domingo, 24 de agosto de 2014
El Único Testigo
-Sí, sí, sí. Escuchen. Yo, yo soy el único testigo. Yo lo vi todo, todo. ¿Con quién hablo? Ah, ¿Radio Nacional de España? Estupendo. Sí, os escucho bastante. Bueno, de vez en cuando. Soy más de televisión, ¿sabe? Ah, sí, perdón. Claro. Ya le decía. Yo lo vi todo. Ya le expliqué a la policía, sí, ya le expliqué. Me han tomado los datos. Para declarar, claro. Soy el único testigo. Ha sido una desgracia ¡una desgracia! Se le veía tan joven, bueno, creo que se le veía joven. Soy miope ¿sabe usted? Y no pude verle bien la cara. Bueno, ni la cara ni el cuerpo. En realidad pudo ser una mujer, tampoco estoy seguro. Pero yo creo que era más hombre que mujer, me lo dice la intuición. y esa no se equivoca. Y luego el coche, más que coche camioneta, o tal vez un camión. No, un coche no fue, porque oí el claxon, y los coches no tienen ese claxon. Y encima en un paso de cebra, o al menos en una línea continua, sí, había una línea en el suelo... ¿oiga? ¿Por qué se marcha? ¿Oiga?
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martes, 19 de agosto de 2014
Las Manos Rugosas
Hace una semana, mientras tecleaba en el ordenador, observé mis manos. Me pareció extraño no haberme dado cuenta de que están rugosas, y traté de recordar. Hace quince años, estoy seguro, tenía las manos firmes, juveniles, casi perfectas. ¿Qué ha podido ocurrir? ¿Será verdad que me estoy haciendo mayor? Eso me preocupa. Tal vez envejezco, aunque no sea consciente de ello. He decidido comprobarlo. Así que, desde el jueves, me he sentado con las manos sobre la mesa, a esperar. Por el momento, aclaro, no noto cambio alguno. Pero tal vez es pronto. Cuando lleve un mes o dos en esta postura sabré si las arrugas son casuales, o es que de verdad envejezco. Prometo informar de mis conclusiones. Si no me canso antes, que la espalda comienza a dolerme con más fuerza que hace quince años.
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viernes, 18 de abril de 2014
El manantial (fragmento)
Mario.- ¿Quieres que te ayude?
Carmen.- No, no, vuelve con tu mujer.
Mario.- ¡Carmen!
Carmen.- Mario, te espera tu esposa.
Mario.- Está reposando ¿Te ayudo con las verduras?
Carmen.- Regresa con ella.
Mario.- A ella la tendré toda la vida. A ti tan sólo hoy.
Carmen.- (Repite inconscientemente) Sólo hoy.
Mario.- ¿Te importa si fumo? Bueno, ¡qué te va a importar! Siempre fumaba en la cocina.
Carmen.- Haz lo que quieras.
Mario.- (Saca el tabaco de liar, duda) ¿Qué quieres que haga?
Carmen.- Saca la lechuga del frigorífico. Está en la bandeja de abajo.
Mario.- Ya tengo la lechuga ¿qué hago con ella?
Carmen.- Ponla sobre un plato.
Mario.- Nos casamos hace cuatro meses. Quería que fueras la primera persona en saberlo, porque... porque siempre estuviste pendiente de mí.
Carmen.- Cenamos y os marcháis.
Mario.- Has hecho tanto, que siempre te estaré agradecido.
Carmen.- Mejor no hablamos de esto, ¿te importa?
Mario.- No creerías cuántas veces cogí el teléfono, pero nunca tuve el valor de llamar. No era algo que pudiera contarse a distancia. Después todo ocurrió deprisa. El niño...
Carmen.- ¿No querías tener un niño?
Mario.- ¡Nadie dice por teléfono: voy a ser padre!
Carmen.- Imagino que no.
Mario.- Entonces decidí venir, solo. Te lo juro ¡Solo! Matilde se empeñó. Quería conocerte, porque te admiraba a través de mis ojos. ¿Has oído? ¡Mi mujer te admira!
Carmen mira con tristeza a Mario. Matilde trata de escuchar.
Carmen.- La lechuga.
Mario.- ¿Qué quieres que haga con la lechuga?
Carmen.- Busca un cuchillo y la abres. Después le arrancas el corazón.
Carmen.- No, no, vuelve con tu mujer.
Mario.- ¡Carmen!
Carmen.- Mario, te espera tu esposa.
Mario.- Está reposando ¿Te ayudo con las verduras?
Carmen.- Regresa con ella.
Mario.- A ella la tendré toda la vida. A ti tan sólo hoy.
Carmen.- (Repite inconscientemente) Sólo hoy.
Mario.- ¿Te importa si fumo? Bueno, ¡qué te va a importar! Siempre fumaba en la cocina.
Carmen.- Haz lo que quieras.
Mario.- (Saca el tabaco de liar, duda) ¿Qué quieres que haga?
Carmen.- Saca la lechuga del frigorífico. Está en la bandeja de abajo.
Mario.- Ya tengo la lechuga ¿qué hago con ella?
Carmen.- Ponla sobre un plato.
Mario.- Nos casamos hace cuatro meses. Quería que fueras la primera persona en saberlo, porque... porque siempre estuviste pendiente de mí.
Carmen.- Cenamos y os marcháis.
Mario.- Has hecho tanto, que siempre te estaré agradecido.
Carmen.- Mejor no hablamos de esto, ¿te importa?
Mario.- No creerías cuántas veces cogí el teléfono, pero nunca tuve el valor de llamar. No era algo que pudiera contarse a distancia. Después todo ocurrió deprisa. El niño...
Carmen.- ¿No querías tener un niño?
Mario.- ¡Nadie dice por teléfono: voy a ser padre!
Carmen.- Imagino que no.
Mario.- Entonces decidí venir, solo. Te lo juro ¡Solo! Matilde se empeñó. Quería conocerte, porque te admiraba a través de mis ojos. ¿Has oído? ¡Mi mujer te admira!
Carmen mira con tristeza a Mario. Matilde trata de escuchar.
Carmen.- La lechuga.
Mario.- ¿Qué quieres que haga con la lechuga?
Carmen.- Busca un cuchillo y la abres. Después le arrancas el corazón.
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sábado, 8 de marzo de 2014
La Desgraciada y Triste Muerte de Alfonso Payés
¡Ay, Alfonso, mira que estabas advertido! Un hombre como tú no debía entrar a un cementerio. ¡Nunca! Te lo había dicho muchas veces: la curiosidad te matará. Pero tú, terco y furioso, no quisiste hacerme caso. ¿Por qué compraste, Alfonso, esas orquídeas rojas? ¿Por qué cruzaste la valla del camposanto? Nada bueno podía surgir de una visita así. ¡Ay, Alfonso, con lo que tú amabas la vida! Decías que jamás querías morir, que tal vez eras ya inmortal ¿por qué arriesgaste tu suerte? ¿Por qué?
Era una noche desagradable. El viento tuvo que helar tus orejas. Además, la escarcha tenía que impedirte caminar. Y sin embargo entraste, con tus orquídeas rojas. Alfonso, tú nunca me engañaste. A ti no te daba miedo la muerte. Por eso caminaste entre tumbas. Pienso que ibas mirando las lápidas, leyendo las inscripciones, fijándote en las fechas, en los años vividos por los difuntos. ¡Ay, Alfonso, por qué tentaste de tal modo tu suerte! Otro en tu lugar se hubiera arrepentido. Era sencillo: bastaba con poner rostro lúgubre, disculparse con los muertos, y salir. Sí, salir, nada más... todo hubiera sido como hasta entonces, y ahora serías como nosotros. Pero avanzaste entre las tumbas...
¿Para quién eran las flores? No se compran orquídeas para dejarlas sobre una lápida cualquiera. ¿A quién buscabas que estuviese allí? Venías de otro pueblo, Alfonso, era tu tercer día en la ciudad. No conocías a nadie ¡Ni vivo ni muerto! Pero tú seguiste tu camino, despreciando la vida. Paseaste bajo de los cipreses, que no podían darte sombra. Y encontraste aquella lápida. Debió de ser a medianoche. Entre dos mausoleos una zanja, tan larga como tu cuerpo, tan estrecha que no podrían caber en ella dos hombres. ¡Aquella lápida, Alfonso! ¿Por qué tenías que agacharte para leer el nombre? ¿No te bastaba con el absurdo paseo? ¿Necesitabas saberlo todo? ¡Qué sorpresa tuviste que llevarte! Me lo puedo imaginar... Allí, en el mármol, con caracteres negros, y muy grandes, leíste: “Aquí yace Alfonso Payés Antón”. Y ese eras tú, ¡ja ja ja!, Alfonso; tú eras aquel que debía yacer allí.
Tendrías que haber huido. ¿Por qué te quedaste? Estabas fuera de la tumba. La zanja permanecía abierta, y tal vez se hubiese quedado así durante muchos años. Es probable que el operario del ayuntamiento, por previsión, hubiera cavado tu tumba en sus ratos libres. Sólo por si te morías de improviso en su pueblo, donde nadie te conocía. ¿Por qué te quedaste, Alfonso? ¿Por qué te inclinaste sobre ella y comenzaste a frotar con la manga de la camisa el mármol? ¿Qué importaba que tuviese algo de barro? Podía limpiarse más adelante, cuando fuese a ser utilizada, no era necesario que salivases sobre ella y dejases tu nombre brillante. No, no era necesario. Llamabas a la desgracia. Nunca lo entenderé, Alfonso. Te quedaste casi una hora, arrodillado, delante de la zanja. No sé en qué pensabas, pero imagino tu rostro cuando, al levantarte, te encontraste frente a la muerte.
Algunos piensan que palideciste, que tus cabellos se tornaron canos, pero esos no te conocen. “Alfonso Payés, les digo con orgullo, jamás temió a la muerte. Si algo hizo fue analizarla con curiosidad”. Yo, en tu lugar, hubiera salido corriendo. Pero tú no. Tú miraste a la muerte. La observaste sorprendido, porque, en lugar de azada, llevaba una pala en su mano derecha. Ella bailó ante ti, estoy seguro, y tú bailaste con ella. No podía ser de otro modo. Lo que más te molestó es que no tuviera forma de cadáver, pero tampoco rostro humano. Quisiste dibujarla, o al menos hacer una descripción de su figura, pero ella se negó. ¡Ay, Alfonso, eso debió de enojarte bastante! Si no fuera por tu carácter... porque ella, estoy seguro, te pidió que te marcharas. No quería darte el abrazo eterno, ¡no quería! Y tú, terco como siempre fuiste, tenías que hacerle unas preguntas. ¡Nadie hace preguntas a la muerte! nadie... menos tú. No hay forma de hacerte callar. Por eso preguntaste si hay vida tras la muerte. Y ella se negó a responder ¡Y ni aún así huiste! ¿Por qué, Alfonso? ¿Por qué tenías que hacer otra pregunta? ¿Era necesario que preguntaras si era la primera vez que os veíais? Imagino tu cara cuando te dijo que no. Que ella te había estado rondando al menos ocho veces. ¿Cuándo? Preguntaste con curiosidad. Imagino tu sorpresa, Alfonso, cuando supiste que uno vive mientras no desea morir. Era un gran descubrimiento. Con eso te hubiese bastado para salir corriendo. Pero la curiosidad te dominaba. ¿Por qué preguntaste para quién eran las orquídeas rojas? La muerte respondió que para ti. ¿Qué esperabas que dijese? Y ni aún así saliste corriendo. Querías saber si ella es la misma para todos los mortales. Y te dijo que no... Que cada uno de nosotros tiene su propia muerte, con su figura y su atuendo. ¿No era bastante, Alfonso? ¿Por qué te quedaste frente a ella? Te acercaste a su brazo derecho para admirar la pala que sujetaba sobre tu cabeza. De nada sirvió el fétido olor que desprendía, ni la ira que se iba acumulando en sus ojos. Tenías que tocar la pala... Alfonso, ¿por qué lo hiciste? ¡Aquel acto era un desprecio! Tenía que ser castigado. Además, colocar las orquídeas en su brazo izquierdo era una burla inadmisible. ¿Por qué tenías que reírte? Sólo te faltó mear sobre sus faldas. Estoy seguro de que lo hubieras hecho, y creo que la muerte también lo pensó cuando te vio bajarte los pantalones. Por eso avanzó un par de pasos hacia ti, y te obligó a retroceder. Pero, Alfonso, con los pantalones bajados, y la confusión de la noche no podías ver dónde ponías los pies. ¿Qué tuvo de extraño que resbalases en la zanja que había sido abierta para ti? ¿Qué podías hacer sino asirte a la pala, sujetarte en ella y, aprovechando el impulso, empujar a la muerte al fondo de la fosa? ¿Y qué podías hacer sino aprovechar la pala para tapar con arena el agujero y depositar encima de la tierra, con delicadeza, el ramo de orquídeas rojas?...
¿Y ahora, Alfonso, qué vas a hacer ahora, que has alcanzado la inmortalidad?
Era una noche desagradable. El viento tuvo que helar tus orejas. Además, la escarcha tenía que impedirte caminar. Y sin embargo entraste, con tus orquídeas rojas. Alfonso, tú nunca me engañaste. A ti no te daba miedo la muerte. Por eso caminaste entre tumbas. Pienso que ibas mirando las lápidas, leyendo las inscripciones, fijándote en las fechas, en los años vividos por los difuntos. ¡Ay, Alfonso, por qué tentaste de tal modo tu suerte! Otro en tu lugar se hubiera arrepentido. Era sencillo: bastaba con poner rostro lúgubre, disculparse con los muertos, y salir. Sí, salir, nada más... todo hubiera sido como hasta entonces, y ahora serías como nosotros. Pero avanzaste entre las tumbas...
¿Para quién eran las flores? No se compran orquídeas para dejarlas sobre una lápida cualquiera. ¿A quién buscabas que estuviese allí? Venías de otro pueblo, Alfonso, era tu tercer día en la ciudad. No conocías a nadie ¡Ni vivo ni muerto! Pero tú seguiste tu camino, despreciando la vida. Paseaste bajo de los cipreses, que no podían darte sombra. Y encontraste aquella lápida. Debió de ser a medianoche. Entre dos mausoleos una zanja, tan larga como tu cuerpo, tan estrecha que no podrían caber en ella dos hombres. ¡Aquella lápida, Alfonso! ¿Por qué tenías que agacharte para leer el nombre? ¿No te bastaba con el absurdo paseo? ¿Necesitabas saberlo todo? ¡Qué sorpresa tuviste que llevarte! Me lo puedo imaginar... Allí, en el mármol, con caracteres negros, y muy grandes, leíste: “Aquí yace Alfonso Payés Antón”. Y ese eras tú, ¡ja ja ja!, Alfonso; tú eras aquel que debía yacer allí.
Tendrías que haber huido. ¿Por qué te quedaste? Estabas fuera de la tumba. La zanja permanecía abierta, y tal vez se hubiese quedado así durante muchos años. Es probable que el operario del ayuntamiento, por previsión, hubiera cavado tu tumba en sus ratos libres. Sólo por si te morías de improviso en su pueblo, donde nadie te conocía. ¿Por qué te quedaste, Alfonso? ¿Por qué te inclinaste sobre ella y comenzaste a frotar con la manga de la camisa el mármol? ¿Qué importaba que tuviese algo de barro? Podía limpiarse más adelante, cuando fuese a ser utilizada, no era necesario que salivases sobre ella y dejases tu nombre brillante. No, no era necesario. Llamabas a la desgracia. Nunca lo entenderé, Alfonso. Te quedaste casi una hora, arrodillado, delante de la zanja. No sé en qué pensabas, pero imagino tu rostro cuando, al levantarte, te encontraste frente a la muerte.
Algunos piensan que palideciste, que tus cabellos se tornaron canos, pero esos no te conocen. “Alfonso Payés, les digo con orgullo, jamás temió a la muerte. Si algo hizo fue analizarla con curiosidad”. Yo, en tu lugar, hubiera salido corriendo. Pero tú no. Tú miraste a la muerte. La observaste sorprendido, porque, en lugar de azada, llevaba una pala en su mano derecha. Ella bailó ante ti, estoy seguro, y tú bailaste con ella. No podía ser de otro modo. Lo que más te molestó es que no tuviera forma de cadáver, pero tampoco rostro humano. Quisiste dibujarla, o al menos hacer una descripción de su figura, pero ella se negó. ¡Ay, Alfonso, eso debió de enojarte bastante! Si no fuera por tu carácter... porque ella, estoy seguro, te pidió que te marcharas. No quería darte el abrazo eterno, ¡no quería! Y tú, terco como siempre fuiste, tenías que hacerle unas preguntas. ¡Nadie hace preguntas a la muerte! nadie... menos tú. No hay forma de hacerte callar. Por eso preguntaste si hay vida tras la muerte. Y ella se negó a responder ¡Y ni aún así huiste! ¿Por qué, Alfonso? ¿Por qué tenías que hacer otra pregunta? ¿Era necesario que preguntaras si era la primera vez que os veíais? Imagino tu cara cuando te dijo que no. Que ella te había estado rondando al menos ocho veces. ¿Cuándo? Preguntaste con curiosidad. Imagino tu sorpresa, Alfonso, cuando supiste que uno vive mientras no desea morir. Era un gran descubrimiento. Con eso te hubiese bastado para salir corriendo. Pero la curiosidad te dominaba. ¿Por qué preguntaste para quién eran las orquídeas rojas? La muerte respondió que para ti. ¿Qué esperabas que dijese? Y ni aún así saliste corriendo. Querías saber si ella es la misma para todos los mortales. Y te dijo que no... Que cada uno de nosotros tiene su propia muerte, con su figura y su atuendo. ¿No era bastante, Alfonso? ¿Por qué te quedaste frente a ella? Te acercaste a su brazo derecho para admirar la pala que sujetaba sobre tu cabeza. De nada sirvió el fétido olor que desprendía, ni la ira que se iba acumulando en sus ojos. Tenías que tocar la pala... Alfonso, ¿por qué lo hiciste? ¡Aquel acto era un desprecio! Tenía que ser castigado. Además, colocar las orquídeas en su brazo izquierdo era una burla inadmisible. ¿Por qué tenías que reírte? Sólo te faltó mear sobre sus faldas. Estoy seguro de que lo hubieras hecho, y creo que la muerte también lo pensó cuando te vio bajarte los pantalones. Por eso avanzó un par de pasos hacia ti, y te obligó a retroceder. Pero, Alfonso, con los pantalones bajados, y la confusión de la noche no podías ver dónde ponías los pies. ¿Qué tuvo de extraño que resbalases en la zanja que había sido abierta para ti? ¿Qué podías hacer sino asirte a la pala, sujetarte en ella y, aprovechando el impulso, empujar a la muerte al fondo de la fosa? ¿Y qué podías hacer sino aprovechar la pala para tapar con arena el agujero y depositar encima de la tierra, con delicadeza, el ramo de orquídeas rojas?...
¿Y ahora, Alfonso, qué vas a hacer ahora, que has alcanzado la inmortalidad?
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viernes, 6 de diciembre de 2013
El Dramaturgo (Fragmento)
Dramaturgo.- ¿Le molesta que me haya presentado de improviso?
Ruperto.- Sí, y también que haya roto la puerta de la habitación.
Dramaturgo.- Entre nosotros: esa puerta no vale nada. Con un pequeño empujón ha cedido. Yo de usted
pondría una queja en el hotel.
Ruperto.- Ciertamente es para quejarse.
Dramaturgo.- Quiero que sepa que me he quedado con el pomo en la mano. Por respeto lo he dejado en el
suelo. Pero no es razonable quedarse con el pomo en la mano.
Ruperto.- No es razonable, no.
Dramaturgo.- Y a ellos no les conviene: hoy se queda usted con el pomo, mañana con la puerta, pasado
con el grifo de la ducha, y antes de dejar el hotel se ha terminado una casa en otro barrio.
Ruperto.- El problema sería llevarse la cama.
Dramaturgo.- ¿Con la puerta rota?
Ruperto.- Sí, pero no pasaría por la puerta.
Dramaturgo.- Tiraríamos un tabique. Este no parece muy rígido. (da unos golpes) Si quiere lo tiro ya.
Creo que cederá pronto.
Ruperto.- No, aún no he decidido dónde voy a poner la cama.
Dramaturgo.- En una habitación, es lo que suele hacerse. Aunque tal vez usted sea de esas personas que
les gusta innovar. También puede ponerla en la cocina.
Ruperto.- Así podría comer tumbado.
Dramaturgo.- Y dar la vuelta a la sartén desde la cama. Porque cocinar agota.
Ruperto.- Y tanto. Yo prefiero la comida envasada.
Dramaturgo.- No, quite, quite. Eso es comer plástico. ¿Qué me dice de la pasta? La pasta se hace al
momento, no mancha nada, y es fácil de digerir.
Ruperto.- La pasta es un invento.
Dramaturgo.- De los italianos.
Ruperto.- De los italianos, pero un invento. Para eso las legumbres...
Dramaturgo.- Ah, las legumbres, nada, nada...
Ruperto.- Siempre en remojo, como los peces...
Dramaturgo.- Ah, los peces, nada, nada...
Ruperto.- Siempre en el agua, como el marisco.
Dramaturgo.- Ah, el marisco, nada, nada...
Ruperto.- ¿No le gusta el marisco?
Dramaturgo.- Nada, nada, nada mejor que el marisco.
Ruperto.- Sí, y también que haya roto la puerta de la habitación.
Dramaturgo.- Entre nosotros: esa puerta no vale nada. Con un pequeño empujón ha cedido. Yo de usted
pondría una queja en el hotel.
Ruperto.- Ciertamente es para quejarse.
Dramaturgo.- Quiero que sepa que me he quedado con el pomo en la mano. Por respeto lo he dejado en el
suelo. Pero no es razonable quedarse con el pomo en la mano.
Ruperto.- No es razonable, no.
Dramaturgo.- Y a ellos no les conviene: hoy se queda usted con el pomo, mañana con la puerta, pasado
con el grifo de la ducha, y antes de dejar el hotel se ha terminado una casa en otro barrio.
Ruperto.- El problema sería llevarse la cama.
Dramaturgo.- ¿Con la puerta rota?
Ruperto.- Sí, pero no pasaría por la puerta.
Dramaturgo.- Tiraríamos un tabique. Este no parece muy rígido. (da unos golpes) Si quiere lo tiro ya.
Creo que cederá pronto.
Ruperto.- No, aún no he decidido dónde voy a poner la cama.
Dramaturgo.- En una habitación, es lo que suele hacerse. Aunque tal vez usted sea de esas personas que
les gusta innovar. También puede ponerla en la cocina.
Ruperto.- Así podría comer tumbado.
Dramaturgo.- Y dar la vuelta a la sartén desde la cama. Porque cocinar agota.
Ruperto.- Y tanto. Yo prefiero la comida envasada.
Dramaturgo.- No, quite, quite. Eso es comer plástico. ¿Qué me dice de la pasta? La pasta se hace al
momento, no mancha nada, y es fácil de digerir.
Ruperto.- La pasta es un invento.
Dramaturgo.- De los italianos.
Ruperto.- De los italianos, pero un invento. Para eso las legumbres...
Dramaturgo.- Ah, las legumbres, nada, nada...
Ruperto.- Siempre en remojo, como los peces...
Dramaturgo.- Ah, los peces, nada, nada...
Ruperto.- Siempre en el agua, como el marisco.
Dramaturgo.- Ah, el marisco, nada, nada...
Ruperto.- ¿No le gusta el marisco?
Dramaturgo.- Nada, nada, nada mejor que el marisco.
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martes, 22 de octubre de 2013
El Bávaro (fragmento)
-¡Oh, Baviera, Baviera! El paraíso de los bávaros. ¡Qué hermoso es! A
propósito de Baviera. ¿Saben que conozco una historia que tiene mucho
que ver con Baviera?
-¿Nos la contarías?
-¡Pues claro! Espera un momento. ¡Junge, eh, junge! Mehr Möet Chandon. Danke! ¿De qué hablo yo ahora? ¡Ah, sí, la historia sobre Baviera. Aquí la llamamos Bayern, ¿lo sabías?
Me guiñó un ojo.
-Sí, lo sabía.
-¡Pues vaya una mierda! A ver qué te cuento yo ahora. Espera, que ya me acuerdo. La historia de Baviera. ¡El paraíso de los bávaros! Joder, eso ya lo he dicho.
De nuevo me guiñó un ojo.
-¿Sabes que me gustaría levantarme sobre la mesa y bailar un zapateado? Pero no puedo. ¿Y sabes por qué no puedo? ¿Lo sabes? ¿Lo sabes? Porque la otra se llevó la magia, y yo me quedé sólo con el nombre. ¿De qué estábamos hablando? ¡Ah, ja, la historia!
Estiró los brazos en cruz, inclinó la cabeza y esperó unos segundos. Cuando recogió los brazos, comenzó a hablar.
-Esto ocurrió en el siglo doce, o trece, o quince, o qué se yo, que yo no estaba.
Dio una palmada y se levantó.
-Entonces- prosiguió- el mundo era distinto. La gente era distinta, más... no sé, más... más o menos, más o menos distinta, no sé qué añadir ¿de qué estábamos hablando?
Me sacó la lengua.
-Cuando una mujer amaba a un hombre, se lo decía. Entonces era así. No había hipocresía, ni barba, ni pelos en el pecho. Al menos las mujeres no tenían pelos, o eso creo, lo leí, sí, lo leí en alguna parte. En una biblia, o en un libro de historia, ya no me acuerdo.
-Sí, bueno- interrumpí- pero ¿qué tiene que ver todo eso con baviera?
-¿No te has dado cuenta? Seguro que tus amigos sí ¿a que sí, eh? ¿A que sí? Esta historia que te estoy contando, ocurre en baviera. Pero si- se tambaleó- pero si no quieres escucharla. Estonce, entonces me voy.
Cayó sobre la mesa, inanimada, con un reguero de espuma cayéndole de la boca.
-Pina ¿te encuentras bien?
-¿No te he dicho que me fui? Haz el favor de no mirarme.
-Pero... pero no puedo no mirarte, estás ahí, delante de mí, sobre la mesa.
-¡Joder! Si no me miras no estoy. Eso es básico. No sé qué te enseñaron en la escuela.
Soltó un juramento en alemán, que no entendí, y quedó dormida.
-¿Nos la contarías?
-¡Pues claro! Espera un momento. ¡Junge, eh, junge! Mehr Möet Chandon. Danke! ¿De qué hablo yo ahora? ¡Ah, sí, la historia sobre Baviera. Aquí la llamamos Bayern, ¿lo sabías?
Me guiñó un ojo.
-Sí, lo sabía.
-¡Pues vaya una mierda! A ver qué te cuento yo ahora. Espera, que ya me acuerdo. La historia de Baviera. ¡El paraíso de los bávaros! Joder, eso ya lo he dicho.
De nuevo me guiñó un ojo.
-¿Sabes que me gustaría levantarme sobre la mesa y bailar un zapateado? Pero no puedo. ¿Y sabes por qué no puedo? ¿Lo sabes? ¿Lo sabes? Porque la otra se llevó la magia, y yo me quedé sólo con el nombre. ¿De qué estábamos hablando? ¡Ah, ja, la historia!
Estiró los brazos en cruz, inclinó la cabeza y esperó unos segundos. Cuando recogió los brazos, comenzó a hablar.
-Esto ocurrió en el siglo doce, o trece, o quince, o qué se yo, que yo no estaba.
Dio una palmada y se levantó.
-Entonces- prosiguió- el mundo era distinto. La gente era distinta, más... no sé, más... más o menos, más o menos distinta, no sé qué añadir ¿de qué estábamos hablando?
Me sacó la lengua.
-Cuando una mujer amaba a un hombre, se lo decía. Entonces era así. No había hipocresía, ni barba, ni pelos en el pecho. Al menos las mujeres no tenían pelos, o eso creo, lo leí, sí, lo leí en alguna parte. En una biblia, o en un libro de historia, ya no me acuerdo.
-Sí, bueno- interrumpí- pero ¿qué tiene que ver todo eso con baviera?
-¿No te has dado cuenta? Seguro que tus amigos sí ¿a que sí, eh? ¿A que sí? Esta historia que te estoy contando, ocurre en baviera. Pero si- se tambaleó- pero si no quieres escucharla. Estonce, entonces me voy.
Cayó sobre la mesa, inanimada, con un reguero de espuma cayéndole de la boca.
-Pina ¿te encuentras bien?
-¿No te he dicho que me fui? Haz el favor de no mirarme.
-Pero... pero no puedo no mirarte, estás ahí, delante de mí, sobre la mesa.
-¡Joder! Si no me miras no estoy. Eso es básico. No sé qué te enseñaron en la escuela.
Soltó un juramento en alemán, que no entendí, y quedó dormida.
sábado, 7 de septiembre de 2013
Heiffel (Estreno 16 de Noviembre)
Por la derecha aparece Marisa Holot, alcaldesa de L’Arbre Sense Raó. Avanza tan deprisa que está a punto de pasar de largo, pero Travis avanza un paso para que choque con él.
Marisa.- ¿Qué ocurre? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué están haciendo aquí? (Avanza hacia Travis, que se gira pensativo, como si no la viera) ¿No responden? ¡De acuerdo, tendrán noticias de mi abogado!
Intenta salir por la izquierda, pero choca con Castráñez, que se cruza en su camino.
Marisa.- Pero ¿Por qué me empuja? ¿Quién se ha creído que es? (Castráñez intenta girarse, pero Marisa le tira del brazo. Castráñez la mira) ¿Qué ocurre? ¿Nunca ha visto a una mujer?
Castráñez.- ¡Señor Eiffel!
Travis.- (Aún pensativo) ¿Qué desea?
Castráñez.- Esta mujer quiere hablar con usted.
Travis.- ¿Qué desea?
Marisa.- ¿Eiffel?
Travis.- Eugene Eiffel, discúlpe un momento. (Gritando)¡Castráñez!
Castráñez.- (Igual) ¡Señor Eiffel!
Travis.- ¿Cómo va el cálculo?
Castráñez.- Todo correcto.
Travis.- ¿Y esas medidas?
Castráñez.- (Va hacia la cinta métrica) Creo que entrará la torre.
Travis.- Claro que sí, podremos construirla.
Marisa.- ¿Por qué gritan si están tan cerca?
Travis.- Tiene razón. (Gritando) Prueba un poco más lejos.
Adolfino.- ¡Sí, señor Eiffel!
Marisa.- ¿Me puede explicar por qué están midiendo el terreno?
Travis.- ¿Por qué me grita si está a mi lado?
Marisa.- (Más bajo) Pregunto qué están midiendo.
Travis.- Y a usted ¿Qué le importa?
Marisa.- Este terreno pertenece a L’Arbre Sense Raó. Soy la alcaldesa del pueblo.
Castráñez.- Desde aquí tengo una vista estupenda, jefe.
Travis.- Maravilloso, sigue con ello. (A Marisa) Tengo que hablar con usted. Verá... (Se emociona) No sé cómo decirlo... he venido... con la intención de cumplir el último deseo de mi abuelo.
Marisa.- ¿Quién era su abuelo?
Travis.- En España nadie le conoce. Pero en Francia es muy querido. Se llamaba Gustave.
Marisa.- (Nerviosa) ¿Su abuelo era Gustave... Eiffel?
Travis.- ¿Ha oído hablar de él?
Marisa.- Toda España ha oído hablar de él y de su famosa torre.
Travis.- Entonces será más sencillo.
Marisa.- ¿Me va a decir lo que quiere hacer en este terreno?
Travis.- Construir una torre similar a la de París.
Marisa.- ¿En mitad del campo?
Travis.- ¿Sabe algo de geografía?
Marisa.- Muy poco.
Travis.- Observe una cosa. (Abre la cartera y saca un mapa, que despliega en el suelo) Observe París, el lugar en el que está situada la torre Eiffel.
Marisa.- sí.
Travis.- Si trazamos una circunferencia... ¡Castráñez!
Castráñez.- ¿Sí, señor Eiffel?
Travis.- Traiga un compás.
Castráñez.- ¿Un compás?
Marisa.- ¿Un compás?
Travis.- ¡Un compás!
Castráñez.- ¡Un compás!
Arranca una caña y coge una cuerda. Dobla la caña y con la cuerda fuerza para que no recupere su forma inicial.
Castráñez.- ¡El compás!
Travis.- ¡He aquí el compás!
Marisa.- (Sin entender por qué tanta alegría) ¡Al fin el compás!
Travis.- (Con el compás) Enseguida entenderá las intenciones de mi abuelo. Si trazamos con un compás desde París... (Mueve el compás según le apetece, sin ningún orden lógico) cuando terminamos el giro ¿Qué aparece?
Marisa.- ¿Qué aparece?
Travis.- ¡Lea!
Marisa.- Es que sin gafas... ¡L’Arbre Sense Raó!
Travis.- ¿Qué le parece?
Marisa.- Es... es absurdo.
Travis.- Voy a serle sincero. Cuando llegué a este lugar me preguntaba por qué mi abuelo había elegido un lugar tan... extraño para construir su segunda torre. Pero ahora, hablando con usted, lo he entendido.
Marisa.- Me alegro. Por mi parte no entiendo nada.
Travis.- La solución es sencilla. Quiso unir mediante dos torres...
Marisa.- ¿Sí?
Travis.- Quiso unir dos mundos tan distintos como complementarios. El centro del mundo, París, con el lugar más olvidado de la tierra, L’Arbre Sense Raó.
Marisa.- Eso tiene sentido.
Travis.- Escuche, las dos torres se mirarán una a la otra.
Marisa.- ¿Sí?
Travis.- ¿Nunca se dieron cuenta que la torre de París mira hacia ustedes?
Marisa.- ¿Cómo quiere que nos demos cuenta? Desde aquí no se ve...
Marisa.- ¿Qué ocurre? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué están haciendo aquí? (Avanza hacia Travis, que se gira pensativo, como si no la viera) ¿No responden? ¡De acuerdo, tendrán noticias de mi abogado!
Intenta salir por la izquierda, pero choca con Castráñez, que se cruza en su camino.
Marisa.- Pero ¿Por qué me empuja? ¿Quién se ha creído que es? (Castráñez intenta girarse, pero Marisa le tira del brazo. Castráñez la mira) ¿Qué ocurre? ¿Nunca ha visto a una mujer?
Castráñez.- ¡Señor Eiffel!
Travis.- (Aún pensativo) ¿Qué desea?
Castráñez.- Esta mujer quiere hablar con usted.
Travis.- ¿Qué desea?
Marisa.- ¿Eiffel?
Travis.- Eugene Eiffel, discúlpe un momento. (Gritando)¡Castráñez!
Castráñez.- (Igual) ¡Señor Eiffel!
Travis.- ¿Cómo va el cálculo?
Castráñez.- Todo correcto.
Travis.- ¿Y esas medidas?
Castráñez.- (Va hacia la cinta métrica) Creo que entrará la torre.
Travis.- Claro que sí, podremos construirla.
Marisa.- ¿Por qué gritan si están tan cerca?
Travis.- Tiene razón. (Gritando) Prueba un poco más lejos.
Adolfino.- ¡Sí, señor Eiffel!
Marisa.- ¿Me puede explicar por qué están midiendo el terreno?
Travis.- ¿Por qué me grita si está a mi lado?
Marisa.- (Más bajo) Pregunto qué están midiendo.
Travis.- Y a usted ¿Qué le importa?
Marisa.- Este terreno pertenece a L’Arbre Sense Raó. Soy la alcaldesa del pueblo.
Castráñez.- Desde aquí tengo una vista estupenda, jefe.
Travis.- Maravilloso, sigue con ello. (A Marisa) Tengo que hablar con usted. Verá... (Se emociona) No sé cómo decirlo... he venido... con la intención de cumplir el último deseo de mi abuelo.
Marisa.- ¿Quién era su abuelo?
Travis.- En España nadie le conoce. Pero en Francia es muy querido. Se llamaba Gustave.
Marisa.- (Nerviosa) ¿Su abuelo era Gustave... Eiffel?
Travis.- ¿Ha oído hablar de él?
Marisa.- Toda España ha oído hablar de él y de su famosa torre.
Travis.- Entonces será más sencillo.
Marisa.- ¿Me va a decir lo que quiere hacer en este terreno?
Travis.- Construir una torre similar a la de París.
Marisa.- ¿En mitad del campo?
Travis.- ¿Sabe algo de geografía?
Marisa.- Muy poco.
Travis.- Observe una cosa. (Abre la cartera y saca un mapa, que despliega en el suelo) Observe París, el lugar en el que está situada la torre Eiffel.
Marisa.- sí.
Travis.- Si trazamos una circunferencia... ¡Castráñez!
Castráñez.- ¿Sí, señor Eiffel?
Travis.- Traiga un compás.
Castráñez.- ¿Un compás?
Marisa.- ¿Un compás?
Travis.- ¡Un compás!
Castráñez.- ¡Un compás!
Arranca una caña y coge una cuerda. Dobla la caña y con la cuerda fuerza para que no recupere su forma inicial.
Castráñez.- ¡El compás!
Travis.- ¡He aquí el compás!
Marisa.- (Sin entender por qué tanta alegría) ¡Al fin el compás!
Travis.- (Con el compás) Enseguida entenderá las intenciones de mi abuelo. Si trazamos con un compás desde París... (Mueve el compás según le apetece, sin ningún orden lógico) cuando terminamos el giro ¿Qué aparece?
Marisa.- ¿Qué aparece?
Travis.- ¡Lea!
Marisa.- Es que sin gafas... ¡L’Arbre Sense Raó!
Travis.- ¿Qué le parece?
Marisa.- Es... es absurdo.
Travis.- Voy a serle sincero. Cuando llegué a este lugar me preguntaba por qué mi abuelo había elegido un lugar tan... extraño para construir su segunda torre. Pero ahora, hablando con usted, lo he entendido.
Marisa.- Me alegro. Por mi parte no entiendo nada.
Travis.- La solución es sencilla. Quiso unir mediante dos torres...
Marisa.- ¿Sí?
Travis.- Quiso unir dos mundos tan distintos como complementarios. El centro del mundo, París, con el lugar más olvidado de la tierra, L’Arbre Sense Raó.
Marisa.- Eso tiene sentido.
Travis.- Escuche, las dos torres se mirarán una a la otra.
Marisa.- ¿Sí?
Travis.- ¿Nunca se dieron cuenta que la torre de París mira hacia ustedes?
Marisa.- ¿Cómo quiere que nos demos cuenta? Desde aquí no se ve...
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