Algunas mañanas me entretengo realizando divisiones. No me refiero a operaciones aritméticas, que superé hace algunos años, sino a divisiones en grupo. Entonces pienso que hay dos tipos de personas, las fumadoras y las que no. Yo entro en el primer grupo, pese a que sólo fumo un cigarrillo al mes, y en domingo. Satisfecho de mi conclusión, lo intento de nuevo. Hay dos grupos de personas: los solteros y los casados. Me refiero a estados actuales, para estar en el primer grupo, aunque de vez en cuando me doy el placer de pasar por el segundo. Y sigo: hay dos tipos de personas, los sinceros y los mentirosos.
Ahí me detengo.. No conozco a nadie del primer grupo. Sólo yo mismo, transparente como soy, pues eso decía mi segunda mujer. Esto requiere reflexión, me digo, y me asomo a la ventana. Allí, después de observar cómo pasa la gente en silencio, me parece comprender que, cuando no se habla, tampoco se puede mentir. Así que el que calla es, al menos, honesto. Entonces, pienso, algún sincero más habrá, aunque no lo conozca.
Hay dos tipos de personas, continúo, los agradables y los que no lo son. Es subjetivo, lo sé, porque quienes nos parecen agradables a otros les parecen lo contrario. Pero acepto la subjetividad, porque esto es una lista personal, y por tanto, incapaz de ser objetiva ¡ni falta que hace!
Hago varias listas, hasta que llega la inevitable: hay dos tipos de personas, las altas y las bajas. Aquí me detengo, frustrado, pues sé que no tiene salida. ¿Hasta qué altura se es bajo? ¿Desde qué altura se es alto? ¿Las cifras pueden coincidir?
He decidido que un metro setenta, mi altura, es la altura media ¿Soy alto o bajo? La decisión es compleja. Sé que no soy una cosa ni la otra, pertenezco a un grupo inexistente. Y ese es el fracaso de mis listas. No me puedo permitir otro fracaso, así que finjo que soy alto (lo prefiero), que la lista está bien hecha, y decido dedicarme a otra cosa. Pero como es domingo, y no tengo nada que hacer, enciendo un cigarrillo que fumo, para matar el tiempo, como si de verdad me gustara el humo que arroja a los pulmones.
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miércoles, 20 de abril de 2011
La Noia (Fragmento)
Sergio.- Observa este vaso, lo voy a colocar al borde de la mesa. Dentro de unos instantes lo lanzaré al suelo. Haré un esfuerzo, aun cuando no creo en dios, y le pediré que el vaso se rompa. Tú, que sí crees, le pedirás que el vaso quede intacto, para no tener que recoger los restos.
Rosa.- (Deja los libros) ¿Y eso qué prueba?
Sergio.- Tal vez, nada. Pero en el momento de caer, puesto que hemos pedido cosas opuestas, la divinidad sólo puede satisfacer a uno de los dos. Y será a ti, que eres creyente. Pero ¿y si el vaso se partiese, como deseo yo? ¿Sería posible que dios te ignorase e hiciese caso a un ateo?
Rosa.- La prueba es absurda. Desde esa altura el vaso se va a romper en pedazos. Es cuestión de física, no de fe.
Sergio.- Puede ser... En ese caso, seré yo el que pida que no se quiebre. ¿Te parece bien? (Rosa asiente) Voy a lanzar el vaso (lo coloca justo en el extremo de la mesa) Toda la metafísica del mundo está resumida en este acto. Si el vaso se rompe, como es lógico que ocurra, tú ganarás y, quién sabe, tal vez me convierta en sacerdote y vaya por el mundo cantando mis alabanzas al señor. Pero si no se rompe... entonces, dios se habría olvidado de ti, para darme a mí la razón, a aquel que le niega por encima de todas las cosas. Pero dios no haría eso, ¿no?, jamás ayudaría a un ateo. Por tanto, si gano, es que dios no existe. (según ha ido hablando ha rodeado la mesa y se encuentra inclinado ante Rosa, a la que coge de las manos)
Rosa.- Usted sólo habla. Desde que he llegado no ha hecho nada más que escupir palabras sin sentido. ¿No tiene otra cosa que hacer?
Sergio.- Pues no. Me gusta hablar. Aunque sea conmigo mismo. Te sorprendería saber toda la actividad que tiene mi cerebro.
Rosa.- Usted es... muy extraño.
Sergio.- ¿Raro? Tal vez. Mi vida está sometida al conocimiento. Todo lo que hago se podría resumir en dos palabras: necesito saber. Y el saber me consume.
Rosa.- ¿Y no es mejor vivir ignorándolo todo?
Sergio.- Tal vez, pero no puedo. Me dedico a inventar preguntas para poder cuestionarme las respuestas. Es entretenido, aunque a veces triste.
Rosa.- Como esta historia del vaso y dios.
Sergio.- ¿Por qué? (vuelve hacia la mesa, actúa como un payaso) No es triste. Aquí está el vaso, ahí el suelo, dios entre ambos, pues para eso decís que está en todas partes. El vaso debería romperse (lo empuja un poco más) pero tal vez no lo haga. La humanidad está pendiente de este instante (otro toque al vaso) aún no cae, parece que a dios no le gusta este juego, y no quiere ver su final. ¿Qué ocurriría si él lo levantase en el aire? ¿Qué opinas?
Rosa.- No lo hará.
Sergio.- ¿Y si lo hiciera? Eso sería un milagro. En ese caso yo debería andar a cuatro patas durante cuatro años, como penitencia. Veamos, que llega el momento... la respuesta es...
(Lanza el vaso, que cae y no se rompe. Rosa lo mira con angustia, después observa la cara de Sergio. Éste ríe abiertamente)
Sergio.- Venció el ateo.
Rosa.- (con rabia) Esto no prueba nada.
Rosa.- (Deja los libros) ¿Y eso qué prueba?
Sergio.- Tal vez, nada. Pero en el momento de caer, puesto que hemos pedido cosas opuestas, la divinidad sólo puede satisfacer a uno de los dos. Y será a ti, que eres creyente. Pero ¿y si el vaso se partiese, como deseo yo? ¿Sería posible que dios te ignorase e hiciese caso a un ateo?
Rosa.- La prueba es absurda. Desde esa altura el vaso se va a romper en pedazos. Es cuestión de física, no de fe.
Sergio.- Puede ser... En ese caso, seré yo el que pida que no se quiebre. ¿Te parece bien? (Rosa asiente) Voy a lanzar el vaso (lo coloca justo en el extremo de la mesa) Toda la metafísica del mundo está resumida en este acto. Si el vaso se rompe, como es lógico que ocurra, tú ganarás y, quién sabe, tal vez me convierta en sacerdote y vaya por el mundo cantando mis alabanzas al señor. Pero si no se rompe... entonces, dios se habría olvidado de ti, para darme a mí la razón, a aquel que le niega por encima de todas las cosas. Pero dios no haría eso, ¿no?, jamás ayudaría a un ateo. Por tanto, si gano, es que dios no existe. (según ha ido hablando ha rodeado la mesa y se encuentra inclinado ante Rosa, a la que coge de las manos)
Rosa.- Usted sólo habla. Desde que he llegado no ha hecho nada más que escupir palabras sin sentido. ¿No tiene otra cosa que hacer?
Sergio.- Pues no. Me gusta hablar. Aunque sea conmigo mismo. Te sorprendería saber toda la actividad que tiene mi cerebro.
Rosa.- Usted es... muy extraño.
Sergio.- ¿Raro? Tal vez. Mi vida está sometida al conocimiento. Todo lo que hago se podría resumir en dos palabras: necesito saber. Y el saber me consume.
Rosa.- ¿Y no es mejor vivir ignorándolo todo?
Sergio.- Tal vez, pero no puedo. Me dedico a inventar preguntas para poder cuestionarme las respuestas. Es entretenido, aunque a veces triste.
Rosa.- Como esta historia del vaso y dios.
Sergio.- ¿Por qué? (vuelve hacia la mesa, actúa como un payaso) No es triste. Aquí está el vaso, ahí el suelo, dios entre ambos, pues para eso decís que está en todas partes. El vaso debería romperse (lo empuja un poco más) pero tal vez no lo haga. La humanidad está pendiente de este instante (otro toque al vaso) aún no cae, parece que a dios no le gusta este juego, y no quiere ver su final. ¿Qué ocurriría si él lo levantase en el aire? ¿Qué opinas?
Rosa.- No lo hará.
Sergio.- ¿Y si lo hiciera? Eso sería un milagro. En ese caso yo debería andar a cuatro patas durante cuatro años, como penitencia. Veamos, que llega el momento... la respuesta es...
(Lanza el vaso, que cae y no se rompe. Rosa lo mira con angustia, después observa la cara de Sergio. Éste ríe abiertamente)
Sergio.- Venció el ateo.
Rosa.- (con rabia) Esto no prueba nada.
martes, 29 de marzo de 2011
El Dios de los Tautéridos (Microteatro)
La escena transcurre en la tierra de la tribu de los Tautéridos. Éstos, habiendo sido expulsados, malviven junto a la orilla del río, contratados algunos para la construcción de un palacio en sus antiguas tierras. Junto al futuro palacio (que queda a la derecha del espectador, aunque no lo vea) el capataz, con casco, de pie en mitad del escenario, observa los planos sobre un atril. A su izquierda, con mono y casco, el obrero, que atiende a sus indicaciones.
El capataz se inclina sobre el plano, después se levanta y suspira.
CAPATAZ.- Hemos perdido dos semanas. ¿Qué sabemos del suelo?
OBRERO.- La madera no llegará hasta el jueves.
CAPATAZ.- ¿Qué día la enviaron? (El obrero deniega) ¿Cómo va a llegar el jueves si no la envían?
OBRERO.- Han dicho que saldrá hoy mismo.
CAPATAZ.- Hoy es martes.
OBRERO.- Sí.
CAPATAZ.- No llegará a tiempo. (Furioso) ¿Por qué tuve que venir aquí, con lo feliz que era en Roma? Dos meses llevamos y aún no hemos puesto los cimientos. Y luego, este calor asfixiante...
OBRERO.- Esto antes era una selva.
CAPATAZ.- Lo sé: he estudiado el terreno. Hace treinta años incendiaron la selva, y los de la tribu que aquí vivían...
OBRERO.- Los Tautéridos.
CAPATAZ.- Como se llamasen, ¿qué importa? Abandonaron las tierras.
OBRERO.- Obligados por el incendio.
CAPATAZ.- Por lo que fuese. ¡Qué más da!
OBRERO.- Y por la violencia de los invasores: muchos fueron asesinados.
CAPATAZ.- ¿Me vas a hablar de política?
OBRERO.- Ahora malviven al otro lado del río.
CAPATAZ.- Poco me importa (Molesto) ¿Por qué no hay nadie en la obra? ¿No estarán jugando otra vez a las cartas?
OBRERO.- Seguro que no. Lo que ocurre es que, como no tenemos material para las vigas, pues...
CAPATAZ.- Tienes suerte de que este palacio no sea para mí. Nunca he tenido fortuna, pero daría uno de mis ojos por alcanzar un puesto respetable.
OBRERO.- Lo entiendo.
CAPATAZ.- ¿Qué vas a entender? Si tuviera un poco de poder, te sacaría hasta la última gota de sangre. ¡Ah! ¡Qué bello vivir cuando los demás hacen lo que deseas! ¿Qué pasa con los trabajadores?
OBRERO.- Voy a ver qué ocurre (Sale por la derecha, en dirección a la obra)
CAPATAZ.- Desgraciado de mí, qué mala suerte tengo. ¿Para qué vendría a la selva, con lo bien que vivía en Roma? Y ahora este se quedará con los otros, apostando a las cartas. Esto, esto es un desastre. Sí, un desastre. En dos años seguiremos aquí, pasando calor, picados por los mosquitos, e invadidos por la pereza... ¡Si esto es una obra, que venga dios y lo vea!
Aparece a su espalda Koptocoro, el dios de los Tautéridos. Lleva en la mano izquierda una calabaza que lo representa. En la derecha una lanza. Tiene barba negra que cae sobre la cara como si se tratara de un carnero.
KOPTOCORO.- He venido.
CAPATAZ.- (Sorprendido) ¿Perdón?
KOPTOCORO.- He venido por vosotros.
CAPATAZ.- (Lo observa con curiosidad) Vaya, pues me alegro. ¿Y qué deseas?
KOPTOCORO.- He venido a liberar a mi pueblo del ataque de una tribu extranjera.
CAPATAZ.- Está bien.
KOPTOCORO.- Koptocoro ha hablado. ¿Dónde está vuestro jefe?
CAPATAZ.- No sé a quién buscas, pero soy el capataz de esta obra, que avanza con retraso.
KOPTOCORO.- Entonces ¿Eres el jefe?
CAPATAZ.- Más o menos.
Sigue mirando los planos. El dios golpea con el talón el suelo, y levanta la calabaza por encima de su cabeza.
KOPTOCORO.- Entonces serás el primero en morir.
CAPATAZ.- Algún día.
KOPTOCORO.- Mi pueblo, hoy, será libre.
CAPATAZ.- ¿Quién es tu pueblo? ¿El grupo de holgazanes que juegan a las cartas en lugar de levantar el palacio para el que se les ha contratado?
KOPTOCORO.- Has pervertido su voluntad. Los Tautéridos no serán esclavos de nadie. Hoy recuperarán sus tierras.
CAPATAZ.- ¿Vas a hacer una revolución? ¿Quién te crees que eres?
KOPTOCORO.- (Solemne) Soy Koptocoro, el Dios de los Tautéridos.
CAPATAZ.- No te había visto antes.
KOPTOCORO.- Hace treinta años que no bajo a la tierra.
CAPATAZ.- ¿Y qué piensas hacer? ¿Amotinar a tu tribu?
KOPTOCORO.- No es necesario, yo mismo puedo vencerte.
CAPATAZ.- La burla es graciosa.
KOPTOCORO.- ¿Qué burla?
El Capataz se quita las gafas y se frota los ojos.
CAPATAZ.- Si eres un dios, podrás responderme a una pregunta.
KOPTOCORO.- Claro.
CAPATAZ.- Digo yo, sin ofender: ¿en tu tribu hay un más allá? Porque allá, en Roma, se dice que sí.
KOPTOCORO.- ¿Cómo más allá?
CAPATAZ.- Se dice que después de morir vivirás de nuevo.
KOPTOCORO.- Eso es absurdo. ¿Quién va a vivir después de morir? Cuando te mueres no hay nada.
CAPATAZ.- ¿No hay un paraíso?
KOPTOCORO.- No sé qué es un paraíso. Escucha: la muerte es el final. ¿Qué puede haber después?
CAPATAZ.- La amenaza de un infierno, para controlar la voluntad de los hombres.
KOPTOCORO.- En mi tribu no es necesario, los domino con el sonido de un trueno.
CAPATAZ.- Si yo tuviera el poder del trueno... pero basta con mis sueños de grandeza. ¿Cómo es posible que asustes con un trueno?
KOPTOCORO.- Tú mismo lo comprobarás si no devuelves este terreno a mi tribu.
CAPATAZ.- Tendré que oirlo, porque no tengo poder, aún, para hacer lo que me pides. Bah, nunca tendré ese poder...
KOPTOCORO.- Tal vez no soportes su furia. Algunos se volvieron locos.
CAPATAZ.- Tal vez. Prueba...
El dios levanta la lanza y se escucha un trueno con poca fuerza, casi de juguete..
KOPTOCORO.- (Justificándose) Hace treinta años sonaba más fuerte, tal vez porque esto era la selva...
CAPATAZ.- Claro, claro. Ahora, con tanto ruido...
KOPTOCORO.- Los hombres de mi tribu mataban por orden del trueno.
CAPATAZ.- Sin duda.
KOPTOCORO.- En cambio usted... Si yo le pidiese, en nombre del trueno, que se marchara de aquí y devolviera las tierras a mi tribu ¿lo haría?
CAPATAZ.- Por supuesto... que no.
KOPTOCORO.- (Tiránico) ¿Y si doy otra muestra de mi poder?
Levanta la lanza, suena un segundo trueno, tan suave como el anterior, y cae desde la parte izquierda del escenario una calabaza, que termina a los pies del capataz.
CAPATAZ.- (Mirando la calabaza) En ese caso... tampoco.
Se ríe y coge la calabaza, que sostiene en el aire. El dios, molesto, inclina la cabeza. Entra el obrero por la derecha y pasa por detrás de ambos. Entonces se detiene y se gira, junto a la entrada de la izquierda. Asustado, cae de rodillas.
OBRERO.- Tú debes ser, tú debes ser...
KOPTOCORO.- (Se anima de improviso) ¡Yo soy! Al capataz) ¿Ha visto? Soy conocido.
OBRERO.- ¡Koptocoro, mi Dios! ¿Qué haces aquí?
KOPTOCORO.- (Emocionado) ¿Has dicho “mi Dios”?
OBRERO.- Has de saber, oh, supremo, que soy uno de los Tautéridos. Fuimos expulsados de nuestra aldea y ahora malvivimos en esta triste obra. Todas las noches te pedimos nos restablezcas nuestra tierra, la salud, y la felicidad.
KOPTOCORO.- Deseo a deseo, ¿eh?
CAPATAZ.- ¿Cantan a una calabaza?
OBRERO.- Es un símbolo tan válido como cualquier otro.
CAPATAZ.- ¿Y funciona?
KOPTOCORO.- Por eso estoy aquí, he escuchado sus cantos.
CAPATAZ.- La broma comienza a ser absurda.
KOPTOCORO.- ¿Harás lo que te pida?
OBRERO.- ¡Hasta la muerte!
CAPATAZ.- Dichosa manía tienen los de esta tribu con la muerte.
KOPTOCORO.- Entonces cumple lo que te ordeno. Acaba con tus enemigos, derrota su dios, esquilma sus bienes.
CAPATAZ.- ¡Pobres de nosotros! Me aburro (vuelve a mirar los planos)
OBRERO.- ¿A quién debo matar?
KOPTOCORO.- (Señalando al capataz) A él.
CAPATAZ.- ¿A mí? ¿Por qué a mí? ¿Qué tengo que ver con vuestros problemas?
KOPTOCORO.- Destruiremos la obra.
CAPATAZ.- ¿Vosotros dos?
KOPTOCORO.- (Levantando la calabaza) Así se hará.
OBRERO.- (Señalando al capataz) ¿Por qué tiene una calabaza?
CAPATAZ.- Es tuya. No me des las gracias.
OBRERO.- Escrito está en el libro sagrado de los Tautéridos: “el arma mortal surgirá de la calabaza”.
Extrae del interior un cuchillo enorme.
CAPATAZ.- Debería leer más a menudo, tal vez me hubiese enterado.
OBRERO.- ¡Muere!
CAPATAZ.- (Evitando el cuchillo) Nunca fui hombre de acción, y ahora me arrepiento.
OBRERO.- Deja de correr, gusano.
CAPATAZ.- Eso depende de ti.
OBRERO.- Afrenta la muerte.
CAPATAZ.- ¿No te he dado trabajo?
OBRERO.- Sí.
CAPATAZ.- Y, además, ¿no te pago por él?
OBRERO.- Muy poco.
CAPATAZ.- Pero te pago.
OBRERO.- Sí.
CAPATAZ.- Entonces, ¿por qué me persigues?
OBRERO.- Porque lo manda mi Dios.
CAPATAZ.- Quién fuera tu Dios, que así logra que te muevas.
OBRERO.- Ya ves.
CAPATAZ.- Lo que tampoco entiendo...
OBRERO.- ¿Qué?
CAPATAZ.- ¿Cómo es posible?
OBRERO.- ¿Qué murmuras?
CAPATAZ.- (Agotado) No puedo hablar mientras corro.
OBRERO.- No es tan difícil.
CAPATAZ.- Para ti, que estarás acostumbrado.
OBRERO.- (Se detiene) ¿Qué ocurre?
CAPATAZ.- (También se detiene) No lo entiendo (al Dios) ¿Por qué no me atacas? Entre dos es más sencillo.
KOPTOCORO.- (Con Orgullo) Los dioses inspiramos batallas, pero nunca nos manchamos de sangre.
CAPATAZ.- ¡Cobarde!
KOPTOCORO.- Es una antigua tradición.
CAPATAZ.- ¿La cobardía?
Huye. De pronto se coloca entre el dios y el obrero.
CAPATAZ.- (Al público) Con este gesto todo cambia. (Al obrero) ¡Ten cuidado, no vayas a herir a tu Dios!
KOPTOCORO.- Desgraciado, no sabes lo que haces.
Se suelta de un golpe y trata de salir volando, pero cae al suelo.
KOPTOCORO.- Hace treinta años funcionaba.
OBRERO.- Creo que saltabas entre los árboles.
KOPTOCORO.- Es posible. Debería ensayar un poco.
CAPATAZ.- (En su espalda de nuevo) Suelta el arma.
KOPTOCORO.- No hagas caso. No puede nada contra mí.
El capataz forcejea con él, pero no logra moverle de su posición. Frustrado, le arranca la calabaza de las manos. Entonces busca en ella un arma.
KOPTOCORO.- ¿Qué haces?
CAPATAZ.- Busco el arma.
KOPTOCORO.- ¿Qué arma?
CAPATAZ.- La que contiene la calabaza, lo decía vuestro libro sagrado, ¿no?
KOPTOCORO.- ¡Pobre idiota! En esta calabaza no encontrarás un arma.
CAPATAZ.- ¿Ah, no?
OBRERO.- ¿Seguro que no?
KOPTOCORO.- Me hacéis dudar. Tendré que mirar los estatutos.
Se sienta y saca un libro.
OBRERO.- (Baja el cuchillo) Habrá que esperar.
KOPTOCORO.- Uy, no te va a gustar lo que estoy leyendo.
CAPATAZ.- ¿Os decidís o le saco el zumo a la hortaliza?
KOPTOCORO.- (Con desprecio) ¡Es una cucurbitácea!
OBRERO.- ¿Qué ocurre?
KOPTOCORO.- (Leyendo) El poseedor de la calabaza...
OBRERO.- Sigue.
KOPTOCORO.- Será el nuevo Dios, superior a todos los demás.
OBRERO.- ¿Eso dice? (El Dios afirma) ¿Dónde?
KOPTOCORO.- Versículo cuarto, párrafo primero. Lee.
(El obrero lee el párrafo completo. El capataz deja de hurgar en la calabaza, y se acerca)
CAPATAZ.- ¿Qué estáis diciendo? ¿Soy el nuevo dios?
OBRERO.- Bueno, la información no está del todo clara. Tal vez un abogado...
KOPTOCORO.- Nadie lee el versículo cuarto.
OBRERO.- Sí, no tiene importancia.
CAPATAZ.- ¡El poder, tengo el poder! (Levantando la calabaza) Arrodillaos ante mi. (Lo hacen de mala gana) ¿Dónde está mi reino?
OBRERO.- (Con desdén) Lo estás pisando.
CAPATAZ.- Es verdad. Pues bien, como jefe... como DIOS vuestro que soy, os ordeno...
OBRERO.- ¿Qué?
CAPATAZ.- (Tira a un lado el casco) La reconquista.
OBRERO.- ¿Cómo?
CAPATAZ.- (Orgulloso, se sienta frente al público) Que cojáis todas las piedras, palos y calabazas que podáis, os reunáis con vuestra tribu, y marchéis a reconquistar vuestras tierras.
OBRERO.- ¡Hurra! Así se hará.
Se levanta y sale por la derecha.
CAPATAZ.- (A Koptocoro) ¿No me has oído?
KOPTOCORO.- Es que como soy un Dios...
CAPATAZ.- Inferior a mí ¿recuerdas?
KOPTOCORO.- Sí (Se levanta, antes de salir) ¿No vienes?
CAPATAZ.- ¿Eh? No, mejor os espero aquí. Ya sabes: Los dioses inspiramos batallas, pero nunca nos manchamos de sangre.
Sale Koptocoro mientras el capataz le mira, sonriente. Telón.
El capataz se inclina sobre el plano, después se levanta y suspira.
CAPATAZ.- Hemos perdido dos semanas. ¿Qué sabemos del suelo?
OBRERO.- La madera no llegará hasta el jueves.
CAPATAZ.- ¿Qué día la enviaron? (El obrero deniega) ¿Cómo va a llegar el jueves si no la envían?
OBRERO.- Han dicho que saldrá hoy mismo.
CAPATAZ.- Hoy es martes.
OBRERO.- Sí.
CAPATAZ.- No llegará a tiempo. (Furioso) ¿Por qué tuve que venir aquí, con lo feliz que era en Roma? Dos meses llevamos y aún no hemos puesto los cimientos. Y luego, este calor asfixiante...
OBRERO.- Esto antes era una selva.
CAPATAZ.- Lo sé: he estudiado el terreno. Hace treinta años incendiaron la selva, y los de la tribu que aquí vivían...
OBRERO.- Los Tautéridos.
CAPATAZ.- Como se llamasen, ¿qué importa? Abandonaron las tierras.
OBRERO.- Obligados por el incendio.
CAPATAZ.- Por lo que fuese. ¡Qué más da!
OBRERO.- Y por la violencia de los invasores: muchos fueron asesinados.
CAPATAZ.- ¿Me vas a hablar de política?
OBRERO.- Ahora malviven al otro lado del río.
CAPATAZ.- Poco me importa (Molesto) ¿Por qué no hay nadie en la obra? ¿No estarán jugando otra vez a las cartas?
OBRERO.- Seguro que no. Lo que ocurre es que, como no tenemos material para las vigas, pues...
CAPATAZ.- Tienes suerte de que este palacio no sea para mí. Nunca he tenido fortuna, pero daría uno de mis ojos por alcanzar un puesto respetable.
OBRERO.- Lo entiendo.
CAPATAZ.- ¿Qué vas a entender? Si tuviera un poco de poder, te sacaría hasta la última gota de sangre. ¡Ah! ¡Qué bello vivir cuando los demás hacen lo que deseas! ¿Qué pasa con los trabajadores?
OBRERO.- Voy a ver qué ocurre (Sale por la derecha, en dirección a la obra)
CAPATAZ.- Desgraciado de mí, qué mala suerte tengo. ¿Para qué vendría a la selva, con lo bien que vivía en Roma? Y ahora este se quedará con los otros, apostando a las cartas. Esto, esto es un desastre. Sí, un desastre. En dos años seguiremos aquí, pasando calor, picados por los mosquitos, e invadidos por la pereza... ¡Si esto es una obra, que venga dios y lo vea!
Aparece a su espalda Koptocoro, el dios de los Tautéridos. Lleva en la mano izquierda una calabaza que lo representa. En la derecha una lanza. Tiene barba negra que cae sobre la cara como si se tratara de un carnero.
KOPTOCORO.- He venido.
CAPATAZ.- (Sorprendido) ¿Perdón?
KOPTOCORO.- He venido por vosotros.
CAPATAZ.- (Lo observa con curiosidad) Vaya, pues me alegro. ¿Y qué deseas?
KOPTOCORO.- He venido a liberar a mi pueblo del ataque de una tribu extranjera.
CAPATAZ.- Está bien.
KOPTOCORO.- Koptocoro ha hablado. ¿Dónde está vuestro jefe?
CAPATAZ.- No sé a quién buscas, pero soy el capataz de esta obra, que avanza con retraso.
KOPTOCORO.- Entonces ¿Eres el jefe?
CAPATAZ.- Más o menos.
Sigue mirando los planos. El dios golpea con el talón el suelo, y levanta la calabaza por encima de su cabeza.
KOPTOCORO.- Entonces serás el primero en morir.
CAPATAZ.- Algún día.
KOPTOCORO.- Mi pueblo, hoy, será libre.
CAPATAZ.- ¿Quién es tu pueblo? ¿El grupo de holgazanes que juegan a las cartas en lugar de levantar el palacio para el que se les ha contratado?
KOPTOCORO.- Has pervertido su voluntad. Los Tautéridos no serán esclavos de nadie. Hoy recuperarán sus tierras.
CAPATAZ.- ¿Vas a hacer una revolución? ¿Quién te crees que eres?
KOPTOCORO.- (Solemne) Soy Koptocoro, el Dios de los Tautéridos.
CAPATAZ.- No te había visto antes.
KOPTOCORO.- Hace treinta años que no bajo a la tierra.
CAPATAZ.- ¿Y qué piensas hacer? ¿Amotinar a tu tribu?
KOPTOCORO.- No es necesario, yo mismo puedo vencerte.
CAPATAZ.- La burla es graciosa.
KOPTOCORO.- ¿Qué burla?
El Capataz se quita las gafas y se frota los ojos.
CAPATAZ.- Si eres un dios, podrás responderme a una pregunta.
KOPTOCORO.- Claro.
CAPATAZ.- Digo yo, sin ofender: ¿en tu tribu hay un más allá? Porque allá, en Roma, se dice que sí.
KOPTOCORO.- ¿Cómo más allá?
CAPATAZ.- Se dice que después de morir vivirás de nuevo.
KOPTOCORO.- Eso es absurdo. ¿Quién va a vivir después de morir? Cuando te mueres no hay nada.
CAPATAZ.- ¿No hay un paraíso?
KOPTOCORO.- No sé qué es un paraíso. Escucha: la muerte es el final. ¿Qué puede haber después?
CAPATAZ.- La amenaza de un infierno, para controlar la voluntad de los hombres.
KOPTOCORO.- En mi tribu no es necesario, los domino con el sonido de un trueno.
CAPATAZ.- Si yo tuviera el poder del trueno... pero basta con mis sueños de grandeza. ¿Cómo es posible que asustes con un trueno?
KOPTOCORO.- Tú mismo lo comprobarás si no devuelves este terreno a mi tribu.
CAPATAZ.- Tendré que oirlo, porque no tengo poder, aún, para hacer lo que me pides. Bah, nunca tendré ese poder...
KOPTOCORO.- Tal vez no soportes su furia. Algunos se volvieron locos.
CAPATAZ.- Tal vez. Prueba...
El dios levanta la lanza y se escucha un trueno con poca fuerza, casi de juguete..
KOPTOCORO.- (Justificándose) Hace treinta años sonaba más fuerte, tal vez porque esto era la selva...
CAPATAZ.- Claro, claro. Ahora, con tanto ruido...
KOPTOCORO.- Los hombres de mi tribu mataban por orden del trueno.
CAPATAZ.- Sin duda.
KOPTOCORO.- En cambio usted... Si yo le pidiese, en nombre del trueno, que se marchara de aquí y devolviera las tierras a mi tribu ¿lo haría?
CAPATAZ.- Por supuesto... que no.
KOPTOCORO.- (Tiránico) ¿Y si doy otra muestra de mi poder?
Levanta la lanza, suena un segundo trueno, tan suave como el anterior, y cae desde la parte izquierda del escenario una calabaza, que termina a los pies del capataz.
CAPATAZ.- (Mirando la calabaza) En ese caso... tampoco.
Se ríe y coge la calabaza, que sostiene en el aire. El dios, molesto, inclina la cabeza. Entra el obrero por la derecha y pasa por detrás de ambos. Entonces se detiene y se gira, junto a la entrada de la izquierda. Asustado, cae de rodillas.
OBRERO.- Tú debes ser, tú debes ser...
KOPTOCORO.- (Se anima de improviso) ¡Yo soy! Al capataz) ¿Ha visto? Soy conocido.
OBRERO.- ¡Koptocoro, mi Dios! ¿Qué haces aquí?
KOPTOCORO.- (Emocionado) ¿Has dicho “mi Dios”?
OBRERO.- Has de saber, oh, supremo, que soy uno de los Tautéridos. Fuimos expulsados de nuestra aldea y ahora malvivimos en esta triste obra. Todas las noches te pedimos nos restablezcas nuestra tierra, la salud, y la felicidad.
KOPTOCORO.- Deseo a deseo, ¿eh?
CAPATAZ.- ¿Cantan a una calabaza?
OBRERO.- Es un símbolo tan válido como cualquier otro.
CAPATAZ.- ¿Y funciona?
KOPTOCORO.- Por eso estoy aquí, he escuchado sus cantos.
CAPATAZ.- La broma comienza a ser absurda.
KOPTOCORO.- ¿Harás lo que te pida?
OBRERO.- ¡Hasta la muerte!
CAPATAZ.- Dichosa manía tienen los de esta tribu con la muerte.
KOPTOCORO.- Entonces cumple lo que te ordeno. Acaba con tus enemigos, derrota su dios, esquilma sus bienes.
CAPATAZ.- ¡Pobres de nosotros! Me aburro (vuelve a mirar los planos)
OBRERO.- ¿A quién debo matar?
KOPTOCORO.- (Señalando al capataz) A él.
CAPATAZ.- ¿A mí? ¿Por qué a mí? ¿Qué tengo que ver con vuestros problemas?
KOPTOCORO.- Destruiremos la obra.
CAPATAZ.- ¿Vosotros dos?
KOPTOCORO.- (Levantando la calabaza) Así se hará.
OBRERO.- (Señalando al capataz) ¿Por qué tiene una calabaza?
CAPATAZ.- Es tuya. No me des las gracias.
OBRERO.- Escrito está en el libro sagrado de los Tautéridos: “el arma mortal surgirá de la calabaza”.
Extrae del interior un cuchillo enorme.
CAPATAZ.- Debería leer más a menudo, tal vez me hubiese enterado.
OBRERO.- ¡Muere!
CAPATAZ.- (Evitando el cuchillo) Nunca fui hombre de acción, y ahora me arrepiento.
OBRERO.- Deja de correr, gusano.
CAPATAZ.- Eso depende de ti.
OBRERO.- Afrenta la muerte.
CAPATAZ.- ¿No te he dado trabajo?
OBRERO.- Sí.
CAPATAZ.- Y, además, ¿no te pago por él?
OBRERO.- Muy poco.
CAPATAZ.- Pero te pago.
OBRERO.- Sí.
CAPATAZ.- Entonces, ¿por qué me persigues?
OBRERO.- Porque lo manda mi Dios.
CAPATAZ.- Quién fuera tu Dios, que así logra que te muevas.
OBRERO.- Ya ves.
CAPATAZ.- Lo que tampoco entiendo...
OBRERO.- ¿Qué?
CAPATAZ.- ¿Cómo es posible?
OBRERO.- ¿Qué murmuras?
CAPATAZ.- (Agotado) No puedo hablar mientras corro.
OBRERO.- No es tan difícil.
CAPATAZ.- Para ti, que estarás acostumbrado.
OBRERO.- (Se detiene) ¿Qué ocurre?
CAPATAZ.- (También se detiene) No lo entiendo (al Dios) ¿Por qué no me atacas? Entre dos es más sencillo.
KOPTOCORO.- (Con Orgullo) Los dioses inspiramos batallas, pero nunca nos manchamos de sangre.
CAPATAZ.- ¡Cobarde!
KOPTOCORO.- Es una antigua tradición.
CAPATAZ.- ¿La cobardía?
Huye. De pronto se coloca entre el dios y el obrero.
CAPATAZ.- (Al público) Con este gesto todo cambia. (Al obrero) ¡Ten cuidado, no vayas a herir a tu Dios!
KOPTOCORO.- Desgraciado, no sabes lo que haces.
Se suelta de un golpe y trata de salir volando, pero cae al suelo.
KOPTOCORO.- Hace treinta años funcionaba.
OBRERO.- Creo que saltabas entre los árboles.
KOPTOCORO.- Es posible. Debería ensayar un poco.
CAPATAZ.- (En su espalda de nuevo) Suelta el arma.
KOPTOCORO.- No hagas caso. No puede nada contra mí.
El capataz forcejea con él, pero no logra moverle de su posición. Frustrado, le arranca la calabaza de las manos. Entonces busca en ella un arma.
KOPTOCORO.- ¿Qué haces?
CAPATAZ.- Busco el arma.
KOPTOCORO.- ¿Qué arma?
CAPATAZ.- La que contiene la calabaza, lo decía vuestro libro sagrado, ¿no?
KOPTOCORO.- ¡Pobre idiota! En esta calabaza no encontrarás un arma.
CAPATAZ.- ¿Ah, no?
OBRERO.- ¿Seguro que no?
KOPTOCORO.- Me hacéis dudar. Tendré que mirar los estatutos.
Se sienta y saca un libro.
OBRERO.- (Baja el cuchillo) Habrá que esperar.
KOPTOCORO.- Uy, no te va a gustar lo que estoy leyendo.
CAPATAZ.- ¿Os decidís o le saco el zumo a la hortaliza?
KOPTOCORO.- (Con desprecio) ¡Es una cucurbitácea!
OBRERO.- ¿Qué ocurre?
KOPTOCORO.- (Leyendo) El poseedor de la calabaza...
OBRERO.- Sigue.
KOPTOCORO.- Será el nuevo Dios, superior a todos los demás.
OBRERO.- ¿Eso dice? (El Dios afirma) ¿Dónde?
KOPTOCORO.- Versículo cuarto, párrafo primero. Lee.
(El obrero lee el párrafo completo. El capataz deja de hurgar en la calabaza, y se acerca)
CAPATAZ.- ¿Qué estáis diciendo? ¿Soy el nuevo dios?
OBRERO.- Bueno, la información no está del todo clara. Tal vez un abogado...
KOPTOCORO.- Nadie lee el versículo cuarto.
OBRERO.- Sí, no tiene importancia.
CAPATAZ.- ¡El poder, tengo el poder! (Levantando la calabaza) Arrodillaos ante mi. (Lo hacen de mala gana) ¿Dónde está mi reino?
OBRERO.- (Con desdén) Lo estás pisando.
CAPATAZ.- Es verdad. Pues bien, como jefe... como DIOS vuestro que soy, os ordeno...
OBRERO.- ¿Qué?
CAPATAZ.- (Tira a un lado el casco) La reconquista.
OBRERO.- ¿Cómo?
CAPATAZ.- (Orgulloso, se sienta frente al público) Que cojáis todas las piedras, palos y calabazas que podáis, os reunáis con vuestra tribu, y marchéis a reconquistar vuestras tierras.
OBRERO.- ¡Hurra! Así se hará.
Se levanta y sale por la derecha.
CAPATAZ.- (A Koptocoro) ¿No me has oído?
KOPTOCORO.- Es que como soy un Dios...
CAPATAZ.- Inferior a mí ¿recuerdas?
KOPTOCORO.- Sí (Se levanta, antes de salir) ¿No vienes?
CAPATAZ.- ¿Eh? No, mejor os espero aquí. Ya sabes: Los dioses inspiramos batallas, pero nunca nos manchamos de sangre.
Sale Koptocoro mientras el capataz le mira, sonriente. Telón.
jueves, 16 de septiembre de 2010
La Habitación (Fragmento)
Carlos.- Este armario tiene la medida exacta. Además es rígido, y sabe albergar secretos por los que se pagaría mucho dinero. Sus patas, tan furiosamente establecidas, le dan un rigor y una fortaleza perdurable. Ya no se hacen muebles así. Ahora se acorchan, se encogen y pierden color con los años. ¿No estás de acuerdo?
Bretón.- Supongo.
Carlos.- Éste podría soportar el peso de un hombre. Tal vez tumbado...
Se mete en el interior. Trata de tumbarse, pero no lo logra.
Carlos.- Es incómodo. Huele a sudor y humedad. No es agradable estar aquí adentro. Si así es como viven los caracoles, no me extraña que pasen su vida soltando babas y moco.
Bretón.- Eres un ignorante.
Carlos.- ¿Por qué? ¿Acaso no sueltan babas los caracoles? ¿Acaso no se les llama gasterópodos? ¿Eh? Me repugnan los gasterópodos, siempre arrastrándose por el suelo. Su único fin es ser pisoteados. ¿Te has dado cuenta?
Bretón.- ¿De qué?
Carlos.- Estoy dentro de un armario, que está dentro de una habitación, que está dentro de una vivienda, que está dentro de un edificio, que está...
Bretón.- Vamos, cállate.
Carlos sale del armario y lo cierra. Se acerca a la parte izquierda.
Carlos.- Aquí pondremos una estantería para libros. ¿Tienes libros?
Bretón.- Algunos.
Carlos.- ¡Los libros! Miles de hojas explicando el mundo, y ninguna sirve para nada.
Bretón.- Hablas de lo que no conoces.
Carlos.- Y lo que es peor: los que escriben no saben vivir. Maldito oficio.
Bretón.- ¡Qué sabrás de literatura!
Carlos.- No puede salir nada bueno del cerebro humano. No estamos diseñados para la belleza ¡No me interrumpas! Estamos corrompidos. Un hombre perfectamente bueno, es un perfecto imbécil. Sabes que tengo razón...
Bretón.- El arte está por encima de ti, eres incapaz de diferenciar un lobo de una oveja.
Carlos.- ¡Por los cuernos!
Bretón.- ¿Qué cuernos?
Carlos.- ¿A quién defiendes? ¿Qué sabes de arte?
Bretón se encoge de hombros.
Bretón.- Supongo.
Carlos.- Éste podría soportar el peso de un hombre. Tal vez tumbado...
Se mete en el interior. Trata de tumbarse, pero no lo logra.
Carlos.- Es incómodo. Huele a sudor y humedad. No es agradable estar aquí adentro. Si así es como viven los caracoles, no me extraña que pasen su vida soltando babas y moco.
Bretón.- Eres un ignorante.
Carlos.- ¿Por qué? ¿Acaso no sueltan babas los caracoles? ¿Acaso no se les llama gasterópodos? ¿Eh? Me repugnan los gasterópodos, siempre arrastrándose por el suelo. Su único fin es ser pisoteados. ¿Te has dado cuenta?
Bretón.- ¿De qué?
Carlos.- Estoy dentro de un armario, que está dentro de una habitación, que está dentro de una vivienda, que está dentro de un edificio, que está...
Bretón.- Vamos, cállate.
Carlos sale del armario y lo cierra. Se acerca a la parte izquierda.
Carlos.- Aquí pondremos una estantería para libros. ¿Tienes libros?
Bretón.- Algunos.
Carlos.- ¡Los libros! Miles de hojas explicando el mundo, y ninguna sirve para nada.
Bretón.- Hablas de lo que no conoces.
Carlos.- Y lo que es peor: los que escriben no saben vivir. Maldito oficio.
Bretón.- ¡Qué sabrás de literatura!
Carlos.- No puede salir nada bueno del cerebro humano. No estamos diseñados para la belleza ¡No me interrumpas! Estamos corrompidos. Un hombre perfectamente bueno, es un perfecto imbécil. Sabes que tengo razón...
Bretón.- El arte está por encima de ti, eres incapaz de diferenciar un lobo de una oveja.
Carlos.- ¡Por los cuernos!
Bretón.- ¿Qué cuernos?
Carlos.- ¿A quién defiendes? ¿Qué sabes de arte?
Bretón se encoge de hombros.
lunes, 22 de marzo de 2010
De Huevos
El creador, inspirado, ideó un huevo. Lo cascó contra la mesa y lo abrió. De él salió un ser con extremidades largas y una gran cabeza, que comenzó arrastrándose como el gusano para terminar a cuatro patas. De un impulso, el demiurgo le obligó a levantarse. Enderezó su cuerpo. Con una uña le aplastó las patas traseras, para que se sujetase en ellas. El creado, que notó sus movimientos, comenzó a andar de un lado a otro, mirando, riendo y llorando sucesivamente. Pronto comenzó a hablar, hablar, hablar y hablar. Su creador, aburrido, lo aplastó para dividirlo en dos. Había que ver aquello: ambos seres se miraban con curiosidad, se palpaban, y veían lo bien que se compenetraban. Al entrar en contacto se creían dioses y como a tales se trataban. Pronto comenzaron a destruirse y amarse a la par. Eso regocijaba al demiurgo, que, ora a uno, ora a otro, perjudicaba o ayudaba; bien dándoles palabras precisas con las que atacar, bien vaciándoles de ideas. Las peleas fueron cada vez más violentas, y los acuerdos cada vez menos duraderos. Hasta que el creador, harto de la tensión, los destruyó con la palma de la mano. Sus restos fueron a la gran papelera, junto con su recuerdo.
El demiurgo se aburría de nuevo, sólo en su infinito. En un acto involuntario, extrajo de la gran cesta un millar de huevos, y rompió todas las cáscaras sobre la mesa...
El demiurgo se aburría de nuevo, sólo en su infinito. En un acto involuntario, extrajo de la gran cesta un millar de huevos, y rompió todas las cáscaras sobre la mesa...
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