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miércoles, 28 de junio de 2017

¿Quién es Sergio Vallejo?


Joder, qué angustia. Me han robado el nombre. Sí, ya sé que suena extraño. Yo tampoco me
lo puedo creer, pero me han robado el nombre. Dejad, joder, dejad que me explique. El día...
ha comenzado bien, no sé cómo explicarlo, ¡ah, claro! Lo más importante: hoy tenía
médico. Eso es, tenía médico, por la lumbalgia, sí, la lumbalgia de nuevo, si no lo explico
no se entenderá. Hoy no estaba mi doctora. Claro, yo, al principio, no lo sabía. De ahí viene
la confusión. Llevaba una hora, no sé, tal vez menos; llevaba un rato esperando, cuando ha
salido otra doctora del despacho, con la hoja de citas.

-¿Gabriela Sánchez?

Una mujer ha levantado ligeramente el brazo; por timidez o por dolor, no sabría decir.

-Pasa Gabriela- ha dicho la doctora, y ha seguido- ¿Moisés Rodríguez?

Esta es buena, me he dicho, con un poco de suerte en media hora estaré en el Gago,
tomando café. Y luego a comprar el pan, claro, y algo de carne, que hoy curro de tarde.
Joder, no me va a dar tiempo a nada. Tenía que haber dejado el médico para la semana que
viene, pero con el dolor que tengo...

En ese momento, un chico que no conozco, así como de veinte años, ha levantado el brazo.

-Detrás de Gabriela- ha dicho la doctora-. ¿Alejo Díaz?

He mirado al chico: gafas de pasta negra, un pelín orondo, con un flequillo peculiar y una
barba que, por mucho que se empeñe, no le crece lo suficiente. Le he mirado durante casi un
minuto, y no, no era yo.
Claro que tampoco pretendo tener el monopolio de mi nombre. Basta con que algún otro
Rodríguez, y me consta que hay muchos, haya decidido llamar Moisés a su hijo. Eso lo
acepto. Lo que me jode, es decir, lo que me molesta es que ocurra en mi pueblo, joder, yo
que, como todos, me considero especial.

Me he sentado junto al muchacho, lleno de curiosidad, para ver si podía ver algún
documento que confirmara su nombre. Pero ha sido en vano, el papel que sujetaba en la
mano era un folleto de publicidad. Del Lidl, creo.

-Así que te llamas Moisés Rodríguez- le he dicho, así, como de forma espontánea.
-¿Cómo?- Ha respondido, nervioso.
-La doctora…
-Ah, sí, jejeje, Moisés, claro.

El chico parecía incómodo con la conversación, pero yo necesitaba seguir con las preguntas.

-¿Y por qué vienes?
-¿Al… Al médico?
-Claro.
-Pues, pues por la lumbalgia, llevo unos días con mucho dolor.
-¡Ya es casualidad!- se me escapó.
-¿También tienes lumbalgia?
-Pues… Digamos que sí.
-Es terrible ¿no te parece?
-Bueno- fingí indiferencia- yo ya me he acostumbrado.
-Yo todavía no- me dijo-. Figúrate que estaba escribiendo un relato, y justo en las frases
finales, zas, me ha metido un latigazo la espalda, y así me he quedado.
-¿Un relato?- respondí, alarmado.
-Sí.
-¿Estabas escribiendo un relato?
-Sí.
-¡Joder, joder, joder!
-¿Cuál es el problema?
-No, nada. No hay problema.

¿Cuál es el problema? EL problema es que YO soy Moisés Rodríguez, YO escribo relatos, y
YO tengo lumbalgias. Aunque de esto último no me siento tan orgulloso.

Claro, no le dije nada de eso. No había motivos. En realidad ni siquiera respondí, porque no
vi qué podía decir. A él, en cambio, parecía gustarle la charla.

-Mira, te voy a decir la verdad.
-¿Qué verdad?- pregunté, con curiosidad.
-Yo. Yo no soy- bajó la voz- Yo no soy Moisés Noséqué.
-¿Ah, no?
-No. Lo que pasa es que...- bajó más la voz.
-Perdona, pero no te entiendo.
-Decía que no soporto esperar. Por eso, cuando estoy en una sala como esta, y algún idiota
no responde a tiempo, tomo su, cómo se dice, su personalidad.
-¿En serio?
-Yo creo que Moisés es ese tipo del fondo, el que está mirando el móvil. Jajaja, pobre
imbécil, si él supiera...
-Si él supiera- repetí.
-Pero mira, que la próxima vez esté más atento. ¿No te parece?
-Pues la verdad...
-Ese se pasa aquí la mañana, ya lo verás.
-Se pasa aquí la mañana- repetí, y me sentí imbécil por tanta repetición.
-Lo que yo te diga.
Miré el reloj.
-Pues sí que tarda Gabriela- dije.
-Un poco tarda, sí- respondió- Por cierto. ¿Tú a qué hora tienes la cita?
-¿La cita?- respondí, y noté que me caía una gota de sudor de la frente- pues, pues fíjate que
creo que me he equivocado de día.
-Amos, no me jodas.
-Como lo oyes.
-Puedes entrar en mi nombre. Apunta, apunta.
-No, no. Muchas gracias.
-No seas tonto, yo ya no lo voy a utilizar.
-Ya, claro, pero es que…
-Insisto. Además, sería una pena perder la cita.
-Sí, eso es verdad.
-¿Quieres apuntarlo? ¡Venga!- Saqué el móvil- Anota: Sergio Vallejo, a las diez y media.
-Anotado.
¡Genial! Me encanta ayudar a la gente.
-A mí también.

En ese momento salió Gabriela de la consulta. Esbozaba una leve sonrisa, lo que nos hizo
sonreír al resto.

La doctora, pensé, debe de ser de las buenas.

-Oye, que entro- me dijo Sergio- ¿te veo al salir?
-Pues probablemente.
-Toma, por si quieres leer algo.

Me quedé con el folleto, que ojeé sin interés. Después me dediqué a observar a los otros
pacientes. Una mujer tosía, distraída, mientras se sacaba un pañuelo de la manga; un tipo
alto se sacaba un moco con discrección, lo que alargaba el proceso hasta la nausea. Un tipo
calvo se sujetaba con ambas manos la cabeza, como si le fuera a estallar.

¿Por qué no habré traído un libro, joder, en lugar de esta espera terrible?

Me llevé las manos a la cabeza, inconsciente, pues estaba más preocupado de lo que debía
ocurrir dentro, que de guardar las apariencias.

A saber qué va a añadir este tipo a mi historial. Bueno, es joven, muchos problemas no
debe tener. Pero esto no es serio, joder, no es serio. Uno debe de saber cuál es su lugar en
el mundo, y no meterse en la vida de los demás.

-Perdone ¿sabe por qué hora va?
-¿Cómo?
-La hora- me preguntó un señor mayor, que se había sentado a mi izquierda.
-¡Ah! Moisés Rodríguez- dije, y añadí- diez de la mañana.
-Creí que no llegaba ¡gracias a Dios! Yo tengo a las diez y cinco.
-Que sea enhorabuena.
-¿Y lleva mucho dentro?- el hombre comenzaba a perder saliva.
-No. Acaba de entrar.
-Mejor, porque tengo que ir al baño.

Se levantó, y cuando iba a girarse, se sentó de nuevo.

-Claro que si la doctora me nombra- dijo, escupiéndome en la cara- ya sería casualidad.
-Ya sería casualidad.
-Si me nombra, dígale que estoy en el baño.
-Claro- me limpié con la manga-. Ningún problema.
-Soy Juan Luis Panadero.
-Encantado, Juan Luis- dije mientras me echaba a la derecha, para refugiarme del agua.
-¿Y usted se llama?
-¿Eh? ¿Yo? Pues Sergio Vallejo, claro.
-Encantado, Sergio.

El hombre se giró y se alejó lentamente, arrastrando los pies. Yo aproveché para
recolocarme de nuevo en el asiento. En ese momento se abrió la puerta de la consulta, y salí
de ella, es decir, no yo, sino el otro Moisés Rodríguez. Me levanté enseguida.

-¿Cómo ha ido?
-Lo de siempre. Antiinflamatorios y estiramientos.
-Pues sí- reflexioné en voz alta- lo de siempre.
-Le he pedido una radiografía.
-Haces bien.

Yo nunca había pedido una radiografía. ¿Por qué? ¿Por dejadez? ¿Indiferencia? ¿Miedo
tal vez? Joder, no era tan difícil. A veces parece que tenga miedo a los médicos.

-Nunca se sabe- añadió.
-No- refunfuñé- nunca se sabe.
-Bueno, me piro.

No tuve ocasión de responder. La doctora había salido con la hoja de citas.

-¿Antonio Sánchez?

Un tipo levantó la mano.

-Pasa. ¿Juan Luis Panadero?

Miré a mi espalda. Juan Luis no había vuelto del aseo. Y tampoco sabía lo que iba a tardar.

-Soy yo.
-Detrás de Antonio.
-Sí, claro.

Era mi oportunidad para recuperar algo de tiempo, pero enseguida me sentí mal. Miré de
nuevo hacia el baño. Pero Juan Luis no volvía. ¿Qué estará haciendo? Sentí que me
sudaban las orejas. Me sentía como un asesino a punto de ser descubierto. Y sin embargo no
hacía nada malo. Me froté las manos hasta causarme dolor. Entonces me fijé en ellas:
estaban rojas, casi ensangrentadas. Tal vez siempre están rojas, claro, pero por lo general no
soy consciente. Sin embargo, en ese momento, me pareció un símbolo de mi infamia. Estaba
a punto de levantarme y gritar que todo era mentira, que yo no era Juan Luis, que quería ser
Moisés de nuevo. Pero preferí no decir nada, porque no sabía cómo iban a reaccionar los
demás.

Juan Luis, al fin, regresó del baño, y se sentó a mi lado. Yo interpuse con habilidad el folleto
entre nuestros cuerpos, dispuesto a sacrificarlo.

-¿Ya ha salido la doctora?- preguntó, nervioso.
-No. Es decir sí. Pero ha entrado de nuevo.
-¿Y me ha nombrado?
-Pues, ¿cómo dijo que se llamaba?
-!Juan Luis!
-Ah, sí, ya recuerdo, no lo ha nombrado.
-¿No?
-No. Ha nombrado a un tal Antonio. Y a mí. A mí también me ha nombrado.
-Y usted ¿a qué hora tenía?- El folleto comenzaba a perder densidad.
-Pues yo, yo tenía- miré fijamente a la puerta, sentí que iba a confesar, que no me quedaban
fuerzas para más mentiras- pues yo tenía hora antes que usted, claro.
-Sí, claro. Eso tiene sentido.

De los nervios, se me cayó el folleto. 

-Y usted- dijo mientras bombardeaba- ¿a qué viene?
-¿A dónde vengo?
-Al médico ¿no?
-¡Ah! Pues, pues a ver qué me cuenta la doctora.
-Pero algo le pasará.
-Algo me pasa, claro- respondí, pensando que la única forma de evitar su saliva era hablar
sin descanso- algún que otro problema tengo. No demasiado importante, desde luego, pero
siempre es bueno preguntar a los especialistas. Ya sabe, la-salud-es-lo-primero. Sólo somos
conscientes cuando la perdemos. Y, y vaya, que- no sabía cómo seguir- que me parece que
se está abriendo la puerta.

Me levanté y me acerqué a la puerta. Sentí que el corazón me latía rápido, y me dolían las
sienes.

-No se ha abierto.
-Pero se va a abrir. Es cuestión de segundos.

Comencé a arañar el marco, como un perro que pide que le tiren comida, y en ese instante
la puerta, como de milagro, se abrió.

-¡Buenos días!- dije al entrar, tropezando con Antonio, que quería salir.

La doctora me miró, sorprendida. No estaba acostumbrada a tanta intensidad.

-Juan Luis ¿verdad?
-Ese mismo- balbucí, y me dejé caer sobre la silla. Antonio salió, y cerró la puerta.
-Muy bien, Juan Luis, pues dígame, ¿por qué está aquí?

Joder, joder, joder. Tiene razón. ¿Por qué estoy aquí? Y yo qué sé, ya no, ya no recuerdo a
qué venía. Mierda, mierda, mierda. Que me va a pillar, que me va a pillar. Piensa, Juan
Luis, joder, piensa.

-Pues ustedes sabrán- mentí, sin entender por qué usaba el plural- ustedes me pidieron que
viniera hoy.
-Ah, claro, disculpe. Su doctora no está, y no conozco todos los casos. Si me da un minuto.
-Claro que sí.

Se quedó un rato mirando la pantalla del ordenador.

-Humm- dijo, y siguió leyendo.
-¿Humm?
-Ufff- agregó después.
-¿Ufff?- pregunté nervioso.
-¡Vaya!- añadió más adelante, y se dirigió a mí- ¿cómo la siente?
-¿El qué?
-La próstata, claro.
-Ah, bien. No suelo fijarme en eso.
-Veo que ha seguido creciendo.
-¿Yo?- respondí, sorprendido.
-Su próstata.
-¿Ah, sí?
-Eso dice el informe.
-Pues entonces sí- admití.
-¿Qué tal va al baño?
-Ah, con normalidad. No tengo queja.
-Tal vez sea hiperplaxia, pero habría que hacer un tacto rectal.
-Joder, eso no lo esperaba.
-Es una prueba común. Un poco molesta, pero ayuda a prevenir enfermedades.
-Usted es la doctora- dije mientras me sujetaba las sienes, que iban a estallar- lo que sea
necesario.
-Bien. Le daré un volante.

Cogí el volante, con las manos temblorosas, y salí de allí tan rápido como entré. Me crucé
con Juan Luis, que se interesó por mi salud.

-Una prueba de próstata- le dije.
-¿Usted también?
-Es lo que hay- respondí, con un poco de prisa.

Después salí, y no paré hasta llegar a casa. Aquí di doble vuelta al cerrojo, y me senté en el
sofá, a meditar lo que había sucedido. Tengo un montón de dudas. Todavía no sé quién soy
exactamente. Pero he comprobado que no siento necesidad de entrar al baño, y eso causa
angustia, mucha angustia.

sábado, 8 de marzo de 2014

La Desgraciada y Triste Muerte de Alfonso Payés

¡Ay, Alfonso, mira que estabas advertido! Un hombre como tú no debía entrar a un cementerio. ¡Nunca! Te lo había dicho muchas veces: la curiosidad te matará. Pero tú, terco y furioso, no quisiste hacerme caso. ¿Por qué compraste, Alfonso, esas orquídeas rojas? ¿Por qué cruzaste la valla del camposanto? Nada bueno podía surgir de una visita así. ¡Ay, Alfonso, con lo que tú amabas la vida! Decías que jamás querías morir, que tal vez eras ya inmortal ¿por qué arriesgaste tu suerte? ¿Por qué?
Era una noche desagradable. El viento tuvo que helar tus orejas. Además, la escarcha tenía que impedirte caminar. Y sin embargo entraste, con tus orquídeas rojas. Alfonso, tú nunca me engañaste. A ti no te daba miedo la muerte. Por eso caminaste entre tumbas. Pienso que ibas mirando las lápidas, leyendo las inscripciones, fijándote en las fechas, en los años vividos por los difuntos. ¡Ay, Alfonso, por qué tentaste de tal modo tu suerte! Otro en tu lugar se hubiera arrepentido. Era sencillo: bastaba con poner rostro lúgubre, disculparse con los muertos, y salir. Sí, salir, nada más... todo hubiera sido como hasta entonces, y ahora serías como nosotros. Pero avanzaste entre las tumbas...
¿Para quién eran las flores? No se compran orquídeas para dejarlas sobre una lápida cualquiera. ¿A quién buscabas que estuviese allí? Venías de otro pueblo, Alfonso, era tu tercer día en la ciudad. No conocías a nadie ¡Ni vivo ni muerto! Pero tú seguiste tu camino, despreciando la vida. Paseaste bajo de los cipreses, que no podían darte sombra. Y encontraste aquella lápida. Debió de ser a medianoche. Entre dos mausoleos una zanja, tan larga como tu cuerpo, tan estrecha que no podrían caber en ella dos hombres. ¡Aquella lápida, Alfonso! ¿Por qué tenías que agacharte para leer el nombre? ¿No te bastaba con el absurdo paseo? ¿Necesitabas saberlo todo? ¡Qué sorpresa tuviste que llevarte! Me lo puedo imaginar... Allí, en el mármol, con caracteres negros, y muy grandes, leíste: “Aquí yace Alfonso Payés Antón”. Y ese eras tú, ¡ja ja ja!, Alfonso; tú eras aquel que debía yacer allí.
Tendrías que haber huido. ¿Por qué te quedaste? Estabas fuera de la tumba. La zanja permanecía abierta, y tal vez se hubiese quedado así durante muchos años. Es probable que el operario del ayuntamiento, por previsión, hubiera cavado tu tumba en sus ratos libres. Sólo por si te morías de improviso en su pueblo, donde nadie te conocía. ¿Por qué te quedaste, Alfonso? ¿Por qué te inclinaste sobre ella y comenzaste  a frotar con la manga de la camisa el mármol? ¿Qué importaba que tuviese algo de barro? Podía limpiarse más adelante, cuando fuese a ser utilizada, no era necesario que salivases sobre ella y dejases tu nombre brillante. No, no era necesario. Llamabas a la desgracia. Nunca lo entenderé, Alfonso. Te quedaste casi una hora, arrodillado, delante de la zanja. No sé en qué pensabas, pero imagino tu rostro cuando, al levantarte, te encontraste frente a la muerte.
Algunos piensan que palideciste, que tus cabellos se tornaron canos, pero esos no te conocen. “Alfonso Payés, les digo con orgullo, jamás temió a la muerte. Si algo hizo fue analizarla con curiosidad”. Yo, en tu lugar, hubiera salido corriendo. Pero tú no. Tú miraste a la muerte. La observaste sorprendido, porque, en lugar de azada, llevaba una pala en su mano derecha. Ella bailó ante ti, estoy seguro, y tú bailaste con ella. No podía ser de otro modo. Lo que más te molestó es que no tuviera forma de cadáver, pero tampoco rostro humano. Quisiste dibujarla, o al menos hacer una descripción de su figura, pero ella se negó. ¡Ay, Alfonso, eso debió de enojarte bastante! Si no fuera por tu carácter... porque ella, estoy seguro, te pidió que te marcharas. No quería darte el abrazo eterno, ¡no quería! Y tú, terco como siempre fuiste, tenías que hacerle unas preguntas. ¡Nadie hace preguntas a la muerte! nadie... menos tú. No hay forma de hacerte callar. Por eso preguntaste si hay vida tras la muerte. Y ella se negó a responder ¡Y ni aún así huiste! ¿Por qué, Alfonso? ¿Por qué tenías que hacer otra pregunta? ¿Era necesario que preguntaras si era la primera vez que os veíais? Imagino tu cara cuando te dijo que no. Que ella te había estado rondando al menos ocho veces. ¿Cuándo? Preguntaste con curiosidad. Imagino tu sorpresa, Alfonso, cuando supiste que uno vive mientras no desea morir. Era un gran descubrimiento. Con eso te hubiese bastado para salir corriendo. Pero  la curiosidad te dominaba. ¿Por qué preguntaste para quién eran las orquídeas rojas? La muerte respondió que para ti. ¿Qué esperabas que dijese? Y ni aún así saliste corriendo. Querías saber si ella es la misma para todos los mortales. Y te dijo que no... Que cada uno de nosotros tiene su propia muerte, con su figura y su atuendo. ¿No era bastante, Alfonso? ¿Por qué te quedaste frente a ella? Te acercaste a su brazo derecho para admirar la pala que sujetaba sobre tu cabeza. De nada sirvió el fétido olor que desprendía, ni la ira que se iba acumulando en sus ojos. Tenías que tocar la pala... Alfonso, ¿por qué lo hiciste? ¡Aquel acto era un desprecio! Tenía que ser castigado. Además, colocar las orquídeas en su brazo izquierdo era una burla inadmisible. ¿Por qué tenías que reírte? Sólo te faltó mear sobre sus faldas. Estoy seguro de que lo hubieras hecho, y creo que la muerte también lo pensó cuando te vio bajarte los pantalones. Por eso avanzó un par de pasos hacia ti, y te obligó a retroceder. Pero, Alfonso, con los pantalones bajados, y la confusión de la noche no podías ver dónde ponías los pies. ¿Qué tuvo de extraño que resbalases en la zanja que había sido abierta para ti? ¿Qué podías hacer sino asirte a la pala, sujetarte en ella y, aprovechando el impulso, empujar a la muerte al fondo de la fosa? ¿Y qué podías hacer sino aprovechar la pala para tapar con arena el agujero y depositar encima de la tierra, con delicadeza, el ramo  de orquídeas rojas?...
¿Y ahora, Alfonso, qué vas a hacer ahora, que has alcanzado la inmortalidad?

jueves, 2 de febrero de 2012

De Cómo me Convertí en Diccionario (Fragmento del monólogo)

Entonces conocí al sabio. Llevaba tiempo mirado mis uñas, tan rectas, y se acercó. Yo lo miré, aún no lo admiraba, porque aún no sabía que era sabio. Tres frases dijo, y las tres acertó. La primera: no querrá usted un cortauñas, aunque para qué, añadió, si luego crecen. Y no querrá usted un reloj de marca, aunque para qué, si seguirá llegando tarde. Y no querrá, imagino, unas gafas de sol de lujo, quiero decir unas gafas de lujo para recibir  el sol, aunque para qué, ahora que estamos en febrero. Lo miré como hubiese mirado a Dios al otro lado de un paso de peatones. Después lo invité a mullir una de las sillas que se encontraban a mi alrededor. No quiso bebida, le bastaba con hablar. ¿Se ha dado cuenta, decía, de que ocho de cada diez kilogramos de materia que hay en el mundo, no son suyos? Es más- añadió- tal vez los otros dos tampoco, pero eso es cosa de la metafísica, y no quiero entrar en tema tan complejo. Sacó la lengua para humedecer los labios, lentamente, primero el de arriba y después el de abajo. Le propuse pedir un vaso de agua. ¿El agua?  El agua, amigo mío, no existe, es una ilusión, una quimera. Si existiera caería hacia otros planetas, sin control, y no es así. El agua es un invento, y sé quienes la han inventado: los que defienden, absurdamente y sin pruebas, que la tierra es redonda. Pues no, no lo es, y para comprobarlo basta con tomar una ruta en línea recta. Tarde o temprano caes al vacío, o sea al agua, que es también el vacío. Le pregunté, escuchad, le pregunté por qué no se puede respirar debajo del agua. ¿Cómo no puedes? Claro que puedes, es cuestión de fe. Si tienes fe respiras, y eso hacen los peces. Ahora, si tienes miedo, te ahogarás, no hay más qué decir. ¿Era o no era un sabio? Pedí un poco de agua antes que se relamiese de nuevo. El mundo se arregla enseguida- me dijo-, y si aún no se ha arreglado ha sido por negligencia, no por falta de interés. Según mis entendimientos, hay dos tipos de solución. La primera, el reparto de riqueza, que jamás se ha de conseguir. Ah, no, no, no se conseguirá jamás, ya se lo digo yo, antes se vuelve mariposa un gusano a que eso ocurra. Pero luego está la otra, la segunda opción, que es el reparto de pobreza, y ese es más sencillo. Que si tú me das parte de tu pobreza, y yo te doy parte de la mía, hasta que sean iguales, el mundo se arregla solo. Me levanté para irme. El sol, como yema de huevo reseco, ahogaba de luz mis retinas. El sabio, que se había quedado sentado, hablaba arrastrando las erres, que iban perforando el suelo.

sábado, 23 de julio de 2011

Monólogo del Jugador de Snooker

Una tarima pequeña, muy por debajo del actor. Un micrófono en el techo, sobre ella. Entra el jugador, despacio, mirando a los lados, asustado. Se coloca junto a la tarima. Va a apoyarse en ella, y es cuando se da cuenta de que está por debajo de su cintura. Hace un gesto a alguien entre el público, rogando que le cambien la tarima, después intenta levantarla un poco. Finalmente se encoge de hombros, saca un papel del bolsillo y lo coloca sobre ella.

Cuando me ofrecieron el premio, yo estaba de viaje.

Tose

Esto, después se achanta, ¿verdad? No tengo que decir la hoja de corrido, como si no tuviera pies. Claro, claro, ya va, un segundo.

Tose, con voz más altiva:


Cuando me ofrecieron el premio, yo estaba de viaje. Para mí es un orgullo defender a mi patria por encima del tren.... y del mar, con... ¿cómo dices que dije? Para mí es un orgullo defender a mi patria por encima del bien y del mal, con la satisfacción de sentirme querido.


Se aparta de la tarima y se acerca a un lateral, para hablar con alguien del público.

¿Quién ha escrito esta palabrería? ¿Qué tiene que ver el Snooker con la defensa del pais? Cuando levanto el taco lo hago por mi interés, no tengo intención de defender a nadie. ¡Que tengo que vivir de algo! Te diré lo que vamos a hacer, voy a decir lo que siento ¡No, no pienso improvisar! Diré lo primero que se me ocurra. El premio lo he recibido yo, y por eso yo decido. Enciende la cámara. ¿Qué está grabando? No quiero quedar como un pelele, ¿me oyes? Pues bien, allá va mi texto.


Coloca las manos en los bolsillos, mira de frente al público e intenta situarse debajo del micrófono, por lo que éste le golpea la cabeza. Con él sobre la cabeza comienza su discurso.

Paisanos y paisanas, vecinos todos de esta patria mía ¡Nuestra! Tengo el agradecimiento de decir, la suerte de contar, el orgullo y todo eso: me han nombrado Premio Nacional de Deportes. Y todo porque manejo el taco como nadie, ¡je! Tal vez algunos no sabréis qué hago en la vida, os lo voy a contar: juego al Snooker. El Snooker es el mejor deporte del mundo, vosotros lo confundiréis con el billar, pero no es así, es un juego distinto, aunque también tiene una mesa ¿Podemos traer una mesa de Snooker y otra de billar? ¿Podemos colocar aquí dos mesas?

Se acerca al lateral.

Para que la gente distinga un deporte del otro. No te entiendo ¿No te gusta lo que he dicho? Pues es mejor que aquello de la defensa de la patria y esas cosas que escribiste. Necesito una mesa, ¿puede ser o no? El público no va a entender por qué recibo el premio. Y la imagen es importante, eso me lo dijo mi representante hace unos meses. Yo me cuido, hasta me ducho a diario, para dar buena imagen. ¿No hay mesas? ¿Ni siquiera una de Snooker? No quiero que compres una mesa, puedes alquilarla. Bueno, da igual, sin mesa. Escucha, voy a leer el discurso que escribiste, pero luego seré yo quién decida si se emite. ¿Entiendes?


Se  coloca  junto al micrófono, y observa el papel. Lee sin ánimo.

Cuando me ofrecieron el premio... Para mí es un orgullo defender y bla, bla, bla ¡No voy a leer eso de nuevo! ¿Es necesario que lo lea? Está bien, repito. (sin interés) Cuando me ofrecieron el premio, yo estaba de viaje. Para mí es un orgullo defender a mi patria por encima del tren... del bien y del mal, con la satisfacción de sentirme querido. Por tanto, simplemente agradecer al señor ministro la entrega del premio.

Da la vuelta a la hoja, sorprendido.

¿Ya está? ¿Es posible? ¡Ah, no, no! Decir eso es decir nada. Es como... es como hablar de la pesca con mosca, y dar las gracias a las moscas. Yo quiero hablar de mi trabajo, de cómo levanto doce mil veces diarias el taco y cómo caen las bolas, cada una en su lugar, cuando son golpeadas. Hay arte en eso ¡Figúrate! Es una metáfora... no, es una metafísica de la vida. Pero ¿cómo contar mis sensaciones? Paso de seis a ocho horas diarias encorvado sobre una mesa, con los ojos puestos en las aristas inexistentes de unas esferas perfectas. No, demasiado complejo. Cada mañana somos golpeados por una bola, o algo así, que nos obliga a hacer algo que no deseamos. Sí, eso es profundo, pero ¿Qué ocurre cuando la bola que somos cae en el agujero sin fondo? Tiene que haber otra forma de contarlo... La luna es la bola blanca, eso es, la luna ¡La luna!


Abre los brazos como si quisiera sujetar el universo, cambia la voz a otra muy forzada.

Amigos, el snooker es el juego de los planetas. La luna es la bola blanca. Mercurio, que es rojo, es la bola roja. Venus, pues, digamos que la bola... negra. Sí, Venus es la bola negra. La tierra, la bola verde. Esta era sencilla. Marte... ¿no era Marte el planeta rojo? Entonces Marte la roja y Mercurio otra, la azul. (Se va cansando) Júpiter, ¡qué rayos sé cuál será Júpiter!


Vuelve al lateral

¿También te estoy aburriendo? La idea es que luego los planetas chocan, y se lanzan al universo, y se modifican las galaxias... sí, es aburrido.


Pensativo

No tiene que ser tan difícil... El Snooker es mi mundo, es un mundo, un mundo... ¡Ah, sí, ya lo tengo! ¡Graba, graba! ¡Ah, que sigues grabando!


Vuelve bajo el micrófono

Señores compatriotas: Una vez,  en algún lugar dentro de esta nación, nacemos. Todos hemos nacido, menos los que aún viven en el vientre de su madre, esperando su momento; tampoco los que aún no han sido fecundados, pero eso, de nuevo, es metafísica... ¡Oh, ya sé lo que quiero decir! Nacemos como pequeñas bolas que alguien coloca en una mesa, que es la vida. Y de color verde: porque venimos de forma natural, esto es, a la naturaleza. Sí, así, ¡así! Entonces, en la vida, nos encontramos con otras bolas, de otros colores porque son de otras razas, o de la misma si son del mismo color ¡Evidente!


Aparte, al lado de siempre

¡Esto marcha!

De nuevo al público

Pero la vida no es sencilla. Aunque intentamos hacer nuestra voluntad, siempre hay algo o alguien, mejor alguien, que nos maneja, que nos obliga a ir de aquí para allá. Es... es como un palo enorme, llamémosle taco, que nos lanza a descubrir mundo. Tal vez no lo hace de forma directa, tal vez son las otras bolas, las otras personas, las que nos mueven el centro, o nos conmueven, y nos hacen desplazarnos encima de la mesa.


Se emociona y tira del micrófono, que termina quedando por debajo de su cabeza. Entonces se agacha para que aún se le escuche.

Hasta que un día, el taco supremo se lanza sobre nosotros y nos condena al vértice de la mesa, nos hace regresar al agujero del que una vez salimos, que es como decir: ya hemos llegado a la muerte. Pues bien, todo eso, admirado público, todo eso es el Snooker. ¡Gracias de todo corazón!