Simón.- No lo sé. (La abraza suavemente) ¿Sabes? Un hombre, una vez, tuvo un sueño.
Sabel.- ¿Sí?
Simón.- Soñó una vez, y eso que no podía dormir.
Sabel.- ¿Y qué soñó?
Simón.- Que su jardín, bajo la tercera palmera, escondía un tesoro.
Sabel.- ¿Y qué ocurrió al despertar? ¿El tesoro estaba allí?
Simón.- Al despertar recordó que no tenía jardín, ni casa.
Sabel.- (Riendo) ¡Pues vaya una historia!
Simón.- Trabajó duramente diez años hasta comprar una casa con jardín. Cuando al fin era suya compró las herramientas precisas, pero comprobó que...
Sabel.- ¿Qué?
Simón.- Que en su jardín sólo había dos palmeras.
Sabel.- ¡Vaya!
Simón.- Así que plantó una tercera. Cuando estuvo crecida el hombre tenía ya setenta años.
Sabel.- ¡Qué desperdicio de vida!
Simón.- Es lo que ocurre cuando luchas por un sueño.
Sabel.- No te distraigas. ¿Qué pasó, entonces?
Simón.- El hombre, ya anciano, arrancó la palmera y comenzó a cavar. Día y noche, con las fuerzas que le quedaban, hasta que encontró una piedra de oro, enorme. Tan grande que no pudo sacarla con sus últimas fuerzas.
Sabel.- ¿Murió el anciano?
Simón.- No te adelantes. Pasó un hombre por allí y le pidió ayuda. El hombre preguntó qué le daría a cambio de la ayuda. El anciano, ocultando como podía el oro, respondió que su casa y su jardín. El hombre fue a buscar una cuerda para sacarle.
Sabel.- ¿Y le sacó? Seguro que le sacó. Todas las historias terminan bien.
Simón.- Tiró de la cuerda. Cuando estaba a mitad del camino, al anciano se le resbaló la piedra de oro entre las manos y cayó de nuevo.
Sabel.- ¿Ya está?
Simón.- Sí. El anciano ya no pudo bajar de nuevo. Ya no era su casa, ni su jardín.
Sabel.- ¿Y cuál es la moraleja?
Simón.- No lo sé. No me gustan las moralejas.
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miércoles, 3 de octubre de 2012
martes, 11 de enero de 2011
Un Tronco
Un tronco quebrado, podrido, hueco.
Refugio de la noche.
Llueven contra su carne
Gotas azules de odio,
Pedradas finas, ramadas de ausencia,
Hojas secas, pequeñas,
Con filo para serrar la corona.
Un caldo en la base se enciende, bulle,
Y arranca la semilla
Que se aferra, orgullosa, a las paredes.
Como un magma constante
Condensa, forma, sangra,
Derrota con furia las resistencias,
Para dejar la rabia.
Y la corteza
Con ansia de luz busca el cielo.
La rama, sola, crece hacia los rayos
Mientras que la raíz
Se alarga, cruje y quiebra,
Hasta que, ya vencida,
Separada, ciega, asume el color
Del fuego en la resina.
Refugio de la noche.
Llueven contra su carne
Gotas azules de odio,
Pedradas finas, ramadas de ausencia,
Hojas secas, pequeñas,
Con filo para serrar la corona.
Un caldo en la base se enciende, bulle,
Y arranca la semilla
Que se aferra, orgullosa, a las paredes.
Como un magma constante
Condensa, forma, sangra,
Derrota con furia las resistencias,
Para dejar la rabia.
Y la corteza
Con ansia de luz busca el cielo.
La rama, sola, crece hacia los rayos
Mientras que la raíz
Se alarga, cruje y quiebra,
Hasta que, ya vencida,
Separada, ciega, asume el color
Del fuego en la resina.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Sentado
Sentado a la sombra
de un árbol muy viejo,
observo un charco,
y veo el reflejo
de las ramas caídas,
de las hojas enormes,
de la traicionera poda
que realizaron los hombres;
del color ya amarillo
que sombrea sus hojas,
del azul del cielo,
de las ramas rojas;
de la luna breve,
de la nube blanca,
del aire que me mueve
y que me llevará mañana.
de un árbol muy viejo,
observo un charco,
y veo el reflejo
de las ramas caídas,
de las hojas enormes,
de la traicionera poda
que realizaron los hombres;
del color ya amarillo
que sombrea sus hojas,
del azul del cielo,
de las ramas rojas;
de la luna breve,
de la nube blanca,
del aire que me mueve
y que me llevará mañana.
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