Mario.- ¿Quieres que te ayude?
Carmen.- No, no, vuelve con tu mujer.
Mario.- ¡Carmen!
Carmen.- Mario, te espera tu esposa.
Mario.- Está reposando ¿Te ayudo con las verduras?
Carmen.- Regresa con ella.
Mario.- A ella la tendré toda la vida. A ti tan sólo hoy.
Carmen.- (Repite inconscientemente) Sólo hoy.
Mario.- ¿Te importa si fumo? Bueno, ¡qué te va a importar! Siempre fumaba en la cocina.
Carmen.- Haz lo que quieras.
Mario.- (Saca el tabaco de liar, duda) ¿Qué quieres que haga?
Carmen.- Saca la lechuga del frigorífico. Está en la bandeja de abajo.
Mario.- Ya tengo la lechuga ¿qué hago con ella?
Carmen.- Ponla sobre un plato.
Mario.- Nos casamos hace cuatro meses. Quería que fueras la primera persona en saberlo, porque... porque siempre estuviste pendiente de mí.
Carmen.- Cenamos y os marcháis.
Mario.- Has hecho tanto, que siempre te estaré agradecido.
Carmen.- Mejor no hablamos de esto, ¿te importa?
Mario.- No creerías cuántas veces cogí el teléfono, pero nunca tuve el valor de llamar. No era algo que pudiera contarse a distancia. Después todo ocurrió deprisa. El niño...
Carmen.- ¿No querías tener un niño?
Mario.- ¡Nadie dice por teléfono: voy a ser padre!
Carmen.- Imagino que no.
Mario.- Entonces decidí venir, solo. Te lo juro ¡Solo! Matilde se empeñó. Quería conocerte, porque te admiraba a través de mis ojos. ¿Has oído? ¡Mi mujer te admira!
Carmen mira con tristeza a Mario. Matilde trata de escuchar.
Carmen.- La lechuga.
Mario.- ¿Qué quieres que haga con la lechuga?
Carmen.- Busca un cuchillo y la abres. Después le arrancas el corazón.
viernes, 18 de abril de 2014
sábado, 8 de marzo de 2014
La Desgraciada y Triste Muerte de Alfonso Payés
¡Ay, Alfonso, mira que estabas advertido! Un hombre como tú no debía entrar a un cementerio. ¡Nunca! Te lo había dicho muchas veces: la curiosidad te matará. Pero tú, terco y furioso, no quisiste hacerme caso. ¿Por qué compraste, Alfonso, esas orquídeas rojas? ¿Por qué cruzaste la valla del camposanto? Nada bueno podía surgir de una visita así. ¡Ay, Alfonso, con lo que tú amabas la vida! Decías que jamás querías morir, que tal vez eras ya inmortal ¿por qué arriesgaste tu suerte? ¿Por qué?
Era una noche desagradable. El viento tuvo que helar tus orejas. Además, la escarcha tenía que impedirte caminar. Y sin embargo entraste, con tus orquídeas rojas. Alfonso, tú nunca me engañaste. A ti no te daba miedo la muerte. Por eso caminaste entre tumbas. Pienso que ibas mirando las lápidas, leyendo las inscripciones, fijándote en las fechas, en los años vividos por los difuntos. ¡Ay, Alfonso, por qué tentaste de tal modo tu suerte! Otro en tu lugar se hubiera arrepentido. Era sencillo: bastaba con poner rostro lúgubre, disculparse con los muertos, y salir. Sí, salir, nada más... todo hubiera sido como hasta entonces, y ahora serías como nosotros. Pero avanzaste entre las tumbas...
¿Para quién eran las flores? No se compran orquídeas para dejarlas sobre una lápida cualquiera. ¿A quién buscabas que estuviese allí? Venías de otro pueblo, Alfonso, era tu tercer día en la ciudad. No conocías a nadie ¡Ni vivo ni muerto! Pero tú seguiste tu camino, despreciando la vida. Paseaste bajo de los cipreses, que no podían darte sombra. Y encontraste aquella lápida. Debió de ser a medianoche. Entre dos mausoleos una zanja, tan larga como tu cuerpo, tan estrecha que no podrían caber en ella dos hombres. ¡Aquella lápida, Alfonso! ¿Por qué tenías que agacharte para leer el nombre? ¿No te bastaba con el absurdo paseo? ¿Necesitabas saberlo todo? ¡Qué sorpresa tuviste que llevarte! Me lo puedo imaginar... Allí, en el mármol, con caracteres negros, y muy grandes, leíste: “Aquí yace Alfonso Payés Antón”. Y ese eras tú, ¡ja ja ja!, Alfonso; tú eras aquel que debía yacer allí.
Tendrías que haber huido. ¿Por qué te quedaste? Estabas fuera de la tumba. La zanja permanecía abierta, y tal vez se hubiese quedado así durante muchos años. Es probable que el operario del ayuntamiento, por previsión, hubiera cavado tu tumba en sus ratos libres. Sólo por si te morías de improviso en su pueblo, donde nadie te conocía. ¿Por qué te quedaste, Alfonso? ¿Por qué te inclinaste sobre ella y comenzaste a frotar con la manga de la camisa el mármol? ¿Qué importaba que tuviese algo de barro? Podía limpiarse más adelante, cuando fuese a ser utilizada, no era necesario que salivases sobre ella y dejases tu nombre brillante. No, no era necesario. Llamabas a la desgracia. Nunca lo entenderé, Alfonso. Te quedaste casi una hora, arrodillado, delante de la zanja. No sé en qué pensabas, pero imagino tu rostro cuando, al levantarte, te encontraste frente a la muerte.
Algunos piensan que palideciste, que tus cabellos se tornaron canos, pero esos no te conocen. “Alfonso Payés, les digo con orgullo, jamás temió a la muerte. Si algo hizo fue analizarla con curiosidad”. Yo, en tu lugar, hubiera salido corriendo. Pero tú no. Tú miraste a la muerte. La observaste sorprendido, porque, en lugar de azada, llevaba una pala en su mano derecha. Ella bailó ante ti, estoy seguro, y tú bailaste con ella. No podía ser de otro modo. Lo que más te molestó es que no tuviera forma de cadáver, pero tampoco rostro humano. Quisiste dibujarla, o al menos hacer una descripción de su figura, pero ella se negó. ¡Ay, Alfonso, eso debió de enojarte bastante! Si no fuera por tu carácter... porque ella, estoy seguro, te pidió que te marcharas. No quería darte el abrazo eterno, ¡no quería! Y tú, terco como siempre fuiste, tenías que hacerle unas preguntas. ¡Nadie hace preguntas a la muerte! nadie... menos tú. No hay forma de hacerte callar. Por eso preguntaste si hay vida tras la muerte. Y ella se negó a responder ¡Y ni aún así huiste! ¿Por qué, Alfonso? ¿Por qué tenías que hacer otra pregunta? ¿Era necesario que preguntaras si era la primera vez que os veíais? Imagino tu cara cuando te dijo que no. Que ella te había estado rondando al menos ocho veces. ¿Cuándo? Preguntaste con curiosidad. Imagino tu sorpresa, Alfonso, cuando supiste que uno vive mientras no desea morir. Era un gran descubrimiento. Con eso te hubiese bastado para salir corriendo. Pero la curiosidad te dominaba. ¿Por qué preguntaste para quién eran las orquídeas rojas? La muerte respondió que para ti. ¿Qué esperabas que dijese? Y ni aún así saliste corriendo. Querías saber si ella es la misma para todos los mortales. Y te dijo que no... Que cada uno de nosotros tiene su propia muerte, con su figura y su atuendo. ¿No era bastante, Alfonso? ¿Por qué te quedaste frente a ella? Te acercaste a su brazo derecho para admirar la pala que sujetaba sobre tu cabeza. De nada sirvió el fétido olor que desprendía, ni la ira que se iba acumulando en sus ojos. Tenías que tocar la pala... Alfonso, ¿por qué lo hiciste? ¡Aquel acto era un desprecio! Tenía que ser castigado. Además, colocar las orquídeas en su brazo izquierdo era una burla inadmisible. ¿Por qué tenías que reírte? Sólo te faltó mear sobre sus faldas. Estoy seguro de que lo hubieras hecho, y creo que la muerte también lo pensó cuando te vio bajarte los pantalones. Por eso avanzó un par de pasos hacia ti, y te obligó a retroceder. Pero, Alfonso, con los pantalones bajados, y la confusión de la noche no podías ver dónde ponías los pies. ¿Qué tuvo de extraño que resbalases en la zanja que había sido abierta para ti? ¿Qué podías hacer sino asirte a la pala, sujetarte en ella y, aprovechando el impulso, empujar a la muerte al fondo de la fosa? ¿Y qué podías hacer sino aprovechar la pala para tapar con arena el agujero y depositar encima de la tierra, con delicadeza, el ramo de orquídeas rojas?...
¿Y ahora, Alfonso, qué vas a hacer ahora, que has alcanzado la inmortalidad?
Era una noche desagradable. El viento tuvo que helar tus orejas. Además, la escarcha tenía que impedirte caminar. Y sin embargo entraste, con tus orquídeas rojas. Alfonso, tú nunca me engañaste. A ti no te daba miedo la muerte. Por eso caminaste entre tumbas. Pienso que ibas mirando las lápidas, leyendo las inscripciones, fijándote en las fechas, en los años vividos por los difuntos. ¡Ay, Alfonso, por qué tentaste de tal modo tu suerte! Otro en tu lugar se hubiera arrepentido. Era sencillo: bastaba con poner rostro lúgubre, disculparse con los muertos, y salir. Sí, salir, nada más... todo hubiera sido como hasta entonces, y ahora serías como nosotros. Pero avanzaste entre las tumbas...
¿Para quién eran las flores? No se compran orquídeas para dejarlas sobre una lápida cualquiera. ¿A quién buscabas que estuviese allí? Venías de otro pueblo, Alfonso, era tu tercer día en la ciudad. No conocías a nadie ¡Ni vivo ni muerto! Pero tú seguiste tu camino, despreciando la vida. Paseaste bajo de los cipreses, que no podían darte sombra. Y encontraste aquella lápida. Debió de ser a medianoche. Entre dos mausoleos una zanja, tan larga como tu cuerpo, tan estrecha que no podrían caber en ella dos hombres. ¡Aquella lápida, Alfonso! ¿Por qué tenías que agacharte para leer el nombre? ¿No te bastaba con el absurdo paseo? ¿Necesitabas saberlo todo? ¡Qué sorpresa tuviste que llevarte! Me lo puedo imaginar... Allí, en el mármol, con caracteres negros, y muy grandes, leíste: “Aquí yace Alfonso Payés Antón”. Y ese eras tú, ¡ja ja ja!, Alfonso; tú eras aquel que debía yacer allí.
Tendrías que haber huido. ¿Por qué te quedaste? Estabas fuera de la tumba. La zanja permanecía abierta, y tal vez se hubiese quedado así durante muchos años. Es probable que el operario del ayuntamiento, por previsión, hubiera cavado tu tumba en sus ratos libres. Sólo por si te morías de improviso en su pueblo, donde nadie te conocía. ¿Por qué te quedaste, Alfonso? ¿Por qué te inclinaste sobre ella y comenzaste a frotar con la manga de la camisa el mármol? ¿Qué importaba que tuviese algo de barro? Podía limpiarse más adelante, cuando fuese a ser utilizada, no era necesario que salivases sobre ella y dejases tu nombre brillante. No, no era necesario. Llamabas a la desgracia. Nunca lo entenderé, Alfonso. Te quedaste casi una hora, arrodillado, delante de la zanja. No sé en qué pensabas, pero imagino tu rostro cuando, al levantarte, te encontraste frente a la muerte.
Algunos piensan que palideciste, que tus cabellos se tornaron canos, pero esos no te conocen. “Alfonso Payés, les digo con orgullo, jamás temió a la muerte. Si algo hizo fue analizarla con curiosidad”. Yo, en tu lugar, hubiera salido corriendo. Pero tú no. Tú miraste a la muerte. La observaste sorprendido, porque, en lugar de azada, llevaba una pala en su mano derecha. Ella bailó ante ti, estoy seguro, y tú bailaste con ella. No podía ser de otro modo. Lo que más te molestó es que no tuviera forma de cadáver, pero tampoco rostro humano. Quisiste dibujarla, o al menos hacer una descripción de su figura, pero ella se negó. ¡Ay, Alfonso, eso debió de enojarte bastante! Si no fuera por tu carácter... porque ella, estoy seguro, te pidió que te marcharas. No quería darte el abrazo eterno, ¡no quería! Y tú, terco como siempre fuiste, tenías que hacerle unas preguntas. ¡Nadie hace preguntas a la muerte! nadie... menos tú. No hay forma de hacerte callar. Por eso preguntaste si hay vida tras la muerte. Y ella se negó a responder ¡Y ni aún así huiste! ¿Por qué, Alfonso? ¿Por qué tenías que hacer otra pregunta? ¿Era necesario que preguntaras si era la primera vez que os veíais? Imagino tu cara cuando te dijo que no. Que ella te había estado rondando al menos ocho veces. ¿Cuándo? Preguntaste con curiosidad. Imagino tu sorpresa, Alfonso, cuando supiste que uno vive mientras no desea morir. Era un gran descubrimiento. Con eso te hubiese bastado para salir corriendo. Pero la curiosidad te dominaba. ¿Por qué preguntaste para quién eran las orquídeas rojas? La muerte respondió que para ti. ¿Qué esperabas que dijese? Y ni aún así saliste corriendo. Querías saber si ella es la misma para todos los mortales. Y te dijo que no... Que cada uno de nosotros tiene su propia muerte, con su figura y su atuendo. ¿No era bastante, Alfonso? ¿Por qué te quedaste frente a ella? Te acercaste a su brazo derecho para admirar la pala que sujetaba sobre tu cabeza. De nada sirvió el fétido olor que desprendía, ni la ira que se iba acumulando en sus ojos. Tenías que tocar la pala... Alfonso, ¿por qué lo hiciste? ¡Aquel acto era un desprecio! Tenía que ser castigado. Además, colocar las orquídeas en su brazo izquierdo era una burla inadmisible. ¿Por qué tenías que reírte? Sólo te faltó mear sobre sus faldas. Estoy seguro de que lo hubieras hecho, y creo que la muerte también lo pensó cuando te vio bajarte los pantalones. Por eso avanzó un par de pasos hacia ti, y te obligó a retroceder. Pero, Alfonso, con los pantalones bajados, y la confusión de la noche no podías ver dónde ponías los pies. ¿Qué tuvo de extraño que resbalases en la zanja que había sido abierta para ti? ¿Qué podías hacer sino asirte a la pala, sujetarte en ella y, aprovechando el impulso, empujar a la muerte al fondo de la fosa? ¿Y qué podías hacer sino aprovechar la pala para tapar con arena el agujero y depositar encima de la tierra, con delicadeza, el ramo de orquídeas rojas?...
¿Y ahora, Alfonso, qué vas a hacer ahora, que has alcanzado la inmortalidad?
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viernes, 6 de diciembre de 2013
El Dramaturgo (Fragmento)
Dramaturgo.- ¿Le molesta que me haya presentado de improviso?
Ruperto.- Sí, y también que haya roto la puerta de la habitación.
Dramaturgo.- Entre nosotros: esa puerta no vale nada. Con un pequeño empujón ha cedido. Yo de usted
pondría una queja en el hotel.
Ruperto.- Ciertamente es para quejarse.
Dramaturgo.- Quiero que sepa que me he quedado con el pomo en la mano. Por respeto lo he dejado en el
suelo. Pero no es razonable quedarse con el pomo en la mano.
Ruperto.- No es razonable, no.
Dramaturgo.- Y a ellos no les conviene: hoy se queda usted con el pomo, mañana con la puerta, pasado
con el grifo de la ducha, y antes de dejar el hotel se ha terminado una casa en otro barrio.
Ruperto.- El problema sería llevarse la cama.
Dramaturgo.- ¿Con la puerta rota?
Ruperto.- Sí, pero no pasaría por la puerta.
Dramaturgo.- Tiraríamos un tabique. Este no parece muy rígido. (da unos golpes) Si quiere lo tiro ya.
Creo que cederá pronto.
Ruperto.- No, aún no he decidido dónde voy a poner la cama.
Dramaturgo.- En una habitación, es lo que suele hacerse. Aunque tal vez usted sea de esas personas que
les gusta innovar. También puede ponerla en la cocina.
Ruperto.- Así podría comer tumbado.
Dramaturgo.- Y dar la vuelta a la sartén desde la cama. Porque cocinar agota.
Ruperto.- Y tanto. Yo prefiero la comida envasada.
Dramaturgo.- No, quite, quite. Eso es comer plástico. ¿Qué me dice de la pasta? La pasta se hace al
momento, no mancha nada, y es fácil de digerir.
Ruperto.- La pasta es un invento.
Dramaturgo.- De los italianos.
Ruperto.- De los italianos, pero un invento. Para eso las legumbres...
Dramaturgo.- Ah, las legumbres, nada, nada...
Ruperto.- Siempre en remojo, como los peces...
Dramaturgo.- Ah, los peces, nada, nada...
Ruperto.- Siempre en el agua, como el marisco.
Dramaturgo.- Ah, el marisco, nada, nada...
Ruperto.- ¿No le gusta el marisco?
Dramaturgo.- Nada, nada, nada mejor que el marisco.
Ruperto.- Sí, y también que haya roto la puerta de la habitación.
Dramaturgo.- Entre nosotros: esa puerta no vale nada. Con un pequeño empujón ha cedido. Yo de usted
pondría una queja en el hotel.
Ruperto.- Ciertamente es para quejarse.
Dramaturgo.- Quiero que sepa que me he quedado con el pomo en la mano. Por respeto lo he dejado en el
suelo. Pero no es razonable quedarse con el pomo en la mano.
Ruperto.- No es razonable, no.
Dramaturgo.- Y a ellos no les conviene: hoy se queda usted con el pomo, mañana con la puerta, pasado
con el grifo de la ducha, y antes de dejar el hotel se ha terminado una casa en otro barrio.
Ruperto.- El problema sería llevarse la cama.
Dramaturgo.- ¿Con la puerta rota?
Ruperto.- Sí, pero no pasaría por la puerta.
Dramaturgo.- Tiraríamos un tabique. Este no parece muy rígido. (da unos golpes) Si quiere lo tiro ya.
Creo que cederá pronto.
Ruperto.- No, aún no he decidido dónde voy a poner la cama.
Dramaturgo.- En una habitación, es lo que suele hacerse. Aunque tal vez usted sea de esas personas que
les gusta innovar. También puede ponerla en la cocina.
Ruperto.- Así podría comer tumbado.
Dramaturgo.- Y dar la vuelta a la sartén desde la cama. Porque cocinar agota.
Ruperto.- Y tanto. Yo prefiero la comida envasada.
Dramaturgo.- No, quite, quite. Eso es comer plástico. ¿Qué me dice de la pasta? La pasta se hace al
momento, no mancha nada, y es fácil de digerir.
Ruperto.- La pasta es un invento.
Dramaturgo.- De los italianos.
Ruperto.- De los italianos, pero un invento. Para eso las legumbres...
Dramaturgo.- Ah, las legumbres, nada, nada...
Ruperto.- Siempre en remojo, como los peces...
Dramaturgo.- Ah, los peces, nada, nada...
Ruperto.- Siempre en el agua, como el marisco.
Dramaturgo.- Ah, el marisco, nada, nada...
Ruperto.- ¿No le gusta el marisco?
Dramaturgo.- Nada, nada, nada mejor que el marisco.
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martes, 22 de octubre de 2013
El Bávaro (fragmento)
-¡Oh, Baviera, Baviera! El paraíso de los bávaros. ¡Qué hermoso es! A
propósito de Baviera. ¿Saben que conozco una historia que tiene mucho
que ver con Baviera?
-¿Nos la contarías?
-¡Pues claro! Espera un momento. ¡Junge, eh, junge! Mehr Möet Chandon. Danke! ¿De qué hablo yo ahora? ¡Ah, sí, la historia sobre Baviera. Aquí la llamamos Bayern, ¿lo sabías?
Me guiñó un ojo.
-Sí, lo sabía.
-¡Pues vaya una mierda! A ver qué te cuento yo ahora. Espera, que ya me acuerdo. La historia de Baviera. ¡El paraíso de los bávaros! Joder, eso ya lo he dicho.
De nuevo me guiñó un ojo.
-¿Sabes que me gustaría levantarme sobre la mesa y bailar un zapateado? Pero no puedo. ¿Y sabes por qué no puedo? ¿Lo sabes? ¿Lo sabes? Porque la otra se llevó la magia, y yo me quedé sólo con el nombre. ¿De qué estábamos hablando? ¡Ah, ja, la historia!
Estiró los brazos en cruz, inclinó la cabeza y esperó unos segundos. Cuando recogió los brazos, comenzó a hablar.
-Esto ocurrió en el siglo doce, o trece, o quince, o qué se yo, que yo no estaba.
Dio una palmada y se levantó.
-Entonces- prosiguió- el mundo era distinto. La gente era distinta, más... no sé, más... más o menos, más o menos distinta, no sé qué añadir ¿de qué estábamos hablando?
Me sacó la lengua.
-Cuando una mujer amaba a un hombre, se lo decía. Entonces era así. No había hipocresía, ni barba, ni pelos en el pecho. Al menos las mujeres no tenían pelos, o eso creo, lo leí, sí, lo leí en alguna parte. En una biblia, o en un libro de historia, ya no me acuerdo.
-Sí, bueno- interrumpí- pero ¿qué tiene que ver todo eso con baviera?
-¿No te has dado cuenta? Seguro que tus amigos sí ¿a que sí, eh? ¿A que sí? Esta historia que te estoy contando, ocurre en baviera. Pero si- se tambaleó- pero si no quieres escucharla. Estonce, entonces me voy.
Cayó sobre la mesa, inanimada, con un reguero de espuma cayéndole de la boca.
-Pina ¿te encuentras bien?
-¿No te he dicho que me fui? Haz el favor de no mirarme.
-Pero... pero no puedo no mirarte, estás ahí, delante de mí, sobre la mesa.
-¡Joder! Si no me miras no estoy. Eso es básico. No sé qué te enseñaron en la escuela.
Soltó un juramento en alemán, que no entendí, y quedó dormida.
-¿Nos la contarías?
-¡Pues claro! Espera un momento. ¡Junge, eh, junge! Mehr Möet Chandon. Danke! ¿De qué hablo yo ahora? ¡Ah, sí, la historia sobre Baviera. Aquí la llamamos Bayern, ¿lo sabías?
Me guiñó un ojo.
-Sí, lo sabía.
-¡Pues vaya una mierda! A ver qué te cuento yo ahora. Espera, que ya me acuerdo. La historia de Baviera. ¡El paraíso de los bávaros! Joder, eso ya lo he dicho.
De nuevo me guiñó un ojo.
-¿Sabes que me gustaría levantarme sobre la mesa y bailar un zapateado? Pero no puedo. ¿Y sabes por qué no puedo? ¿Lo sabes? ¿Lo sabes? Porque la otra se llevó la magia, y yo me quedé sólo con el nombre. ¿De qué estábamos hablando? ¡Ah, ja, la historia!
Estiró los brazos en cruz, inclinó la cabeza y esperó unos segundos. Cuando recogió los brazos, comenzó a hablar.
-Esto ocurrió en el siglo doce, o trece, o quince, o qué se yo, que yo no estaba.
Dio una palmada y se levantó.
-Entonces- prosiguió- el mundo era distinto. La gente era distinta, más... no sé, más... más o menos, más o menos distinta, no sé qué añadir ¿de qué estábamos hablando?
Me sacó la lengua.
-Cuando una mujer amaba a un hombre, se lo decía. Entonces era así. No había hipocresía, ni barba, ni pelos en el pecho. Al menos las mujeres no tenían pelos, o eso creo, lo leí, sí, lo leí en alguna parte. En una biblia, o en un libro de historia, ya no me acuerdo.
-Sí, bueno- interrumpí- pero ¿qué tiene que ver todo eso con baviera?
-¿No te has dado cuenta? Seguro que tus amigos sí ¿a que sí, eh? ¿A que sí? Esta historia que te estoy contando, ocurre en baviera. Pero si- se tambaleó- pero si no quieres escucharla. Estonce, entonces me voy.
Cayó sobre la mesa, inanimada, con un reguero de espuma cayéndole de la boca.
-Pina ¿te encuentras bien?
-¿No te he dicho que me fui? Haz el favor de no mirarme.
-Pero... pero no puedo no mirarte, estás ahí, delante de mí, sobre la mesa.
-¡Joder! Si no me miras no estoy. Eso es básico. No sé qué te enseñaron en la escuela.
Soltó un juramento en alemán, que no entendí, y quedó dormida.
sábado, 7 de septiembre de 2013
Heiffel (Estreno 16 de Noviembre)
Por la derecha aparece Marisa Holot, alcaldesa de L’Arbre Sense Raó. Avanza tan deprisa que está a punto de pasar de largo, pero Travis avanza un paso para que choque con él.
Marisa.- ¿Qué ocurre? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué están haciendo aquí? (Avanza hacia Travis, que se gira pensativo, como si no la viera) ¿No responden? ¡De acuerdo, tendrán noticias de mi abogado!
Intenta salir por la izquierda, pero choca con Castráñez, que se cruza en su camino.
Marisa.- Pero ¿Por qué me empuja? ¿Quién se ha creído que es? (Castráñez intenta girarse, pero Marisa le tira del brazo. Castráñez la mira) ¿Qué ocurre? ¿Nunca ha visto a una mujer?
Castráñez.- ¡Señor Eiffel!
Travis.- (Aún pensativo) ¿Qué desea?
Castráñez.- Esta mujer quiere hablar con usted.
Travis.- ¿Qué desea?
Marisa.- ¿Eiffel?
Travis.- Eugene Eiffel, discúlpe un momento. (Gritando)¡Castráñez!
Castráñez.- (Igual) ¡Señor Eiffel!
Travis.- ¿Cómo va el cálculo?
Castráñez.- Todo correcto.
Travis.- ¿Y esas medidas?
Castráñez.- (Va hacia la cinta métrica) Creo que entrará la torre.
Travis.- Claro que sí, podremos construirla.
Marisa.- ¿Por qué gritan si están tan cerca?
Travis.- Tiene razón. (Gritando) Prueba un poco más lejos.
Adolfino.- ¡Sí, señor Eiffel!
Marisa.- ¿Me puede explicar por qué están midiendo el terreno?
Travis.- ¿Por qué me grita si está a mi lado?
Marisa.- (Más bajo) Pregunto qué están midiendo.
Travis.- Y a usted ¿Qué le importa?
Marisa.- Este terreno pertenece a L’Arbre Sense Raó. Soy la alcaldesa del pueblo.
Castráñez.- Desde aquí tengo una vista estupenda, jefe.
Travis.- Maravilloso, sigue con ello. (A Marisa) Tengo que hablar con usted. Verá... (Se emociona) No sé cómo decirlo... he venido... con la intención de cumplir el último deseo de mi abuelo.
Marisa.- ¿Quién era su abuelo?
Travis.- En España nadie le conoce. Pero en Francia es muy querido. Se llamaba Gustave.
Marisa.- (Nerviosa) ¿Su abuelo era Gustave... Eiffel?
Travis.- ¿Ha oído hablar de él?
Marisa.- Toda España ha oído hablar de él y de su famosa torre.
Travis.- Entonces será más sencillo.
Marisa.- ¿Me va a decir lo que quiere hacer en este terreno?
Travis.- Construir una torre similar a la de París.
Marisa.- ¿En mitad del campo?
Travis.- ¿Sabe algo de geografía?
Marisa.- Muy poco.
Travis.- Observe una cosa. (Abre la cartera y saca un mapa, que despliega en el suelo) Observe París, el lugar en el que está situada la torre Eiffel.
Marisa.- sí.
Travis.- Si trazamos una circunferencia... ¡Castráñez!
Castráñez.- ¿Sí, señor Eiffel?
Travis.- Traiga un compás.
Castráñez.- ¿Un compás?
Marisa.- ¿Un compás?
Travis.- ¡Un compás!
Castráñez.- ¡Un compás!
Arranca una caña y coge una cuerda. Dobla la caña y con la cuerda fuerza para que no recupere su forma inicial.
Castráñez.- ¡El compás!
Travis.- ¡He aquí el compás!
Marisa.- (Sin entender por qué tanta alegría) ¡Al fin el compás!
Travis.- (Con el compás) Enseguida entenderá las intenciones de mi abuelo. Si trazamos con un compás desde París... (Mueve el compás según le apetece, sin ningún orden lógico) cuando terminamos el giro ¿Qué aparece?
Marisa.- ¿Qué aparece?
Travis.- ¡Lea!
Marisa.- Es que sin gafas... ¡L’Arbre Sense Raó!
Travis.- ¿Qué le parece?
Marisa.- Es... es absurdo.
Travis.- Voy a serle sincero. Cuando llegué a este lugar me preguntaba por qué mi abuelo había elegido un lugar tan... extraño para construir su segunda torre. Pero ahora, hablando con usted, lo he entendido.
Marisa.- Me alegro. Por mi parte no entiendo nada.
Travis.- La solución es sencilla. Quiso unir mediante dos torres...
Marisa.- ¿Sí?
Travis.- Quiso unir dos mundos tan distintos como complementarios. El centro del mundo, París, con el lugar más olvidado de la tierra, L’Arbre Sense Raó.
Marisa.- Eso tiene sentido.
Travis.- Escuche, las dos torres se mirarán una a la otra.
Marisa.- ¿Sí?
Travis.- ¿Nunca se dieron cuenta que la torre de París mira hacia ustedes?
Marisa.- ¿Cómo quiere que nos demos cuenta? Desde aquí no se ve...
Marisa.- ¿Qué ocurre? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué están haciendo aquí? (Avanza hacia Travis, que se gira pensativo, como si no la viera) ¿No responden? ¡De acuerdo, tendrán noticias de mi abogado!
Intenta salir por la izquierda, pero choca con Castráñez, que se cruza en su camino.
Marisa.- Pero ¿Por qué me empuja? ¿Quién se ha creído que es? (Castráñez intenta girarse, pero Marisa le tira del brazo. Castráñez la mira) ¿Qué ocurre? ¿Nunca ha visto a una mujer?
Castráñez.- ¡Señor Eiffel!
Travis.- (Aún pensativo) ¿Qué desea?
Castráñez.- Esta mujer quiere hablar con usted.
Travis.- ¿Qué desea?
Marisa.- ¿Eiffel?
Travis.- Eugene Eiffel, discúlpe un momento. (Gritando)¡Castráñez!
Castráñez.- (Igual) ¡Señor Eiffel!
Travis.- ¿Cómo va el cálculo?
Castráñez.- Todo correcto.
Travis.- ¿Y esas medidas?
Castráñez.- (Va hacia la cinta métrica) Creo que entrará la torre.
Travis.- Claro que sí, podremos construirla.
Marisa.- ¿Por qué gritan si están tan cerca?
Travis.- Tiene razón. (Gritando) Prueba un poco más lejos.
Adolfino.- ¡Sí, señor Eiffel!
Marisa.- ¿Me puede explicar por qué están midiendo el terreno?
Travis.- ¿Por qué me grita si está a mi lado?
Marisa.- (Más bajo) Pregunto qué están midiendo.
Travis.- Y a usted ¿Qué le importa?
Marisa.- Este terreno pertenece a L’Arbre Sense Raó. Soy la alcaldesa del pueblo.
Castráñez.- Desde aquí tengo una vista estupenda, jefe.
Travis.- Maravilloso, sigue con ello. (A Marisa) Tengo que hablar con usted. Verá... (Se emociona) No sé cómo decirlo... he venido... con la intención de cumplir el último deseo de mi abuelo.
Marisa.- ¿Quién era su abuelo?
Travis.- En España nadie le conoce. Pero en Francia es muy querido. Se llamaba Gustave.
Marisa.- (Nerviosa) ¿Su abuelo era Gustave... Eiffel?
Travis.- ¿Ha oído hablar de él?
Marisa.- Toda España ha oído hablar de él y de su famosa torre.
Travis.- Entonces será más sencillo.
Marisa.- ¿Me va a decir lo que quiere hacer en este terreno?
Travis.- Construir una torre similar a la de París.
Marisa.- ¿En mitad del campo?
Travis.- ¿Sabe algo de geografía?
Marisa.- Muy poco.
Travis.- Observe una cosa. (Abre la cartera y saca un mapa, que despliega en el suelo) Observe París, el lugar en el que está situada la torre Eiffel.
Marisa.- sí.
Travis.- Si trazamos una circunferencia... ¡Castráñez!
Castráñez.- ¿Sí, señor Eiffel?
Travis.- Traiga un compás.
Castráñez.- ¿Un compás?
Marisa.- ¿Un compás?
Travis.- ¡Un compás!
Castráñez.- ¡Un compás!
Arranca una caña y coge una cuerda. Dobla la caña y con la cuerda fuerza para que no recupere su forma inicial.
Castráñez.- ¡El compás!
Travis.- ¡He aquí el compás!
Marisa.- (Sin entender por qué tanta alegría) ¡Al fin el compás!
Travis.- (Con el compás) Enseguida entenderá las intenciones de mi abuelo. Si trazamos con un compás desde París... (Mueve el compás según le apetece, sin ningún orden lógico) cuando terminamos el giro ¿Qué aparece?
Marisa.- ¿Qué aparece?
Travis.- ¡Lea!
Marisa.- Es que sin gafas... ¡L’Arbre Sense Raó!
Travis.- ¿Qué le parece?
Marisa.- Es... es absurdo.
Travis.- Voy a serle sincero. Cuando llegué a este lugar me preguntaba por qué mi abuelo había elegido un lugar tan... extraño para construir su segunda torre. Pero ahora, hablando con usted, lo he entendido.
Marisa.- Me alegro. Por mi parte no entiendo nada.
Travis.- La solución es sencilla. Quiso unir mediante dos torres...
Marisa.- ¿Sí?
Travis.- Quiso unir dos mundos tan distintos como complementarios. El centro del mundo, París, con el lugar más olvidado de la tierra, L’Arbre Sense Raó.
Marisa.- Eso tiene sentido.
Travis.- Escuche, las dos torres se mirarán una a la otra.
Marisa.- ¿Sí?
Travis.- ¿Nunca se dieron cuenta que la torre de París mira hacia ustedes?
Marisa.- ¿Cómo quiere que nos demos cuenta? Desde aquí no se ve...
viernes, 26 de julio de 2013
El Bávaro
Arrugué la hoja y la tiré a una papelera. Al golpear el metal sonó como una campana. Se acercó un camarero para hablar conmigo.
-Deutsch?
-No- respondí con una sonrisa en cursiva- no soy alemán.
-Eso no es verdad- dijo él- tiene acento de Baviera.
Yo, que nunca había estado en Baviera, no me atreví a contradecirle.
-Además- añadió- se mueve como un bávaro.
-¿Es posible- pregunté- que sea Bávaro y nunca me haya dado cuenta?
-También es posible- razonó- que no lo sea, y nunca se haya dado cuenta.
-Y ahora ¿qué hacemos?
-Está de suerte. Tenemos codillo con chucrut. Usted lo prueba- sugirió- y si le agrada es que es un verdadero bávaro.
Acepté. El camarero se empeñó en colgarme una servilleta del cuello, después se alejó. Cuando volvió lo hizo con una generosa fuente de codillo. La carne, de un olor delicioso, ahumaba mi pelo. Sonreí.
-La típica sonrisa bávara- dijo, y se quedó pensativo- ¡Humm! O tal vez sajona.
Degusté el codillo con verdadero placer. Ya no había dudas, su sabor me trasladaba a otro mundo. Eran mis antepasados, con las papilas gustativas erectas, los que rechupeteaban el hueso por mí.
El camarero vino a servirme un poco más de chucrut.
-¡Halt!- dije- ya estoy lleno.
Era mi primera palabra en alemán, y ni siquiera sabía su significado. El camarero, satisfecho de su intuición, me daba palmaditas en la espalda.
-¿Desea algo más?
-Die rechnung!
-¿Perdone?
-Ah, disculpe, que usted no es bávaro. ¡La cuenta!
jueves, 4 de julio de 2013
El Coche
Claro está, yo nunca había conducido. Y me dejó ese coche tan grande, que no supe qué hacer. Si es muy sencillo, me decía, pisas embrague, metes primera, sueltas embrague mientras vas acelerando, y sales. Pero no fui capaz. ¿Por qué no lo coges tú? Supliqué. ¿Es que no ves que estoy borracha? Una copa, una simple copa de un líquido viscoso y quince hielos, y se había emborrachado. Propuso pasar la noche en el vehículo. Yo me negué, inútilmente, puesto que ninguno de los dos iba a arrancarlo. Ella se enroscó a mi cuello y me besó. No olía a alcohol, lo juro, pero afirmó que seguía borracha, muy borracha, porque tenía muchos problemas. ¿Qué te ocurre? Pregunté ¿A mí? ¿A mí? ¡La vida es una mierda! No supe qué decir, y agregó Yo soy madre soltera sin hijos. Me lancé sobre ella y la besé. De pronto me detuve Escucha, eso es imposible. Puedes ser madre, puedes ser soltera, pero no puedes ser madre sin hijos, soltera o no. Me separó de un golpe. ¿Y tú qué sabes? ¿Acaso eres mujer? No soy mujer, así que no me atreví a contestar. ¿Alguna vez has hecho el amor en un coche? Añadió guiñando un ojo. Pues no, y hoy tampoco será el día, porque a mis años no voy a comenzar... No pude acabar la frase, levantó una palanca que volcó el asiento, y subió sobre mí. A mí me preocupaba que pasara gente alrededor, pero enseguida me olvidé de ellos, excitado y perdido. ¿Peso mucho? Me preguntaba de vez en cuando. No, no, respondía yo, casi asfixiado. ¿Tú me quieres? Preguntó, enroscada en mi cuerpo. Alrededor del coche cuatro chicos nos aplaudían riendo. Yo saludé para que se marcharan. ¿Me quieres o no me quieres? Tragué saliva Así, en la primera noche... Es difícil responder. Hace una hora ni te conocía. Me besó en el pecho. Sí, eso es muy romántico ¿verdad? Comenzó a llover. Me dolía la espalda por la postura, y comenzaba a echar de menos mi casa. Propuse que nos marcháramos. ¿Ahora? No, quedémonos un rato más. Me miraba con ternura. Pensé que valía la pena, que a mis cuarenta y siete años había encontrado el amor, ese del que tanto se habla en las novelas, y la estreché contra mí. Busqué sus labios, perdidos entre mi camisa, y saboreé su jugo. ¿Sigues borracha? Pregunté ¡Oh, sí! Le brillaban los ojos. A mí también. Me alegro, dije, porque yo siento que... bah, tonterías, no puedo expresarlo con palabras. Sonrió y me besó en los labios. Me sentí feliz, por fin había encontrado eso que llaman amor verdadero. Sus ojos parecían repetirme la pregunta ¿me quieres? ¿Me quieres? ¿Me quieres? Y los míos le decían sí, sí, ¡Sí! Nos abrazamos con desesperación, yo supe que jamás debía dejarle marchar, y ella... Ella sonreía y me besaba detrás de la oreja y en la nuca.
Había dejado de llover. Miré el reloj: las once y media. Ella se incorporó, serena, fría, distante incluso. Venga, vámonos. Sí, pensé, vámonos ¿Dónde quieres que te deje? Dudé en la respuesta. Podemos ir a mi casa, dije al fin¸ soy un poco desordenado, pero prometo cambiar. Además tengo un gato, no sé si te molestan los animales, puedo dejarlo en la terraza de la cocina, hace frío, pero el gato tiene piel y mucho pelo, no le molestará. Parecía que rechazaba mi propuesta. Son casi las doce, dijo, es demasiado tarde. ¿Tarde?, respondí, ¿para qué es tarde? Se miró en el espejo del coche y se limpió alguna mancha que tenía por la cara, fruto de la fogosidad anterior. No quiero que él se preocupe. A mí me sudaban las manos. ¿Tampoco... Tampoco eres soltera? Dije al fin. ¿Tú que te crees? ¿Qué te he mentido? Claro que soy soltera. Respiró hondo. Vivimos juntos, eso es todo. Me derrumbé. ¿Nos veremos más adelante? Dije con un hilo de voz. No, creo que no. ¿Por qué? Sollocé. Es que si te veo demasiado será como si tuviera dos maridos, y no creo que me guste. De pronto se acumuló en mi cuerpo la energía que nunca tuve, coloqué el asiento en vertical, y, lleno de decisión, arranqué el coche. ¿Qué haces? Preguntó. Te vienes a mi casa, le dije. ¡Si no sabes conducir! Probé un par de veces con los pedales y conseguí salir del aparcamiento. Ella reía. Como broma está bien, pero déjalo ya. Estaba dispuesto a llevarla a mi casa. Creía que cubriéndola de besos y de cariño no se marcharía de mi lado. Ya jadeaba, rugía incluso, imaginando mi futura felicidad, cuando en un cruce se coló un camión de la basura. Yo quise frenar, ¡juro que lo intenté! Cuando el coche se detuvo tenía una bolsa sobre el cristal. Los dos vehículos quedaron unidos por la chapa. Ella comenzó a gritar, intentaba salir, pero la puerta, deformada, no obedecía, y yo... yo... qué voy a contarles. Yo intentaba calmarla, jurándole amor eterno mientras ella me abofeteaba. Escucha, escucha, has intentado robar el coche ¿entiendes? ¿entiendes? Gritaba. Yo la cogía de las manos. Escucha, le contesté, yo... yo hablaré con él, le diré que te amo, tiene que entenderlo, tiene que entenderlo.
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