Carlos.- Este armario tiene la medida exacta. Además es rígido, y sabe albergar secretos por los que se pagaría mucho dinero. Sus patas, tan furiosamente establecidas, le dan un rigor y una fortaleza perdurable. Ya no se hacen muebles así. Ahora se acorchan, se encogen y pierden color con los años. ¿No estás de acuerdo?
Bretón.- Supongo.
Carlos.- Éste podría soportar el peso de un hombre. Tal vez tumbado...
Se mete en el interior. Trata de tumbarse, pero no lo logra.
Carlos.- Es incómodo. Huele a sudor y humedad. No es agradable estar aquí adentro. Si así es como viven los caracoles, no me extraña que pasen su vida soltando babas y moco.
Bretón.- Eres un ignorante.
Carlos.- ¿Por qué? ¿Acaso no sueltan babas los caracoles? ¿Acaso no se les llama gasterópodos? ¿Eh? Me repugnan los gasterópodos, siempre arrastrándose por el suelo. Su único fin es ser pisoteados. ¿Te has dado cuenta?
Bretón.- ¿De qué?
Carlos.- Estoy dentro de un armario, que está dentro de una habitación, que está dentro de una vivienda, que está dentro de un edificio, que está...
Bretón.- Vamos, cállate.
Carlos sale del armario y lo cierra. Se acerca a la parte izquierda.
Carlos.- Aquí pondremos una estantería para libros. ¿Tienes libros?
Bretón.- Algunos.
Carlos.- ¡Los libros! Miles de hojas explicando el mundo, y ninguna sirve para nada.
Bretón.- Hablas de lo que no conoces.
Carlos.- Y lo que es peor: los que escriben no saben vivir. Maldito oficio.
Bretón.- ¡Qué sabrás de literatura!
Carlos.- No puede salir nada bueno del cerebro humano. No estamos diseñados para la belleza ¡No me interrumpas! Estamos corrompidos. Un hombre perfectamente bueno, es un perfecto imbécil. Sabes que tengo razón...
Bretón.- El arte está por encima de ti, eres incapaz de diferenciar un lobo de una oveja.
Carlos.- ¡Por los cuernos!
Bretón.- ¿Qué cuernos?
Carlos.- ¿A quién defiendes? ¿Qué sabes de arte?
Bretón se encoge de hombros.
jueves, 16 de septiembre de 2010
sábado, 11 de septiembre de 2010
jueves, 2 de septiembre de 2010
Ya No.
(Aunque me hierva la sangre
Acariciando tu pelo
Somos dos seres tan opuestos
Que, dices, no cabe el amor)
Quería llegar a viejo
Contigo a mi lado,
Esperaba que tus ojos
Se fijasen siempre en mí,
Quería besar tu cuerpo
Para curarte el cansancio,
Quería un imposible,
Es lo que tiene el vivir.
Ahora, al fin, he comprendido
Que no bastan los sentimientos
Que cada nuevo día
Todo cambia en la vida,
Que somos tan distintos
Que no cabe entendimiento
Y digo mientras te olvido:
¡Caray, cuánto te quería!
Triste te escribo esto
Y tú lees y callas,
Recuerdo tu alegría,
Eso cuenta al final.
Antes de que, por pena,
Me digas que me amas
Prefiero tu silencio
¿de qué sirve hablar?
Ya no busco tu carne,
Ya no anhelo tus besos,
Ya no espero tus labios
Ni ansío su sabor.
Cuando pienso en tus ojos
Me pierdo en mil recuerdos
Por ti viví en sueños,
Por ti esta canción.
Acariciando tu pelo
Somos dos seres tan opuestos
Que, dices, no cabe el amor)
Quería llegar a viejo
Contigo a mi lado,
Esperaba que tus ojos
Se fijasen siempre en mí,
Quería besar tu cuerpo
Para curarte el cansancio,
Quería un imposible,
Es lo que tiene el vivir.
Ahora, al fin, he comprendido
Que no bastan los sentimientos
Que cada nuevo día
Todo cambia en la vida,
Que somos tan distintos
Que no cabe entendimiento
Y digo mientras te olvido:
¡Caray, cuánto te quería!
Triste te escribo esto
Y tú lees y callas,
Recuerdo tu alegría,
Eso cuenta al final.
Antes de que, por pena,
Me digas que me amas
Prefiero tu silencio
¿de qué sirve hablar?
Ya no busco tu carne,
Ya no anhelo tus besos,
Ya no espero tus labios
Ni ansío su sabor.
Cuando pienso en tus ojos
Me pierdo en mil recuerdos
Por ti viví en sueños,
Por ti esta canción.
sábado, 28 de agosto de 2010
Cansado.
Cansado de jurarte que te quiero,
Tenía que olvidar tus ojos bellos,
Tenía que viajar hacia otros puertos,
Tenía que huir, partir muy lejos,
Y así perder tu voz en el silencio.
Tenía que olvidar tus ojos bellos,
Tenía que viajar hacia otros puertos,
Tenía que huir, partir muy lejos,
Y así perder tu voz en el silencio.
lunes, 16 de agosto de 2010
Slapstick (fragmento)
- ¡Despierta, Harold! Nos están esperando. Hay que pagar.
Frente a mí, serio, un camarero con la cuenta en la mano. Busqué en el abrigo pero no encontré la cartera. Afortunadamente estaba en el bolsillo del pantalón.
- Abrázame, mi feo Harold. ¿Sabes? Hoy he pasado una noche maravillosa contigo. Me gusta reírme. Las arrugas de la cara se hacen hermosas con una buena carcajada. Y reímos menos de lo que deberíamos. ¿En qué piensas?
- En lo negra que es la noche para los solitarios.
- ¿Qué te importa? Tú no lo eres.
- Cuando estás solo y ves todas estas luces, y a la gente disfrutando en grupo, como manadas... debe de ser difícil.
- Eso que dices, ¿sabes?, es absurdo.
- Hoy te tengo a mi lado. Sujeto tu cuerpo y el mío se estremece. Otras veces camino sin más compañía que mi sombra. Y ésta se oculta en la noche.
- No digas más tonterías, y bésame.
Seguía sin tener sabor, pero era tan hermosa que no la solté hasta llegar a su casa.
- ¿Me traes aquí?- dijo ofendida.
- ¿Dónde quieres que te lleve?
Marchamos hacia la mía. Yo alquilaba una habitación en un edificio pequeño, de tan sólo cuatro viviendas. El dueño, al verme entrar acompañado, agachó la cabeza. No le gustaba que sus inquilinos llevaran visitas. Pero el contrato no decía nada en contra, así que entré con todo derecho en mi habitación, y comencé a desnudar a mi chica.
- Para, para, que me haces daño- gritaba ella mientras trataba de arrancarle el sujetador a mordiscos.
Cuando al fin logré desvestirla, comenzamos a escuchar un ruido extraño. Ocupado en besar a Cynthia, no le di importancia. Pero el ruido era cada vez más fuerte.
- ¿Qué es lo que ocurre?
- No lo sé, por lo general este es un sitio tranquilo.
Nos quedamos en silencio, tratando de averiguar de dónde venía el ruido. No era difícil de adivinar. El dueño, incómodo con nuestra actitud, se paseaba por el pasillo, arrastrando cuanto podía las zapatillas. Además, en algunos momentos, carraspeaba, probablemente siempre que pasaba por delante de la puerta.
Seguí besando, hasta que el ruido se hizo insoportable. Tenía entre mis brazos a la mujer que amaba, y aquel imbécil estaba destrozando el momento que había esperado durante tantos meses.
Me levanté, me puse la camisa y abrí la puerta.
- ¿Qué vas a hacer?- gritó Cynthia.
Sentía tanta furia que, al encontrar al dueño junto a la puerta, le di tal puñetazo en la cara que cayó de espaldas. Otro de los inquilinos, un tal Lars, salió al escuchar el ruido. Me miró con sorpresa, y trató de levantar al caído.
- ¿Qué ha ocurrido?
- Un accidente- respondí.
Debía tener un aspecto absurdo: desnudo, con una camisa mal abotonada y el pelo desordenado.
- ¿Se ha caído?
- Como una pieza de dominó.
Cynthia ayudó al otro inquilino a colocar al dueño en un sofá, mientras yo me vestía. Cuando salí de la habitación, ella estaba explicando lo que había ocurrido.
- Harold tenía sed. Ha abierto la puerta y se ha encontrado de frente con este hombre. Estaba pálido. Ni siquiera ha dicho nada, simplemente se ha desvanecido.
Tenía una cara tan hermosa, y sabía fingir tan bien la sinceridad, que, de no ser porque era yo el que había tumbado al dueño, la hubiera creído. Lars, que no sabía tanto, propuso buscar un médico. Mientras Cynthia le distraía, recogí de la habitación los pocos objetos que poseía, y los guardaba en mi maleta. Antes de que Lars desconfiase de mí, llamé a Cynthia para decirle que se dejaba su maleta. Salí con ella y dije:
- Los tres estamos de acuerdo en que no podemos dejar así a este hombre. Propongo que salgamos en busca de un médico.
- No podemos dejarle solo- dijo Lars.
- Es cierto- respondí, y me senté sobre la maleta.
Lars se quedó pensativo. Miraba al suelo y a Cynthia, una y otra vez, sin decir nada.
- ¿Qué podemos hacer?- dije yo.
Lars ya sólo miraba a Cynthia, y sonreía.
- Uno debería irse con la muchacha, y buscar un médico- propuso al fin-. Iré yo mismo.
Cynthia se echó a reír. Yo preparé el puño, pero consideré que no era necesario repetir la hazaña. Así que me limité a explicar la situación.
- La señorita es mi novia. Supongo que prefiere que sea yo el que la acompañe.
Lars miró de nuevo Cynthia. Ésta, por hacerme rabiar, levantó los hombros con indiferencia. Después me guiñó un ojo. Estaba tan atractiva que no pude evitar acercarme a ella y besarla largamente en los labios.
-De acuerdo- respondió Lars, que ya no necesitaba ver más para comprender que había perdido su oportunidad-. Vayan ustedes en busca del médico.
Cogí la maleta y salimos de allí.
Frente a mí, serio, un camarero con la cuenta en la mano. Busqué en el abrigo pero no encontré la cartera. Afortunadamente estaba en el bolsillo del pantalón.
- Abrázame, mi feo Harold. ¿Sabes? Hoy he pasado una noche maravillosa contigo. Me gusta reírme. Las arrugas de la cara se hacen hermosas con una buena carcajada. Y reímos menos de lo que deberíamos. ¿En qué piensas?
- En lo negra que es la noche para los solitarios.
- ¿Qué te importa? Tú no lo eres.
- Cuando estás solo y ves todas estas luces, y a la gente disfrutando en grupo, como manadas... debe de ser difícil.
- Eso que dices, ¿sabes?, es absurdo.
- Hoy te tengo a mi lado. Sujeto tu cuerpo y el mío se estremece. Otras veces camino sin más compañía que mi sombra. Y ésta se oculta en la noche.
- No digas más tonterías, y bésame.
Seguía sin tener sabor, pero era tan hermosa que no la solté hasta llegar a su casa.
- ¿Me traes aquí?- dijo ofendida.
- ¿Dónde quieres que te lleve?
Marchamos hacia la mía. Yo alquilaba una habitación en un edificio pequeño, de tan sólo cuatro viviendas. El dueño, al verme entrar acompañado, agachó la cabeza. No le gustaba que sus inquilinos llevaran visitas. Pero el contrato no decía nada en contra, así que entré con todo derecho en mi habitación, y comencé a desnudar a mi chica.
- Para, para, que me haces daño- gritaba ella mientras trataba de arrancarle el sujetador a mordiscos.
Cuando al fin logré desvestirla, comenzamos a escuchar un ruido extraño. Ocupado en besar a Cynthia, no le di importancia. Pero el ruido era cada vez más fuerte.
- ¿Qué es lo que ocurre?
- No lo sé, por lo general este es un sitio tranquilo.
Nos quedamos en silencio, tratando de averiguar de dónde venía el ruido. No era difícil de adivinar. El dueño, incómodo con nuestra actitud, se paseaba por el pasillo, arrastrando cuanto podía las zapatillas. Además, en algunos momentos, carraspeaba, probablemente siempre que pasaba por delante de la puerta.
Seguí besando, hasta que el ruido se hizo insoportable. Tenía entre mis brazos a la mujer que amaba, y aquel imbécil estaba destrozando el momento que había esperado durante tantos meses.
Me levanté, me puse la camisa y abrí la puerta.
- ¿Qué vas a hacer?- gritó Cynthia.
Sentía tanta furia que, al encontrar al dueño junto a la puerta, le di tal puñetazo en la cara que cayó de espaldas. Otro de los inquilinos, un tal Lars, salió al escuchar el ruido. Me miró con sorpresa, y trató de levantar al caído.
- ¿Qué ha ocurrido?
- Un accidente- respondí.
Debía tener un aspecto absurdo: desnudo, con una camisa mal abotonada y el pelo desordenado.
- ¿Se ha caído?
- Como una pieza de dominó.
Cynthia ayudó al otro inquilino a colocar al dueño en un sofá, mientras yo me vestía. Cuando salí de la habitación, ella estaba explicando lo que había ocurrido.
- Harold tenía sed. Ha abierto la puerta y se ha encontrado de frente con este hombre. Estaba pálido. Ni siquiera ha dicho nada, simplemente se ha desvanecido.
Tenía una cara tan hermosa, y sabía fingir tan bien la sinceridad, que, de no ser porque era yo el que había tumbado al dueño, la hubiera creído. Lars, que no sabía tanto, propuso buscar un médico. Mientras Cynthia le distraía, recogí de la habitación los pocos objetos que poseía, y los guardaba en mi maleta. Antes de que Lars desconfiase de mí, llamé a Cynthia para decirle que se dejaba su maleta. Salí con ella y dije:
- Los tres estamos de acuerdo en que no podemos dejar así a este hombre. Propongo que salgamos en busca de un médico.
- No podemos dejarle solo- dijo Lars.
- Es cierto- respondí, y me senté sobre la maleta.
Lars se quedó pensativo. Miraba al suelo y a Cynthia, una y otra vez, sin decir nada.
- ¿Qué podemos hacer?- dije yo.
Lars ya sólo miraba a Cynthia, y sonreía.
- Uno debería irse con la muchacha, y buscar un médico- propuso al fin-. Iré yo mismo.
Cynthia se echó a reír. Yo preparé el puño, pero consideré que no era necesario repetir la hazaña. Así que me limité a explicar la situación.
- La señorita es mi novia. Supongo que prefiere que sea yo el que la acompañe.
Lars miró de nuevo Cynthia. Ésta, por hacerme rabiar, levantó los hombros con indiferencia. Después me guiñó un ojo. Estaba tan atractiva que no pude evitar acercarme a ella y besarla largamente en los labios.
-De acuerdo- respondió Lars, que ya no necesitaba ver más para comprender que había perdido su oportunidad-. Vayan ustedes en busca del médico.
Cogí la maleta y salimos de allí.
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martes, 3 de agosto de 2010
El Conductor (Historias de Pineda)
- Hay muchas formas de llegar a Pineda- me decía anoche el conductor- la más sencilla y monótona es el tren. Usted sube en Sants, por ejemplo, y baja en la Plaza de l’Estació. ¿Qué hay en medio? ¡Nada! La monotonía de saber a qué hora sale y a qué hora llega.
- En efecto, es muy monótono. Hasta aburrido- dije yo.
- La forma fascinante es el autobús. Usted espera en Plaza de Cataluña y ahí mismo comienza el juego. ¿Encontrará un atasco? ¿Tal vez obras? ¿Estará iluminado el tramo de Arenys? Pregunta sin malicia, porque jamás iluminarán esa zona.
- Las tradiciones hay que respetarlas- comenté.
- Y, por último, la pregunta crucial que se hace cualquier viajero ¿llegaré con salud a mi destino? Porque la última parada se anuncia como Pineda de Mar, pero es un chiste que Barcelona regala a sus visitantes.
- Un chiste muy gracioso- interrumpí con una carcajada- ¡La de veces que me he reído al llegar a esa gasolinera!
- Ahí comienza la aventura- me explicó.- Desde la parada hay veinte minutos andando por la carretera nacional. Un tramo precioso, de tres kilómetros, con escasa luz.
- Pero lo mejor es cuando, al caminar por la carretera, llega un coche. ¡Tienes el tiempo justo de tirarte a la cuneta! La de veces que lo he hecho ya, y aún me emociono como el primer día.
- Charlando, charlando, hemos llegado al final de la ruta.
- ¡Ahí está la gasolinera!- dije emocionado, y estreché la mano del conductor. Después salté del vehículo con la esperanza de que nada hubiera cambiado desde la última vez: el arcén, la escasa luz, todo seguía como hace tantos años. Me sentí tan reconfortado que tuve que retar al resto del universo:
- ¡Hombres ávidos de misterio, venid a este lugar, a ver si sois capaces de superar la difícil prueba nocturna!
- En efecto, es muy monótono. Hasta aburrido- dije yo.
- La forma fascinante es el autobús. Usted espera en Plaza de Cataluña y ahí mismo comienza el juego. ¿Encontrará un atasco? ¿Tal vez obras? ¿Estará iluminado el tramo de Arenys? Pregunta sin malicia, porque jamás iluminarán esa zona.
- Las tradiciones hay que respetarlas- comenté.
- Y, por último, la pregunta crucial que se hace cualquier viajero ¿llegaré con salud a mi destino? Porque la última parada se anuncia como Pineda de Mar, pero es un chiste que Barcelona regala a sus visitantes.
- Un chiste muy gracioso- interrumpí con una carcajada- ¡La de veces que me he reído al llegar a esa gasolinera!
- Ahí comienza la aventura- me explicó.- Desde la parada hay veinte minutos andando por la carretera nacional. Un tramo precioso, de tres kilómetros, con escasa luz.
- Pero lo mejor es cuando, al caminar por la carretera, llega un coche. ¡Tienes el tiempo justo de tirarte a la cuneta! La de veces que lo he hecho ya, y aún me emociono como el primer día.
- Charlando, charlando, hemos llegado al final de la ruta.
- ¡Ahí está la gasolinera!- dije emocionado, y estreché la mano del conductor. Después salté del vehículo con la esperanza de que nada hubiera cambiado desde la última vez: el arcén, la escasa luz, todo seguía como hace tantos años. Me sentí tan reconfortado que tuve que retar al resto del universo:
- ¡Hombres ávidos de misterio, venid a este lugar, a ver si sois capaces de superar la difícil prueba nocturna!
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jueves, 29 de julio de 2010
Del Coste de la Fruta
- Sí, pero qué cuestan las manzanas- preguntó la oronda señora, incapaz de probar la fruta.
- Una manzana no cuesta lo que cien naranjas- respondió con una sonrisa el comerciante.- Pero, me temo, una naranja no cuesta lo que cien manzanas- añadió, muy serio.
- Entonces, ¿cuál es su precio?
-¿No ha entendido nada? Una manzana no cuesta lo que cien...
- Yo no voy a comprar cien manzanas- dijo la señora, confundida.
- Yo no voy a venderle cien manzanas- repuso el comerciante.
- ¿Y cuánto cuesta un kilo?- repitió, con angustia, ella.
El comerciante escupió al suelo, miró a las alturas y sintió que no podía seguir hablando con la misma amabilidad ante un público tan ignorante.
- Dudo mucho- dijo- que ninguno de ustedes tenga capacidad suficiente para adquirir alguno de los productos que mercadeo.
Recogió con rabia la fruta: las manzanas en una mano, las naranjas en la otra. Después se alejó, moviéndose como una marioneta, según lo hacía inclinarse el peso de cada bolsa.
- Una manzana no cuesta lo que cien naranjas- respondió con una sonrisa el comerciante.- Pero, me temo, una naranja no cuesta lo que cien manzanas- añadió, muy serio.
- Entonces, ¿cuál es su precio?
-¿No ha entendido nada? Una manzana no cuesta lo que cien...
- Yo no voy a comprar cien manzanas- dijo la señora, confundida.
- Yo no voy a venderle cien manzanas- repuso el comerciante.
- ¿Y cuánto cuesta un kilo?- repitió, con angustia, ella.
El comerciante escupió al suelo, miró a las alturas y sintió que no podía seguir hablando con la misma amabilidad ante un público tan ignorante.
- Dudo mucho- dijo- que ninguno de ustedes tenga capacidad suficiente para adquirir alguno de los productos que mercadeo.
Recogió con rabia la fruta: las manzanas en una mano, las naranjas en la otra. Después se alejó, moviéndose como una marioneta, según lo hacía inclinarse el peso de cada bolsa.
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