazón me guía
Un rayo de agua marina,
Un timón seco y quebrado.
Marcho siempre a la deriva
decidir es muy cansado.

Quise ser buen marinero
Porque el asfalto me aburre.
Quise ser buen marinero.
La paciencia me consume
Cuando no me lleva el viento.

Siempre he sido marinero
Con la barca en rebeldía,
Siempre he sido marinero
Desde el agua a la bahía
Desde la tierra hasta el cielo
Siempre he sido lo que quiero,
Sin el agua me aburría
En la mar todo lo tengo.

Quería atravesar los mares
Al verlos desde la playa,
Quería recorrer los mares
Pero los mares acaban
Y el recuerdo que me queda
Es el de espuma en el agua,
Es el de nubes y de algas.
Y es que el tiempo se consume
Pues navego hacia la nada.
Soñaba dejar las cumbres,
Tantos mares me rodeaban.

Luché, incansable, contra olas,
Contra vientos y mareas.
Siempre combatí las olas,
Y mi nave en las tormentas
Recortaba piedras, rocas.
Nunca pudieron las botas
doblegar su capitán
Y el miedo, que otros tendrán
Cuando inicien la faena,
Nunca torció mi certeza:
“Sé que el viento cambiará”.

El día que salí a la mar
El timón dejé en la tierra.
El día que salí a la mar
Arrojé al agua mis penas
A la tierra mis temores
Y fui lanzando canciones
Que hablaban de libertad.
El cielo ondeaba en la mar,
Sobre la tierra el adobe.
.

navegando a la deriva
Marcho siempre a la deriva
Es mi dirección la brisa
Y entre mi escaso equipaje
Llevo el brío de mi sangre
Mezclado con mi alegría.


Cuando la luna me espera
Con sus curvas entreabiertas
Siento que el agua me bate,
Y conteniendo la sangre
Me arrastro hasta la ribera,
Entonces la mar me apresa
Entonces me anima el aire.
Y el cielo, como de alambre,
Se tuerce de tal manera
Que mi piel, ya turbia y vieja
Florece y se vuelve carne.

Va mi voz como ceniza
Navegando a la deriva,
Con las manos entreabiertas
Siempre huyendo de la tierra
Viajando donde me llevan
Lámparas de agua y ventisca.
Y cada día a la deriva,
Siempre viajo a la deriva.

martes, 14 de junio de 2011

Cortada en Hilos

Morena cortada en hilos,
Contra el humo desgastada;
De pliegues abruptos, secos,
De donde brotan las aguas,
De donde surge la vida,
De donde las manos callan...
Y se estrellan embriagados
dos monumentos de nácar.

Morena felina, ruda,
Leve sonrisa de lana,
Que bate el cielo entre nubes
Que torna, como por magia,
El malhumor en ventura,
La tristeza en suave escarcha,
Y la ausencia en mil recuerdos
Que buscan tomar su cara.

Morena de mil temblores
Culpables de mi garganta,
Que guarda un fuego tenue
Que cuanto más amenaza
Caer sobre mis dudas
Más sobre mí se abalanza
Para quebrar mis humores
Contra dos garfios que aplacan.

Morena forma de duna,
Lunera de mi camisa,
De furia leve y oliva,
Morena de rabia oscura,
Rayo de mi misma lucha,
Agua de mi misma vida,
Haces de mi boca trizas
Que luchan por tu ternura.

martes, 10 de mayo de 2011

El Último Camino

El último camino
Me lleva hasta tus desarmados
Labios sin uñas, sin agua, sin viento.
Eres, y no eres
Como un recuerdo que refleja
Un iris de azul muy bello
Entre manchas de ceniza.
Ya tus esferas no reflejan
El alma que a tus labios no abrió camino
Y cayó para siempre en la indiferencia,
En el rugoso barro de la noche.

Pero un día fuiste
La pálida canción que emocionaba
Un corazón robusto hasta el destierro,
Los pétalos sin flor, el agua turbia
Para chupar, y perder así el sentido
Entre dulces aromas
Y frases que acababan enterradas
Debajo de las piedras saltarinas.

Labios que acaban por consumirse,
Por no besar a tiempo a quien les quiere,
Su rojo amanecer pierde las ramas,
Y un lento, pesado sueño, hace que rompan
Luces, temblores y faros,
Para que el viento traiga nuevas ilusiones,
Para que el agua renueve la vida.

miércoles, 13 de abril de 2011

Benito (fragmento)

Unos zapatos negros, puntiagudos, embadurnados de betún, y unos pantalones lisos, oscuros como la noche, con una raya perfecta e indestructible. Entre los dedos, un paraguas, también negro, de madera, robusto y con una pieza de metal cubriendo la punta. Una camisa blanca con una chaqueta negra, todo perfecto, sin una arruga, con la misma forma que tenía en la tienda al ser adquirido. La barbilla caída, los brazos se dejaban arrastrar, pero los pies, al contrario, parecían querer indicar: aquí estoy yo, el más elegante de los hombres. Y el gesto huraño añadía, para tristeza de Benito: y el más aburrido.
Había escapado del pueblo, asfixiado, para vivir donde nadie le conociese. No tenía dinero ni oficio, pero no tardó en aprender lo suficiente para abrir un negocio. Visitó todas las empresas de la ciudad, calculó cual de ellas le podía dar más beneficio, y al fin se decidió a abrir un taller de coches. Como no sabía de automóviles, visitó los talleres que había hasta que logró convencer a tres personas para que se fuesen con él. Bastó con ofrecerles un sueldo mayor, además de un porcentaje en los beneficios de la empresa. Entre los cuatro la inscribieron en el registro cuando aún no tenían un local en el que trabajar. Diez días antes Benito se había casado con una muchacha rubia llamada Felisa, a la que había conocido en una sala de teatro, mientras veían una comedia de Genet. Ella, escandalizada, se había levantado poco después de alzarse el telón, y se había encarado con los actores.
-Esta obra no vale nada. es vulgar e incómoda.
El director, que estaba entre bastidores, bajó al patio de butacas.
- El arte siempre es polémico en sus inicios.
- ¡Bobadas! Muñoz Seca escribía unas comedias muy divertidas, sin necesidad de tanto... vulgarismo.
- Muñoz Seca no era un gran escritor...
- ¡Ay, ay, ay, ay! Lo que ha dicho, lo que ha dicho...
Benito, que también se estaba aburriendo con tanta criada, se levantó de su butaca, para sorpresa del público, que no comprendía si aquel diálogo formaba parte de la escena o no, y que ante la duda, no se atrevía a abuchear.
- La señora tiene razón...
Felisa le miró con curiosidad, después sonrió.
- Señorita- corrigió con un gesto coqueto.
- La señorita tiene razón. Esta historia es aburrida. No hay persecuciones, ni muertes, ni frases ingeniosas. Desde que llegué, tan sólo bostezo.
- Entonces salgan del teatro- dijo una de las criadas sobre el escenario.
- Si no les gusta ¿por qué se quedan?- dijo la otra.
- Será lo mejor- respondió Felisa, y guiñando un ojo a Benito, agregó- ¿Nos vamos?
- ¡Por supuesto!- dijo éste. Ella le cogió del brazo y abandonaron lentamente la sala. El público, cuando les vio salir, ya convencido de que eran parte de la obra, rompió a aplaudir.
“Y ahora ¿qué hacemos?”. Se preguntó Benito. Ignoraba que Felisa había decidido por él.
- ¿Te gusta el chocolate?- Él asintió-, justo aquí al lado hay una cafetería donde lo hacen muy bien.
El local era muy espacioso, y estaba escasamente iluminado. Todas las paredes estaban recubiertas de madera, y las columnas del centro también. Se sentaron en un rincón apartado, con una mesa estrecha. Benito de espaldas a la barra. Pero veía a través de un espejo de la pared, todo lo que ocurría a su alrededor. Tosió, se alegró de su suerte, y miró a la mujer a los ojos. Entonces se presentó. Después no supo qué debía decir.
- No creerá- dijo ella, que parecía tener todo previsto- que traigo aquí a mucha gente.
Benito observó a través del espejo que tenía Felisa. En efecto: los camareros miraban con curiosidad hacia su mesa y susurraban entre ellos.
- Lo imagino- dijo, aparentando indiferencia.
Un camarero se acercó con dos chocolates y dos ensaimadas. Felisa sonrió.
- ¿Cómo sabe lo que vamos a tomar?
- He venido aquí todos los días durante los últimos... doce, no, trece años. ¿No le parece que es tiempo suficiente? Para mí- agregó- la felicidad consiste en estas pequeñas cosas. Un paseo, un chocolate, una excursión al campo, la compañía de una persona agradable...
Rozó por casualidad la mano de Benito, entonces retiró la suya.
- ¡Perdón!- dijo azorada- tal vez le he molestado.
- No, no, por favor. Puede volver a tocarme si quiere- dijo él, sonriendo, y se arrepintió de haber dicho una frase tan estúpida. Bajó la cabeza, avergonzado, pero ella no se dio cuenta.
- ¡Qué pensará de mí! Le traigo aquí, le obligo a mi compañía, y tal vez usted preferiría estar en cualquier otra parte.
Benito intentó negar, pero ella no estaba dispuesta a dejarle hablar. Acarició con las uñas los dedos de él y sonrió.
- Yo ya no soy joven... ni hermosa. Déjeme hablar. Había pensado en pasar el resto de mi vida en soledad. Los hombres de ahora no me interesan. Son unos egoístas. Sí, unos egoístas, que sólo piensan en sí mismos. Pero entonces te vi, allí, en el teatro, dispuesto a defenderme de esos...
Parecía no encontrar la palabra. Movía los brazos, agitaba las manos, cerraba los puños, y esperaba a que Benito terminase de una vez la frase.
- Actores- dijo éste al fin, cuando comprendió que tenía que decir algo.
- ¿Vio cómo me trataron por decir las cosas como son? ¡Ah, víboras! Sabía que la obra era muy mala.
- ¿Antes de comprar la entrada?
- Sí.
- ¿Entonces por qué la compraste?
- Para desenmascararles. Alguien tenía que protestar contra ese teatro degenerado y pornográfico.
- ¿Y has pagado... para eso? Quiero decir, la entrada cuesta dinero...
- Sí, pero yo...- hizo una pausa y respiró hondo, después sonrió- no tengo ningún problema de dinero.
- ¿No? Pues entonces podría proponerte...
- ¿El qué?- dijo ella, sin dejar de sonreír.
- Un negocio. Voy a montar un taller de coches.
- ¿Un negocio?
- Sí.
Felisa se tornó seria y arqueó las manos con rabia.
- Chupa el chocolate- dijo- se está enfriando.
Los camareros iban y venían con las bandejas repletas de bebida. Uno de ellos se acercó a la mesa que Benito tenía a su espalda. En ella tres chicas y dos chicos reían y jugaban con una baraja.
- Está prohibido jugar a las cartas.
- ¿En serio?- Preguntó el muchacho que estaba repartiendo.
- Sí.
El camarero se alejó. Los chicos protestaron.
- Me da igual lo que diga- dijo el muchacho, y siguió barajando.
- ¿Y si nos echan?
- Hemos pagado por usar una mesa, si quiere echarnos que nos devuelva el dinero. Voy a hacer un truco de magia. Coge una carta.
La chica de su izquierda cogió la carta. Vista desde el espejo parecía pelirroja, pero podía ser un efecto de la escasa luz. Volvió a colocar la carta y barajó tanto como pudo.
- ¿Quieres ser un gran empresario?- Preguntó Felisa, preocupada porque Benito estaba distraído intentando adivinar el truco.
- ¡Oh, no!- dijo éste, sin dejar de mirar el espejo-. Un pequeño negocio es suficiente.
- ¿Y si tuvieras tanto dinero que no necesitaras el negocio?- respondió ella con una sonrisa.
- En ese caso...
El chico se declaró incapaz de acertar la carta, lo que provocó un grito de júbilo de la chica pelirroja. Eso distrajo a Benito, que olvidó acabar la frase.
- ¿En ese caso?- repitió Felisa, molesta.
- No soplaste sobre las cartas ¿verdad?- La chica negó-. Sopla, sopla...
- Prefiero tener un... montar una empresa... algo que sea mío- respondió Benito.
- Añoras tu juventud.
La chica sopló sobre las cartas. Protestaba entre risas, porque le parecía que aquel gesto estúpido no podía servir para nada.
- ¿Eh? No, no. La juventud es absurda. Se hacen cosas que no tienen sentido, al contrario: es una enfermedad de la que estoy vacunado.
Felisa sonrió y alargó su mano hasta tocar con los dedos la piel y las arrugas de la mano de Benito. Acarició con suavidad, agitando las yemas con un ritmo suave y delicado. Después retiró la mano hasta su pecho. Allí respiró profundamente y fue deslizando la palma hasta que cayó sobre el abdomen, de ahí la llevó a las piernas, y se perdió entre la oscuridad y la mesa.
- Me gusta estar aquí, contigo, tocarte, sentir que tienes una piel hermosa, tal vez te parezca que nada de lo que digo tiene valor...
- Lo tiene- respondió él, dilatando las pupilas mientras la observaba bajo el efecto de otra luz.
- No soy una de esas chicas bonitas que...
- Discrepo. Tienes una belleza extraña. No sé si es la luz, o el chocolate, pero te veo tan...
- ¡No puede ser! ¡No es posible!- gritó la pelirroja mientras observaba en la mesa aquella carta que ella misma había elegido.
Benito sonrió. ¿Cómo lo habría hecho? Había mirado las manos del muchacho desde que comenzara el truco, y no había hecho nada especial... entonces miró a Felisa de nuevo, tan bella en ese instante, tan dulce, y le pareció que tal vez la había estado buscando durante años. O tal vez nunca la había imaginado, pero quería estar en sus brazos, comprobar si podía tratarle con el mismo cariño que había recibido, en su infancia, de la madre muerta. Creyó que ella tenía lo que buscaba, aunque nunca se había planteado que buscara algo. Por un instante olvidó la imagen de aquella muchacha que dejó olvidada en el pueblo, la chica que nunca le quiso, y que jamás se había dignado a devolverle una sonrisa o una caricia; ni siquiera- pensó ensorbecido en los ojos de Felisa- podía recordar su nombre, ¿o sí?, tal vez Andrea, sí, Andrea Somolinos, pero ¿qué importaba ahora? Aquella mujer podía devolverle unos años que sentía perdidos. Entonces, acabó la frase.
- Te veo tan hermosa, tan sencilla, tan... agradable.
Mezclaron las manos sobre la mesa. Confundidos el tacto y el olor ya no sabían dónde acababa uno y empezaba el otro. La fusión, tan natural, provocó pequeñas descargas entre los músculos y el corazón. Los ojos, también, veían de otro modo a quien al entrar, era casi indiferente.
- No me gustan las sorpresas- dijo Felisa mientras aplastaba las falanges de Benito-. Si una persona me quiere debe entregarse a mí por completo. Porque hay hombres que te hacen creer que te aman, pero en realidad observas que están mirando a otras, y eso es muy desagradable. ¿Sabes lo que haría si un hombre me hace eso? Le diría: por ahí te pudras, que no mereces la pena ¿entendido?
- Pienso lo mismo.
- Exijo mucho, porque también entrego mucho. Tengo tanto amor acumulado que dar, tantos besos, tanta energía...  lo que no quiero es derrocharla o entregarla a quien no la merece. Debe ser duro ver cómo pisotean tus sueños, como aquel que te amaba marcha con otra, no, no quiero vivirlo.
- ¿Otra carta? Como quieras, pero creo que he aprendido el truco. Espera... ésta. Gírate, anda, que si no la vas a ver, y entonces... ¿dónde estaría la gracia? ¿Puedo barajar yo misma?
Benito observó el juego con indiferencia. ¿Qué podía importarle, ahora, la habilidad de aquel muchacho? En su mesa se estaba decidiendo su futuro.
- Tampoco yo quisiera vivirlo.
- Tengo una casa en el centro, junto a la Plaza Mayor, creo que te gustaría. No es grande,  pero tiene dos habitaciones y una sala libre, en la que nunca he sabido qué poner. Sería ideal como biblioteca para alguien que gustase de leer libros.
- No me gusta leer- respondió él- ¿para qué sirve la literatura? Es sólo un pasatiempo, la diversión de los débiles y los soñadores. Nunca he conocido a nadie a quien le haya cambiado la vida una novela. Por  mi parte prefiero actuar que pensar.
Felisa frunció el ceño.
- Pero no pienses que soy un inculto. Cada mañana compro el periódico para interesarme por los asuntos del país.
- Un periódico, una copa y un sillón confortable.
- No imagino nada mejor- respondió él, mientras miraba al chico extrayendo tres cartas de la baraja.
- Una de estas tres cartas es la que elegiste. Necesito un voluntario que me diga un número. Pero que tenga cuidado, porque si se equivoca el juego habrá fracasado. Vamos, un número, no es tan difícil. Es cuestión de concentrarse.
- Sí, pero qué tipo de número, ¿del uno al diez?- preguntó la pelirroja.
- Por ejemplo. Vale, del uno al diez, pero tú no puedes participar, que parecería que estamos compinchados. Vamos, un número del  uno al diez, quién  se lanza a decir un número...
- ¡El siete!
El chico levantó la vista con sorpresa y miró a Benito, que estaba girado sobre la silla.
- ¿Perdone?
- El siete.
- No le entiendo.
- ¿Pedías un número, no? Pues yo digo el siete.
El chico se sentía confuso.
- ¿Qué ocurre?- Preguntó una de las chicas-. ¿El siete estropea el truco?
- No, no.
Fue señalando las cartas con el dedo mientras iba contando.
- Un, dos, tres,  volvemos a empezar, cuatro, cinco, seis, empezamos de nuevo, y siete. Esta es la carta elegida. Se trata del... ¿seis de oros?
- ¡No puede ser!
Benito se giró hacia Felisa.
- No sé cómo lo ha hecho, pero ha acertado.
- Compraremos muchas, cientos de barajas- dijo ella.
- ¿Por qué? ¿Para qué?
Felisa se levantó para ir al baño. Benito se giró de nuevo para hablar con el mago.
- Hazme el truco.
- ¿Perdona?
-Que me hagas el truco.
-No sé hacer ningún truco.
- Si te he visto.
- Era una broma... para ella- se defendió el muchacho.
- Escucha- dijo Benito y se acercó más al chico-. Nunca he tenido habilidad con las manos. Debe de ser hermoso engañar a la mente como tú lo haces.
- No soy mago, no sé engañar a la mente- protestó el muchacho.
- He visto estos trucos centenares de veces, pero nunca he comprendido dónde está el misterio. Algunos dicen que basta con dar la vuelta a la baraja, o tener una segunda preparada, pero creo que no es suficiente. Tal vez las cartas estén colocadas de una determinada manera, o tal vez todas sean la misma. ¡Qué importa! Deja que elija una carta.
- No la adivinaré. No sé cómo se hace- protestó de nuevo el muchacho.
Benito alzó los hombros, observó el mazo y sintió ganas de coger una de las cartas.
-¿Qué carta he cogido?- preguntó con una sonrisa casi infantil.
- ¡Qué sé yo!- dijo el chico, molesto- ¿el seis de oros?
Dio la vuelta a la carta, lentamente, y mostró el seis de oros. Se iluminó su cara como ante un milagro.
- Es increíble. ¿Cómo lo has adivinado?
- Bueno, fue sencillo, era la carta que había elegido ella, y la habíamos puesto encima de las demás.
- Nos vamos- dijo Felisa, que llegaba en ese instante, y cogió a Benito del brazo. Éste se dejó arrastrar.

domingo, 20 de marzo de 2011

Reflejos.

He soñado con la dicha
de ver en tus ojos negros
reflejos del alma mía.

miércoles, 16 de febrero de 2011

En Agua

Aguaste el fuego,
Porque el amor
Cuando es sin voz
Muere en silencio.

dueña del arma
que de un tacón
mi corazón
dejó en las brasas.

ángel nocturno.
Mujer en flor
Se fue el amor:
observa el humo.

martes, 15 de febrero de 2011

Entre tu Luz y tus Labios

No quiero llegar a viejo
Feliz, pero solitario;
Sino perdido en tus besos,
Entre tu luz y tus labios.

Un día con dos mil lunas
perdí, aunque no lo supiera,
la fuerza contra tu espesura,
la furia ante tu belleza.

Sentado te sigo los pasos,
Perdido te suelo encontrar,
Ausente te siento, te canto
Con labios mojados en sal.

La calma no pise nunca
El manantial de cariño.
Quiéreme, forma de duna,
Aviéntate en mi camino.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Dos Años de Libertad. Agradecimiento.

Aquella tarde las piedras rompían el cielo.
El mundo, oscuro, giraba a mi alrededor.
El barro conquistaba las murallas.
El viento ululaba con un ritmo fúnebre.

Tenebrosa era ya la noche en estos ojos
Que, aletargados, no deseaban despertar.
Crujían fantasmales llaves en las cancelas.
Los charcos dejaban un goteo desolado.

Ya me alejaba del mundo, sí, me aplastaba.
Caía sin fuerzas, quebrado, sin rabia, ni lucha.
Entre tanta bruma y aquella sordidez
Un luz cariñosa me entregó a la vida.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Entre "Nunca" y "Adiós".

Entre nubes te admiro,
Entre dunas te espero,
Entre ramas oculto
Con los ojos abiertos.

No quisiera ser más
Tu ignorado deseo,
Entre brumas y niebla
A tu ausencia me entrego.

Entre rabia y verdad,
Entre ruido y silencio,
Si tu nombre he oído
El color se va al suelo.

Entre “nunca” y “adiós”
Siempre queda un “te espero”.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Soneto

Ciegos los ojos de mirar la brisa
Que con el pelo ondea por tu frente...
Siento tu mirada tan sugerente
Que sabe provocarme una sonrisa.

Ojos castaños, melena tan lisa,
Seda en la voz. Irremediablemente
Quien no te ha visto no siente
Que el corazón le late más deprisa.

Siento tu ser en un arrebato,
Digo palabras que no indican nada,
Vivo en la ardiente oscuridad.

Si reflexiono, después de un rato,
Siento mi fuerza tan abrasada
Que busco, angustiado, la soledad.

domingo, 24 de octubre de 2010

La Llama

-Derramé sobre ella agua, vino, arena y barro. Pero la llama, aunque tenue, aún sigue encendida, dejando una nubecilla de amor y un aroma de indiferencia.
-¿Y por qué no se apaga?
-Tal vez deba lucir por toda la eternidad- declaré con un suspiro.

viernes, 15 de octubre de 2010

Ausencia

Caigo en la mísera lucha que sostengo en mi interior.
La tristeza, pienso, es un león hambriento,
que no se cansa de devorar y de aplastar
Los restos de este amor imposible que me derrumba.
Algunas veces salgo, vivo, observo el exterior,
Y entonces los árboles me parecen muy bellos,
Y los caminos están  llenos de hojas azules
Que traen recuerdos agradables, y me hacen sonreír.
Pero luego vuelvo al oscuro sótano de mi mente,
Al recuerdo de aquella que me quiere y me mata,
Y me duele y me aparta, y me busca y me ahoga.

No sé por qué me saltan las lágrimas si pienso
Que tal vez debería odiarla. No sé qué piensa.
No entiendo por qué juega, si es que juega.
Por qué se acerca y me roza, y me mira y me tiene,
Y se aleja y se pierde y se espera escondida
Mientras ardo, me quemo, me vuelvo cenizas,
Y me apago y sufro, y caigo en la tierra, dormido.
Si sueño, sus labios me saben tan dulces...
Si estoy despierto imagino que saben a tierra,
Y a carne y a leche de pecho materno,
Y a gozo y a gajo de naranja untada con miel.

Vivo dentro de mí. Paseo, escribo, sueño,
Hablo de temas triviales, trabajo, alguna vez troto,
Y sobre todo pienso: en los días que no acaban,
En aquel momento que tanto anhelé una vez,
Y que no llegó jamás. Que no llegará, porque
Aquella ilusión del inicio, los momentos de desdicha,
Las visiones placenteras, nunca podrán ser igual.
Triste mundo este que vivo: hasta el amor se pierde.
Lo matamos poco a poco, entre  juegos con cuchillos
Y palabras que resultan muchas veces venenosas.

sábado, 11 de septiembre de 2010

A Veces

Algunas veces me quieres
Mas cuando abro los ojos
Siempre te desvaneces.

sábado, 28 de agosto de 2010

Cansado.

Cansado de jurarte que te quiero,
Tenía que olvidar tus ojos bellos,
Tenía que viajar hacia otros puertos,
Tenía que huir, partir muy lejos,
Y así perder tu voz en el silencio.

lunes, 16 de agosto de 2010

Slapstick (fragmento)

- ¡Despierta, Harold! Nos están esperando. Hay que pagar.
Frente a mí, serio, un camarero con la cuenta en la mano. Busqué en el abrigo pero no encontré la cartera. Afortunadamente estaba en el bolsillo del pantalón.
- Abrázame, mi feo Harold. ¿Sabes? Hoy  he pasado una noche maravillosa contigo. Me gusta reírme. Las arrugas de la cara se hacen hermosas con una buena carcajada. Y reímos menos de lo que deberíamos. ¿En qué piensas?
- En lo negra que es la noche para los solitarios.
- ¿Qué te importa? Tú no lo eres.
- Cuando estás solo y ves todas estas luces, y a la gente disfrutando en grupo, como manadas... debe de ser difícil.
- Eso que dices, ¿sabes?, es absurdo.
- Hoy te tengo a mi lado. Sujeto tu cuerpo y el mío se estremece. Otras veces camino sin más compañía que mi sombra. Y ésta se oculta en la noche.
- No digas más tonterías, y bésame.
Seguía sin tener sabor, pero era tan hermosa que no la solté hasta llegar a su casa.
- ¿Me traes aquí?- dijo ofendida.
- ¿Dónde quieres que te lleve?
Marchamos hacia la mía. Yo alquilaba una habitación en un edificio pequeño, de tan sólo cuatro viviendas. El dueño, al verme entrar acompañado, agachó la cabeza. No le gustaba que sus inquilinos llevaran visitas. Pero el contrato no decía nada en contra, así que entré con todo derecho en mi habitación, y comencé a desnudar a mi chica.
- Para, para, que me haces daño- gritaba ella mientras trataba de arrancarle el sujetador a mordiscos.
Cuando al fin logré desvestirla, comenzamos a escuchar un ruido extraño. Ocupado en besar a Cynthia, no le di importancia. Pero el ruido era cada vez más fuerte.
- ¿Qué es lo que ocurre?
- No lo sé, por lo general este es un sitio tranquilo.
Nos quedamos en silencio, tratando de averiguar de dónde venía el ruido. No era difícil de adivinar. El dueño, incómodo con nuestra actitud, se paseaba por el pasillo, arrastrando cuanto podía las zapatillas. Además, en algunos momentos, carraspeaba, probablemente siempre que pasaba por delante de la puerta.
Seguí besando, hasta que el ruido se hizo insoportable. Tenía entre mis brazos a la mujer que amaba, y aquel imbécil estaba destrozando el momento que había esperado durante tantos meses.
Me levanté, me puse la camisa y abrí la puerta.
- ¿Qué vas a hacer?- gritó Cynthia.
Sentía tanta furia que, al encontrar al dueño junto a la puerta, le di tal puñetazo en la cara que cayó de espaldas. Otro de los inquilinos, un tal Lars, salió al escuchar el ruido. Me miró con sorpresa, y trató de levantar al caído.
- ¿Qué ha ocurrido?
- Un accidente- respondí.
Debía tener un aspecto absurdo: desnudo, con una camisa mal abotonada y el pelo desordenado.
- ¿Se ha caído?
- Como una pieza de dominó.
Cynthia ayudó al otro inquilino a colocar al dueño en un sofá, mientras yo me vestía. Cuando salí de la habitación, ella estaba explicando lo que había ocurrido.
- Harold tenía sed. Ha abierto la puerta y se ha encontrado de frente con este hombre. Estaba pálido. Ni siquiera ha dicho nada, simplemente se ha desvanecido.
Tenía una cara tan hermosa, y sabía fingir tan bien la sinceridad, que, de no ser porque era yo el que había tumbado al dueño, la hubiera creído. Lars, que no sabía tanto, propuso buscar un médico. Mientras Cynthia le distraía, recogí de la habitación los pocos objetos que poseía, y los guardaba en mi maleta. Antes de que Lars desconfiase de mí, llamé a Cynthia para decirle que se dejaba su maleta. Salí con ella y dije:
- Los tres estamos de acuerdo en que no podemos dejar así a este hombre. Propongo que salgamos en busca de un médico.
- No podemos dejarle solo- dijo Lars.
- Es cierto- respondí, y me senté sobre la maleta.
Lars se quedó pensativo. Miraba al suelo y a Cynthia, una y otra vez, sin decir nada.
- ¿Qué podemos hacer?- dije yo.
Lars ya sólo miraba a Cynthia, y sonreía.
- Uno debería irse con la muchacha, y buscar un médico- propuso al fin-. Iré yo mismo.
Cynthia se echó a reír. Yo preparé el puño, pero consideré que no era necesario repetir la hazaña. Así que me limité a explicar la situación.
- La señorita es mi novia. Supongo que prefiere que sea yo el que la acompañe.
Lars miró de nuevo Cynthia. Ésta, por hacerme rabiar, levantó los hombros con indiferencia. Después me guiñó un ojo. Estaba tan atractiva que no pude evitar acercarme a ella y besarla largamente en los labios.
-De acuerdo- respondió Lars, que ya no necesitaba ver más para comprender que había perdido su oportunidad-. Vayan ustedes en busca del médico.
Cogí la maleta y salimos de allí.