La acción transcurre en una casa antigua. En el centro de la escena una mesa, un sofá con un bastón apoyado a su derecha. A cada lado de la mesa una silla.
Rosalía, de pie, junto a la silla de la izquierda, se arregla la ropa mientras mira a la parte derecha. Por allí entra Edgar. Ella sonríe. Él está confuso.
ROSALÍA.- ¡Edgar, has venido! Creí que... (Pausa) ¡Gracias!
Edgar avanza. Ella también. Se dan un beso junto a la silla de la derecha.
EDGAR.- ¿Está en casa?
ROSALÍA.- No lo sé (Pausa) Aparece y desaparece como una sombra (Pausa) ¿Y el equipaje?
EDGAR.- En el hotel.
ROSALÍA.- Creí que... he cambiado las sábanas y... bueno, he limpiado tu habitación. Está como la dejaste. ¿Quieres verla?
EDGAR.- No.
ROSALÍA.- De acuerdo. (Silencio) Siéntate, al menos.
Edgar se sienta en el sofá. Ella a su lado.
ROSALÍA.- Hace diez años que marchaste, hermano. ¿Te das cuenta? Aún éramos jóvenes. (Pausa) El tiempo pasa.
EDGAR.- ¿Y este bastón?
ROSALÍA.- Lo compró hace un mes. Pagamos por él casi cien euros.
Edgar coge el bastón.
EDGAR.- Entonces está en casa.
ROSALÍA.- Lo dejó ahí el mismo día que lo compró.
EDGAR.- ¿No lo utiliza? ¿Ni siquiera cuando sale a la calle? (Pausa) ¿No está?
ROSALÍA.- ¡Yo qué sé! Es como si no estuviera nunca. No me entiendes ¿Verdad?
EDGAR.- No, no te entiendo.
ROSALÍA.- Es una marioneta la que, a veces, avanza por el pasillo, o se sienta a mirar la televisión.
EDGAR.- ¿Qué le ocurre?
ROSALÍA.- Los años. (Pausa) Necesito hablar contigo. Tengo que contarte algunas cosas. (Pausa)
EDGAR.- Creí que estaba enfermo.
ROSALÍA.- Lo está. Escucha... No puedo más, Edgar. Su vida me consume ¡Escucha! Dispone de mi voluntad sin que pueda negarme a sus caprichos.
EDGAR.- ¿Por qué dices eso?
ROSALÍA.- Porque me domina. A veces me rebelo y lucho contra él. Pero es más fuerte, y sabe cómo destruirme.
EDGAR.- ¿Necesitas ayuda?
ROSALÍA.- ¡Necesito hacer mi voluntad, no la suya! (Pausa) Además, es cruel (Pausa) Se ha hecho cruel (Pausa) ¿No quieres saber por qué? (Grita) ¿No quieres saber?
EDGAR.- ¿Está en casa?
ROSALÍA.- No lo sé. No saluda cuando entra ni dice adiós cuando sale. Me desprecia.
EDGAR.- No te desprecia.
ROSALÍA.- El jueves vino un vendedor de libros. Yo no estaba en casa. ¿Sabes lo que ocurrió? ¿Sabes qué hizo? ¿Eh? ¿Te imaginas qué hizo? (Pausa) Compró los “Episodios Nacionales”. Veinticuatro volúmenes. ¡Mil doscientos euros! ¿Te parece normal?
EDGAR.- Es su voluntad.
ROSALÍA.- ¿Cuándo ha leído un libro? Dime ¿Cuándo lo ha leído? ¡Jamás! Ni siquiera miraba las portadas (Pausa) No entiendes lo que ocurre ¿verdad? ¡Quiere humillarme!
Se abre la puerta del fondo y aparece el padre. Viste bata roja y sandalias con calcetines negros. Edgar se levanta e intenta ir hacia él, pero cae torpemente en el sofá.
PADRE.- Sin tanta solemnidad, por favor. Encantado, joven, puede tomar asiento. Volveré en un rato (Camina hacia la izquierda) ¡Paciencia! (Sale)
EDGAR.- No me ha reconocido.
ROSALÍA.- Lo que no puede ver, no existe...
EDGAR.- Pero...
ROSALÍA.- Ni ha existido jamás.
EDGAR.- Sin embargo...
ROSALÍA.- No mira a su alrededor, sólo imagina. Edgar, tú no existes (Pausa) ¿Sabes qué hizo la semana pasada?
EDGAR.- ¿Cómo quieres que...?
ROSALÍA.- La semana pasada gastó ochocientos euros en una peluca horrible.
EDGAR.- ¿Para disimular su calvicie?
ROSALÍA.- ¡Una peluca naranja! (Pausa) Sobrepasó el límite. Ayer fui a hablar con un abogado.
EDGAR.- ¿Un abogado? ¿Por qué?
ROSALÍA.- Para controlar los gastos. Podemos hacer una solicitud para que yo sea su tutora legal.
EDGAR.- No me gusta la idea.
ROSALÍA.- ¿Quieres que se arruine?
EDGAR.- Por supuesto que no. (Saca unos papeles y se los entrega a Rosalía)
ROSALÍA.- ¿Qué es esto? (Lee) Es un contrato.
EDGAR.- El vecino quiere comprar este piso. Su intención es tirar la pared y así ampliar el suyo.
ROSALÍA.- Pero el piso no es nuestro.
EDGAR.- ¡Ochenta mil euros, Rosalía! ¿Te figuras cómo sería tu vida con tanto dinero?
ROSALÍA.- No podemos venderlo.
EDGAR.- Nosotros no.
Pausa. Aparece el padre por la izquierda y los mira.
PADRE.- Rosalía, ¿dónde están las galletas?
ROSALÍA.- No quedan.
PADRE.- ¿Cómo es posible? Esta mañana las he desayunado.
ROSALÍA.- Y mañana las desayunará de nuevo. Pero no a estas horas.
EDGAR.- Dale las galletas.
ROSALÍA.- Salen muy caras.
EDGAR.- Si quieres que firme es mejor que esté de buen humor.
ROSALÍA.- Están detrás de los platos.
Sale el padre por la izquierda.
ROSALÍA.- Tú le odias. ¿Verdad?
EDGAR.- ¡Rosalía!
ROSALÍA.- ¿Qué te importa su vejez? Que muera pronto ¿no es eso?
EDGAR.- ¿Por qué hablas así?
ROSALÍA.- ¿Has pensado qué hará si vendemos el piso?
EDGAR.- Dentro de un par de años esta cueva no valdrá ni la mitad ¿Por qué esperar? Además, hermana, te conozco muy bien. Deseas el dinero tanto como yo.
ROSALÍA.- Pero yo lo he cuidado. He estado aquí estos diez años...
EDGAR.- Chupando su dinero.
ROSALÍA.- ¡Te odio!
EDGAR.- Tal vez no tengas que verme nunca más.
Aparece el padre por la izquierda.
ROSALÍA.- Ahí le tienes, en la puerta, con los ojos vacíos.
Edgar guarda el contrato y se levanta. El padre llega hasta el sillón y se sienta. Edgar se sienta a su lado y Rosalía en la silla de la derecha.
PADRE.- He dejado el vaso en la cocina.
Rosalía sale.
PADRE.- ¿Come mucho arroz?
EDGAR.- De vez en cuando.
PADRE.- El arroz es bueno para el hígado, o para los pulmones, o para el estreñimiento, o yo qué sé. Hágame caso. ¿Puedo darle un consejo?
EDGAR.- Claro.
PADRE.- Nunca tenga las defensas bajas. Y, si es posible, haga subir a la media. Sólo de este modo es posible un buen resultado.
Rosalía regresa con un vaso de leche y un plato de galletas.
PADRE.- ¡Ah! ¿Qué le decía? (Pausa) Si no le importa, joven, necesito espacio para comer.
Edgar se sienta en la silla de la izquierda.
PADRE.- ¡Rosalía!
ROSALÍA.- Di, padre.
PADRE.- ¿Padre? ¿Por qué? Humm ¿Puedes traer un vaso de agua?
ROSALÍA.- ¿No quiere la leche?
PADRE.- Se está volviendo blanca.
Rosalía sale.
PADRE.- ¿Sabía usted que la leche sale del arroz? Porque yo lo ignoraba.
EDGAR.- Yo también lo ignoraba. (El padre le observa. Pausa)
PADRE.- ¿Quiere otro vaso de agua?
EDGAR.- No, gracias. No tengo sed.
PADRE.- Yo diría que sí.
EDGAR.- No, no, se lo aseguro.
PADRE.- ¿Quién ha muerto? (Pausa. Más fuerte) ¿Quién ha muerto?
EDGAR.- No lo sé.
Entra Rosalía con un vaso de agua.
PADRE.- (Sin verla) ¿Quién ha muerto?
ROSALÍA.- Nadie ha muerto.
PADRE.- ¿Cómo es posible? En una ciudad de cuatro millones de habitantes alguien tiene que haber muerto.
ROSALÍA.- Mueren muchos, pero no les conocemos.
PADRE.- ¿Por qué no les conocemos? ¿Eh? (Pausa) ¡Oh, podría ahogarme!
ROSALÍA.- ¿Qué ocurre?
PADRE.- Demasiado líquido. Quita un poco de agua.
ROSALÍA.- Sí, padre.
Rosalía sale.
PADRE.- ¿Padre? ¡Ah, ya sé por qué me llama padre! (Hace una señal en el aire)
El padre se quita las sandalias y los calcetines. Deja uno sobre su regazo y el otro lo estira hasta que rompe la costura del fondo. Coge el que tiene sobre el regazo y repite la misma operación. Rosalía, que vuelve con el vaso, le ve hacer el esfuerzo.
ROSALÍA.- ¿Qué hace, padre?
PADRE.- ¿Cómo padre? ¡Ah, sí, no lo recordaba! (Repite el gesto anterior, que ahora parece una cruz) Remiendo.
ROSALÍA.- Pero no remienda. Está rompiendo los calcetines.
El padre se coloca los calcetines en los pies, con los dedos al aire
PADRE.- ¿Por qué ocultar una de las bellezas del hombre? ¿Hay algo más erótico?
ROSALÍA.- Los pies no son bellos.
PADRE.- Sí lo son.
ROSALÍA.- Son horrorosos. Una deformación del cuerpo.
PADRE.- Escucha y aprende: lo más hermoso en un hombre son los dedos de los pies.
ROSALÍA.- ¿Tú que opinas?
EDGAR.- Me parecen... bonitos.
ROSALÍA.- ¡Edgar!
PADRE.- ¿Edgar? Tuve un sueño llamado Edgar. Tal vez no fue un sueño, sino un hijo. Lloraba mucho. Con frecuencia se escondía debajo de mis alas. Debía ser un polluelo.
ROSALÍA.- Usted no tiene alas.
PADRE.- Pero las tuve. (Pausa) Un día el sueño huyó de aquí, ¿o fue el polluelo...? Y me rompió las alas ¿Por qué le cuento esto? ¿Sabe de pollos?
EDGAR.- Sé de alas rotas.
PADRE.- ¿También ha quebrado alguna?
EDGAR.- ¡Padre! ¿No me conoce?
PADRE.- ¿Padre? (Hace el gesto, que es claramente una cruz) ¿Está bautizado? (Edgar mira a Rosalía y asiente) Entonces no necesito el agua. Rosalía, trae una copa de vino.
Rosalía sale. El padre se registra los bolsillos y saca un trapo negro que coloca sobre los hombros. También una peluca naranja que se coloca en la cabeza. Rosalía vuelve con un vaso de vino y un plato con varias galletas redondas. El padre coge el vaso de vino con una mano y una galleta en la otra.
ROSALÍA.- ¿Qué va a hacer, padre?
PADRE.- Lo que se hace en estos casos. ¿Tenéis los anillos?
ROSALÍA.- ¡Es absurdo!
EDGAR.- ¡Calla!
ROSALÍA.- No me casaré contigo.
EDGAR.- ¿Acaso es sacerdote?
PADRE.- ¡Hermanos! Hemos venido a unir en santo matrimonio...
EDGAR.- Faltan los testigos.
PADRE.- ¿Qué dice?
EDGAR.- Que faltan los testigos. No se puede celebrar una boda sin testigos.
PADRE.- Rosalía y yo seremos tus testigos; tú y yo seremos los de ella.
EDGAR.- ¿Y el contrato? Hay que firmar un contrato.
PADRE.- No es necesario ningún contrato.
EDGAR.- Al contrario, padre. Si no hay contrato no hay boda. El contrato es lo más importante. Suerte que siempre llevo uno encima ¡Y por triplicado!
Edgar saca un papel del abrigo y lo pone encima de la mesa.
PADRE.- ¿Qué es esto?
EDGAR.- ¡El contrato nupcial! (El padre intenta leer. Edgar le quita el papel de las manos) Son sólo palabras.
El padre se inclina sobre la mesa y derrama el vino sobre el papel. Rosalía se levanta con rapidez, saca un trapo del bolsillo y limpia la mesa.
EDGAR.- Suerte que aún me quedan dos copias.
Edgar deja otro papel sobre la mesa.
PADRE.- Continúo. Hermano Atanasio ¿Quieres a Rosalía por esposa?
EDGAR.- No me llamo Atanasio.
PADRE.- No importa. Di que no la quieres.
ROSALÍA.- ¡Papá!
PADRE.- Habla, Atanasio. No la quieres y nunca la has querido. Confiesa, y os caso. El amor es un problema de convivencia. Si hay amor me niego a casaros...
ROSALÍA.- ¡Padre!
EDGAR.- No hay amor, nunca hubo amor ¿Verdad, Rosalía? (Guiña un ojo)
PADRE.- Entonces ¿No os amáis?
EDGAR.- De ninguna manera.
ROSALÍA.- Jamás he sentido por él tanto odio como esta noche.
PADRE.- Eso me figuraba. Podéis firmar.
Ambos lo hacen. El padre va a levantarse. Edgar lo retiene.
EDGAR.- Aún queda un detalle.
PADRE.- ¡Ah, sí, sí! Disculpa.
Se inclina sobre el contrato y vuelca el vaso de leche sobre él. Edgar se levanta, furioso. Rosalía limpia la mesa y le mira. Edgar se calma.
EDGAR.- (Muy amable) Aún tengo el último ejemplar.
Lo deja sobre la mesa. Vigila al padre.
ROSALÍA.- ¿Firmamos?
EDGAR.- Claro.
Ambos firman.
PADRE.- Puedes besar a la novia.
Intenta levantarse. Rosalía lo retiene.
ROSALÍA.- Padre, falta usted.
PADRE.- ¿Qué deseas que haga?
ROSALÍA.- Firmar... el contrato.
PADRE.- ¡Ah, claro, ya recuerdo!
Se inclina sobre la hoja. Edgar, nervioso, coge el vaso de agua. El padre lo mira con curiosidad.
EDGAR.- Tengo sed.
PADRE.- Ya se lo advertí hace un rato.
Edgar bebe de un tirón todo el vaso. El padre coge el bolígrafo.
ROSALÍA.- ¡Padre!
PADRE.- ¿Padre? Sí, claro.
Rosalía duda si detenerle. Edgar cruza detrás del sofá y la sujeta de las manos. El padre levanta el documento y lo agujerea con el bolígrafo.
PADRE.- ¡Oh, qué torpeza!
EDGAR.- No importa. Aún puede servir.
PADRE.- Entonces ¿firmo?
EDGAR.- Firme.
El padre se quita la peluca y mira a Rosalía.
PADRE.- ¿Lloras?
ROSALÍA.- No, padre, ¿por qué iba a hacerlo?
PADRE.- Aún estás a tiempo de impedir la boda.
ROSALÍA.- No, padre. Firme.
PADRE.- (Firma) ¿Eres feliz?
ROSALÍA.- (Abraza a Edgar) Sí.
PADRE.- Eso es bueno, porque ahora os tenéis el uno al otro. ¡Los dos polluelos! Yo os bendigo. Sí, tenéis mi bendición.
Comienza a romper el contrato en pedazos que introduce dentro de la peluca.
EDGAR.- ¿Qué hace?
PADRE.- Intento que esta unión no se deshaga jamás.
Termina de romper el contrato y tira los pedazos sobre ellos como si fuese arroz. Edgar se agacha a recoger los fragmentos. Rosalía le imita.
PADRE.- Por siempre, por siempre.
EDGAR.- ¡Viejo loco!
Coge el bastón por el mango y comienza a golpearles.
PADRE.- Por siempre saldréis de esta casa. Por siempre (Rosalía y Edgar huyen por la derecha) ¡Y juro que jamás volveréis a pasar por esa puerta!
sábado, 10 de diciembre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
Las Muchachas de Avignon
Esta noche, solitario,
Despierto, en mi habitación,
He soñado con Picasso,
He tenido una visión:
No me hacían ningún caso
Las muchachas de Avignon.
La primera, enojada,
No mostró ni compasión.
Puso cara avinagrada
Y sin dar conversación
Ni merecí su mirada
Ni me mostró atención.
La segunda, al contrario,
Me observaba con fijeza.
“Estás gordo” resumió,
y añadió, “por pereza”.
“Esa barba tan poblada,
tan densa, rígida y negra,
no me gusta”. “Pues lo siento,
no soy de otra manera”.
Y la dama, asombrada,
Levantó entrambas cejas.
La tercera afirmó
Que no le agradaba el arte
Pues era excusa de vagos,
Pretexto de maleantes.
Era inútil convencerla,
De poco sirvió hablarle,
Pues estaba convencida
De que yo era un tunante.
“A otra con ese hueso- gritó-
y camina hacia otra parte”.
La cuarta muchacha, orgullosa,
segura de ser hermosa,
Pero también de ser sabia
Me dijo: “Vamos, mueve esa labia.
Si me conquistas mis besos
Te llevarán a la locura.
¡Anda, trata de colocarte
verbalmente a mi altura!”.
Yo recité mil palabras,
Suavemente, una a una,
Intentaba que mis versos
Fuesen como el agua pura.
“No es suficiente- me dijo-.
Sufrirás, no tengo dudas”.
La quinta me daba miedo
Con su expresión de enojo
Mientras guiaba sus ojos
Por mi barba y por mis cejas.
“Moisés- dijo- ¿por qué no dejas
que bese tu cara suave?”.
Y yo, asustado y amable,
Ante el terror de sus labios
No quise hacerle un agravio
Pero tampoco acercarme.
Fingí que miraba la hora
Y mostré mi desaliento.
“No sabe cuánto lo siento,
siempre despierto a la aurora,
tal vez en otro momento...”.
Abrí los ojos, y ahora
¡Les juro que me arrepiento!
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lunes, 19 de septiembre de 2011
Desde el Azar
Seca la garganta, mudos los labios,
Siento la inexorable
Voluntad de ser otro, de perder (de perderme)
En el abismo en que gotea el arte
Y la luz se confunde, por eterna, con el frío
Clavado en la vertiginosa fuente
Que amenaza tormenta en las cuencas del alba.
No escuchas mi voz, sino una trompeta, una loca
Llamada al desconsuelo, sin respuesta,
Para que no pueda perder lo que no tengo,
Para que no pueda tener lo que ya pierdo,
Sin remedio, ni voto, ni lengua o duda.
Adiós. Pero no me despido porque marche,
No me muevo de este lugar, tan solo ocurre
Que no quiero saber, que desespero,
Que es larga soledad la que me acoge,
Que ya no alzo la voz, ni la sostengo, ni
Busco más azar que el que te excluye.
Siento la inexorable
Voluntad de ser otro, de perder (de perderme)
En el abismo en que gotea el arte
Y la luz se confunde, por eterna, con el frío
Clavado en la vertiginosa fuente
Que amenaza tormenta en las cuencas del alba.
No escuchas mi voz, sino una trompeta, una loca
Llamada al desconsuelo, sin respuesta,
Para que no pueda perder lo que no tengo,
Para que no pueda tener lo que ya pierdo,
Sin remedio, ni voto, ni lengua o duda.
Adiós. Pero no me despido porque marche,
No me muevo de este lugar, tan solo ocurre
Que no quiero saber, que desespero,
Que es larga soledad la que me acoge,
Que ya no alzo la voz, ni la sostengo, ni
Busco más azar que el que te excluye.
jueves, 25 de agosto de 2011
Por los Papeles. Microteatro.
ANALGESIO.- (Corriendo por la escena de derecha a izquierda) ¡Disculpe! ¿Ese coche es suyo? ¿Es suyo ese coche? ¿El coche suyo es ese coche el coche suyo? (Sale por la izquierda, regresa) ¡Perdone! ¿Es suyo ese coche? ¿Es coche suyo ese? ¿Es ese su coche es ese? ¿Es suyo el coche suyo es suyo? (Sale por la derecha)
BERBITORIO.- (Aparece por la derecha, viste chaqueta, corbata y pantalones cortos de color azul) ¿Se ha puesto por las nubes? No, y más allá. El hecho es que no hay quien pague el lecho, aunque agrade el hecho. Pero volvamos al hecho. Sin la aparición de las nubes no tendríamos este sofoco lunar, ese es el hecho.
ANALGESIO.- (Como al principio) ¡Disculpe! ¿Ese coche es suyo? ¿Es suyo el coche que es suyo? ¿El coche suyo es suyo? (Berbitorio. Se había parado y se encoge de hombros al ver salir a Analgesio)
BERBITORIO.- Vamos a consultar el reloj. (Se abre el botón de la chaqueta, observa su interior, después mira al cielo) No, tarde no debe ser, temprano tampoco. Este es el hecho.
ANALGESIO.- (Vuelve a entrar igual, choca en mitad de la frase con Berbitorio) ¡Perdone! ¿El coche es su...?
BERBITORIO.- Estoy en el suelo, ese es el hecho.
ANALGESIO.- (Pasando encima de Berbitorio) Ay, ay , ay, ay. ¿Qué hice? Estoy avergonzado. (Mirando a Berbitorio, sin acercarse) Pero permítame que le ayude, si no es molestia, de verdad. Así, poco a poco, no vaya a hacerse daño.
BERBITORIO.- (De espaldas a Analgesio) Ya estoy mejor, gracias.
ANALGESIO.- ¿Es suyo ese coche? (Señala a algún punto a la derecha, siempre con Berbitorio de espaldas)
BERBITORIO.- (Estirando los puños de la chaqueta) ¿Cuál de ellos?
ANALGESIO.- El negro, el azul, el verde, el magenta, el violeta... el gris plateado.
BERBITORIO.- Ese es mi coche.
ANALGESIO.- Mi enhorabuena más indiferente. Ha elegido uno de los mejores coches que se pueden elegir en el mercado.
BERBITORIO.- El hecho es que pagué. ¿Dónde está que no le veo?
ANALGESIO.- (Avanza hasta quedar frente a Berbitorio) Su dinero le costó pues le costó dinero. Espero que colme sus esperanzas y sea fuente de dicha.
BERBITORIO.- Me hace feliz.
ANALGESIO.- ¿Para cuando la parejita? ¿Eh?
BERBITORIO.- Bueno, aún no he encontrado la carretera adecuada, usted me entiende.
ANALGESIO.- Por cierto. (Ambos se miran en silencio, y se giran de tal modo que Berbitorio. No se mueve del espacio y Analgesio está al otro lado)
BERBITORIO.- ¿Cierto? No sé si es cierto.
ANALGESIO.- Espero que conozca la orden de la manifactura inferior de tráfico, dependiente de la manifactura central de tráfico que es vinculante con la manifactura superior de tráfico y con el gobierno de la nación en cuanto a que sus bases son las mismas aun cuando sus superiores, los jefes de sus superiores y los supremos dirigentes no tengan vínculo alguno.
BERBITORIO.- El hecho es que cada mañana leo los diversos boletines oficiales del estado y hago sus crucigramas. Pero el de hoy, precisamente, y me va a perdonar la trágica aunque obvia respuesta, no lo he leído.
ANALGESIO.- ¿Nadie le ha hablado de la nueva circular que entra en vigor hoy mismo la circular referente al pago del impuesto sobre la acera que ha impuesto la manifactura inferior de tráfico?
BERBITORIO.- ¡Maldita sea mi sombra! Asombrado me quedo, no tengo palabras. El hecho es que tengo palabras, pero ninguna responde. ¡Me creerá si le digo que jamás había oído hablar, ni siquiera a usted mismo, de esa circular?
ANALGESIO.- Lo creo, y creo que merece que le crea.
BERBITORIO.- Algunas veces me salto las normas, así es, pero sólo cuando yo lo decido. ¡Jamás por error!
ANALGESIO.- Así habla un buen conductor. No crea que no valoro cada letra que junta en sus discursos.
BERBITORIO.- ¡Pagaré lo que sea necesario por conseguir ese impuesto gratuito!
ANALGESIO.- Ya pago yo por usted. (Saca una cartera)
BERBITORIO.- ¡Ah, no, no! Permítame.
ANALGESIO.- De ninguna manera.
BERBITORIO.- El hecho es que quiero pagar.
ANALGESIO.- Me niego, bastante tiene con ser el propietario del coche.
BERBITORIO.- Está bien, pague usted.
ANALGESIO.- No puedo pagar el impuesto ¡Qué dirían de mí en la jefatura central de tráfico, que es dependiente en segundo grado de la jefatura superior! No puedo hacer nada, mi jefe, si se entera se echaría a llorar. Y no querrá molestar a ese ancianito.
BERBITORIO.- Por nada del mundo.
ANALGESIO.- (Se sienta) Tenemos un problema que tenemos.
BERBITORIO.- (Se sienta) ¡Vaya problema!
ANALGESIO.- Es un problema, y lo es.
BERBITORIO.- Siempre es un problema tener un problema, ese es el hecho.
ANALGESIO.- Tengo la solución.
BERBITORIO.- ¿Has resuelto el problema?
ANALGESIO.- No. Creí tener la solución para un problema sin solución, pero no hay solución para un problema sin solución.
BERBITORIO.- ¿Ninguna idea?
ANALGESIO.- podríamos hacer el problema irresoluble.
BERBITORIO.- ¿Y tendría solución?
ANALGESIO.- No lo sé. Tal vez lo irresolvería.
BERBITORIO.- Sigamos pensando.
ANALGESIO.- Ehhhh, ehhh.
BERBITORIO.- ¿Lo tienes?
ANALGESIO.- ¿Cömo se dice? Interjección. Cuando se halla o descubre algo que se busca con afán.
BERBITORIO.- ¿Eureka?
ANALGESIO.- (Gritando, se levanta de un golpe) ¡Eureka! Falsificaré el impuesto.
BERBITORIO.- ¿Pero eso es legal?
ANALGESIO.- Claro.
BERBITORIO.- ¿Seguro?
ANALGESIO.- ¿Alguna vez has leído en alguno de los boletines oficiales del estado que sea ilegal falsificar el impuesto de aceras impuesto por la manifactura inferior de tráfico?
BERBITORIO.- En el texto nunca lo vi. En los crucigramas tampoco.
ANALGESIO.- Decidido. Falsificaré el impuesto. (Saca un papel de la carpeta)
BERBITORIO.- ¿Y si me lo pide un inspector de la manifactura de tráfico? Se dará cuenta de que es falsificado.
ANALGESIO.- Los inspectores de la manifactura inferior de tráfico no se darán cuenta, quienes sí se darían cuenta son los inspectores de la manifactura central de tráfico, pero esos rara vez se levantan de la tumbona de la que nunca se levantan. ¿Cómo te nombran? ¿Cuál es tu qué nombre te dieron?
BERBITORIO.- Laurent de la Chemise blanche i short bleu.
ANALGESIO.- ¿Eres nacido en la Francia o naciste allí, en Francia?
BERBITORIO.- Soy Polaco, pero mi padre era ingeniero naval en Andorra, jamás salió del país. Mi madre, en cambio, no era ingeniero naval,y no sé qué pudo ver en ella. Era una mujer vulgar, de origen húngaro, licenciada en humanidades, física, ajedrez y filología francesa. Me puso el nombre un día que andaba repasando sus libros de gramática.
ANALGESIO.- Ya está. Sólo falta la firma. (Berbitorio firma) ¿Cómo vas a pagar?
BERBITORIO.- (Saca la cartera) ¿Un billete? ¿Varios?
ANALGESIO.- Mejor varios será mejor.
BERBITORIO.- ¿De qué colores?
ANALGESIO.- El negro, el azul, el verde, el magenta, el violeta... el gris plateado.
BERBITORIO.- No tengo billetes magenta.
ANALGESIO.- Deja que mire (Observa la cartera y coge un billete de cada tipo). Uno gris, otro rojo, este verde... ¡y morado!
BERBITORIO.- ¡No, el morado no!
ANALGESIO.- Aquí tienes el documento. Y no olvides que es falso. Actualízalo cuando puedas.
BERBITORIO.- (Se dan la mano) ¡Un placer!
ANALGESIO.- El placer es mío el placer.
Analgesio sale por la izquierda. Berbitorio se guarda el documento en el bolsillo.
BERBITORIO.- Necesitaba pagar el impuesto, eso es un hecho, y no puede ser rebatido. (Abre el coche con el mando) Y ahora a casa, que tengo hambre, y no hay ser en el mundo que lo pueda contradecir. Tengo hambre, eso también es un hecho.
Ruido de arranque de motor. Aparece por la izquierda Analgesio, corriendo.
ANALGESIO.- ¡Espere! ¿Dónde va tan aprisa que no tiene intención de parar o qué? ¿Quiere apagar el motor sigue en marcha? (Se apaga el motor) Salga del vehículo, por favor.
BERBITORIO.- (Su voz) ¿Cuál es el problema?
ANALGESIO.- ¿Problema? Ninguno. ¿Puedo ver los papeles del coche? ¿Tiene algo que oculta usted algo?
Aparece Berbitorio, ahora viste camisa azul y pantalón corto blanco.
BERBITORIO.- Aquí tiene los papeles. Uno a uno, sellados y reglamentados por los cargos más altos dentro de la jerarquía. Este, incluso, lo selló el ayudante del secretario del auxiliar del ministro, no le digo más.
ANALGESIO.- (Observa la foto del carnet de conducir) ¿Ha visto alguna vez a este hombre?
BERBITORIO.- No sé qué decir. La foto es pequeña, y el individuo no se molesta en sonreír. Además esa calva, la forma del cuello... creo que soy yo.
ANALGESIO.- ¿Este es, entonces, su permiso de conducir vehículos automóviles cuya masa no exceda de 3500 kilogramos y cuyo número de asientos, incluido el del conductor, no excede de nueve?
BERBITORIO.- Lo que ha dicho es completamente cierto. Parece que una luz le ilumine.
ANALGESIO.- Es un foco. ¿Cómo se llama usted se llama?
BERBITORIO.- Igual que hace unos minutos, es un hecho probado que no me ha dado tiempo a cambiar de nombre. Me llamo Laurent de la Chemise bleu i short blanche.
ANALGESIO.- En efecto. Es el mismo nombre que figura en sus papeles.
BERBITORIO.- Es mi costumbre conservar el nombre. Tuve un vecino que no lo hacía así, y uno no sabía cómo llamarlo. De lunes a miércoles era José, los jueves y sábados Pepe, Pepillo viernes y domingos, y los demás días Juan Carlos. Nunca me acordaba de cómo llamarle. Así que no le hablé más.
ANALGESIO.- ¿Y se sintió mal?
BERBITORIO.- Nunca me dijo nada.
ANALGESIO.- ¿No está al corriente del pago del impuesto sobre la acera? Ah, sí, debe de ser este papel debe ser el pago del impuesto. ¡Cómo! Esto es una falsificación.
BERBITORIO.- (Con orgullo) ¡Vaya si lo es!
ANALGESIO.- Una falsificación excelente. ¡Hasta podría pasar por auténtica!
BERBITORIO.- ¿Usted cree?
ANALGESIO.- El papel es oficial, y la letra tiene una caligrafía maravillosa. Cualquier inspector de la manifactura inferior de tráfico creería que el documento es válido. En cambio cualquier inspector de la manifactura central se daría cuenta enseguida de que no es así. Los inspectores de la manifactura superior no se molestan en bajar a la calle es una molestia, usted comprende.
BERBITORIO.- Una vez tuve un vecino al que no comprendía. Él intentaba comunicarse conmigo, pero era incapaz de entender una palabra. Llegué a ponerme de rodillas y pegué la oreja a su boca, pero ni aún así. El hecho es que no comprendía nada. Tuve la impresión de que balbuceaba, entonces me di cuenta de que era un bebé.
ANALGESIO.- Sí, los bebés hablan muy mal, y eso es culpa de los padres.
BERBITORIO.- Y luego se creen que con unas babas y unas sonrisas todo está arreglado. ¡Tolerancia cero a los bebés! Eso es un hecho.
ANALGESIO.- Tiene usted un problema que tiene un problema que debe solucionar.
BERBITORIO.- ¿No puede hacer otra falsificación?
ANALGESIO.- Será lo mejor ¿Cuál es su coche? ¿El negro, el azul, el verde, el magenta, el violeta... el gris plateado?
BERBITORIO.- Sí, exacto.
ANALGESIO.- Ya está. He falsificado la falsificación es perfecta. Tiene incluso el ribete rojo que utilizamos en la jefatura. Nadie diría que no es auténtico, tan sólo los de la manifactura superior de tráfico, pero esos jamás salen del despacho. Entre nosotros: no quisiera ser uno de ellos.
BERBITORIO.- Que sea enhorabuena. No lo sea nunca.
ANALGESIO.- ¿Cómo me va a pagar?
BERBITORIO.- (Saca la cartera) Aún quedan billetes de varios colores y formas. ¿Uno de cada? ¿Tal vez dos?
ANALGESIO.- No es suficiente.
BERBITORIO.- Tiene razón. Vivir es cada día más caro. Aún me pregunto cómo es posible que sobreviva cuando el oxígeno está por las nubes. No tengo la respuesta, pero no importa. me gusta la vida, eso es un hecho. ¿El dinero? ¡Qué importa! ¿Quiere la cartera? Se la regalo. ¿Para qué la necesito? Cóbrese y que le vaya bien. (Le da la cartera)
ANALGESIO.- No tengo palabras, es el regalo más bonito que me han hecho. Espere, le recompensaré por su generosidad (Saca su cartera y se la muestra a Berbitorio) Llevo poco dinero, pero estoy seguro que no lo tendrá en cuenta.
BERBITORIO.- (Rechazando la cartera) No, por favor.
ANALGESIO.- Insisto.
BERBITORIO.- No hace falta.
ANALGESIO.- Mire que me enfadaré si no toma la cartera.
BERBITORIO.- Está bien, pero lo hago porque me lo pide.
ANALGESIO.- ¿Ha visto mi cara de felicidad? Estoy orgulloso de usted.
BERBITORIO.- Tuve un vecino que se sentía infeliz. Para curar su ansiedad su psicóloga le recomendó...
ANALGESIO.- ¿Su ansiedad o su infelicidad?
BERBITORIO.- Era infeliz, lo que le producía ansiedad; y esa ansiedad, que no lograba dominar, le provocaba infelicidad.
ANALGESIO.- Un hombre complejo, sin duda un hombre complejo (Berbitorio asiente)
BERBITORIO.- (Cada vez más rápido) Tuve un vecino que se sentía infeliz. Para curar su ansiedad su psicóloga le recomendó...
ANALGESIO.- ¿Su ansiedad o su infertilidad?
BERBITORIO.- La ansiedad, que no dominaba, le provocaba infertilidad.
ANALGESIO.- Un hombre con complejo sin duda
BERBITORIO.- Tuve un vecino que se sentía muy fértil. Para curar su fertilidad su psicóloga le recomendó... (Se detiene en su rapidez. Ritmo normal) No recuerdo lo que le recomendó.
ANALGESIO.- ¿Qué le recomendó? ¿Qué no tuviera más niños?
BERBITORIO.- (Poco a poco, recordando) Tuve un vecino que se sentía infeliz. Para curar su ansiedad su psicóloga le recomendó que regalase aquellos objetos que le producían ansiedad. Entonces regaló los muebles, la casa, un coche y dos mil euros que tenía ahorrados.
ANALGESIO.- ¿Y se curó?
BERBITORIO.- No lo sé. Pero el coche funciona de maravilla.
ANALGESIO.- ¿Qué coche? ¿El negro, el azul, el verde, el magenta, el violeta... el gris plateado?
BERBITORIO.- Exacto ¿Cómo lo adivinó?
ANALGESIO.- Me gusta observar turismos. Ver cómo se contonean marcha atrás, cómo avanzan, decididos, sin temblores, entre curvas y rectas, tan poderosos y fugaces...
BERBITORIO.- ¿Y qué me dice de cómo aprovechan el peralte para no salirse por la tangente?
ANALGESIO.- ¡Oh, qué belleza! (Triste) Es algo que nunca podré experimentar.
BERBITORIO.- Todos tenemos limitaciones. Un coche, por ejemplo, no puede saltar. Esto es un hecho.
ANALGESIO.- Aquí tiene el documento. Debidamente sellado y firmado. No olvide que se trata de una falsificación. Cuando le sea posible adquiera el verdadero.
BERBITORIO.- Le estoy agradecido, eso es un hecho. (Se dan la mano. Analgesio sale por la izquierda) ¿Y yo no debo firmar el documento? Pues eso parece. ¡Malditas nubes, maldito sofoco lunar! Así no se puede vivir (Sale por la derecha. Vuelve al instante con Analgesio, que le trae sujeto por el cuello. Analgesio viste una americana azul y lleva puesta una gorra del mismo color)
ANALGESIO.- Se lo advertí, y ya no me queda paciencia.
BERBITORIO.- El hecho es que no lo entiendo.
ANALGESIO.- (Sin soltar a Berbitorio) He subido a mi oficina, tercera planta, despacho dos, y me han recibido con la noticia de mi ascenso: soy nuevo miembro de la manifactura superior de tráfico. He bajado para comprar una botella de champán y mi intuición me ha dicho que alguien estaba cometiendo una irregularidad.
BERBITORIO.- ¿Le ha dado tiempo a subir a su oficina, tercera planta, despacho dos, y a que le recibieran con la noticia de su ascenso, ya que es nuevo miembro de la manifactura superior de tráfico?
ANALGESIO.- No hay tiempo que perder el tiempo es algo que no concibo ¿me entiende? Los papeles del impuesto de aceras, imagino, ya estarán legalizados...
BERBITORIO.- ¡Aquí están! Usted mismo me los dio.
ANALGESIO.- Esto ya no sirve. Es una falsificación atroz (Coge el papel y lo mastica)
BERBITORIO.- ¿Y ahora qué voy a hacer? No tengo dinero para pagarle... bueno, depende de lo que haya en su cartera (La saca y Analgesio se la quita)
ANALGESIO.- No tengo más remedio qué remedio me queda que denunciarle. Desde que soy miembro de la manifactura superior de tráfico me llevo un diez por ciento de la cuantía de la multa.
BERBITORIO.- Claro, claro, el hecho es que debe denunciarme. Tuve un vecino que siempre le decía a su hijo: nunca vayas donde debes.
ANALGESIO.- Curioso consejo.
BERBITORIO.- A él le vino bien: debía demasiado. Tenía más deudores que deudas, no le digo más.
ANALGESIO.- Acompáñeme a la comisaría de policía.
BERBITORIO.- Será lo mejor, no lo dudo.
ANALGESIO.- Hace demasiado calor.
BERBITORIO.- ¿Quiere que vayamos en mi coche?
ANALGESIO.- ¿Qué coche? ¿El negro, el azul, el verde, el magenta, el violeta... el gris plateado?
BERBITORIO.- Siempre se acuerda. ¿Quiere conducir usted?
ANALGESIO.- ¿Yo? Yo no tengo carnet de conducir me da miedo, demasiados pedales.
BERBITORIO.- (Saliendo por la derecha, con Analgesio) Tuve un vecino al que le daba miedo conducir. Se metió un día en el coche, y ya no quiso salir más. No, no, en este caso el hecho ¡Es que se había muerto!
BERBITORIO.- (Aparece por la derecha, viste chaqueta, corbata y pantalones cortos de color azul) ¿Se ha puesto por las nubes? No, y más allá. El hecho es que no hay quien pague el lecho, aunque agrade el hecho. Pero volvamos al hecho. Sin la aparición de las nubes no tendríamos este sofoco lunar, ese es el hecho.
ANALGESIO.- (Como al principio) ¡Disculpe! ¿Ese coche es suyo? ¿Es suyo el coche que es suyo? ¿El coche suyo es suyo? (Berbitorio. Se había parado y se encoge de hombros al ver salir a Analgesio)
BERBITORIO.- Vamos a consultar el reloj. (Se abre el botón de la chaqueta, observa su interior, después mira al cielo) No, tarde no debe ser, temprano tampoco. Este es el hecho.
ANALGESIO.- (Vuelve a entrar igual, choca en mitad de la frase con Berbitorio) ¡Perdone! ¿El coche es su...?
BERBITORIO.- Estoy en el suelo, ese es el hecho.
ANALGESIO.- (Pasando encima de Berbitorio) Ay, ay , ay, ay. ¿Qué hice? Estoy avergonzado. (Mirando a Berbitorio, sin acercarse) Pero permítame que le ayude, si no es molestia, de verdad. Así, poco a poco, no vaya a hacerse daño.
BERBITORIO.- (De espaldas a Analgesio) Ya estoy mejor, gracias.
ANALGESIO.- ¿Es suyo ese coche? (Señala a algún punto a la derecha, siempre con Berbitorio de espaldas)
BERBITORIO.- (Estirando los puños de la chaqueta) ¿Cuál de ellos?
ANALGESIO.- El negro, el azul, el verde, el magenta, el violeta... el gris plateado.
BERBITORIO.- Ese es mi coche.
ANALGESIO.- Mi enhorabuena más indiferente. Ha elegido uno de los mejores coches que se pueden elegir en el mercado.
BERBITORIO.- El hecho es que pagué. ¿Dónde está que no le veo?
ANALGESIO.- (Avanza hasta quedar frente a Berbitorio) Su dinero le costó pues le costó dinero. Espero que colme sus esperanzas y sea fuente de dicha.
BERBITORIO.- Me hace feliz.
ANALGESIO.- ¿Para cuando la parejita? ¿Eh?
BERBITORIO.- Bueno, aún no he encontrado la carretera adecuada, usted me entiende.
ANALGESIO.- Por cierto. (Ambos se miran en silencio, y se giran de tal modo que Berbitorio. No se mueve del espacio y Analgesio está al otro lado)
BERBITORIO.- ¿Cierto? No sé si es cierto.
ANALGESIO.- Espero que conozca la orden de la manifactura inferior de tráfico, dependiente de la manifactura central de tráfico que es vinculante con la manifactura superior de tráfico y con el gobierno de la nación en cuanto a que sus bases son las mismas aun cuando sus superiores, los jefes de sus superiores y los supremos dirigentes no tengan vínculo alguno.
BERBITORIO.- El hecho es que cada mañana leo los diversos boletines oficiales del estado y hago sus crucigramas. Pero el de hoy, precisamente, y me va a perdonar la trágica aunque obvia respuesta, no lo he leído.
ANALGESIO.- ¿Nadie le ha hablado de la nueva circular que entra en vigor hoy mismo la circular referente al pago del impuesto sobre la acera que ha impuesto la manifactura inferior de tráfico?
BERBITORIO.- ¡Maldita sea mi sombra! Asombrado me quedo, no tengo palabras. El hecho es que tengo palabras, pero ninguna responde. ¡Me creerá si le digo que jamás había oído hablar, ni siquiera a usted mismo, de esa circular?
ANALGESIO.- Lo creo, y creo que merece que le crea.
BERBITORIO.- Algunas veces me salto las normas, así es, pero sólo cuando yo lo decido. ¡Jamás por error!
ANALGESIO.- Así habla un buen conductor. No crea que no valoro cada letra que junta en sus discursos.
BERBITORIO.- ¡Pagaré lo que sea necesario por conseguir ese impuesto gratuito!
ANALGESIO.- Ya pago yo por usted. (Saca una cartera)
BERBITORIO.- ¡Ah, no, no! Permítame.
ANALGESIO.- De ninguna manera.
BERBITORIO.- El hecho es que quiero pagar.
ANALGESIO.- Me niego, bastante tiene con ser el propietario del coche.
BERBITORIO.- Está bien, pague usted.
ANALGESIO.- No puedo pagar el impuesto ¡Qué dirían de mí en la jefatura central de tráfico, que es dependiente en segundo grado de la jefatura superior! No puedo hacer nada, mi jefe, si se entera se echaría a llorar. Y no querrá molestar a ese ancianito.
BERBITORIO.- Por nada del mundo.
ANALGESIO.- (Se sienta) Tenemos un problema que tenemos.
BERBITORIO.- (Se sienta) ¡Vaya problema!
ANALGESIO.- Es un problema, y lo es.
BERBITORIO.- Siempre es un problema tener un problema, ese es el hecho.
ANALGESIO.- Tengo la solución.
BERBITORIO.- ¿Has resuelto el problema?
ANALGESIO.- No. Creí tener la solución para un problema sin solución, pero no hay solución para un problema sin solución.
BERBITORIO.- ¿Ninguna idea?
ANALGESIO.- podríamos hacer el problema irresoluble.
BERBITORIO.- ¿Y tendría solución?
ANALGESIO.- No lo sé. Tal vez lo irresolvería.
BERBITORIO.- Sigamos pensando.
ANALGESIO.- Ehhhh, ehhh.
BERBITORIO.- ¿Lo tienes?
ANALGESIO.- ¿Cömo se dice? Interjección. Cuando se halla o descubre algo que se busca con afán.
BERBITORIO.- ¿Eureka?
ANALGESIO.- (Gritando, se levanta de un golpe) ¡Eureka! Falsificaré el impuesto.
BERBITORIO.- ¿Pero eso es legal?
ANALGESIO.- Claro.
BERBITORIO.- ¿Seguro?
ANALGESIO.- ¿Alguna vez has leído en alguno de los boletines oficiales del estado que sea ilegal falsificar el impuesto de aceras impuesto por la manifactura inferior de tráfico?
BERBITORIO.- En el texto nunca lo vi. En los crucigramas tampoco.
ANALGESIO.- Decidido. Falsificaré el impuesto. (Saca un papel de la carpeta)
BERBITORIO.- ¿Y si me lo pide un inspector de la manifactura de tráfico? Se dará cuenta de que es falsificado.
ANALGESIO.- Los inspectores de la manifactura inferior de tráfico no se darán cuenta, quienes sí se darían cuenta son los inspectores de la manifactura central de tráfico, pero esos rara vez se levantan de la tumbona de la que nunca se levantan. ¿Cómo te nombran? ¿Cuál es tu qué nombre te dieron?
BERBITORIO.- Laurent de la Chemise blanche i short bleu.
ANALGESIO.- ¿Eres nacido en la Francia o naciste allí, en Francia?
BERBITORIO.- Soy Polaco, pero mi padre era ingeniero naval en Andorra, jamás salió del país. Mi madre, en cambio, no era ingeniero naval,y no sé qué pudo ver en ella. Era una mujer vulgar, de origen húngaro, licenciada en humanidades, física, ajedrez y filología francesa. Me puso el nombre un día que andaba repasando sus libros de gramática.
ANALGESIO.- Ya está. Sólo falta la firma. (Berbitorio firma) ¿Cómo vas a pagar?
BERBITORIO.- (Saca la cartera) ¿Un billete? ¿Varios?
ANALGESIO.- Mejor varios será mejor.
BERBITORIO.- ¿De qué colores?
ANALGESIO.- El negro, el azul, el verde, el magenta, el violeta... el gris plateado.
BERBITORIO.- No tengo billetes magenta.
ANALGESIO.- Deja que mire (Observa la cartera y coge un billete de cada tipo). Uno gris, otro rojo, este verde... ¡y morado!
BERBITORIO.- ¡No, el morado no!
ANALGESIO.- Aquí tienes el documento. Y no olvides que es falso. Actualízalo cuando puedas.
BERBITORIO.- (Se dan la mano) ¡Un placer!
ANALGESIO.- El placer es mío el placer.
Analgesio sale por la izquierda. Berbitorio se guarda el documento en el bolsillo.
BERBITORIO.- Necesitaba pagar el impuesto, eso es un hecho, y no puede ser rebatido. (Abre el coche con el mando) Y ahora a casa, que tengo hambre, y no hay ser en el mundo que lo pueda contradecir. Tengo hambre, eso también es un hecho.
Ruido de arranque de motor. Aparece por la izquierda Analgesio, corriendo.
ANALGESIO.- ¡Espere! ¿Dónde va tan aprisa que no tiene intención de parar o qué? ¿Quiere apagar el motor sigue en marcha? (Se apaga el motor) Salga del vehículo, por favor.
BERBITORIO.- (Su voz) ¿Cuál es el problema?
ANALGESIO.- ¿Problema? Ninguno. ¿Puedo ver los papeles del coche? ¿Tiene algo que oculta usted algo?
Aparece Berbitorio, ahora viste camisa azul y pantalón corto blanco.
BERBITORIO.- Aquí tiene los papeles. Uno a uno, sellados y reglamentados por los cargos más altos dentro de la jerarquía. Este, incluso, lo selló el ayudante del secretario del auxiliar del ministro, no le digo más.
ANALGESIO.- (Observa la foto del carnet de conducir) ¿Ha visto alguna vez a este hombre?
BERBITORIO.- No sé qué decir. La foto es pequeña, y el individuo no se molesta en sonreír. Además esa calva, la forma del cuello... creo que soy yo.
ANALGESIO.- ¿Este es, entonces, su permiso de conducir vehículos automóviles cuya masa no exceda de 3500 kilogramos y cuyo número de asientos, incluido el del conductor, no excede de nueve?
BERBITORIO.- Lo que ha dicho es completamente cierto. Parece que una luz le ilumine.
ANALGESIO.- Es un foco. ¿Cómo se llama usted se llama?
BERBITORIO.- Igual que hace unos minutos, es un hecho probado que no me ha dado tiempo a cambiar de nombre. Me llamo Laurent de la Chemise bleu i short blanche.
ANALGESIO.- En efecto. Es el mismo nombre que figura en sus papeles.
BERBITORIO.- Es mi costumbre conservar el nombre. Tuve un vecino que no lo hacía así, y uno no sabía cómo llamarlo. De lunes a miércoles era José, los jueves y sábados Pepe, Pepillo viernes y domingos, y los demás días Juan Carlos. Nunca me acordaba de cómo llamarle. Así que no le hablé más.
ANALGESIO.- ¿Y se sintió mal?
BERBITORIO.- Nunca me dijo nada.
ANALGESIO.- ¿No está al corriente del pago del impuesto sobre la acera? Ah, sí, debe de ser este papel debe ser el pago del impuesto. ¡Cómo! Esto es una falsificación.
BERBITORIO.- (Con orgullo) ¡Vaya si lo es!
ANALGESIO.- Una falsificación excelente. ¡Hasta podría pasar por auténtica!
BERBITORIO.- ¿Usted cree?
ANALGESIO.- El papel es oficial, y la letra tiene una caligrafía maravillosa. Cualquier inspector de la manifactura inferior de tráfico creería que el documento es válido. En cambio cualquier inspector de la manifactura central se daría cuenta enseguida de que no es así. Los inspectores de la manifactura superior no se molestan en bajar a la calle es una molestia, usted comprende.
BERBITORIO.- Una vez tuve un vecino al que no comprendía. Él intentaba comunicarse conmigo, pero era incapaz de entender una palabra. Llegué a ponerme de rodillas y pegué la oreja a su boca, pero ni aún así. El hecho es que no comprendía nada. Tuve la impresión de que balbuceaba, entonces me di cuenta de que era un bebé.
ANALGESIO.- Sí, los bebés hablan muy mal, y eso es culpa de los padres.
BERBITORIO.- Y luego se creen que con unas babas y unas sonrisas todo está arreglado. ¡Tolerancia cero a los bebés! Eso es un hecho.
ANALGESIO.- Tiene usted un problema que tiene un problema que debe solucionar.
BERBITORIO.- ¿No puede hacer otra falsificación?
ANALGESIO.- Será lo mejor ¿Cuál es su coche? ¿El negro, el azul, el verde, el magenta, el violeta... el gris plateado?
BERBITORIO.- Sí, exacto.
ANALGESIO.- Ya está. He falsificado la falsificación es perfecta. Tiene incluso el ribete rojo que utilizamos en la jefatura. Nadie diría que no es auténtico, tan sólo los de la manifactura superior de tráfico, pero esos jamás salen del despacho. Entre nosotros: no quisiera ser uno de ellos.
BERBITORIO.- Que sea enhorabuena. No lo sea nunca.
ANALGESIO.- ¿Cómo me va a pagar?
BERBITORIO.- (Saca la cartera) Aún quedan billetes de varios colores y formas. ¿Uno de cada? ¿Tal vez dos?
ANALGESIO.- No es suficiente.
BERBITORIO.- Tiene razón. Vivir es cada día más caro. Aún me pregunto cómo es posible que sobreviva cuando el oxígeno está por las nubes. No tengo la respuesta, pero no importa. me gusta la vida, eso es un hecho. ¿El dinero? ¡Qué importa! ¿Quiere la cartera? Se la regalo. ¿Para qué la necesito? Cóbrese y que le vaya bien. (Le da la cartera)
ANALGESIO.- No tengo palabras, es el regalo más bonito que me han hecho. Espere, le recompensaré por su generosidad (Saca su cartera y se la muestra a Berbitorio) Llevo poco dinero, pero estoy seguro que no lo tendrá en cuenta.
BERBITORIO.- (Rechazando la cartera) No, por favor.
ANALGESIO.- Insisto.
BERBITORIO.- No hace falta.
ANALGESIO.- Mire que me enfadaré si no toma la cartera.
BERBITORIO.- Está bien, pero lo hago porque me lo pide.
ANALGESIO.- ¿Ha visto mi cara de felicidad? Estoy orgulloso de usted.
BERBITORIO.- Tuve un vecino que se sentía infeliz. Para curar su ansiedad su psicóloga le recomendó...
ANALGESIO.- ¿Su ansiedad o su infelicidad?
BERBITORIO.- Era infeliz, lo que le producía ansiedad; y esa ansiedad, que no lograba dominar, le provocaba infelicidad.
ANALGESIO.- Un hombre complejo, sin duda un hombre complejo (Berbitorio asiente)
BERBITORIO.- (Cada vez más rápido) Tuve un vecino que se sentía infeliz. Para curar su ansiedad su psicóloga le recomendó...
ANALGESIO.- ¿Su ansiedad o su infertilidad?
BERBITORIO.- La ansiedad, que no dominaba, le provocaba infertilidad.
ANALGESIO.- Un hombre con complejo sin duda
BERBITORIO.- Tuve un vecino que se sentía muy fértil. Para curar su fertilidad su psicóloga le recomendó... (Se detiene en su rapidez. Ritmo normal) No recuerdo lo que le recomendó.
ANALGESIO.- ¿Qué le recomendó? ¿Qué no tuviera más niños?
BERBITORIO.- (Poco a poco, recordando) Tuve un vecino que se sentía infeliz. Para curar su ansiedad su psicóloga le recomendó que regalase aquellos objetos que le producían ansiedad. Entonces regaló los muebles, la casa, un coche y dos mil euros que tenía ahorrados.
ANALGESIO.- ¿Y se curó?
BERBITORIO.- No lo sé. Pero el coche funciona de maravilla.
ANALGESIO.- ¿Qué coche? ¿El negro, el azul, el verde, el magenta, el violeta... el gris plateado?
BERBITORIO.- Exacto ¿Cómo lo adivinó?
ANALGESIO.- Me gusta observar turismos. Ver cómo se contonean marcha atrás, cómo avanzan, decididos, sin temblores, entre curvas y rectas, tan poderosos y fugaces...
BERBITORIO.- ¿Y qué me dice de cómo aprovechan el peralte para no salirse por la tangente?
ANALGESIO.- ¡Oh, qué belleza! (Triste) Es algo que nunca podré experimentar.
BERBITORIO.- Todos tenemos limitaciones. Un coche, por ejemplo, no puede saltar. Esto es un hecho.
ANALGESIO.- Aquí tiene el documento. Debidamente sellado y firmado. No olvide que se trata de una falsificación. Cuando le sea posible adquiera el verdadero.
BERBITORIO.- Le estoy agradecido, eso es un hecho. (Se dan la mano. Analgesio sale por la izquierda) ¿Y yo no debo firmar el documento? Pues eso parece. ¡Malditas nubes, maldito sofoco lunar! Así no se puede vivir (Sale por la derecha. Vuelve al instante con Analgesio, que le trae sujeto por el cuello. Analgesio viste una americana azul y lleva puesta una gorra del mismo color)
ANALGESIO.- Se lo advertí, y ya no me queda paciencia.
BERBITORIO.- El hecho es que no lo entiendo.
ANALGESIO.- (Sin soltar a Berbitorio) He subido a mi oficina, tercera planta, despacho dos, y me han recibido con la noticia de mi ascenso: soy nuevo miembro de la manifactura superior de tráfico. He bajado para comprar una botella de champán y mi intuición me ha dicho que alguien estaba cometiendo una irregularidad.
BERBITORIO.- ¿Le ha dado tiempo a subir a su oficina, tercera planta, despacho dos, y a que le recibieran con la noticia de su ascenso, ya que es nuevo miembro de la manifactura superior de tráfico?
ANALGESIO.- No hay tiempo que perder el tiempo es algo que no concibo ¿me entiende? Los papeles del impuesto de aceras, imagino, ya estarán legalizados...
BERBITORIO.- ¡Aquí están! Usted mismo me los dio.
ANALGESIO.- Esto ya no sirve. Es una falsificación atroz (Coge el papel y lo mastica)
BERBITORIO.- ¿Y ahora qué voy a hacer? No tengo dinero para pagarle... bueno, depende de lo que haya en su cartera (La saca y Analgesio se la quita)
ANALGESIO.- No tengo más remedio qué remedio me queda que denunciarle. Desde que soy miembro de la manifactura superior de tráfico me llevo un diez por ciento de la cuantía de la multa.
BERBITORIO.- Claro, claro, el hecho es que debe denunciarme. Tuve un vecino que siempre le decía a su hijo: nunca vayas donde debes.
ANALGESIO.- Curioso consejo.
BERBITORIO.- A él le vino bien: debía demasiado. Tenía más deudores que deudas, no le digo más.
ANALGESIO.- Acompáñeme a la comisaría de policía.
BERBITORIO.- Será lo mejor, no lo dudo.
ANALGESIO.- Hace demasiado calor.
BERBITORIO.- ¿Quiere que vayamos en mi coche?
ANALGESIO.- ¿Qué coche? ¿El negro, el azul, el verde, el magenta, el violeta... el gris plateado?
BERBITORIO.- Siempre se acuerda. ¿Quiere conducir usted?
ANALGESIO.- ¿Yo? Yo no tengo carnet de conducir me da miedo, demasiados pedales.
BERBITORIO.- (Saliendo por la derecha, con Analgesio) Tuve un vecino al que le daba miedo conducir. Se metió un día en el coche, y ya no quiso salir más. No, no, en este caso el hecho ¡Es que se había muerto!
jueves, 4 de agosto de 2011
Heiffel. fragmento
Adolfino.- (Suspirando) ¡Esto es vida!
Castráñez.- Llevamos horas subiendo esta montaña, ¿y te sientes feliz?
Adolfino.- Mi vida, antes de conocerte, era monótona. Nunca hice nada interesante. Estuve cinco años con una mujer y me aburría tanto...
Castráñez.- Que la dejaste.
Adolfino.- No, me casé con ella. Pensábamos que, como matrimonio, todo sería más divertido. Y no lo fue.
Castráñez.- Y la dejaste.
Adolfino.- Ella decía que si teníamos niños lo íbamos a pasar fenomenal. Yo no quería tener niños, porque además hay que darlos de comer.
Castráñez.- Por eso la dejaste.
Adolfino.- Observábamos parejas con niños, y ¡caray! Sí que se reían. El mundo era una fiesta. Entonces tuvimos un niño. Pero era muy aburrido. Nunca decía nada, y encima había que darlo de comer.
Castráñez.- Fue cuando lo dejaste.
Adolfino.- Pero mi mujer decía: verás cuando sea un poco más grande, y pueda hablar, lo que nos vamos a reir. Y decidimos dejarlo crecer, porque veíamos que las parejas con niños que hablaban disfrutaban más que las otras. El niño creció y tuvimos que ponerle nombre, porque nos preguntó cómo se llamaba. Yo le dije que Oscar. A ver si nos salía tan ingenioso como Oscar Wilde. Pero jamás dijo nada interesante. Recuerdo que le decía: piensa un poco, Oscar, seguro que tienes algo gracioso que decir. Y él callaba. Yo no podía dejar de bostezar...
Castráñez.- Ahora sí que lo dejaste.
Adolfino.- Mi mujer se dio cuenta que las parejas con dos niños se lo pasaban mejor que con uno. Y le llamamos Joaquín. Pero era tan aburrido como Oscar, y además lloraba. Como lloraba en brazos de su madre, me lo pasaba a mí, yo se lo daba a Oscar y él lo devolvía a la madre. Fue el único momento divertido, porque un día, no recuerdo por qué, dejó de llorar. Y nos aburrimos de nuevo.
Castráñez.- ¡Ahí lo dejaste!
Adolfino.- No, me dejó ella. Había comprobado que las madres solteras con dos hijos se lo pasaban mucho mejor que las madres casadas. Al principio me enfadé, pero luego comprobé que era verdad.
Castráñez.- Yo también vivo solo.
Adolfino.- No, si regresó conmigo a los seis meses. Se había aburrido tanto que se había dejado las uñas largas para capturar moscas entre los dedos índice y pulgar.
Castráñez.- ¡Qué desagradable!
Adolfino.- Al principio pensé lo mismo, pero era muy útil para cortar patatas.
Castráñez.- ¿Tan largas se dejó las uñas?
Adolfino.- Una noche que me giré en la cama me clavó una de ellas y tuvimos que ir al hospital, porque me desangraba.
Castráñez.- Y se las cortó.
Adolfino.- No. Compró unos protectores para dormir.
Castráñez.- ¿Y no te daban miedo?
Adolfino.- Miedo, no. Sólo un poco de asco.
Castráñez.- ¿Las tenía sucias?
Adolfino.- Qué va. Pero en aquella época comenzó a trabajar en una peluquería, y, claro, para qué iba a usar tijeras. Además, las clientas lo preferían así. Algunas me paraban por la calle y me decían: su mujer tiene unas manos de oro.
Castráñez.-.- Porque era muy buena.
Adolfino.- No, porque se pintaba las uñas de ese color.
Castráñez.- ¡Qué desagradable!
Adolfino.- ¡Por las uñas de mi mujer! Viene gente. (Se agachan)
Castráñez.- Llevamos horas subiendo esta montaña, ¿y te sientes feliz?
Adolfino.- Mi vida, antes de conocerte, era monótona. Nunca hice nada interesante. Estuve cinco años con una mujer y me aburría tanto...
Castráñez.- Que la dejaste.
Adolfino.- No, me casé con ella. Pensábamos que, como matrimonio, todo sería más divertido. Y no lo fue.
Castráñez.- Y la dejaste.
Adolfino.- Ella decía que si teníamos niños lo íbamos a pasar fenomenal. Yo no quería tener niños, porque además hay que darlos de comer.
Castráñez.- Por eso la dejaste.
Adolfino.- Observábamos parejas con niños, y ¡caray! Sí que se reían. El mundo era una fiesta. Entonces tuvimos un niño. Pero era muy aburrido. Nunca decía nada, y encima había que darlo de comer.
Castráñez.- Fue cuando lo dejaste.
Adolfino.- Pero mi mujer decía: verás cuando sea un poco más grande, y pueda hablar, lo que nos vamos a reir. Y decidimos dejarlo crecer, porque veíamos que las parejas con niños que hablaban disfrutaban más que las otras. El niño creció y tuvimos que ponerle nombre, porque nos preguntó cómo se llamaba. Yo le dije que Oscar. A ver si nos salía tan ingenioso como Oscar Wilde. Pero jamás dijo nada interesante. Recuerdo que le decía: piensa un poco, Oscar, seguro que tienes algo gracioso que decir. Y él callaba. Yo no podía dejar de bostezar...
Castráñez.- Ahora sí que lo dejaste.
Adolfino.- Mi mujer se dio cuenta que las parejas con dos niños se lo pasaban mejor que con uno. Y le llamamos Joaquín. Pero era tan aburrido como Oscar, y además lloraba. Como lloraba en brazos de su madre, me lo pasaba a mí, yo se lo daba a Oscar y él lo devolvía a la madre. Fue el único momento divertido, porque un día, no recuerdo por qué, dejó de llorar. Y nos aburrimos de nuevo.
Castráñez.- ¡Ahí lo dejaste!
Adolfino.- No, me dejó ella. Había comprobado que las madres solteras con dos hijos se lo pasaban mucho mejor que las madres casadas. Al principio me enfadé, pero luego comprobé que era verdad.
Castráñez.- Yo también vivo solo.
Adolfino.- No, si regresó conmigo a los seis meses. Se había aburrido tanto que se había dejado las uñas largas para capturar moscas entre los dedos índice y pulgar.
Castráñez.- ¡Qué desagradable!
Adolfino.- Al principio pensé lo mismo, pero era muy útil para cortar patatas.
Castráñez.- ¿Tan largas se dejó las uñas?
Adolfino.- Una noche que me giré en la cama me clavó una de ellas y tuvimos que ir al hospital, porque me desangraba.
Castráñez.- Y se las cortó.
Adolfino.- No. Compró unos protectores para dormir.
Castráñez.- ¿Y no te daban miedo?
Adolfino.- Miedo, no. Sólo un poco de asco.
Castráñez.- ¿Las tenía sucias?
Adolfino.- Qué va. Pero en aquella época comenzó a trabajar en una peluquería, y, claro, para qué iba a usar tijeras. Además, las clientas lo preferían así. Algunas me paraban por la calle y me decían: su mujer tiene unas manos de oro.
Castráñez.-.- Porque era muy buena.
Adolfino.- No, porque se pintaba las uñas de ese color.
Castráñez.- ¡Qué desagradable!
Adolfino.- ¡Por las uñas de mi mujer! Viene gente. (Se agachan)
sábado, 23 de julio de 2011
Monólogo del Jugador de Snooker
Una tarima pequeña, muy por debajo del actor. Un micrófono en el techo, sobre ella. Entra el jugador, despacio, mirando a los lados, asustado. Se coloca junto a la tarima. Va a apoyarse en ella, y es cuando se da cuenta de que está por debajo de su cintura. Hace un gesto a alguien entre el público, rogando que le cambien la tarima, después intenta levantarla un poco. Finalmente se encoge de hombros, saca un papel del bolsillo y lo coloca sobre ella.
Cuando me ofrecieron el premio, yo estaba de viaje.
Tose
Esto, después se achanta, ¿verdad? No tengo que decir la hoja de corrido, como si no tuviera pies. Claro, claro, ya va, un segundo.
Tose, con voz más altiva:
Cuando me ofrecieron el premio, yo estaba de viaje. Para mí es un orgullo defender a mi patria por encima del tren.... y del mar, con... ¿cómo dices que dije? Para mí es un orgullo defender a mi patria por encima del bien y del mal, con la satisfacción de sentirme querido.
Se aparta de la tarima y se acerca a un lateral, para hablar con alguien del público.
¿Quién ha escrito esta palabrería? ¿Qué tiene que ver el Snooker con la defensa del pais? Cuando levanto el taco lo hago por mi interés, no tengo intención de defender a nadie. ¡Que tengo que vivir de algo! Te diré lo que vamos a hacer, voy a decir lo que siento ¡No, no pienso improvisar! Diré lo primero que se me ocurra. El premio lo he recibido yo, y por eso yo decido. Enciende la cámara. ¿Qué está grabando? No quiero quedar como un pelele, ¿me oyes? Pues bien, allá va mi texto.
Coloca las manos en los bolsillos, mira de frente al público e intenta situarse debajo del micrófono, por lo que éste le golpea la cabeza. Con él sobre la cabeza comienza su discurso.
Paisanos y paisanas, vecinos todos de esta patria mía ¡Nuestra! Tengo el agradecimiento de decir, la suerte de contar, el orgullo y todo eso: me han nombrado Premio Nacional de Deportes. Y todo porque manejo el taco como nadie, ¡je! Tal vez algunos no sabréis qué hago en la vida, os lo voy a contar: juego al Snooker. El Snooker es el mejor deporte del mundo, vosotros lo confundiréis con el billar, pero no es así, es un juego distinto, aunque también tiene una mesa ¿Podemos traer una mesa de Snooker y otra de billar? ¿Podemos colocar aquí dos mesas?
Se acerca al lateral.
Para que la gente distinga un deporte del otro. No te entiendo ¿No te gusta lo que he dicho? Pues es mejor que aquello de la defensa de la patria y esas cosas que escribiste. Necesito una mesa, ¿puede ser o no? El público no va a entender por qué recibo el premio. Y la imagen es importante, eso me lo dijo mi representante hace unos meses. Yo me cuido, hasta me ducho a diario, para dar buena imagen. ¿No hay mesas? ¿Ni siquiera una de Snooker? No quiero que compres una mesa, puedes alquilarla. Bueno, da igual, sin mesa. Escucha, voy a leer el discurso que escribiste, pero luego seré yo quién decida si se emite. ¿Entiendes?
Se coloca junto al micrófono, y observa el papel. Lee sin ánimo.
Cuando me ofrecieron el premio... Para mí es un orgullo defender y bla, bla, bla ¡No voy a leer eso de nuevo! ¿Es necesario que lo lea? Está bien, repito. (sin interés) Cuando me ofrecieron el premio, yo estaba de viaje. Para mí es un orgullo defender a mi patria por encima del tren... del bien y del mal, con la satisfacción de sentirme querido. Por tanto, simplemente agradecer al señor ministro la entrega del premio.
Da la vuelta a la hoja, sorprendido.
¿Ya está? ¿Es posible? ¡Ah, no, no! Decir eso es decir nada. Es como... es como hablar de la pesca con mosca, y dar las gracias a las moscas. Yo quiero hablar de mi trabajo, de cómo levanto doce mil veces diarias el taco y cómo caen las bolas, cada una en su lugar, cuando son golpeadas. Hay arte en eso ¡Figúrate! Es una metáfora... no, es una metafísica de la vida. Pero ¿cómo contar mis sensaciones? Paso de seis a ocho horas diarias encorvado sobre una mesa, con los ojos puestos en las aristas inexistentes de unas esferas perfectas. No, demasiado complejo. Cada mañana somos golpeados por una bola, o algo así, que nos obliga a hacer algo que no deseamos. Sí, eso es profundo, pero ¿Qué ocurre cuando la bola que somos cae en el agujero sin fondo? Tiene que haber otra forma de contarlo... La luna es la bola blanca, eso es, la luna ¡La luna!
Abre los brazos como si quisiera sujetar el universo, cambia la voz a otra muy forzada.
Amigos, el snooker es el juego de los planetas. La luna es la bola blanca. Mercurio, que es rojo, es la bola roja. Venus, pues, digamos que la bola... negra. Sí, Venus es la bola negra. La tierra, la bola verde. Esta era sencilla. Marte... ¿no era Marte el planeta rojo? Entonces Marte la roja y Mercurio otra, la azul. (Se va cansando) Júpiter, ¡qué rayos sé cuál será Júpiter!
Vuelve al lateral
¿También te estoy aburriendo? La idea es que luego los planetas chocan, y se lanzan al universo, y se modifican las galaxias... sí, es aburrido.
Pensativo
No tiene que ser tan difícil... El Snooker es mi mundo, es un mundo, un mundo... ¡Ah, sí, ya lo tengo! ¡Graba, graba! ¡Ah, que sigues grabando!
Vuelve bajo el micrófono
Señores compatriotas: Una vez, en algún lugar dentro de esta nación, nacemos. Todos hemos nacido, menos los que aún viven en el vientre de su madre, esperando su momento; tampoco los que aún no han sido fecundados, pero eso, de nuevo, es metafísica... ¡Oh, ya sé lo que quiero decir! Nacemos como pequeñas bolas que alguien coloca en una mesa, que es la vida. Y de color verde: porque venimos de forma natural, esto es, a la naturaleza. Sí, así, ¡así! Entonces, en la vida, nos encontramos con otras bolas, de otros colores porque son de otras razas, o de la misma si son del mismo color ¡Evidente!
Aparte, al lado de siempre
¡Esto marcha!
De nuevo al público
Pero la vida no es sencilla. Aunque intentamos hacer nuestra voluntad, siempre hay algo o alguien, mejor alguien, que nos maneja, que nos obliga a ir de aquí para allá. Es... es como un palo enorme, llamémosle taco, que nos lanza a descubrir mundo. Tal vez no lo hace de forma directa, tal vez son las otras bolas, las otras personas, las que nos mueven el centro, o nos conmueven, y nos hacen desplazarnos encima de la mesa.
Se emociona y tira del micrófono, que termina quedando por debajo de su cabeza. Entonces se agacha para que aún se le escuche.
Hasta que un día, el taco supremo se lanza sobre nosotros y nos condena al vértice de la mesa, nos hace regresar al agujero del que una vez salimos, que es como decir: ya hemos llegado a la muerte. Pues bien, todo eso, admirado público, todo eso es el Snooker. ¡Gracias de todo corazón!
Cuando me ofrecieron el premio, yo estaba de viaje.
Tose
Esto, después se achanta, ¿verdad? No tengo que decir la hoja de corrido, como si no tuviera pies. Claro, claro, ya va, un segundo.
Tose, con voz más altiva:
Cuando me ofrecieron el premio, yo estaba de viaje. Para mí es un orgullo defender a mi patria por encima del tren.... y del mar, con... ¿cómo dices que dije? Para mí es un orgullo defender a mi patria por encima del bien y del mal, con la satisfacción de sentirme querido.
Se aparta de la tarima y se acerca a un lateral, para hablar con alguien del público.
¿Quién ha escrito esta palabrería? ¿Qué tiene que ver el Snooker con la defensa del pais? Cuando levanto el taco lo hago por mi interés, no tengo intención de defender a nadie. ¡Que tengo que vivir de algo! Te diré lo que vamos a hacer, voy a decir lo que siento ¡No, no pienso improvisar! Diré lo primero que se me ocurra. El premio lo he recibido yo, y por eso yo decido. Enciende la cámara. ¿Qué está grabando? No quiero quedar como un pelele, ¿me oyes? Pues bien, allá va mi texto.
Coloca las manos en los bolsillos, mira de frente al público e intenta situarse debajo del micrófono, por lo que éste le golpea la cabeza. Con él sobre la cabeza comienza su discurso.
Paisanos y paisanas, vecinos todos de esta patria mía ¡Nuestra! Tengo el agradecimiento de decir, la suerte de contar, el orgullo y todo eso: me han nombrado Premio Nacional de Deportes. Y todo porque manejo el taco como nadie, ¡je! Tal vez algunos no sabréis qué hago en la vida, os lo voy a contar: juego al Snooker. El Snooker es el mejor deporte del mundo, vosotros lo confundiréis con el billar, pero no es así, es un juego distinto, aunque también tiene una mesa ¿Podemos traer una mesa de Snooker y otra de billar? ¿Podemos colocar aquí dos mesas?
Se acerca al lateral.
Para que la gente distinga un deporte del otro. No te entiendo ¿No te gusta lo que he dicho? Pues es mejor que aquello de la defensa de la patria y esas cosas que escribiste. Necesito una mesa, ¿puede ser o no? El público no va a entender por qué recibo el premio. Y la imagen es importante, eso me lo dijo mi representante hace unos meses. Yo me cuido, hasta me ducho a diario, para dar buena imagen. ¿No hay mesas? ¿Ni siquiera una de Snooker? No quiero que compres una mesa, puedes alquilarla. Bueno, da igual, sin mesa. Escucha, voy a leer el discurso que escribiste, pero luego seré yo quién decida si se emite. ¿Entiendes?
Se coloca junto al micrófono, y observa el papel. Lee sin ánimo.
Cuando me ofrecieron el premio... Para mí es un orgullo defender y bla, bla, bla ¡No voy a leer eso de nuevo! ¿Es necesario que lo lea? Está bien, repito. (sin interés) Cuando me ofrecieron el premio, yo estaba de viaje. Para mí es un orgullo defender a mi patria por encima del tren... del bien y del mal, con la satisfacción de sentirme querido. Por tanto, simplemente agradecer al señor ministro la entrega del premio.
Da la vuelta a la hoja, sorprendido.
¿Ya está? ¿Es posible? ¡Ah, no, no! Decir eso es decir nada. Es como... es como hablar de la pesca con mosca, y dar las gracias a las moscas. Yo quiero hablar de mi trabajo, de cómo levanto doce mil veces diarias el taco y cómo caen las bolas, cada una en su lugar, cuando son golpeadas. Hay arte en eso ¡Figúrate! Es una metáfora... no, es una metafísica de la vida. Pero ¿cómo contar mis sensaciones? Paso de seis a ocho horas diarias encorvado sobre una mesa, con los ojos puestos en las aristas inexistentes de unas esferas perfectas. No, demasiado complejo. Cada mañana somos golpeados por una bola, o algo así, que nos obliga a hacer algo que no deseamos. Sí, eso es profundo, pero ¿Qué ocurre cuando la bola que somos cae en el agujero sin fondo? Tiene que haber otra forma de contarlo... La luna es la bola blanca, eso es, la luna ¡La luna!
Abre los brazos como si quisiera sujetar el universo, cambia la voz a otra muy forzada.
Amigos, el snooker es el juego de los planetas. La luna es la bola blanca. Mercurio, que es rojo, es la bola roja. Venus, pues, digamos que la bola... negra. Sí, Venus es la bola negra. La tierra, la bola verde. Esta era sencilla. Marte... ¿no era Marte el planeta rojo? Entonces Marte la roja y Mercurio otra, la azul. (Se va cansando) Júpiter, ¡qué rayos sé cuál será Júpiter!
Vuelve al lateral
¿También te estoy aburriendo? La idea es que luego los planetas chocan, y se lanzan al universo, y se modifican las galaxias... sí, es aburrido.
Pensativo
No tiene que ser tan difícil... El Snooker es mi mundo, es un mundo, un mundo... ¡Ah, sí, ya lo tengo! ¡Graba, graba! ¡Ah, que sigues grabando!
Vuelve bajo el micrófono
Señores compatriotas: Una vez, en algún lugar dentro de esta nación, nacemos. Todos hemos nacido, menos los que aún viven en el vientre de su madre, esperando su momento; tampoco los que aún no han sido fecundados, pero eso, de nuevo, es metafísica... ¡Oh, ya sé lo que quiero decir! Nacemos como pequeñas bolas que alguien coloca en una mesa, que es la vida. Y de color verde: porque venimos de forma natural, esto es, a la naturaleza. Sí, así, ¡así! Entonces, en la vida, nos encontramos con otras bolas, de otros colores porque son de otras razas, o de la misma si son del mismo color ¡Evidente!
Aparte, al lado de siempre
¡Esto marcha!
De nuevo al público
Pero la vida no es sencilla. Aunque intentamos hacer nuestra voluntad, siempre hay algo o alguien, mejor alguien, que nos maneja, que nos obliga a ir de aquí para allá. Es... es como un palo enorme, llamémosle taco, que nos lanza a descubrir mundo. Tal vez no lo hace de forma directa, tal vez son las otras bolas, las otras personas, las que nos mueven el centro, o nos conmueven, y nos hacen desplazarnos encima de la mesa.
Se emociona y tira del micrófono, que termina quedando por debajo de su cabeza. Entonces se agacha para que aún se le escuche.
Hasta que un día, el taco supremo se lanza sobre nosotros y nos condena al vértice de la mesa, nos hace regresar al agujero del que una vez salimos, que es como decir: ya hemos llegado a la muerte. Pues bien, todo eso, admirado público, todo eso es el Snooker. ¡Gracias de todo corazón!
viernes, 8 de julio de 2011
La Canción del Marinero
Marcho siempre a la deriva,
Viajo con rumbo extraviado,
En el corazón me guía
Un rayo de agua marina,
Un timón seco y quebrado.
Marcho siempre a la deriva
decidir es muy cansado.
Quise ser buen marinero
Porque el asfalto me aburre.
Quise ser buen marinero.
La paciencia me consume
Cuando no me lleva el viento.
Siempre he sido marinero
Con la barca en rebeldía,
Siempre he sido marinero
Desde el agua a la bahía
Desde la tierra hasta el cielo
Siempre he sido lo que quiero,
Sin el agua me aburría
En la mar todo lo tengo.
Quería atravesar los mares
Al verlos desde la playa,
Quería recorrer los mares
Pero los mares acaban
Y el recuerdo que me queda
Es el de espuma en el agua,
Es el de nubes y de algas.
Y es que el tiempo se consume
Pues navego hacia la nada.
Soñaba dejar las cumbres,
Tantos mares me rodeaban.
Luché, incansable, contra olas,
Contra vientos y mareas.
Siempre combatí las olas,
Y mi nave en las tormentas
Recortaba piedras, rocas.
Nunca pudieron las botas
doblegar su capitán
Y el miedo, que otros tendrán
Cuando inicien la faena,
Nunca torció mi certeza:
“Sé que el viento cambiará”.
El día que salí a la mar
El timón dejé en la tierra.
El día que salí a la mar
Arrojé al agua mis penas
A la tierra mis temores
Y fui lanzando canciones
Que hablaban de libertad.
El cielo ondeaba en la mar,
Sobre la tierra el adobe.
.
navegando a la deriva
Marcho siempre a la deriva
Es mi dirección la brisa
Y entre mi escaso equipaje
Llevo el brío de mi sangre
Mezclado con mi alegría.
Cuando la luna me espera
Con sus curvas entreabiertas
Siento que el agua me bate,
Y conteniendo la sangre
Me arrastro hasta la ribera,
Entonces la mar me apresa
Entonces me anima el aire.
Y el cielo, como de alambre,
Se tuerce de tal manera
Que mi piel, ya turbia y vieja
Florece y se vuelve carne.
Va mi voz como ceniza
Navegando a la deriva,
Con las manos entreabiertas
Siempre huyendo de la tierra
Viajando donde me llevan
Lámparas de agua y ventisca.
Y cada día a la deriva,
Siempre viajo a la deriva.
Viajo con rumbo extraviado,
En el corazón me guía
Un rayo de agua marina,
Un timón seco y quebrado.
Marcho siempre a la deriva
decidir es muy cansado.
Quise ser buen marinero
Porque el asfalto me aburre.
Quise ser buen marinero.
La paciencia me consume
Cuando no me lleva el viento.
Siempre he sido marinero
Con la barca en rebeldía,
Siempre he sido marinero
Desde el agua a la bahía
Desde la tierra hasta el cielo
Siempre he sido lo que quiero,
Sin el agua me aburría
En la mar todo lo tengo.
Quería atravesar los mares
Al verlos desde la playa,
Quería recorrer los mares
Pero los mares acaban
Y el recuerdo que me queda
Es el de espuma en el agua,
Es el de nubes y de algas.
Y es que el tiempo se consume
Pues navego hacia la nada.
Soñaba dejar las cumbres,
Tantos mares me rodeaban.
Luché, incansable, contra olas,
Contra vientos y mareas.
Siempre combatí las olas,
Y mi nave en las tormentas
Recortaba piedras, rocas.
Nunca pudieron las botas
doblegar su capitán
Y el miedo, que otros tendrán
Cuando inicien la faena,
Nunca torció mi certeza:
“Sé que el viento cambiará”.
El día que salí a la mar
El timón dejé en la tierra.
El día que salí a la mar
Arrojé al agua mis penas
A la tierra mis temores
Y fui lanzando canciones
Que hablaban de libertad.
El cielo ondeaba en la mar,
Sobre la tierra el adobe.
.
navegando a la deriva
Marcho siempre a la deriva
Es mi dirección la brisa
Y entre mi escaso equipaje
Llevo el brío de mi sangre
Mezclado con mi alegría.
Cuando la luna me espera
Con sus curvas entreabiertas
Siento que el agua me bate,
Y conteniendo la sangre
Me arrastro hasta la ribera,
Entonces la mar me apresa
Entonces me anima el aire.
Y el cielo, como de alambre,
Se tuerce de tal manera
Que mi piel, ya turbia y vieja
Florece y se vuelve carne.
Va mi voz como ceniza
Navegando a la deriva,
Con las manos entreabiertas
Siempre huyendo de la tierra
Viajando donde me llevan
Lámparas de agua y ventisca.
Y cada día a la deriva,
Siempre viajo a la deriva.
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